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—¿Quiénes son esos «espías»? —pregunté mientras nuestro coche retumbaba al salir de Regent’s Park por Clarence Gate y desembocaba en Baker Street.
—Muchachos de buen corazón, como Jimmy —dijo—. Chiquillos de la calle. Golfillos, pilluelos; llámales como quieras. Puede que lleven vidas desordenadas e irregulares según la óptica de los hijos de los corredores de bolsa y de los funcionarios, pero mis «espías» son buenos chicos, trabajadores y honrados como el que más.
—¿Trabajan para ti? ¿Les pagas?
—Les doy una moneda de seis peniques de vez en cuando y les mantengo alejados del mal camino. Me hacen recados: llevan mis mensajes por la ciudad, entregan flores, me consiguen coches…
—¿Y «espían» para ti?
Sonrió.
—Cuando es necesario. Son mis ojos y mis oídos ambulantes, Robert, y, siendo esto quizá lo que más me concierne, mis piernas ambulantes. Como habrás observado, no soy muy dado al ejercicio. No estoy hecho para ello. Estos chiquillos son ágiles y de pies ligeros. Pueden dar la vuelta entera a la capital en cuarenta minutos. Cada uno de ellos es mi Ariel.
—Entonces, ¿con cuántos cuentas?
—¿En todo Londres? Un par de docenas, quizá. Treinta como mucho. Forman parte del grupo de mis mejores amigos. Conan Doyle le ha dado a Sherlock Holmes una banda parecida de jovencitos ayudantes, pero la idea se me ocurrió a mí primero. Naturalmente, la posteridad no me lo reconocerá, a menos que te encargues tú de dejar las cosas claras. Eres mi ángel Anotador, Robert. Mi reputación está en tus manos.
Oscar no llevaba ningún diario, pero sabía que yo sí lo hacía y me animaba a que siguiera haciéndolo. Disfrutaba apuntando que había puesto todo su genio al servicio de su vida, pero sólo su talento al de su obra, y a menudo me decía que confiaba en mí y en mi diario para que mostráramos a la posteridad dónde radicaba su genialidad.
Yo me tomaba muy en serio semejante responsabilidad. Por ejemplo, cuando nos separamos tras nuestro encuentro con Gerard Bellotti, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue escribir todo lo ocurrido durante la aventura matinal. Bien es cierto que sería acertado decir que, durante los años en que Oscar y yo tuvimos mayor relación, mi diario es tanto un testimonio de su vida como de la mía. Quizás esto no resulte sorprendente. Su vida era mucho más extraordinaria que la mía.

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