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Tag Archives: Oscar Wilde

En cuanto terminó aquello, Dorian Gray se lanzó por detrás del escenario al saloncillo de actores. Encontró sola a la joven, con una mirada de triunfo en su rostro. Brillaban sus ojos, con exquisito fulgor. Una especie de resplandor la envolvía. Sus labios entreabiertos sonreían a un secreto íntimo.
Al entrar él, le miró, y una expresión de infinita alegría la invadió.
—¡Qué mal he trabajado esta noche, Dorian! —exclamó.
—¡Horriblemente! —respondió él, contemplándola con estupefacción—. ¡Horriblemente! Ha sido espantoso. ¿Estás enferma? No tienes idea de cómo ha sido. No tienes idea de lo que he sufrido.
La muchacha sonrió.
—Dorian —contestó, recalcando su nombre con una lenta voz musical, como si fuera más dulce que la miel para los pétalos rojos de su boca—. Dorian, debías haber comprendido. Pero lo comprendes ahora, ¿verdad?

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—¿Quiénes son esos «espías»? —pregunté mientras nuestro coche retumbaba al salir de Regent’s Park por Clarence Gate y desembocaba en Baker Street.
—Muchachos de buen corazón, como Jimmy —dijo—. Chiquillos de la calle. Golfillos, pilluelos; llámales como quieras. Puede que lleven vidas desordenadas e irregulares según la óptica de los hijos de los corredores de bolsa y de los funcionarios, pero mis «espías» son buenos chicos, trabajadores y honrados como el que más.
—¿Trabajan para ti? ¿Les pagas?
—Les doy una moneda de seis peniques de vez en cuando y les mantengo alejados del mal camino. Me hacen recados: llevan mis mensajes por la ciudad, entregan flores, me consiguen coches…
—¿Y «espían» para ti?
Sonrió.
—Cuando es necesario. Son mis ojos y mis oídos ambulantes, Robert, y, siendo esto quizá lo que más me concierne, mis piernas ambulantes. Como habrás observado, no soy muy dado al ejercicio. No estoy hecho para ello. Estos chiquillos son ágiles y de pies ligeros. Pueden dar la vuelta entera a la capital en cuarenta minutos. Cada uno de ellos es mi Ariel.
—Entonces, ¿con cuántos cuentas?
—¿En todo Londres? Un par de docenas, quizá. Treinta como mucho. Forman parte del grupo de mis mejores amigos. Conan Doyle le ha dado a Sherlock Holmes una banda parecida de jovencitos ayudantes, pero la idea se me ocurrió a mí primero. Naturalmente, la posteridad no me lo reconocerá, a menos que te encargues tú de dejar las cosas claras. Eres mi ángel Anotador, Robert. Mi reputación está en tus manos.
Oscar no llevaba ningún diario, pero sabía que yo sí lo hacía y me animaba a que siguiera haciéndolo. Disfrutaba apuntando que había puesto todo su genio al servicio de su vida, pero sólo su talento al de su obra, y a menudo me decía que confiaba en mí y en mi diario para que mostráramos a la posteridad dónde radicaba su genialidad.
Yo me tomaba muy en serio semejante responsabilidad. Por ejemplo, cuando nos separamos tras nuestro encuentro con Gerard Bellotti, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue escribir todo lo ocurrido durante la aventura matinal. Bien es cierto que sería acertado decir que, durante los años en que Oscar y yo tuvimos mayor relación, mi diario es tanto un testimonio de su vida como de la mía. Quizás esto no resulte sorprendente. Su vida era mucho más extraordinaria que la mía.

Había una vez una gran actriz que había perfeccionado tanto su arte que todo el mundillo teatral estaba rendido a sus pies. Para ella, como para todo artista de genio, su arte se convirtió en la única realidad de la vida, y su curiosidad por el mundo, más allá del teatro, era absolutamente nula.
Un día, sin embargo, conoció a un hombre del que se enamoró apasionadamente. Entonces, todo su arte y hasta la adoración del público le parecieron insignificantes. Aun cuando ella le aseguró al amante que su corazón le pertenecía por completo, él llegó a sentirse terriblemente celoso de un público que a la mujer ya no le importaba. Así que un día, no pudiendo contener más sus celos, le imploró que dejara los escenarios.
Ahora que su amor la había llevado a hartarse un poco del teatro y de sus penumbras irreales, la actriz era capaz de sacrificar su arte sin muchos reparos. «El amor es mejor que el arte», se dijo, «mejor que la fama, mejor que la vida misma.» Así que decidió abandonar el teatro y todos sus maravillosos triunfos para dedicarse en cuerpo y alma al hombre al que amaba.
El tiempo pasó y, aunque en un principio fueron benditamente felices, llegó el momento en que el amor del hombre comenzó a marchitarse y murió. Desde luego, era incapaz de ocultar esto a la mujer que había renunciado a todo por él. La actriz, al comprender que el hombre ya no la quería, sintió que una gélida brisa nocturna caía sobre ella y que un sudario gris de desesperación la cubría de pies a cabeza.
Puesto que era una mujer valiente, se obligó a afrontar la situación sin rodeos, aunque la claridad de su mirada le hiriera el corazón. No sólo veía con nitidez que el hombre ya no la amaba; también era bastante obvio que ella había cometido un terrible error al sacrificar su arte por el amor de ambos. Y con igual transparencia advirtió que, en lugar de ser una inspiración y una ayuda en momentos de necesidad, su arte era, de hecho, un impedimento. Ahora que estaba llamada a lidiar con la realidad, extrañaba las indicaciones del director de escena y las palabras del dramaturgo. Nunca hasta ese momento había hecho nada sin ellas, y descubrió con horror que era del todo incapaz de actuar en el mundo real.
Un día, mientras recorría su salón de un lado a otro, fue a visitarla el gerente del teatro donde solía actuar. La actriz principal de la obra que montaba en ese momento había caído enferma de repente y, desesperado, venía a preguntar si la actriz podría interpretar el papel como un favor personal. Como hacía tiempo que no actuaba y ahora entendía que su arte le había fallado, la actriz rehusó.
-¿ Qué tengo yo que ver -le preguntó al gerente- con los títeres de la obra, los decorados pintados y los escenarios vacíos?
Sin embargo, ya que para él representaba una buena suma de dinero, el gerente insistió. ¿No querría ella, al menos, leer el libreto?
La actriz accedió sólo para librarse de él. Quedó impresionada al descubrir, después de leer tan sólo unas cuantas páginas, que la tragedia de la obra era idéntica a la tragedia de su vida. Los personajes y la trama eran exactamente iguales, y el desenlace también ofrecía una solución a sus problemas.
De este modo acudió el destino en auxilio de la actriz, bajo la forma de libreto, y ella decidió aceptar el papel para dominar cada detalle de la situación. Así que estudió su papel y muy pronto representó la obra ante un público numeroso. Su actuación fue, sin duda, la más grande de toda su carrera, y al final recibió cuatro ovaciones de pie y nueve ramos de flores.
Al salir del teatro, una vez terminado todo, los gritos del público retumbaban aún en sus oídos. Una profunda ansiedad amenazó con embargarla cuando llegó a la puerta de su casa cargada de flores, puesto que había derramado su alma ante el público.
Al entrar en casa notó que se habían preparado dos sitios en la mesa del comedor; recordó entonces que aquella era la noche en que se decidía su destino.
En ese preciso instante, el hombre al que había amado tanto y por el que había sacrificado su arte entró con parsimonia en la habitación. Con una sonrisa en los labios, le preguntó si llegaba a tiempo para la cena.
Después de consultar el reloj, ella respondió:
-Llegas a tiempo para la cena. Pero -agregó mirándolo directamente a los ojos- también llegas demasiado tarde.