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Tag Archives: Ramón Gómez de la Serna

Ya no van a quedar más hojas del almanaque.
Era nuestra última fortuna. Dentro de un rato estaremos arruinados.
Nos detendremos antes de arrancar la última hoja.
¿Qué habrá dentro? ¿Un consejo? ¿Una máxima? ¿Una promesa?
Hay quienes dejan pegada esa hoja en el cartón. Mal hecho. Esos se quedan sin algo, han dejado prendido un boleto de opción; quién sabe qué mueble de regalo; quién sabe qué fotografía que el destino hace en esa hoja en blanco y envía a la Caja de jubilaciones (desde luego en esa hoja está el vale para la comadrona que ha de sacar con bien el próximo año).
Porque hay un secreto que voy a divulgar, y es que, entre el 31 y el 1 del año que comienza, hay un día que no se nota, que pasa desapercibido, que, como todo el mundo está preocupado, nadie ve: el día 32.
Desde la antigüedad existe ese día, que no es de non, porque es par y jacarandoso.
Es el día en que los desmemoriados -todos somos desmemoriados el 31- vuelven a adquirir la memoria; el día que se pasa con la cabeza en el hielo; el día en que muchos, que no saben jugar al ajedrez, se lo pasan jugando sobre el tablero; el día de cambiar el empapelado del comedor y, como se ha hecho en plena inconsciencia, sorprenderse al día siguiente de lo raro que resulta contemplarle rojo cuando ayer parecía amarillo. ¡Qué de cosas se hacen ese día 32!
Es un día sin cobradores y en cuyos balcones aparece el paisaje que hemos soñado, y quizá por eso nos sentimos tan bien y la vida es sueño.
Cuando me di cuenta de la existencia del día 32 fue un año en el que el día 1 del año siguiente se me presentó una amiga de una prima mía con la que cené el día 31 de aquel diciembre.
-Chulillo mío -me dijo-, ¡qué día el de ayer!
Yo me quedé sorprendido, sin saber lo que significaba aquello.
Me acordaba de que el día último del año había cenado en casa de mis tíos y había acompañado a aquella joven al domicilio, cuya dirección ella misma me dio.
No me acordaba de haber estado calamocano ni de propasarme.
Acepté aquel idilio, y cuando la oía hablar del día que pasamos juntos entre las gasas del balcón, lleno de cortinajes transparentes y con algo de nido, sospeché la existencia de ese día 32.
Claro que salí de ella otro día 32 del año siguiente, aprovechando que ese día nadie se acuerda de lo que sucedió. Como sucede invisiblemente, se puede tener una despedida invisible.
El día 32 es el día en que se comen pichoncitos en salsa de jerez y se repara una última vez en que está retratado en las cien y borlas que se hubieran hecho si la suerte hubiera soplado a más velocidad. ¡Qué bonitas novias y cuántos sombreros de galera alta he gastado!
Yo sonrío ya cuando arrancan la última hoja y creen que detrás no hay nada más que un papel con engrudo.
-¡Mañana, ya, primero de año!
-Sí, quizá.
-¿Cómo quizá?
Hago un guiño y así me burlo de una más de los engañados. Pero ¿cómo no comprende que no puede venir un año después de otro sin una tregua, sin el día de la bandera blanca y del armisticio?
Yo ya me preparo, elijo la mujer de ese día, miro en los escaparates de repostería lo mejor de lo mejor. Tengo una lista de vinos reservada para el día 32 y me cambio de narices, y en algunos trechos en que mi pelo clarea, logro que se espese, y en los catálogos de radioreceptores elijo el mejor, y ese día oigo las estaciones superpolares, donde las focas tocan el violín como no ha habido ejecutante que lo haya logrado nunca.
¿Qué cómo se entra en el día 32?
Ése es mi invento.
Yo tengo un biombo de cuatro hojas amplias y altas y en una de ellas he abierto una puertecita.
¡Qué cuestión tuve con mi mujer cuando encargué esa puertecita de escape!
-Prefiero que llames a tu amigo el psiquiatra y que me interne por fin en un manicomio a que hagas una puerta en ese biombo.
Al fin la convencí, y por esa puerta, en la segunda hoja del biombo, me escapo cuando suenan las doce de las noche del día 31 y me sumerjo en el 32. Ella no recobra el conocimiento hasta que llega el que ella cree que es el día siguiente, y es el subsiguiente.

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Era la noche de navidad y en el fondo de la inclusa los niños cantaban villancicos desesperadamente ante el nacimiento que habían improvisado las monjas. Eran las doce, y una monja comenzó a encender las velas rojas, rosas, azules y amarillas con esa lenta prosopopeya con que se encienden las arañas de las iglesias.

En la sala del torno, la monja encargada de esperar, llena de nostalgia veía los nacimientos que vio en su infancia, y tenía los ojos llenos de pequeñas lucecitas. En eso sonó el timbre anunciador de que alguien había abandonado un niño en el torno. Ella volvió el torno y vio aparecer un recién nacido iluminado por un halo que brotaba de él como el que brota de la luciérnaga. No se atrevió a tocarlo y corrió en busca de la superiora como si fuese a avisarle un incendio.

Volvió con ella y se quedaron igualmente deslumbradas. ¿Quién era aquel hijo del amor que así resplandecía? Algo hacía sospechar la solemnidad de la noche y de la hora, pero por si aquél era un pensamiento sacrílego y todo aquello era obra de Satanás, rechazaron la sospecha. Se avisó al obispo, y entre todos decidieron ocultar al resplandeciente para evitar el cisma.