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Tag Archives: Arthur Conan Doyle

—¿Quiénes son esos «espías»? —pregunté mientras nuestro coche retumbaba al salir de Regent’s Park por Clarence Gate y desembocaba en Baker Street.
—Muchachos de buen corazón, como Jimmy —dijo—. Chiquillos de la calle. Golfillos, pilluelos; llámales como quieras. Puede que lleven vidas desordenadas e irregulares según la óptica de los hijos de los corredores de bolsa y de los funcionarios, pero mis «espías» son buenos chicos, trabajadores y honrados como el que más.
—¿Trabajan para ti? ¿Les pagas?
—Les doy una moneda de seis peniques de vez en cuando y les mantengo alejados del mal camino. Me hacen recados: llevan mis mensajes por la ciudad, entregan flores, me consiguen coches…
—¿Y «espían» para ti?
Sonrió.
—Cuando es necesario. Son mis ojos y mis oídos ambulantes, Robert, y, siendo esto quizá lo que más me concierne, mis piernas ambulantes. Como habrás observado, no soy muy dado al ejercicio. No estoy hecho para ello. Estos chiquillos son ágiles y de pies ligeros. Pueden dar la vuelta entera a la capital en cuarenta minutos. Cada uno de ellos es mi Ariel.
—Entonces, ¿con cuántos cuentas?
—¿En todo Londres? Un par de docenas, quizá. Treinta como mucho. Forman parte del grupo de mis mejores amigos. Conan Doyle le ha dado a Sherlock Holmes una banda parecida de jovencitos ayudantes, pero la idea se me ocurrió a mí primero. Naturalmente, la posteridad no me lo reconocerá, a menos que te encargues tú de dejar las cosas claras. Eres mi ángel Anotador, Robert. Mi reputación está en tus manos.
Oscar no llevaba ningún diario, pero sabía que yo sí lo hacía y me animaba a que siguiera haciéndolo. Disfrutaba apuntando que había puesto todo su genio al servicio de su vida, pero sólo su talento al de su obra, y a menudo me decía que confiaba en mí y en mi diario para que mostráramos a la posteridad dónde radicaba su genialidad.
Yo me tomaba muy en serio semejante responsabilidad. Por ejemplo, cuando nos separamos tras nuestro encuentro con Gerard Bellotti, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue escribir todo lo ocurrido durante la aventura matinal. Bien es cierto que sería acertado decir que, durante los años en que Oscar y yo tuvimos mayor relación, mi diario es tanto un testimonio de su vida como de la mía. Quizás esto no resulte sorprendente. Su vida era mucho más extraordinaria que la mía.

jabezwilson
– ¿Y el trabajo?

– Es puramente nominal.

– ¿Qué entiende usted por puramente nominal?

– Bueno, tiene usted que estar en la oficina, o al menos en el edificio, todo el tiempo. Si se ausenta, pierde para siempre el puesto. El testamento es muy claro en este aspecto. Si se ausenta de la oficina durante esas horas, falta usted al compromiso.

– No son más que cuatro horas al día, y no pienso ausentarme -dije.

– No se acepta ninguna excusa -insistió el señor Duncan Ross-. Ni enfermedad, ni negocios, ni nada de nada. Tiene usted que estar aquí o pierde el empleo.

– ¿Y el trabajo?

– Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En ese estante tiene el primer volumen. Tendrá usted que poner la tinta, las plumas y el papel secante; nosotros le proporcionaremos esta mesa y esta silla. ¿Podrá empezar mañana?

– Desde luego.

– Entonces, adiós, señor Jabez Wilson, y permítame felicitarle una vez más por el importante puesto que ha tenido la suerte de conseguir.

Texto completo en Sherlock-Holmes.es