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Tag Archives: Novela Negra

-¿Le vio los ojos?
-¿Los ojos? -el inspector era incapaz de olvidarlos desde la visita al apartamento de Toralla.
-Los de Luis -le aclaró Iria Ledo, como si fuese necesario-. Sus ojos eran un imán para hombres y mujeres, no podría pasarse la vida disimulando.

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Después de salir del Tribunal Supremo, Puri le dijo a Freno de Mano que lo llevara a un cajero automático, del cual sacó un ¡fajo de billetes nuevos de cien rupias.
Hicieron la siguiente parada en la Oficina Central de Registros, donde el detective quería averiguar si se habían descu­bierto cuerpos sin identificar en Jaipur alrededor del momento de la desaparición de Mary.
El edificio tenía el sello de identidad de casi todos los edifi­cios gubernamentales indios de la era socialista de después de 1947: era un enorme y aburrido bloque de cemento de mala ca­lidad de cuyas ventanas colgaban hileras de aparatos de aire acondicionado cubiertos de excrementos de paloma. En la en­trada se levantaba un arco detector de metal que parecía un proyecto de ciencias de alumnos de instituto. Estaba hecho de aglomerado, se conectaba a una vieja batería de coche y pitaba cada diez segundos independientemente de que nadie pasara por debajo de él.

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—Sin embargo, eso no son más que los miedos conscientes, los miedos evidentes ceñidos a la realidad que conocemos. Unos temores que mantenemos a raya porque sabemos cómo combatirlos. Sabemos que existen los antibióticos para luchar contra las bacterias, y ayudas del Estado para casos extremos de necesidad; sabemos que existe la policía para protegernos del malhechor, y un paraíso idílico en el que nos encontraremos con Dios y todos nuestros seres queridos si un día fallecemos. ¡Diablos!, desde Nüremberg sabemos incluso que existe una justicia internacional para perseguir a los criminales de guerra —escogió uno de los libros, se volvió y lo esgrimió hacia Peter—. Pero, ¿qué ocurre cuando todo eso se desmorona? ¿Qué ocurre cuando esa realidad que tiene respuesta para cada temor pone en evidencia peligrosos resquicios, por los que afloran amenazas para las que no tenemos respuesta?

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-¿Sabe lo que nunca le perdoné?
-No.
-Que fuera tan torpe con los sentimientos. Que para el amor le faltara toda la lucidez y astucia y sabiduría que demostraba en la competición. Tardó mucho tiempo en valorar lo que yo le ofrecía. Y cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Poco después de separarnos intentó reconciliarse conmigo. Quiso que volviéramos a estar juntos al advertir que entre toda la gente que lo rodeaba no tenía a nadie en quien confiar de verdad. Incluso para él, para alguien tan autosuficiente, debió de ser terrible encontrarse de pronto con esa soledad, comprender que no había nadie alrededor de quien pudiera asegurar que no iba a traicionarlo. Pero yo ya no podía perdonarle que hubiera sido tan idiota, y que por tan poco lo hubiera estropeado todo. -No especificó a qué se refería, pero no era necesario-. No me considere una persona vanidosa -continuó-, pero a mis años he aprendido a conocerme y sé bien cuánta felicidad puedo dar, sé lo lejos que llega mi capacidad de ofrecer cariño y ternura, sé lo fácil que a todos les resulta la vida a mi lado. Tobias…, ¡bueno, él se lo perdió! Hace un minuto le dije que, tras la separación, enseguida se arrepintió de haber desdeñado eso tan firme que yo le ofrecía. ¡Qué triste!, ¿verdad? ¡Qué triste que la persona que tanto te ha amado nunca más en tu vida vuelva a decirte esas dos palabras que siempre nos estremecen de felicidad! ¿Usted no las echaría de menos? […] Tobias hizo que nunca más volvieran a salir esas palabras de mi boca. ¡Qué torpe fue! -repitió-. A veces, cuando yo comenzaba a sospechar sus mentiras, cuando veía acercarse la catástrofe, sentía deseos de advertirle: «Si destruyes mi amor, ¿acaso crees que me esforzaré por reconstruirlo? Si me haces daño, ¿de verdad crees que tendrás otra oportunidad?». Tal vez debí alzar la voz y decírselo, pero nunca me decidí y poco a poco nuestra relación fue languideciendo. Los silencios se hicieron cada vez más largos. Ni yo quise enfrentar los problemas, ni Tobias supo evitarlos. Y todo se fue volviendo triste y vulgar y nos hundimos en esa etapa de indiferencia, previa a la ruptura, en la que ya no hay amor, pero tampoco hay rechazo ni desesperación. Tobias pensaba que todo aquello no era motivo suficiente para separarnos, él vivía en su agitado mundo de entrenamientos, competiciones, viajes, éxitos, pero yo no tenía otra cosa a la que dedicarme y veía cómo semana a semana, día a día, iba desapareciendo la inocencia y avanzaba esa cruda apatía desde la cual ya no hay marcha atrás.
-¿Y ahora?
-¿Ahora? -repitió-. No hay nada que tuviera con él que ahora no tenga.

—¿A quién te parece que podemos llevar con nosotros?
—¿El resto del equipo? —Kelp se encogió de hombros—. No sé. ¿Qué clase de tipos necesitamos?
—Es difícil saberlo. —Dortmunder miró ceñudo hacia el lago, ignorando a una chica con medias rayadas que pasaba—. Nada de especialistas, excepto tal vez un cerrajero. Pero no un experto en cajas fuertes ni nadie por el estilo.
—¿Necesitaremos ser cinco o seis?
—Cinco —respondió Dortmunder, y sacó a relucir una de sus normas de siempre: si no puedes hacer un trabajo con cinco hombres, no lo puedes hacer de ningún modo.
—Muy bien —dijo Kelp—. Así que necesitamos un conductor y un cerrajero, y sería útil alguien que vigile.
—Exacto —afirmó Dortmunder—. El cerrajero podría ser aquel tipo bajito de Des Moines. ¿Sabes quién te digo?
—¿Algo parecido a Wise…, Wiseman…, Welsh?
—¡Whistler! —dijo Dortmunder.
—¡Eso es! —aseguró Kelp, y sacudió la cabeza—. Está entre rejas. Lo cazaron por soltar un león.
Dortmunder volvió la cabeza y miró a Kelp.
—¿Qué hizo?
—No me eches la culpa —contestó—. Eso es lo que oí. Llevó a sus chicos al zoológico. Estaba aburrido y empezó a jugar con las cerraduras, completamente distraído, como nos podría pasar a ti o a mí, y, de repente, el león estaba suelto.
—Qué bonito —dijo Dortmunder.
—No me eches la culpa a mí —reiteró Kelp, y luego agregó—: ¿Qué te parece Chefwick? ¿Lo conoces?
—El ferroviario loco. Está más loco que una cabra.
—Pero es un gran cerrajero —afirmó Kelp—.Y está disponible.
—Está bien. Llámalo.
—Lo haré —dijo Kelp, mirando pasar a dos chicas vestidas en tonos verdes y dorados—. Ahora necesitamos un conductor.
—¿Qué te parece Lartz? ¿Te acuerdas de él?
—Olvídalo. Está en el hospital.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unas dos semanas. Chocó contra un avión.
Dortmunder le dirigió una lenta y sostenida mirada.
—¿Qué dices?
—No me eches la culpa —volvió a decir Kelp—. Según me contaron, estaba en la boda de un primo suyo en la Isla y volvía a la ciudad, pero tomó el Van Wyck Express en dirección equivocada; cuando se dio cuenta estaba en el aeropuerto Kennedy. Iría un poco borracho, supongo, y…
—Ya… —dijo Dortmunder.
—Sí. Confundió las señales, y después de dar vueltas y vueltas, terminó en la pista diecisiete y chocó con el avión de la Eastern Lines que acababa de llegar de Miami.
—La pista diecisiete —murmuró Dortmunder.
—Eso me dijeron.
Dortmunder sacó su paquete de Camel y, pensativo, se llevó uno a la boca. Le ofreció a Kelp, pero Kelp negó con la cabeza diciendo:
—Dejé de fumar. La publicidad contra el cáncer me convenció.
Dortmunder se quedó con la cajetilla en el aire, y dijo:
—Publicidad contra el cáncer.
—Sí. En la televisión.
—Hace cuatro años que no veo la televisión.
—Lo que te has perdido.
—Parece que sí —contestó Dortmunder—. Publicidad contra el cáncer…
—Así es. Te ponen los pelos de punta. Ya lo sabrás cuando veas uno de esos anuncios.
—Sí —dijo Dortmunder. Guardó el paquete y encendió el cigarrillo—. Volviendo a lo del conductor… ¿Has oído si le ha sucedido algo extraño a Stan Murch últimamente?
—¿Stan? No. ¿Qué le ha pasado?
Dortmunder volvió a mirarlo.
—Sólo te lo preguntaba…
Kelp se encogió de hombros, perplejo.
—La última vez que oí algo de él estaba perfectamente.
—Entonces, por qué no llamarle.
—Si estás seguro de que está bien…
Dortmunder suspiró.
—Lo llamaré y se lo preguntaré —dijo.
—Bueno, y ahora qué me dices de nuestro vigilante.
—No se me ocurre nadie.
Kelp lo miró sorprendido.
—¿Por qué? Tienes buen tino.
Dortmunder suspiró.
—¿Qué pasa con Ernie Danforth? —preguntó.
Kelp meneó la cabeza.
—Abandonó el rollo.
—¿Abandonó?
—Sí, se hizo cura. Eso me contaron. Estaba viendo esa película de Pat O’Brien en la última…
—Está bien. —Dortmunder se puso de pie. Tiró el cigarrillo al lago—. Quiero saber algo de Alan Greenwood —dijo con voz firme—, y sólo quiero que me digas sí o no.
Kelp se quedó perplejo otra vez. Parpadeando ante Dortmunder, interrogó:
—¿Sí o no qué?
—¡Si lo podemos utilizar!
Una anciana que miraba a Dortmunder con mala cara desde que tiró el cigarrillo al lago, palideció de pronto y se alejó rápidamente.
—Claro que lo podemos utilizar. ¿Por qué no? Greenwood es un buen tipo.
—¡Lo voy a llamar! —gritó Dortmunder.
—Te estoy oyendo —dijo Kelp—. Te estoy oyendo.
Dortmunder miró a su alrededor.
—Vamos a tomar un trago —dijo.
—Bueno —respondió Kelp, levantándose de un salto—. Lo que tú digas. Vale, vale.

Abrió la puerta del pasaje y salió a la calle. La chica le siguió. Avanzaron calle arriba sin hablar ni mirarse el uno al otro. Él apresuró el paso, situándose un poco por delante, y la joven no intentó siquiera colocarse a su nivel. Así continuaron y sin darse cuenta, él le tomó una buena delantera, porque andaba cada vez más de prisa con ganas de llegar a su casa y meterse en la cama.
De pronto, tuvo la sensación de estar solo. Había alcanzado un cruce y se volvió para esperar a la muchacha. Miró a su alrededor pero ella no se veía por ningún sitio. ¿Dónde se habría metido? La respuesta le vino desde bastante lejos, calle abajo, allí donde su taconeo se iba perdiendo en otra dirección.
Por un momento pensó en seguirla. «No me darían sobresaliente por buenos modales», se dijo dando unos pasos en aquella dirección. Pero en seguida se detuvo, movió la cabeza y pensó: «Mejor que lo dejes. Aléjate de ella».
«Pero, ¿por qué?», se preguntó otra vez al observar que de improviso aquella cosa extraña le estaba ocurriendo de nuevo. «No es posible, no puede ser que sólo con pensar en que puede tocarme la cosa empiece de nuevo. Durante meses ha estado trabajando en el Hut; la has visto cada noche y para ti sólo ha sido un elemento más del conjunto. En cambio, ahora sin más ni más, me viene ese problema.
»Aunque, ¿por qué ha de ser un problema? Piénsalo bien; no puede haber problemas; no estás preparado para enfrentarte a ellos. Ni para nada en realidad. Tu sólo puedes soportar lo sencillo; cosas sin importancia que no requieren esfuerzo; cosas suaves que te hagan sonreír y tomártelas a la ligera. Así viene pasando desde hace mucho tiempo y ha funcionado bien; ha funcionado perfectamente. Sigue mi consejo y continúa igual.
»Ella ha dicho que vivía en Kenworth Street. Valdría la pena averiguar algo, aunque no sea más que para saber que ha llegado a su casa sana y salva. Porque, a lo mejor, los dos fulanos han cambiado de idea y no dan el asunto por terminado. Podrían decidir echar otra mirada por los alrededores. Y como la hayan visto sola…
»Bien, deja de pensar en eso. Tienes que concentrarte en otras cosas. ¿En qué cosas? Pues, por ejemplo, en el actor Osear Levant. ¿De veras tiene talento? Sí; sí lo tiene. ¿Y Art Tatum? También tiene mucho talento. ¿Y qué decir de Walter Geiseking? Bueno, la verdad es que nunca le has oído tocar en persona, de modo que no puedes opinar demasiado bien. Otra cosa que no sabes es el número de la casa de la calle Kenworth. Ni siquiera el número del bloque de viviendas. ¿Quizá lo mencionó? No puedo acordarme.
»¡Oh, cielos, ya está bien! Vete a casa y métete en la cama.»

******

Siguieron subiendo. Ella encendía más fósforos rascándolos contra los bordes de la escalera. En la oscuridad, Eddie miró hacia arriba y pudo ver la rejilla. Parecía todavía muy lejana.
Cuando estaban a mitad de camino, a Eddie le falló un pie y estuvo a punto de pasarle lo mismo con el otro. Se aferró a su salvadora como pudo, y logró recuperar el equilibrio. En seguida continuaron subiendo.
Aunque ahora, más que subir, parecía como si él empujara a la chica hacia abajo. «Eso es lo que pasa —se dijo—. La empujas hacia abajo, como un peso enorme pendiente de su espalda. Y esto es sólo el principio. Cuanto más tiempo transcurra peor va a ser. Lo ves venir. Ella terminará atrapada y considerada como cómplice. Luego la acusarán de haber robado un coche. ¿Cuánto le va a caer? Seguro que como mínimo tres años. Acaso cinco. ¡Vaya futuro brillante para la señorita! Pero quizá tú puedas evitarlo antes de que suceda. Tal vez puedas sacarla de este lío y situarla otra vez en el buen camino.
»Ahora bien, ¿cómo hacerlo?
»No puedes discutir con ella, porque te obligará a callar. Está clarísimo que no puedes discutir con esa joven. Es una cabezota. En cuanto se le mete algo en la mollera, no hay quien se lo quite.
»¿Por qué no te apartas de ella? Podrías soltarte y caer. El ruido atraería a los agentes. ¿Lograría salir ella antes de que acudieran? Sabes perfectamente que no. Se quedaría contigo hasta el fin. Está hecha de esa clase de material; un material con el que se tropieza pocas veces. Quizá tan sólo una en toda la vida. O mejor, dos. Nunca olvidarás la primera. Jamás podrás olvidarla. Lo que está ocurriendo ahora es una repetición de aquello, excepto en una cosa: que no se trata de un recuerdo sino de algo vivo; de algo vivo que está aquí, apretándose contra ti y a lo que tú te agarras fuertemente. ¿Serías capaz de soltarte?»

A las ocho cincuenta y nueve Bennett observaba cómo avanzaba el segundero del reloj. El cura ya habría acabado con Hawkin. Pensó en cómo se sentiría. Aterrado, sin duda; pero trataría seguramente de conservar la dignidad.
En cuanto la manecilla cruzó las doce, el reloj de la cercara iglesia dio la primera campanada de las nueve. Las puertas dobles de la celda del condenado se abrirían y Hawkin daría los últimos veinte pasos de su vida. El verdugo le ataría las muñecas con la correa de cuero.
Segunda campanada. Ahora, el verdugo avanzaría delante Hawkin, su ayudante detrás, los asesinos legales procurando mantener la calma, como si pasearan por el parque.
Tercera campanada. Ya estaría Hawkin bajo la horca, pisando la trampilla que le haría emprender su último viaje.
Cuarta campanada. El verdugo se encararía al condenado sosteniéndole erguido mientras su ayudante, agachado, le ataba las piernas.
Quinta campanada. Surge como por ensalmo la capucha de lino y el verdugo se la pone a Hawkin con la soltura que da la práctica y a partir de ese momento todo se acelera porque nadie ve los ojos implorantes, de animal aterrado,de quien va a morir al cabo de un minuto. El verdugo le ajusta bien la capucha al cuello para que el lino no se enrede es anilla de la soga.
Sexta campanada. El verdugo le pasa con cuidado la soga por la cabeza para que la anilla de cobre, que ha sustituido al clásico nudo corredizo, quede situada detrás de la oreja de Hawkin para mayor rapidez de la fractura y del proceso de dislocación que en teoría hace de la horca un procedimiento instantáneo y relativamente indoloro.
Séptima campanada. El verdugo retrocede y hace una señal a su ayudante, quien quita la chaveta de seguridad de la trampilla para que, casi simultáneamente, el verdugo accione la palanca.
Octava campanada. La trampilla se abre y Hawkin emprende la mortal caída.
Novena campanada. Se acabó.

Segmento brillante, eso.
Si a lo largo de nuestra vida tenemos uno o dos, uno o dos segmentos brillantes, pensó Doc, podemos considerarnos afortunados. La mayoría de gente no los tiene.
Y el resto no era silencio, como decían en la ópera I Pagliacci.
El resto era sólo ruido.

Me suicidé hace dieciséis años. Es un tiempo más que suficiente para que usted me haya olvidado, Delmar, o al menos para que se hubiera desdibujado en parte la nitidez de mi recuerdo. Por eso, y como antes de nada me gustaría presentarme como es debido, voy a pedirle que haga un esfuerzo, que se obligue a remontar el embotamiento alcohólico —porque está borracho, ¿verdad?, borracho como siempre— y traslade su memoria veinte años atrás, a los últimos días de 1970, cuando usted era un joven y brillante comisario de policía, el más condecorado de la ciudad y también el más pagado de sí mismo y de su inquebrantable dureza, el más orgulloso de sus éxitos, incluso el favorito de la prensa frívola, que en más de una ocasión le señaló como el ideal de atractivo masculino, aunque personalmente siempre me pareció rídicula su tendencia a imitar a los detectives del cine. En aquella fecha fue destinado, para desgracia de ambos, suya y mía, al distrito en que yo ejercía mis actividades o, para ser más exactos, en el que se ubicaban mis oficinas, pues el quehacer de mi empresa se desarrollaba —y sin duda se desarrolla aún— en docenas de lugares repartidos por todo el mundo.