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Tag Archives: Amélie Nothomb

Nos olvidamos de todo lo que es importante. Por eso fue olvidado el admirable Palacio de las Nubes en que vivía, hace 10.234 años, el emperador del país más imperial del universo, la China.

Era un lugar de una belleza tan formidable que los visitantes tenían que ponerse gafas de sol para verlo, pues sus muros estaban cubiertos de papel de aluminio, por lo que brillaba como una cacerola nueva. Los que habían residido ya en él, no eran capaces de vivir en ningún otro sitio; todos los demás palacios les parecían insignificantes y vulgares.

El emperador Tong Shue murió. Le enterraron con sus 99 esposas vivas. Fue una ceremonia muy emocionante. Cuando se cumplieron los años de luto nacional, el gran chambelán de la corte pidió audiencia al hijo único del emperador, el sublime príncipe Pin Yin.

—Príncipe —dijo postrándose a sus pies—, ha llegado la hora de que sucedáis a vuestro venerable padre. Pero ya conocéis las leyes chinas: un príncipe no puede llegar a ser emperador si no está casado. Tenéis veinte años; es pues el momento de que toméis mujer. Así que voy a enviar a Tchang, el pintor, por todas las provincias del país para que pinte los retratos de las más bellas princesas. Os traerá los cuadros y podréis escoger sin desplazaros.

—Mmm… —respondió el príncipe Pin Yin, con tan poco entusiasmo como de costumbre, y es que era un joven triste y apático; nadie comprendía la razón de su languidez.

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Era normal que los adultos, aquellos niños despojados de sus derechos, perdieran, preocupándose por estas cuestiones, un tiempo que tampoco dedicaban a nada serio.
Nosotros, en cambio, teníamos un sentido de los valores humanos tan agudo que casi nunca hablábamos de nadie de más de quince años. Pertenecían a un mundo paralelo, con el que nos llevábamos bien porque nuestros mundos no se entrecruzaban.
Tampoco abordábamos la estéril cuestión de nuestro porvenir. Quizás porque, de un modo instintivo, todos habíamos hallado la misma y única respuesta: «Cuando sea mayor, pensaré en cuando era pequeño.»
Se daba por supuesto que la edad adulta estaba consagrada a la infancia. Los padres y sus cómplices estaban sobre la tierra para que sus retoños no tuvieran que preocuparse de cuestiones domésticas como la alimentación y el lecho, para que pudieran asumir a fondo su papel esencial, ser niños, es decir, ser.
Esos niños que disertan sobre su futuro siempre me han intrigado. Cuando me hacían la famosa pregunta: «¿Qué harás cuando seas mayor?», invariable respondía que «haría». Premio Nobel de Medicina o mártir, o ambas cosas a la vez. Y respondía muy deprisa, no para impresionar sino al contrarío: aquella respuesta premasticada me servía para quitarme de encima lo antes posible aquella absurda cuestión.
Más abstracta que absurda: en mi fuero interno, estaba convencida de que nunca sería adulta. El tiempo duraba demasiado para que pudiera ocurrir nada semejante. Tenía siete años: aquellos ochenta y cuatro meses me habían parecido interminables. ¡Cuan larga era mi vida! La simple idea de que pudiera vivir el mismo número de años me producía vértigo. ¡Siete años más! No. Era demasiado. Sin duda me detendría a los diez o doce años, en el colmo de la saturación. De hecho, casi ya me sentía saturada: ¡me habían ocurrido tantas cosas!
Así pues, cuando me refería a mi Nobel de medicina o a mi condición de mártir, no lo hacía por vanidad: se trataba de una respuesta abstracta a una pregunta abstracta. Y, además, no veía ningún elemento grandioso en aquellas profesiones. El único oficio que me inspiraba un auténtico respeto era el de soldado, y especialmente el de explorador. ¿La cumbre de mi carrera? Ya la estaba viviendo. Después —si es que existía un después— sería necesario ir a menos y conformarse con el Nobel. Pero en mi fuero interno no creía en ese después.
Aquel sentimiento de incredulidad iba acompañado de otro: cuando los adultos se referían a su infancia, no podía evitar pensar que mentían. No habían sido niños. Habían sido eternamente adultos. La decadencia no existía, ya que los niños seguían siendo niños, al igual que los adultos seguían siendo adultos.
Aquella convicción no formulada, la conservaba dentro de mí. Me daba perfecta cuenta de que no podría defenderla: todavía creía más en ella.

-Me habría gustado enseñarle que, estrangulando a Léopoldine, le había ahorrado la única muerte de verdad, que es el olvido. Usted me considera un asesino, cuando soy uno de los pocos seres humanos que no ha matado a nadie. Mire a su alrededor y mírese a sí misma: el mundo está lleno de asesinos, es decir, de personas que se permiten olvidar a los que pretenden haber amado. Olvidar a alguien: ¿ha pensado alguna vez en lo que eso significa? El olvido es un océano gigantesco en el que tan sólo navega un buque, que es la memoria. Para la inmensa mayoría de los hombres, este buque se reduce a una miserable barca que se cala a la menor ocasión y cuyo capitán, personaje sin escrúpulos, sólo piensa en ahorrar. ¿Sabe en qué consiste esta despreciable palabra? En sacrificar diariamente, entre los miembros del pasaje, a aquellos que son considerados superfluos. ¿Y sabe quiénes son considerados superfluos? ¿Los cabrones, los pesados, los cretinos? En absoluto: se tira por la borda a los inútiles, los que ya han sido utilizados. Éstos ya han dado lo mejor de sí mismos, entonces, ¿que más podrían aportar? Vamos, sin piedad, limpieza general y ¡alehop! Se les expede por encima de la borda, y el océano se los traga, implacable. Así es, querida señorita, como, con absoluta impunidad, se practica el más banal de los asesinatos. Nunca he estado de acuerdo con esta espantosa masacre, y en nombre de esta misma inocencia usted me acusa hoy, conforme a lo que los humanos llaman justicia, y que es una especie de modo de empleo de la delación.

—No me interesa, papá.
—Pero vamos a ver, ¡leer es interesante! —protestó Denis.
—¿Por qué?
—Para leer historias.
—Ya ves. La maestra a veces nos lee historias del libro de lectura. Es tan aburrido que, al cabo de dos minutos, tengo que dejar de escuchar.
Clémence aplaudió mentalmente.
—¿Quieres repetir el curso preparatorio? ¿Es eso lo que quieres? —se enfureció Denis.
—Quiero ser bailarina.
—Incluso para ser bailarina, tienes que aprobar el curso preparatorio.
De repente, la esposa se dio cuenta de que su marido tenía razón. Reaccionó de inmediato. Fue a su habitación a buscar un libro gigantesco del siglo pasado.
Sentó a la niña sobre sus rodillas y hojeó con ella, devotamente, la antología de cuentos de hadas. Tuvo la delicadeza de no leerlo en voz alta, de limitarse a mostrarle las hermosísimas ilustraciones.
Esto supuso un impacto en la vida de la niña: nunca se había sentido tan maravillada como al descubrir aquellas princesas demasiado estupendas para poner los pies en el suelo, que, encerradas en sus atalayas, dialogaban con pájaros azules que resultaban ser príncipes, o se disfrazaban de porcachonas para reaparecer convertidas en seres más sublimes si cabe, cuatro páginas más adelante.
En aquel preciso instante supo, con una certeza sólo al alcance de las niñas, que un día se transformaría en una de esas criaturas que convierten a los sapos en nostálgicos, a las brujas en abyectas y a los príncipes en estúpidos.
—No te preocupes —le dijo Clémence a Denis—. Antes de que termine la semana, leerá.

El pronóstico no estaba a la altura de lo que ocurrió: dos días más tarde, el cerebro de Plectrude había sacado provecho de las fastidiosas e inútiles letras que creía no haber asimilado en clase y había encontrado la coherencia entre los signos, los sonidos y los sentidos. Dos días más tarde, leía cien veces mejor que los mejores alumnos del curso preparatorio. De lo que se deduce que sólo existe una llave para acceder a la sabiduría, y es el deseo.
El libro de cuentos se le había manifestado como el manual de instrucciones para convertirse en una de las princesas de las ilustraciones. Ya que en adelante la lectura iba a resultarle necesaria, su inteligencia la había asimilado.
—¿Por qué no le enseñaste el libro antes? —se maravilló Denis.
—Este volumen es un tesoro. No quería malgastarlo enseñándoselo demasiado pronto. Era necesario que tuviera la edad suficiente para apreciar una obra de arte.

Así pues, dos días más tarde la maestra pudo constatar el prodigio: el pequeño desastre de estudiante que, único ejemplar en su especie, no conseguía identificar letra alguna, leía ahora como la mejor de una clase con niños de diez años.
En dos días había aprendido lo que una profesional no había logrado enseñarle en cinco meses.
La maestra pensó que los padres tenían un método secreto y los telefoneó. Denis, loco de orgullo, contó la verdad:
—No hemos hecho nada en absoluto. Sólo le hemos enseñado un libro lo bastante hermoso para provocarle deseos de leer. Es lo que le hacía falta.
En su ingenuidad, el padre no se dio cuenta de que estaba cometiendo un gran error.
La maestra, que nunca había sentido demasiada simpatía por Plectrude, empezó a odiarla a partir de entonces. No sólo consideró aquel milagro como una humillación personal, sino que además experimentó hacia la pequeña la clase de odio que un espíritu mediocre siente hacia un espíritu superior: «¡Así que la señorita necesitaba que el libro fuera bonito! ¡Lo que hay que ver! ¡Pues es lo bastante bonito para los demás!»
En su rabiosa perplejidad, volvió a leer de cabo a rabo el libro de lectura incriminado. Narraba la vida cotidiana de Thierry, un niño sonriente, y de su hermana mayor Micheline, que le preparaba unas tostadas para la merienda y le impedía hacer tonterías, ya que ella era razonable.
—¡Qué encantador! —exclamó al finalizar la lectura—. ¡Es fresco, es arrebatador! ¿Qué más necesita esta parlanchína?