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Tag Archives: Lecturas compartidas

JUEZ.- ¿Qué pendencia traéis, buena gente?

MARIANA.- Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!

JUEZ.- ¿De quién, o por qué, señora?

MARIANA.- ¿De quién? Deste viejo que está presente.

JUEZ.- ¿Por qué?

MARIANA.- Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera. Muy buen dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada día por verme casada con esta anotomía.

JUEZ.- No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.

MARIANA.- Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes.

Texto completo

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En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-. En que éste no es el suyo.
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora le substituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.


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Tumbada en la cama, mientras escuchaba el ruido del tráfico a lo lejos, Scarlett pensaba en todo lo que había sucedido aquella tarde. De pequeña, ella había estado allí, en aquel cementerio; por eso todo le resultaba tan familiar.
Se abandonó a sus fantasías y a sus recuerdos y, en algún momento, se quedó dormida; en sus sueños seguía paseando por los senderos que había entre las tumbas. Era de noche, pero lo veía todo con la misma claridad que si fuera de día: se hallaba en la ladera de una colina en compañía de un niño de su misma edad, pero él estaba de espaldas, contemplando las luces de la ciudad.
—Hola, ¿qué estás haciendo? —le preguntó.
El niño se dio la vuelta, aunque parecía tener problemas para verla.
—¿Quién ha dicho eso ? —Y, tras unos instantes, añadió—: ¡Ah, ya te veo! Bueno, más o menos. ¿Me estás haciendo una Visita Onírica?
—Creo que estoy soñando, sí —respondió Scarlett.
—No me refería a eso exactamente —replicó el niño—. Bueno, hola. Me llamo Nad.
—Y yo, Scarlett.
Él volvió a mirarla como si la viera por primera vez.
—¡Claro, Scarlett! Ya decía yo que me sonaba tu cara. Has estado esta tarde en el cementerio, con ese hombre, el de los calcos.
—El señor Frost, sí; es un tipo encantador. Me llevó a casa en su coche —hizo una pausa, y preguntó—: ¿Nos has visto?
—Sí, bueno… Suelo estar al tanto de todo lo que ocurre por aquí.
—¿Y qué clase de nombre es Nad?
—Es el diminutivo de Nadie.
—¡Pues claro! Ahora lo entiendo todo. Tú eres mi amigo imaginario, el que me inventé cuando era pequeña, pero has crecido.
Nad asintió.
Era más alto que ella; iba vestido de gris (aunque Scarlett no habría sabido describir su ropa), y llevaba el cabello demasiado largo; ella pensó que debía de haber pasado mucho tiempo desde su último corte de pelo.
—Te portaste como una valiente. Bajamos hasta el centro de la colina, vimos al Hombre Índigo y nos encontramos con el Sanguinario.
Entonces algo ocurrió en la mente de Scarlett: fue como si, de repente, todo se acelerara y diera vueltas, y se vio envuelta en una especie de remolino negro y un montón de imágenes se le sucedieron a toda velocidad…
—¡Ahora lo recuerdo todo! —exclamó la chica. Pero lo dijo en la soledad de su habitación, y ninguna voz le respondió; sólo se oía el ruido lejano de un camión que pasaba por la carretera.

[…]Al terminar, salió de la iglesia y, según se dirigía hacia el banco para sentarse un rato, vio algo que le hizo dudar: el banco ya estaba ocupado por una chica que leía una revista.
Nad puso en marcha la Desapación total y se fundió con el entorno, como si fuera una sombra más.
Pero la chica alzó la vista, lo miró directamente y preguntó:
—¿Eres tú, Nad?
Él tardó unos segundos en decidirse a responder.
—¿Cómo es posible que me hayas visto?
—En realidad no estaba segura. Al principio pense que eras solamente una sombra o algo así. Pero tienes el mismo aspecto que en mi sueño y, de alguna manera, empecé a verte con un poco más de nitidez.
Nad se le acercó e inquirió.
—¿De verdad estás leyendo? ¿Tienes luz suficíente?
—Es muy raro, sí —repuso Scarlett cerrando la revista—. Casi se ha hecho de noche, pero veo a la perfección. Vamos, que puedo leer sin dificultad.
—¿Has venido…? —Nad vaciló un momento, sin saber muy bien qué era exactamente lo que quería preguntarle—. ¿Has venido sola? Scarlett asintió.
—Sí. Verás, al salir del colegio, he venido a ayudar al señor Frost a sacar algunos calcos. Pero cuando hemos acabado, le he dicho que me apetecía sentarme aquí a pensar un rato. Le he prometido que después pasaría a tomar una taza de té con él, y se ha ofrecido a acercarme en coche a mi casa; ni siquiera me ha preguntado por qué quería quedarme. Dice que a él también le encanta pasear por los cementerios, porque no hay sitios más tranquilos en el mundo que éstos. —Se calló un momento y, a continuación, le preguntó—: ¿Puedo abrazarte?
—¿Quieres abrazarme?
—Sí.
—Bueno, en ese caso —se lo pensó un momento antes de terminar la frase—, no me importa que lo hagas.
—Mis brazos no te atravesarán ni nada parecido, ¿verdad?
—No, no, soy de carne y hueso; no te preocupes. —Y ella lo abrazó con tal fuerza que casi no le dejaba respirar.
—Me estás haciendo daño —se quejó Nad.
—¡Ay, perdona! —Y lo soltó.
—No, si me ha gustado. Pero es que has apretado más de lo que esperaba.
—Sólo quería asegurarme de que eres real. Todos estos años no has existido más que en mi mente, aunque luego me olvidé de ti. Pero no eras un producto de mi imaginación, y ahora has vuelto, y estás en el mundo también.
—Solías llevar una especie de abrigo, de color naranja, y siempre que veía algo de ese color, pensaba en ti. Imagino que ya no lo tendrás —dijo Nad sonriendo.
—No, claro, hace ya tiempo que no. A estas alturas no creo que cupiera en él.
—Sí, ya me lo imagino.
—Debería regresar a casa ya. Pero creo que podré volver aquí este fin de semana —dijo Scarlett y, viendo la expresión de Nad, añadió—: Hoy es miércoles.
—Vale, me encantaría volver a verte.
Scarlett se dio la vuelta para marcharse, pero titubeó un momento y se giró de nuevo hacia Nad.
—¿ Qué he de hacer para encontrarte la próxima vez?
—No te preocupes; yo te encontraré. Tú ven sola y saldré a buscarte.
Scarlett asintió y se marchó.
Nad dio media vuelta y se fue colina arriba, en dirección al mausoleo de Frobisher. Sin embargo, no entró en el edificio, sino que trepó por uno de los laterales, apoyando los pies en las gruesas raíces de hiedra, y se subió al tejado de piedra. Se sentó allí y contempló el mundo que había más allá del cementerio, recordando el modo en que Scarlett lo había abrazado y lo seguro que se había sentido él entre sus brazos, aunque sólo fuera por un instante. Pensó también en lo agradable que debía de ser poder circular libremente y sin temor por el mundo que había tras las rejas del cementerio, y en lo estupendo que era ser dueño y señor de su propio mundo en miniatura.

-¿Sabe lo que nunca le perdoné?
-No.
-Que fuera tan torpe con los sentimientos. Que para el amor le faltara toda la lucidez y astucia y sabiduría que demostraba en la competición. Tardó mucho tiempo en valorar lo que yo le ofrecía. Y cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Poco después de separarnos intentó reconciliarse conmigo. Quiso que volviéramos a estar juntos al advertir que entre toda la gente que lo rodeaba no tenía a nadie en quien confiar de verdad. Incluso para él, para alguien tan autosuficiente, debió de ser terrible encontrarse de pronto con esa soledad, comprender que no había nadie alrededor de quien pudiera asegurar que no iba a traicionarlo. Pero yo ya no podía perdonarle que hubiera sido tan idiota, y que por tan poco lo hubiera estropeado todo. -No especificó a qué se refería, pero no era necesario-. No me considere una persona vanidosa -continuó-, pero a mis años he aprendido a conocerme y sé bien cuánta felicidad puedo dar, sé lo lejos que llega mi capacidad de ofrecer cariño y ternura, sé lo fácil que a todos les resulta la vida a mi lado. Tobias…, ¡bueno, él se lo perdió! Hace un minuto le dije que, tras la separación, enseguida se arrepintió de haber desdeñado eso tan firme que yo le ofrecía. ¡Qué triste!, ¿verdad? ¡Qué triste que la persona que tanto te ha amado nunca más en tu vida vuelva a decirte esas dos palabras que siempre nos estremecen de felicidad! ¿Usted no las echaría de menos? […] Tobias hizo que nunca más volvieran a salir esas palabras de mi boca. ¡Qué torpe fue! -repitió-. A veces, cuando yo comenzaba a sospechar sus mentiras, cuando veía acercarse la catástrofe, sentía deseos de advertirle: «Si destruyes mi amor, ¿acaso crees que me esforzaré por reconstruirlo? Si me haces daño, ¿de verdad crees que tendrás otra oportunidad?». Tal vez debí alzar la voz y decírselo, pero nunca me decidí y poco a poco nuestra relación fue languideciendo. Los silencios se hicieron cada vez más largos. Ni yo quise enfrentar los problemas, ni Tobias supo evitarlos. Y todo se fue volviendo triste y vulgar y nos hundimos en esa etapa de indiferencia, previa a la ruptura, en la que ya no hay amor, pero tampoco hay rechazo ni desesperación. Tobias pensaba que todo aquello no era motivo suficiente para separarnos, él vivía en su agitado mundo de entrenamientos, competiciones, viajes, éxitos, pero yo no tenía otra cosa a la que dedicarme y veía cómo semana a semana, día a día, iba desapareciendo la inocencia y avanzaba esa cruda apatía desde la cual ya no hay marcha atrás.
-¿Y ahora?
-¿Ahora? -repitió-. No hay nada que tuviera con él que ahora no tenga.

Después del desayuno, Emily Brent invitó a Vera a subir a lo alto de la isla para vigilar la llegada de la embarcación. Vera aceptó.
El viento era más fresco. Crestas de espuma aparecían en el mar. No se veía ninguna barca de pesca… y ni la menor señal de la motora.
No se divisaba el pueblo de Sticklehaven, solamente la montaña que se levantaba por encima de él, una masa rocosa sojiza que ocultaba la pequeña bahía.
—Me pareció que le hombre que nos trajo ayer era bastante formal —manifestó miss Brent—. Es muy raro que se retrase tanto esta mañana.
Vera no respondió; trataba de reprimir el pánico. Se dijo a sí misma furiosa: «Debes conservar la sangre fría. Esto no es propio de ti. Siempre has tenido unos nervios excelentes».
Al cabo de un instante, dijo en voz alta:
—Me gustaría que viniera ya. Quiero marcharme de aquí.
—Todos lo deseamos —exclamó miss Brent secamente.
—¡Todo esto es tan extraordinario! No parece tener ningún sentido.
—Estoy enojada conmigo misma por haberme dejado engañar tan fácilmente —dijo miss Brent—. Esta carta era absurda, si una la examina detenidamente. Pero cuando la recibí no tuve la menor sospecha.
—Supongo que no —murmuró Vera, distraída.
—Una da por sentadas demasiadas cosas —dijo Emily Brent.
—¿Piensa usted de veras lo que dijo durante el desayuno? —preguntó Vera después de un largo suspiro.
—Sea un poco más precisa, querida. ¿A qué se refiere?
—¿Cree usted verdaderamente que Rogers y su mujer mataron a su señora? —preguntó Vera en voz baja.
Miss Brent miró largamente al mar.
—Personalmente estoy convencida. ¿Qué opina usted?
—No sé qué pensar.
—Todo parece confirmar la idea. La forma en que se desvaneció la mujer en el momento en que su marido dejaba caer la bandeja con el servicio del café. Recuérdelo. Después, las explicaciones de Rogers; no sonaban a ciertas. ¡Oh, sí, me temo que lo hicieron!
—La pobre mujer parecía tener miedo de su sombra —declaró Vera—. Jamás he visto una mujer tan aterrorizada. Debía de estar atormentada por…
—Recuerdo un texto que había en un marco colgado en mi cuarto cuando era niña —murmuró miss Brent—: «Ten por seguro que tus pecados te alcanzarán». Es la mayor verdad. Ten por seguro que tus pecados te alcanzarán.
Vera, que estaba sentada en una roca, se puso precipitadamente en pie.
—Pero miss Brent…, miss Brent…, en este caso…
—¿Qué, querida?
—De los otros… ¿qué me dice usted?
—No la comprendo.
—Todas las demás acusaciones eran falsas. Pero si la voz decía la verdad referente a Rogers…
Se interrumpió, incapaz de poner en orden el caos de sus pensamientos.
La frente arrugada de miss Brent se serenó.
—¡Ah! Ya veo dónde quiere usted ir a parar. Tomemos, por ejemplo, la acusación contra Lombard. Admitió que había abandonado a la muerte a veinte hombres.
—No eran más que indígenas… —comentó Vera.
—Blancos o negros, son nuestros hermanos —dijo indignada miss Brent.
«Nuestros hermanos, nuestros hermanos negros —pensó Vera—. Me dan ganas de reír. Estoy histérica. No soy yo».
—Naturalmente —prosiguió miss Brent—, las otras acu-aciones eran exageradas y hasta ridiculas. Contra el juez Wargrave, que no hacía más que cumplir con su deber, igual que el caso del ex detective de Scotland Yard… y también mi propio caso.
Después de una breve pausa continuó:
—En vista de las circunstancias, preferí no contar nada anoche. Me dolía tener que hacerlo delante de esos señores.
—¿De veras?
Vera escuchaba atentamente y miss Brent le contó la historia.
—Beatriz Taylor era mi criada. No era una buena chica, pero lo descubrí demasiado tarde; me desilusionó mucho. Tenía buenos modales, y era voluntariosa y servicial. Estaba muy contenta con ella. ¡Claro que todo era hipocresía! Era una chica fácil, sin sentido moral. Una criatura espantosa. Pasaron algunos meses antes de que descubriese que, como lo llaman ahora, estaba «en un apuro». —Se calló unos momentos y arrugó la nariz en una mueca de disgusto—. Fue una gran sorpresa para mí. Sus padres eran personas decentes que la habían educado muy estrictamente. Me alegra decir que no le perdonaron su conducta.
Vera miraba fijamente a miss Brent.
—¿Qué paso?
—Pues que no la tuve ni una hora más bajo mi techo. Nadie podrá reprocharme que haya disculpado la inmoralidad.
Bajando la voz, Vera insistió:
—Pero ¿qué le pasó?
—Esa inmunda criatura, no sastifecha de tener sobre su conciencia un pecado, cometió otro más grande: se suicidó.
—¡Se mató! —exclamó Vera horrorizada.
—Sí, se arrojó al río.
Temblorosa, Vera estudió el delicado perfil de miss Brent.
—¿Qué sintió al saber que había hecho eso? —le preguntó—. ¿No lo lamentó? ¿No se reprochó usted su conducta?
—¿Yo? No tenía nada que reprocharme.
—Su severidad la empujó a ello.
—Fue víctima de su propio pecado —replicó miss Brent con terquedad—. Si se hubiese conducido como una joven honesta, nada de eso habría ocurrido.
Volvió la cabeza hacia Vera. En los ojos de miss Brent no había arrepentimiento, ninguna inquietud. Sólo se reflejaba en ellos la imagen de una conciencia pía e implacable. Emily Brent estaba sentada en la cima de la isla del Negro, en su propia armadura de virtudes.
Aquella vieja solterona dejó de parecer ridícula a los ojos de Vera.
De repente… le pareció horrible.

—¿A quién te parece que podemos llevar con nosotros?
—¿El resto del equipo? —Kelp se encogió de hombros—. No sé. ¿Qué clase de tipos necesitamos?
—Es difícil saberlo. —Dortmunder miró ceñudo hacia el lago, ignorando a una chica con medias rayadas que pasaba—. Nada de especialistas, excepto tal vez un cerrajero. Pero no un experto en cajas fuertes ni nadie por el estilo.
—¿Necesitaremos ser cinco o seis?
—Cinco —respondió Dortmunder, y sacó a relucir una de sus normas de siempre: si no puedes hacer un trabajo con cinco hombres, no lo puedes hacer de ningún modo.
—Muy bien —dijo Kelp—. Así que necesitamos un conductor y un cerrajero, y sería útil alguien que vigile.
—Exacto —afirmó Dortmunder—. El cerrajero podría ser aquel tipo bajito de Des Moines. ¿Sabes quién te digo?
—¿Algo parecido a Wise…, Wiseman…, Welsh?
—¡Whistler! —dijo Dortmunder.
—¡Eso es! —aseguró Kelp, y sacudió la cabeza—. Está entre rejas. Lo cazaron por soltar un león.
Dortmunder volvió la cabeza y miró a Kelp.
—¿Qué hizo?
—No me eches la culpa —contestó—. Eso es lo que oí. Llevó a sus chicos al zoológico. Estaba aburrido y empezó a jugar con las cerraduras, completamente distraído, como nos podría pasar a ti o a mí, y, de repente, el león estaba suelto.
—Qué bonito —dijo Dortmunder.
—No me eches la culpa a mí —reiteró Kelp, y luego agregó—: ¿Qué te parece Chefwick? ¿Lo conoces?
—El ferroviario loco. Está más loco que una cabra.
—Pero es un gran cerrajero —afirmó Kelp—.Y está disponible.
—Está bien. Llámalo.
—Lo haré —dijo Kelp, mirando pasar a dos chicas vestidas en tonos verdes y dorados—. Ahora necesitamos un conductor.
—¿Qué te parece Lartz? ¿Te acuerdas de él?
—Olvídalo. Está en el hospital.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unas dos semanas. Chocó contra un avión.
Dortmunder le dirigió una lenta y sostenida mirada.
—¿Qué dices?
—No me eches la culpa —volvió a decir Kelp—. Según me contaron, estaba en la boda de un primo suyo en la Isla y volvía a la ciudad, pero tomó el Van Wyck Express en dirección equivocada; cuando se dio cuenta estaba en el aeropuerto Kennedy. Iría un poco borracho, supongo, y…
—Ya… —dijo Dortmunder.
—Sí. Confundió las señales, y después de dar vueltas y vueltas, terminó en la pista diecisiete y chocó con el avión de la Eastern Lines que acababa de llegar de Miami.
—La pista diecisiete —murmuró Dortmunder.
—Eso me dijeron.
Dortmunder sacó su paquete de Camel y, pensativo, se llevó uno a la boca. Le ofreció a Kelp, pero Kelp negó con la cabeza diciendo:
—Dejé de fumar. La publicidad contra el cáncer me convenció.
Dortmunder se quedó con la cajetilla en el aire, y dijo:
—Publicidad contra el cáncer.
—Sí. En la televisión.
—Hace cuatro años que no veo la televisión.
—Lo que te has perdido.
—Parece que sí —contestó Dortmunder—. Publicidad contra el cáncer…
—Así es. Te ponen los pelos de punta. Ya lo sabrás cuando veas uno de esos anuncios.
—Sí —dijo Dortmunder. Guardó el paquete y encendió el cigarrillo—. Volviendo a lo del conductor… ¿Has oído si le ha sucedido algo extraño a Stan Murch últimamente?
—¿Stan? No. ¿Qué le ha pasado?
Dortmunder volvió a mirarlo.
—Sólo te lo preguntaba…
Kelp se encogió de hombros, perplejo.
—La última vez que oí algo de él estaba perfectamente.
—Entonces, por qué no llamarle.
—Si estás seguro de que está bien…
Dortmunder suspiró.
—Lo llamaré y se lo preguntaré —dijo.
—Bueno, y ahora qué me dices de nuestro vigilante.
—No se me ocurre nadie.
Kelp lo miró sorprendido.
—¿Por qué? Tienes buen tino.
Dortmunder suspiró.
—¿Qué pasa con Ernie Danforth? —preguntó.
Kelp meneó la cabeza.
—Abandonó el rollo.
—¿Abandonó?
—Sí, se hizo cura. Eso me contaron. Estaba viendo esa película de Pat O’Brien en la última…
—Está bien. —Dortmunder se puso de pie. Tiró el cigarrillo al lago—. Quiero saber algo de Alan Greenwood —dijo con voz firme—, y sólo quiero que me digas sí o no.
Kelp se quedó perplejo otra vez. Parpadeando ante Dortmunder, interrogó:
—¿Sí o no qué?
—¡Si lo podemos utilizar!
Una anciana que miraba a Dortmunder con mala cara desde que tiró el cigarrillo al lago, palideció de pronto y se alejó rápidamente.
—Claro que lo podemos utilizar. ¿Por qué no? Greenwood es un buen tipo.
—¡Lo voy a llamar! —gritó Dortmunder.
—Te estoy oyendo —dijo Kelp—. Te estoy oyendo.
Dortmunder miró a su alrededor.
—Vamos a tomar un trago —dijo.
—Bueno —respondió Kelp, levantándose de un salto—. Lo que tú digas. Vale, vale.

EDGARDO.—Ya era hora, hombre. (Mirando de alto abajo a LEONCIO.) Conque ¿este es el aspirante?
FERMÍN.—Este, señor.
EDGARDO.—Tiene algo cara de tonto.
FERMÍN.—Como al señor no le gustan los criados con demasiada cara de listo…
EDGARDO.—El justo medio es lo prudente. ¿Se va imponiendo en las costumbres de la familia?
FERMÍN.—Poco a poco, porque sólo llevo enseñándole desde este mediodía por sí al señor no le gustaba, y como la cosa no es fácil…
EDGARDO.—No es fácil; lo reconozco. (A LEONCIO.) ¿A ver? Acerqúese…
FERMÍN.—(Aparte, a LEONCIO.) El interrogatorio misterioso… Cuidado con las respuestas.
LEONCIO.—Sí, sí…
EDGARDO.—¿De dónde es usted?
LEONCIO.—De Soria.
EDGARDO.—¿Qué color prefiere?
LEONCIO.—El gris.
EDGARDO.—¿Le dominan a usted las mujeres?
LEONCIO.—No pueden conmigo, señor.
EDGARDO.—¿Cómo se limpian los cuadros al óleo?
LEONCIO.—Con agua y jabón.
EDGARDO.—¿Se sabe usted los principales trayectos ferroviarios de España?
FERMÍN.—(Interviniendo.) Hoy empezaré a enseñárselos, señor.
EDGARDO.—¿Qué comen los buhos?
LEONCIO.—Aceite y carnes muy fritas.
EDGARDO.—¿Cuántas horas duerme usted?
LEONCIO.—Igual me da dos que quince, señor.
EDGARDO.—¿Fuma usted?
LEONCIO .—Cacao.
EDGARDO.—¿Sabe usted poner inyecciones?
LEONCIO.—Sí, señor.
EDGARDO.—¿Le molestan las personas nerviosas, de genio destemplado y desigual, excitadas y un poco desequilibradas?
LEONCIO.—Esa clase de personas me encanta, señor.
EDGARDO.—¿Qué reloj usa usted?
LEONCIO .—Longines
EDGARDO.—¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?
LEONCIO.—No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo.
EDGARDO.—Y que yo borde en sedas, ¿le extraña?
LEONCIO.—Menos. ¡Quién fuera el señor! Siempre he lamentado que mis padres no me enseñasen a bordar, pero los pobrecillos no veían más allá de sus narices.
EDGARDO.—(Satisfecho.) Muy bien, muy bien. Excelente. (Deja el bastidor a un lado.)
FERMÍN.—(Aparte, a LEONCIO.) Ahora, el ejercicio práctico… Recuerde bien todo lo que le he dicho.
EDGARDO.—(A LEONCIO.) Cierre usted los ojos y eche a andar en línea recta hasta aquí. (LEONCIO obedece y llega hasta la cama.) ¡Basta! ¡Perfecto! Ahora vuélvase de espaldas. (LEONCIO se vuelve de cara al público. EDGARDO aprieta un botón de timbre de los varios que han a la cabecera y se oye sonar el timbre dentro.) ¿Dónde ha sonado ese timbre?
LEONCIO.—En el salón. (A un gesto de FERMÍN.) Digo, en el vestíbulo.
EDGARDO.—(Haciendo sonar otro, que se oye también dentro.) ¿Y ese otro?
LEONCIO.—(A una señal de FERMÍN, que simula leer.) En la biblioteca.
EDGARDO.—(Haciendo sonar otro, que se oye dentro asimismo.) ¿Y éste?
LEONCIO.—En… En… (FERMÍN hace ademán de jugar al billar.) En la sala del billar.
EDGARDO.—Bien. Cierre otra vez los ojos. (LEONCIO obedece. EDGARDO coge una pistola del estante y se la dispara al lado de LEONCIO, sin que éste se conmueva en modo alguno.) ¿Le molestó el tiro?
LEONCIO.—Me produjo más bien una sensación agradable.
EDGARDO.—(Contento, a FERMÍN.) Oye, me parece que este chico nos va a servir, Fermín.
FERMÍN.—Ya le dije al señor que le gustaría.
EDGARDO.—Me alegro mucho, aunque también lo lamento, pues cuando él entre a mis órdenes te perderé de vista a ti…
FERMÍN.—Yo bien quisiera seguir en mi puesto, señor; pero el servicio de esta casa le desgasta a uno tanto…
EDGARDO.—Sí. Aquí se quema mucha servidumbre; es una pena. Bueno, pues sigue adiestrándole. Ya sabes: durante ocho o diez días que no se separe de ti, que te siga a todas partes, que se fije bien en todo lo que hagas tú y que tome buena cuenta de cuanto vea y de cuanto oiga. Y así que le des de alta me lo dices para liquidarte a ti y despedirte.
FERMÍN.—Sí, señor.

Nadié sospechó jamás que aquella cabecita de querubín albergara desde su más tierna infancia los pensamientos e intenciones más ruines. ¿Quién iba a pensar que fue ella, cuando apenas contaba siete años, la que envenenó al lebrel más querido de su abuelo, el rey?
Y lo hizo porque sí, por fastidiar, sabiendo que el enojo del rey haría rodar cabezas. «Cuantas más, mejor», pensaba el angelito, consciente de que a ella jamás la alcanzaría la ira de su abuelo. La ira de su abuelo se desvanecía al contemplar su dulce carita. Así que planeó el asesinato del perro con minucioso deleite, disfrutando de antemano con el disgusto del rey y el pavor de sus servidores.
Por eso le acometió un ataque de ira interno (que no alteró en nada sus delicadas facciones, pues ya era ducha en el arte del disimulo) al advertir cierto malicioso regocijo en la tierna mirada de su abuela la reina.
«Maldita sea…», murmuró para sí antes de preguntar con el más inocente de los acentos:
—Abuela, si supieras quién envenenó a Solimán, ¿qué harías?
Y la abuela, que sí era inocente, le confesó al oído en un susurro:
—Le premiaría con la gran cruz de tu tatarabuelo, Arnolfo. Ya no podía soportar más la presencia eterna de ese maldito animal, resollando por las noches a los pies de nuestra cama. Sólo le faltaba al rey nombrarle condestable al perrito…
—Pero el pobre abuelo ha sufrido mucho… —contestó la niña, dedicándole un mohín de reproche a su insensible abuela.
—Lo siento por él, hijita —replicó ésta—, pero, ¿sabes? No hay mal que por bien no venga.
¡Oh revelación! Aquella fue la primera vez que la aviesa infantita escuchaba el famoso dicho y decidió en su fuero interno consagrar su vida entera a contradecirlo. Sí, practicaría el mal en cadena sin permitir que un solo eslabón interrumpiera una sucesión progresiva de calamidades hasta «la gran catástrofe final», que habría de ser sonada.
Pero no lo consiguió. En su busca desesperada del mal auténtico cometió las más espantosas tropelías, pero siempre un bien, a veces mayor, resultaba de sus atrocidades sin freno.

Así ocurrió cuando a los diez años cortó, hasta dejar pendiente de un hilo, la cuerda que sujetaba el columpio de su primito Carlos Felipe, heredero del trono. ¡¡¡Heredero del trono!!! ¡Sólo por ser niño! ¡Aunque fuera mucho más pequeño que ella! ¡¡¡Y muchísimo más tonto!!!
(Hay que aclarar que la generación intermedia había fallecido víctima de la peste, y que dicha peste no fue provocada por la infantita.)
El columpio se rompió, como estaba previsto. El principito salió por los aires, como estaba previsto. Lo que no estaba previsto fue que le crecieran de pronto en los omóplatos un par de alitas nacaradas de mariposa y, en vez de caer, comenzara a volar, y volar, y volar…
—¡Angelitos al cielo! —exclamó su beatífica abuela juntando las manos sobre el pecho, mientras contemplaba la implacable ascensión de su nieto a «las alturas».
— ¡¡Maldita sea!! —masculló la niña—. Acabo de fabricar un asqueroso santito.
En efecto, aún hoy se venera en lo que fuera aquel reino a San Carlos Maria Felipe Nepomuceno, patrón de los lepidópteros.

Y así fue cuando, arrimando un candelabro a un cortinaje, prendió fuego a la biblioteca de su abuelo, famosa en el mundo entero por sus documentos históricos, preciosos incunables y tratados científicos, perdiéndose para siempre en el incendio, al tiempo que volúmenes únicos e irrecuperables escritos por los más grandes sabios muertos, a siete sabios vivos que, procedentes de todo el orbe, habían acudido allí para documentarse en las más diversas materias.
—¡Alabado sea el Señor, hermanos! —clamó el obispo desde el pulpito en la misa que se celebró por los difuntos—. ¡No hay mal que por bien no venga! El fuego ha purificado ese almacén de herejías indigno de un príncipe piadoso. La cristiandad está de enhorabuena.
«¡Maldita sea…! No era mi intención procurarle otro beneficio a la Iglesia», se dijo la infantita.

Y así sucedió cuando a los catorce años se introdujo en el confesionario de la capilla del castillo disfrazada de demonio para asustar a su abuela, falleciendo ésta del soponcio, arrastrando a la tumba con ella a su amante esposo, que murió de pena a los tres días.
—¡Dos pájaros de un tiro! —fue el piadoso comentario de la víbora—. ¡El trono es mío!
Pero no contaba con la minoría de edad, ni con la aparición en escena de un hijo de su abuelo, fruto de un anterior matrimonio anulado por el Papa, príncipe honrado y prudente, a la sazón abad de un monasterio, que no dudó un minuto en aceptar la regencia propuesta por la corte.
—¡¡¡Maldita seaaa!!! —gritó la infanta a los cuatro vientos desde las almenas del castillo, sabiendo que nadie la oiría—. ¡Le he hecho el caldo gordo a ese bastardo!

Y así vino a acontecer cuando denunció a la Santa Inquisición a un joven curilla que andaba pidiendo a gritos el capirote, predicando con exaltado fervor apostólico y hermosa voz de barítono cosas non gratas y opuestas a los interes de la nobleza y la iglesia, en reuniones clandestinas a las que la infanta acudía, escapándose del castillo vestida de harapos, y del cual se había encaprichado, no siendo correspondida.
El infortunado joven murió en el calabozo, pero su semilla prendió… («¡Maldita sea! Ahora he fabricado un cochino mártir del pueblo!»), siendo el fuego sofocado en poco tiempo a golpes de maza y de hisopo.

Y así ocurrió por fin, cuando una vez allanado el camino, eliminados todos los escollos y devuelto el bastardo a su monasterio sin problemas, llególe la hora de acceder al trono y encontróse ante un último inconveniente escrito a fuego en las leyes del país: «No reinará mujer soltera», y detallado en el testamento de su abuelo: «Mi nieta Clara Margarita contraerá sagradas nupcias con el príncipe Conrado de Kraakenstadt, porque así lo ha decidido mi real persona.»
¡Un príncipe consorte! ¿Qué necesidad tenía ella de un príncipe consorte? Aunque fuera (como lo era Conrado) el más gallardo, el más noble, el más valiente, el más fuerte, el más justo…
Eso era precisamente lo que más le fastidiaba a nuestra infanta: aquel intolerable cúmulo de perfecciones.
—¡Maldita sea…! ¿Adonde voy a parar yo con semejante pardillo? Si al menos tuviera un defecto…
Pero las virtudes del príncipe resplandecían de tal manera que nublaban la vista, así que fue a visitar a un brujo que le proporcionó un líquido mágico, con el que, echándose una gota de él en cada ojo, neutralizaría el insoportable resplandor de «la verdad» y la «belleza» encarnadas en el príncipe de Kraakenstadt, pudiendo así hacerle frente sin menoscabo de sus perversas intenciones.
Porque el odio que le inspiraba Conrado era tan grande que superaba incluso su ambición por el trono. Un trono compartido perdía todo su interés, y la vida sin trono no era vida.
Como no encontraba salida alguna, concibió su última maldad: morir matando. Sí, se envenenaría ella misma e inocularía el veneno al príncipe la misma noche de bodas con el primer beso de amor fingido. Morirían ambos y el reino quedaría sumido en el caos. Al no haber sucesión directa, reivindicarían sus derechos todos los parientes lejanos, que, procedentes de otros reinos, vendrían a disputarse el botín. Habría luchas fratricidas por el poder y al fin surgiría de la nada un cualquiera de linaje dudoso que se haría con él.
—¡Un innoble tirano, peor que yo, si cabe! ¡Eso es lo que se merecen todos!
Cuando la infanta dio al príncipe su beso mortal ocurrió algo inesperado. El príncipe, en vez de morir, se convirtió en rana, una preciosa rana verde esmeralda que saltó al regazo de la infanta moribunda diciendo:
—Gracias, reina mía; estaba escrito que una bondadosa princesa de la humana estirpe, mediante un beso de amor, acabaría con el encantamiento que sufro desde hace mil años. Sabed, ¡oh bienaventurada princesa!, que yo, Croacolicruac II, príncipe heredero de Batraciolandia, fui encantado ya en la cuna por un maléfico genio de los estanques, siendo condenado a sufrir la humana apariencia hasta que una auténtica princesa de dicha subespecie me concediera su mano y me otorgara su primer beso de amor. Mi agradecimiento será eterno. Nunca os podréis imaginar el bien que me habéis hecho.
Dicho esto, la rana, sin más explicaciones, cruzó a saltos el aposento y desapareció por la ventana.
— ¡Maldita sea…! —escupió la infanta entre los estertores de la agonía.

La lluvia arreció cuando detuve la mirada sobre la reproducción en color, creo que con técnica de mosaico, de Los fusilamientos del 3 de mayo instalada a la izquierda del patio. Como todo el mundo, tengo en la retina el cuadro de Goya desde siempre, lo he visto mil veces: en libros colegiales cuando niño, en visitas al Prado o en reproducciones editoriales de todo tipo. Sin embargo, esta vez lo percibí distinto: más intenso y evocador, más inquietante a causa de la cortina de lluvia repentinamente densa que se levantó entre el cuadro y yo. Pensé que los patriotas creados por Goya permanecían a la intemperie, bajo el sol o la lluvia, de día y de noche, siempre desvalidos y siempre expuestos a las inclemencias del clima, infinitamente más desnudos y solos que los muertos reales, que al fin y al cabo descansaban a cubierto desde mucho tiempo atrás. Pero, por otra parte, esa condena eterna, su cadena perpetua más allá de la propia muerte, tenía una importancia enorme, solidaria y universal. Los patriotas de Goya, aquellos que en el cuadro vemos caídos, ya muertos, y también los todavía vivos, representados en ese personaje central de camisa blanca con los brazos en alto, nos recuerdan a los fusilados de todas las guerras de todos los tiempos: nuestra Guerra de la Independencia o nuestra Guerra Civil, la Guerra de Secesión americana o la Guerra de Vietnam, Chechenia o Irak… El madrileño de camisa blanca pintado por Goya es todos y cada uno de los civiles asesinados en esas guerras, y sus brazos en alto pidiendo eternamente piedad simbolizan las súplicas de clemencia de todos los civiles de todas las guerras. El diccionario de la Real Academia dice que «fusilar» significa «ejecutar a alguien con una descarga de fusilería». Goya, con su pintura, nos demuestra -y nos recuerda- que «fusilamiento» quiere decir algo así como «asesinato de hombres desarmados a manos de otros hombres armados y normalmente uniformados que cometen su crimen en grupo durante una pantomima de orden y disciplina con la que se pretende dar al acto una apariencia de justicia y legitimidad». Por eso es importante el cuadro de Goya, por eso es trascendental.

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Juan Berrio