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Tag Archives: Guerra Civil

Franco será recordado ante todo por su enérgica dirección del esfuerzo de guerra nacional entre 1936 y 1939 y por la determinación con la que buscó la aniquilación sistemética de sus enemigos de izquierda y, posteriormente, por su ferrea voluntad de supervivencia. Sus rasgos más notables eran la astucia instintiva y la imperturbabilidad, la sangre fría con la que manejaba las rivalidades entre las fuerzas del régimen y la habilidad con que desactivaba los desafíos de quienes (desde Serrano Suñer a don Juan) eran superiores a él en inteligencia e integridad. Los logros alcanzados por Franco no eran los de un gran benefactor nacional sino los de un hábil manipulador del poder que siempre atendió a sus propios intereses. Como escribió Salvador de Madariaga: “El más alto interés de Franco es Franco. El más alto interés de De Gaulle es Francia”.

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—Di lo que tengas que decirme, y rápido.
—¿Crees que eres la única que ha sufrido un aborto?
Te miré sorprendida, hasta ese momento nunca había sospechado nada. Y apenas balbuceé la respuesta interrogativa:
—¿Tú?
—Sí, Libertad. Tenía tu edad cuando Manolo y yo nos enamoramos y ocurrió.
—Nunca me dijiste nada.
—Eras muy pequeña, no lo hubieses entendido. Además, padre había muerto en la casamata de Picu Polio y a madre se le fué la cabeza. Me lo tragué yo sola. Por eso comprendí mejor que nadie lo que te ocurría.
—Ventura me ha dicho que si cambio de aires a…
—No importa adonde vayas, todo es igual para nosotras.
—He visto Oviedo, aquello es distinto —dije, alzando la voz.
—No te engañes, en las ciudades sufren más necesidad que en los pueblos. Aquí nunca falta un mendrugo de pan.
—Buscaré trabajo.
—¿Has pensado en Eloy? Si te quedas en el pueblo, a él le resultará más fácil bajar al valle o a ti acercarte cuando no cierren los montes. Sin embargo, las ciudades son territorio hostil.
—No me chantajees, Ángela.
—¿Cómo crees que hemos vivido estos diez años Manolo y yo? Tú lo sabes: nos vemos cada dos o tres meses.
—Yo no quiero eso. Además, detesto el pueblo y a sus gentes.
—No son el pueblo ni sus vecinos los culpables de nada, es la situación social y política que se vive. Hay hambre y pagan cuatrocientas pesetas por la cabeza de cada guerrillero. Una cantidad parecida por delatar a un pariente que esté o colabore con el Movimiento de Resistencia.
—Por eso quiero marcharme donde nadie me conozca. Y comenzar una nueva vida.
—Da igual donde vayas. Los tiempos en los que nos ha tocado vivir son crueles y hemos de hacerles frente.
—No me convences, Ángela. Tiene que existir un mundo sensible fuera de estos valles.
—Vives de sueños, Libertad. Crees que la vida es leer y soñar con esos mundos que te narran las novelas. Te sientes la Cosette de Victor Hugo o la Mercedes Herrera de Dantès. Hasta piensas que ser instruido es la marca de clase de los que perdimos la guerra. Te equivocas. Manolo y Aurelio, en la montaña, imparten clases a muchos guerrilleros para que algún día puedan leer las cartas que les envían sus familiares. Esta realidad asesina cualquier sueño.
—¿Qué sueños te han roto a ti? Te gusta vivir en el pueblo, tienes a Manolo a tu lado, eres capaz de conseguir lo que te propongas, disfrutas ayudando a la guerrilla y…
—Sigues equivocándote. Mi sueño me lo mataron: ser maestra.
—¿Maestra? —pregunté extrañada—. Nunca me dijiste nada.
—Tú eras muy pequeña y no te acuerdas, pero yo estaba todos los días con el maestro del pueblo. Él me iba a ayudar a conseguirlo. ¿Qué pasó? Terminó la guerra y depuraron a todos los maestros de la República. Quinientos fue el balance de los paseados en esta provincia. A él lo fueron a buscar a la escuela y lo arrastraron hasta la tapia del cementerio. Lo fusilaron acusándole de rebelde al nuevo Estado, cuando el único pecado que había cometido fue enseñarnos a pensar por nosotros mismos. Recuerdo que cuando arrastraban su cuerpo hacia la fosa, uno de sus verdugos se dio cuenta de que el maestro había estado apretando un crucifijo en su mano mientras le disparaban. Era un sincero católico que simplemente odiaba la barbarie. Ahí tienes mi primer sueño frustrado.
—Pero tú disfrutas con tu papel de enlace de la guerrilla.
—¿Disfrutar? No queda más remedio, Libertad. —Alzaste la voz para argumentar—: Cuando capturan a un guerrillero, su destino es la muerte. Seguro que la Historia los coloca en el limbo de los héroes. Sin embargo, ¿cuál es nuestro papel? Las enlaces sufrimos mil vejaciones cuando nos apresan. La primera es raparnos el pelo o violarnos. Ya sabes que hasta han convertido la violación en un arma de guerra. Si nos dejan vivir es para que caminemos con nuestra miseria y vayamos delatando al resto. Nuestro destino no es el de los héroes, es el anonimato y la vergüenza. O la locura.
—Feria, Manolo, ellos eligieron.
—¿Eligieron? Cómo puedes pensar así. A Feria le hubiese gustado seguir de obrero de cantera y haberse casado y tener muchos niños. ¡Maldita la gracia que le hizo ser mayor de brigada en una guerra civil! Y Manolo daría su existencia por continuar de picador en cualquier mina. Él y yo no deseábamos nada más que una familia y vivir en paz. ¿Y qué tenemos? Las circunstancias les obligaron a convertirse en lo que son. Si ellos hubiesen podido elegir, te aseguro que su vida hubiese sido otra.
—Otra razón para irme —dije, y me puse en pie.
Me agarraste del brazo y suplicaste:
—Reflexiona, María.
—Está muy pensado.
Cogí la maleta y salí con un portazo. Mi objetivo era la estación del ferrocarril.

Pero las mejores aventis eran siempre las que contaba Java en días de lluvia, cuando no salía a la busca con su saco y su romana y se quedaba en casa, recordó el celador: fue un día de estos cuando a Java se le ocurrió por vez primera introducir en la aventura inventada un personaje real que todos conocíamos, Juanita la «Trigo», una niña huérfana acogida a la Casa de Familia de la calle Verdi. En este preciso momento, al ver a Juani prisionera de la aventi, contuvimos el aliento y el auditorio se quedó expectante y desconcertado. Con el tiempo, Java perfeccionó el método: se metió él mismo en las historias y acabó por meternos a nosotros, y entonces el juego era emocionante de veras porque estaba siempre pendiente la posibilidad de que, en el momento menos pensado, cualquiera del corro de oyentes se viera aparecer con una actuación decisiva y sonada. Nos sentíamos todo el tiempo como alguien a quien va a sucederle un acontecimiento de gran importancia. Java aumentó el número de personajes reales y redujo cada vez más el de los ficticios, y además introdujo escenarios urbanos de verdad, nuestras calles y nuestras azoteas y nuestros refugios y cloacas, y sucesos que traían los periódicos y hasta los misteriosos rumores que circulaban en el barrio sobre denuncias y registros, detenidos y desaparecidos y fusilados. Era una voz impostada recreando intrigas que todos conocíamos a medias y de oídas: hablar de oídas, eso era contar aventis, Hermana. Las mejores eran aquellas que no tenían ni pies ni cabeza pero que, a pesar de ello, resultaban creíbles: nada por aquel entonces tenía sentido, Hermana, ¿se acuerda?, todo estaba patas arriba, cada hogar era un drama y había un misterio en cada esquina y la vida no valía un pito, por menos de nada Fu-Manchú te arrojaba al foso de los cocodrilos. «Lo-Ky, los cocodrilos para nuestro amigo», ordenaba el chino perverso y cabrón dando unas palmadas…
—Más respeto, celador.
—Era un chino de película, Hermana.
—Aun así.
En realidad, pensó Ñito, aquellas fantásticas aventis se nutrían de un mundo mucho más fantástico que el que unos chavales siempre callejeando podían siquiera llegar a imaginar: historias verdaderas con cocodrilos verdaderos, historias de delación y de muerte escuchadas fragmentariamente y de soslayo en las amargas sobremesas de nuestros padres, cuando se abandonaban al recuerdo, y que, sin embargo, no tenían la misma extraña fuerza de convicción que las aventis inventadas por Java o por Sarnita. Arruinada nuestra capacidad de asombro, sólo captábamos los signos del azar: Amén aseguraba haber visto tres viudas preñadas pariendo chorros de arroz y de harina en la Montaña Pelada, bajo la luna, espatarradas como viejas que mearan de pie; en la misma trapería, ausentes Java y su abuela, Sarnita decía haber oído, detras de las altas pilas de papel y trapos, el paciente raspar de una lima y golpes de cuchara en un plato; y Luis juraba que en el cine Roxy vio cómo acribillaban a un policía secreto con una escopeta de caza, pero de juguete. A veces, acuclillados en torno a la más increíble aventi contada por el trapero, en invierno, al anochecer, la niebla nos traía la sirena lejana y fantasmal de un buque en la entrada del puerto y era como una sirena oída en sueños, no creíble, una sirena surgida de un mundo infinitamente menos real que el nuestro.

Una de las sorpresas que me encontré a la vuelta de un largo exilio fue el ver que mis estudiantes (gente joven, despierta y curiosa intelectualmente, horrorizados por las barbaridades realizadas por las dictaduras chilenas y argentinas -tales como el robo de niños de padres asesinados por aquellas dictaduras-) desconocían que todos aquellos horrores habían ocurrido también en España durante la dictadura franquista, incluyendo el robo de niños de madres republicanas asesinadas por el Ejército golpista. Recordaré siempre su respuesta al excelente documental de la televisión catalana Els nens perduts del franquisme, de Montse Armengou y Ricard Belis, que documentaba tales robos durante la dictadura. Al entrar en el aula al día siguiente de haberse proyectado tal documental, noté un silencio ensordecedor. Los estudiantes estaban sorprendidos, avergonzados e indignados de que se les hubiera ocultado parte de la historia de su país. Sabían lo que había ocurrido en Argentina y Chile, pero desconocían lo que había ocurrido en España.

Fue así como pude explicarles que no sólo lo que había ocurrido en aquellos países, sino incluso muchas de las cosas que habían ocurrido en la Alemania nazi, se habían dado también en España. En realidad, parte de los experimentos realizados por la Gestapo en los campos de concentración nazis se habían iniciado en España bajo la supervisión de la misma Gestapo. (Ver Michael Edwards A time of silence. Civil War and the Culture of Repression in Franco’s Spain. 1936-1945. Cambridge University Press, 1998). No se lo podían creer. ¿Cómo es que nadie se lo había contado? Y así se lo expliqué.

En contra de lo que se ha dicho y escrito, el régimen militar liderado por el general Franco era racista. Los militares golpistas se consideraban parte de una raza hispánica superior (el día nacional se llamaba el día de la Raza), superioridad que le otorgaba el derecho de conquista y sometimiento sobre otras razas inferiores, entre las cuales incluían la raza de los republicanos rojos (término utilizado por la dictadura hacia aquellas poblaciones que se opusieron al golpe militar y a la dictadura). El ideólogo de tal doctrina era el militar psiquiatra Vallejo Nájera, que dirigía los Servicios Psiquiátricos del Ejército. Parte de su formación había tenido lugar en Alemania, habiendo estudiado las teorías racistas nazis de las cuales era un ferviente admirador. Su interpretación de la raza, sin embargo, contenía un fuerte componente político-cultural y psicológico más que étnico, aunque incluía elementos antisemíticos en su definición. Fue nombrado por el dictador director del Gabinete de Investigaciones Psicológicas con el objetivo de estudiar la raza española y su superioridad, con la intención de purificarla eliminando cualquier forma de contaminación que diluyera su pureza. Sus teorías quedaban reflejadas en sus libros, incluyendo Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza, en el que definía raza como espíritu. “La raza es espíritu. España es espíritu. La Hispanidad es espíritu… Por eso hemos de impregnarnos de Hispanidad… para comprender nuestras esencias raciales y diferenciar nuestra raza de las extrañas”. Este espíritu lo definía como “militarismo social, que quiere decir orden, disciplina, sacrificio personal, puntualidad en el servicio, porque la redoma militar encierra esencias puras de virtudes sociales, fortaleza corporal y espiritual”. Y para mejorar la raza era necesaria “la militarización de la escuela, de la Universidad, del taller, del café, del teatro, de todos los ámbitos sociales”. Su purificación de la raza incluía el resurgimiento de la Santa Inquisición en contra de las personas que consideraba antipatrióticas, anticatólicas y antimilitares que corrompían la raza española. Afirmó que parte del problema racial de España era que había demasiados Sanchos Panzas (físico redondeado, ventrudo, sensual y arribista), y pocos Don Quijotes (casto, austero, sobrio e idealista), personajes imbuidos en un militarismo, identificando la cultura militar como la máxima expresión de raza superior. (Para expansión de este análisis, ver el excelente libro de Enrique González Duro Los Psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos. Península, 2008).

Vallejo Nájera tenía un gran desprecio para las personas corrientes y creía que la sociedad moderna necesitaba de una “minoría selecta… con espíritu aristocrático… imbuido en una misión especial de salvar al país y a la raza”. Era también profundamente anti-mujer, considerando que “las hembras no estaban facultadas para la lectura de libros”. Desaconsejaba a las niñas que leyeran libros excepto los de carácter religioso, y alertaba que la debilidad mental de las mujeres las hacía especialmente vulnerables al marxismo, el máximo exponente del deterioro de la sociedad. Hablaba del marxismo como de una peste transmitida a partir de los centros urbanos, los centros industriales de la costa de España.

Vallejo Nájera estableció un campo de experimentación en Málaga, “Málaga que ha importado toda clase de ideas”, ciudad costera que él consideraba proclive a tal enfermedad. En aquel campo hizo todo tipo de experimentos, asesorado por agentes de la Gestapo, incluyendo un estudio de 40 malagueñas, milicianas republicanas, consideradas todas ellas como “casos de anormalidad psíquica, exaltadas por sentimientos pasionales… que se sumaron al saqueo para satisfacer impunemente rencores y venganzas personales”. Dentro del campo de concentración agrupaba a los rojos en varias categorías, siendo una de ellas (considerada de las más degeneradas) las mujeres marxistas y catalanas. Fue en estos campos de concentración donde se realizaron tales estudios que generaron la información de la que Vallejo- Nágera concluía que el marxismo era la máxima forma de patología mental, siendo “el marxismo español una mezcla judeo-masónica que la distingue del marxista extranjero, semita puro”.

Tal señor no era una figura menor en el edificio ideológico del Ejército franquista y del régimen militar que estableció. Sus teorías se transformaron en la ideología del régimen. Eran profundamente racistas, contraponiendo la raza española (que se caracterizaba por su masculinismo, canto a la fuerza física, nacionalismo extremo y un profundo catolicismo) a la raza roja inferior, compuesta de subdesarrollados mentales, psicópatas y degenerados, contaminados por un marxismo, judaísmo y masonismo al cual eran vulnerables las clases populares por su subdesarrollo mental.

Tal inferioridad de raza podía corregirse, sin embargo, a la temprana edad de la infancia. De ahí que se requiriese que a las madres rojas se les quitaran los infantes para evitar su contaminación y degeneración. La Acción Social de La Falange y la Iglesia jugaron un papel muy importante en esta depuración de la raza “salvando” a los infantes de tal patología que podía transmitirse de madres a hijos. Tales robos eran frecuentemente hechos para el beneficio de parejas afines al régimen que deseaban tener niños. Miles de niños fueron sustraídos de sus madres rojas.

Esta política de robos era, tal como escribe Enrique González Duro, política del Estado. El Ministerio de Justicia tenía como responsabilidad robar (el término que se utilizaba era recoger) a todos los hijos de los asesinados, encarcelados o desaparecidos, a fin de “liberarles de la miseria material y moral que suponía su distanciamiento del nuevo Estado español”. En 1943 los hijos de presos bajo tutela del Estado eran 12.043.

Estos hechos se han ocultado al pueblo español. El documental Els nens perduts del franquisme, ampliamente galardonado internacionalmente, ha sido mostrado en la televisión sólo en Cataluña, en el País Vasco y en Andalucía (a la 1 de la madrugada). Recientemente se hizo una presentación de una versión abreviada en TV2. Por lo demás no se ha presentado en ninguna otra televisión, sea pública o privada, contribuyendo al olvido de los horrores de aquella dictadura cuyo conocimiento es muy escaso en nuestro país, y que el auto del juez Garzón hubiera podido ayudar a remediar. Su retiro del caso ha aumentado las posibilidades de que aquel horror continúe desconociéndose.

Constanza…, Constanza…, Constanza…

En voz baja repito tu nombre, y luego, por fin, me decido a escribirlo. Creo que es la mejor manera de empezar. Tu nombre, tú. Cada poco, cuando me asalte la duda, miraré las letras que lo componen para darme valor.

Poco importa que estés muerta. ¿Acaso no lo estaré pronto también yo?

He empezado diciendo tu nombre tres veces; las precisas y necesarias. Sería injusto pronunciarlo cuatro o dos. Tres, tres Constanzas. Ni una más. Ni una menos. Las que fuisteis, las que sois y habéis sido siempre en mi corazón. Aunque yo me dirija a ti, la primera, sin la que no habrían existido las otras. A ti, mi Constanza. A pesar de que nunca llegaste a saber, a sospechar siquiera, cuánto me habría gustado poder sentirme dueño del derecho de llamarte así…

Mi Constanza.

Escribo, aunque sé que no lo leerás. Es como si trazara letras transparentes en el aire. Vivo, desde hace mucho, cielo abajo. Es mi destino. No hay ni habrá otro. No podría haberlo aunque hallara fuerzas para intentarlo. Da igual que una vez sintiera el júbilo de volar.

Pasó. Mi tiempo de alas pertenece al lugar más terrible del pasado: el de la imposibilidad de olvidar. Me atromentan recuerdos vivos, cada uno a su manera: los hermosos porque los añoro; y los terroríficos, los que revuelven mi culpabilidad, porque cada mañana me señalan con el dedo.