Skip navigation

Tag Archives: Neil Gaiman

Anuncios

Tumbada en la cama, mientras escuchaba el ruido del tráfico a lo lejos, Scarlett pensaba en todo lo que había sucedido aquella tarde. De pequeña, ella había estado allí, en aquel cementerio; por eso todo le resultaba tan familiar.
Se abandonó a sus fantasías y a sus recuerdos y, en algún momento, se quedó dormida; en sus sueños seguía paseando por los senderos que había entre las tumbas. Era de noche, pero lo veía todo con la misma claridad que si fuera de día: se hallaba en la ladera de una colina en compañía de un niño de su misma edad, pero él estaba de espaldas, contemplando las luces de la ciudad.
—Hola, ¿qué estás haciendo? —le preguntó.
El niño se dio la vuelta, aunque parecía tener problemas para verla.
—¿Quién ha dicho eso ? —Y, tras unos instantes, añadió—: ¡Ah, ya te veo! Bueno, más o menos. ¿Me estás haciendo una Visita Onírica?
—Creo que estoy soñando, sí —respondió Scarlett.
—No me refería a eso exactamente —replicó el niño—. Bueno, hola. Me llamo Nad.
—Y yo, Scarlett.
Él volvió a mirarla como si la viera por primera vez.
—¡Claro, Scarlett! Ya decía yo que me sonaba tu cara. Has estado esta tarde en el cementerio, con ese hombre, el de los calcos.
—El señor Frost, sí; es un tipo encantador. Me llevó a casa en su coche —hizo una pausa, y preguntó—: ¿Nos has visto?
—Sí, bueno… Suelo estar al tanto de todo lo que ocurre por aquí.
—¿Y qué clase de nombre es Nad?
—Es el diminutivo de Nadie.
—¡Pues claro! Ahora lo entiendo todo. Tú eres mi amigo imaginario, el que me inventé cuando era pequeña, pero has crecido.
Nad asintió.
Era más alto que ella; iba vestido de gris (aunque Scarlett no habría sabido describir su ropa), y llevaba el cabello demasiado largo; ella pensó que debía de haber pasado mucho tiempo desde su último corte de pelo.
—Te portaste como una valiente. Bajamos hasta el centro de la colina, vimos al Hombre Índigo y nos encontramos con el Sanguinario.
Entonces algo ocurrió en la mente de Scarlett: fue como si, de repente, todo se acelerara y diera vueltas, y se vio envuelta en una especie de remolino negro y un montón de imágenes se le sucedieron a toda velocidad…
—¡Ahora lo recuerdo todo! —exclamó la chica. Pero lo dijo en la soledad de su habitación, y ninguna voz le respondió; sólo se oía el ruido lejano de un camión que pasaba por la carretera.

[…]Al terminar, salió de la iglesia y, según se dirigía hacia el banco para sentarse un rato, vio algo que le hizo dudar: el banco ya estaba ocupado por una chica que leía una revista.
Nad puso en marcha la Desapación total y se fundió con el entorno, como si fuera una sombra más.
Pero la chica alzó la vista, lo miró directamente y preguntó:
—¿Eres tú, Nad?
Él tardó unos segundos en decidirse a responder.
—¿Cómo es posible que me hayas visto?
—En realidad no estaba segura. Al principio pense que eras solamente una sombra o algo así. Pero tienes el mismo aspecto que en mi sueño y, de alguna manera, empecé a verte con un poco más de nitidez.
Nad se le acercó e inquirió.
—¿De verdad estás leyendo? ¿Tienes luz suficíente?
—Es muy raro, sí —repuso Scarlett cerrando la revista—. Casi se ha hecho de noche, pero veo a la perfección. Vamos, que puedo leer sin dificultad.
—¿Has venido…? —Nad vaciló un momento, sin saber muy bien qué era exactamente lo que quería preguntarle—. ¿Has venido sola? Scarlett asintió.
—Sí. Verás, al salir del colegio, he venido a ayudar al señor Frost a sacar algunos calcos. Pero cuando hemos acabado, le he dicho que me apetecía sentarme aquí a pensar un rato. Le he prometido que después pasaría a tomar una taza de té con él, y se ha ofrecido a acercarme en coche a mi casa; ni siquiera me ha preguntado por qué quería quedarme. Dice que a él también le encanta pasear por los cementerios, porque no hay sitios más tranquilos en el mundo que éstos. —Se calló un momento y, a continuación, le preguntó—: ¿Puedo abrazarte?
—¿Quieres abrazarme?
—Sí.
—Bueno, en ese caso —se lo pensó un momento antes de terminar la frase—, no me importa que lo hagas.
—Mis brazos no te atravesarán ni nada parecido, ¿verdad?
—No, no, soy de carne y hueso; no te preocupes. —Y ella lo abrazó con tal fuerza que casi no le dejaba respirar.
—Me estás haciendo daño —se quejó Nad.
—¡Ay, perdona! —Y lo soltó.
—No, si me ha gustado. Pero es que has apretado más de lo que esperaba.
—Sólo quería asegurarme de que eres real. Todos estos años no has existido más que en mi mente, aunque luego me olvidé de ti. Pero no eras un producto de mi imaginación, y ahora has vuelto, y estás en el mundo también.
—Solías llevar una especie de abrigo, de color naranja, y siempre que veía algo de ese color, pensaba en ti. Imagino que ya no lo tendrás —dijo Nad sonriendo.
—No, claro, hace ya tiempo que no. A estas alturas no creo que cupiera en él.
—Sí, ya me lo imagino.
—Debería regresar a casa ya. Pero creo que podré volver aquí este fin de semana —dijo Scarlett y, viendo la expresión de Nad, añadió—: Hoy es miércoles.
—Vale, me encantaría volver a verte.
Scarlett se dio la vuelta para marcharse, pero titubeó un momento y se giró de nuevo hacia Nad.
—¿ Qué he de hacer para encontrarte la próxima vez?
—No te preocupes; yo te encontraré. Tú ven sola y saldré a buscarte.
Scarlett asintió y se marchó.
Nad dio media vuelta y se fue colina arriba, en dirección al mausoleo de Frobisher. Sin embargo, no entró en el edificio, sino que trepó por uno de los laterales, apoyando los pies en las gruesas raíces de hiedra, y se subió al tejado de piedra. Se sentó allí y contempló el mundo que había más allá del cementerio, recordando el modo en que Scarlett lo había abrazado y lo seguro que se había sentido él entre sus brazos, aunque sólo fuera por un instante. Pensó también en lo agradable que debía de ser poder circular libremente y sin temor por el mundo que había tras las rejas del cementerio, y en lo estupendo que era ser dueño y señor de su propio mundo en miniatura.

“Alicia abrió la puerta y descubrió un pequeño pasillo, no mucho más grande que una ratonera: se arrodilló y, a través del pasadizo, vio el jardín más bonito que jamás hayáis visto”, escribió Lewis Carroll, hacia 1862, en Alicia en el país de las maravillas. “Luego puso la mano sobre el pomo de la puerta, lo giró y se abrió por fin. Daba a un pasillo oscuro. Coraline cruzó la puerta…”, relata Neil Gaiman, ya en 2002, en su libro Coraline. Carroll y Alicia, padres de cualquier fantasía sobre universos paralelos situados entre la realidad y la ficción, entre el sueño y la vigilia, han inspirado a escritores y cineastas de todo tipo y condición, abiertos a una nueva imaginería visual y narrativa. De El mago de Oz a Mulholland Drive, de Las crónicas de Narnia a El viaje de Chihiro, de El laberinto del fauno a Criaturas celestiales. Hasta llegar a Los mundos de Coraline, formidable adaptación al cine del texto de Gaiman. Una película que transporta al espectador a un lugar donde nunca osó situarse. Una obra maestra en tres dimensiones, a la que se entra previa colocación de unas gafas especiales, en la que puede ocurrir cualquier cosa; entre otras, que los niños más pequeños o los chavales poco habituados a lo que no huela a caramelo, sentido del humor y aventura banal, salgan despavoridos ante una obra adulta, áspera y sombría; insólita, evocadora y fascinante.
El talento de Henry Selick, coautor de Pesadilla antes de Navidad (1993) y artífice de esta maravilla filmada en stop motion (fotograma a fotograma), se expande en cada secuencia, con el diseño de cada personaje, y, de la mano de la música de Bruno Colais, amarga hasta la última nota, no se permite una sola concesión a la galería del placer por el placer, de la belleza por la belleza. Estamos, por tanto, cerca de la negrura de Pinocho, del drama de Bambi, de la perversidad de Dumbo. Pero sin sus azúcares añadidos.

Javier Ocaña

Web de la película

Aquella noche volvió a tener el mismo sueño.

En el sueño, ella está de pie en el extremo del campo de batalla, con sus hermanos y su hermana. Es verano, y la hierba es de un verde brillante e insólito: un verde vital, como el de un campo de criquet o la primera ladera de los South Downs, según subes hacia el norte desde la costa. Hay cadáveres tendidos en la hierba. Pero no son cadáveres humanos; a su lado hay un centauro con la garganta cortada. Su mitad caballo es de color castaño. La piel de su mitad humana está tostada por el sol. De pronto, se da cuenta de que está mirando el pene del caballo, preguntándose cómo harán los caballos para aparearse, se imagina recibiendo un beso de esa cara barbuda. Inmediatamente, desplaza su mirada hacia la herida de la garganta y el charco rojinegro que la sangre ha formado alrededor de su cabeza, y se estremece.

Las moscas revolotean sobre los cadáveres.

Hay flores silvestres enredadas entre la hierba. Florecieron ayer por primera vez desde hace, ¿cuánto?, ¿cien años?, ¿mil?, ¿cien mil? No lo sabe.

«Todo esto era nieve», piensa, contemplando el campo de batalla.

Ayer, todo esto era nieve. Siempre invierno, y nunca Navidad.

Su hermana levanta un brazo y señala. Están de pie en lo alto de la verde colina, conversando animadamente. El león es dorado, y lleva las manos cruzadas a la espalda. La bruja viste comletamente de blanco. En ese momento le está gritando al león, que se limita a escucharla. Las niñas no logran entender de qué hablan, ni por qué ella está tan furiosa, ni las vagas réplicas del león. La bruja tiene el cabello negro y brillante, sus labios son rojos.

En su sueño ella repara en todos estos detalles.

El león y la bruja pronto terminarán su conversación…

.

Hay ciertas cosas de sí misma que la profesora detesta. Su olor, por ejemplo. Huele igual que su abuela, como una vieja, y esto es algo que ella no se puede perdonar, así que nada más levantarse se da un baño de sales y, todavía desnuda, después de secarse con la toalla, se aplica una generosa dosis de colonia Chanel en las axilas y en el cuello. Esa es, según ella, la única extravagancia que se permite.

Hoy ha decidido ponerse el traje marrón oscuro. Es el tipo de ropa que suele llevar cuando tiene una entrevista, que es muy diferente de la ropa que se pone para dar clase y de la que usa para andar por casa. Ahora que está jubilada, la de andar por casa es la que más utiliza. Se pinta los labios.

Después de desayunar, lava la botella de leche y, al dejarla en la puerta de servicio, descubre que el gato de los vecinos ha depositado en su felpudo la cabeza y la pata de un ratón. Parece como si el ratón estuviera nadando entre las fibras de coco del felpudo, como si el resto de su cuerpo estuviera sumergido. Torciendo el gesto, dobla el Daily Telegraph del día anterior para recoger los restos del ratón sin tener que tocarlos.

En el recibidor le espera ya el Daily Telegraph de hoy, junio con varias cartas que inspecciona cuidadosamente —sin llegar a abrirlas— antes de dejarlas sobre el escritorio de su minúsculo despacho. Desde que se jubiló, sólo entra en su despacho para escribir. La profesora vuelve a la cocina y se sienta a la vieja mesa de roble para leer el periódico. Lleva las gafas de leer colgadas al cuello con una cadena de plata, se las coloca sobre la nariz y empieza por la sección de necrológicas.

No es que espere encontrar el nombre de nadie que conozca, pero el mundo es un pañuelo, y de pronto repara en que, haciendo gala de un sentido del humor algo cruel, los redactores de necrológicas han publicado una fotografía de Peter Burrell-Gunn en los años cincuenta, y no ha pasado ni mucho menos tanto tiempo desde que la profesora lo viera por última vez, en una fiesta de Navidad del Literary Monthly, hará cuatro o cinco años. Temblaba como una hoja, estaba bastante achacoso y más narigudo que nunca; le pareció poco más que la caricatura de un búho. Pero la fotografía es la de un hombre muy apuesto. Tiene un aire agreste, y noble.

Hace tiempo, se pasó una tarde entera besándole, en un cenador: eso lo recuerda como si hubiera sucedido ayer; en cambio, ni aun a punta de pistola sería capaz de recordar en el jardín de quién estaba aquel cenador.

Fue en la casa de campo de Charles y Nadia Reid, decide finalmente. Y, por tanto, fue antes de que Nadia se fugara con aquel artista escocés, y Charles se fuera a España con la profesora, aunque en aquel entonces todavía no era profesora, desde luego. Por aquellos años, aún no era habitual ir de vacaciones a España; en aquella época era un lugar exótico y peligroso. Él la pidió en matrimonio, y ya no está segura de por qué le rechazó, ni siquiera está muy segura de si le habría rechazado definitivamente. Era un joven bastante agradable, y fue él quien terminó de acabar con su virginidad en una cálida noche de primavera, allá en España, en la playa, sobre una manta. Ella tenía veinte años, y se creía tan mayor…

Suena el timbre de la puerta, y ella deja el periódico, se dirige a la puerta principal, y abre.

Lo primero que piensa es que la chica parece muy joven.

.

Lo primero que piensa es que la mujer parece muy mayor.

—¿Profesora Hastings? —pregunta—. Soy Greta Campion. Estoy escribiendo la reseña de su último libro para el Literary Chronicle.

La mujer se queda mirándola fijamente un momento, anciana y vulnerable, y luego sonríe. Su sonrisa es franca, y eso despierta la simpatía de Greta.

—Pasa, querida —le dice la profesora—. En el salón estaremos más cómodas.

—Le he traído esto. Lo he hecho yo misma —dice Greta, mirando una lala de su bolso, y esperando que el contenido no se haya hecho migas por el camino—. Es un bizcocho de chocolate. Leí en Internet que le gustaban mucho.

La mujer astiente y parpadea.

—Me encantan —admite—. Qué amable. Venga por aquí.

Greta la sigue hasta un salón muy cómodo, la profesora indica la butaca en la que debe sentarse y le dice, con voz firme, que no se mueva. La mujer sale de la habitación con aire decidido y Greta la oye trajinar en la cocina. Por fin, la profesora vuelve con una bandeja en la que hay dos tazas de porcelana, una tetera, un plato de galletas de chocolate y el bizcocho que le ha traído Greta.

La anciana sirve el té y Greta elogia su broche con sincero entusiasmo. A continuación, saca el boli y el cuaderno de notas, y un ejemplar del último libro de la profesora, De los significados que encierran los cuentos infantiles, cuyas páginas están llenas de papelitos por todas partes. Comienzan por hablar de los primeros capítulos, en los que se plantea la hipótesis de que, originalmente, no existía una literatura escrita específicamente para niños, se creó en la época victoriana, como la idea de que la infancia era pura y santa y, por tanto, era necesario que la literatura infantil lo fuera…

—Pura, en definitiva —concluye la profesora.

—¿Y santa? —pregunta Greta, con una sonrisa cómplice.

—Y santurrona —le corrige la anciana—. Es difícil leer Los niños del agua sin sentir una punzada de dolor.

Y luego sigue hablando de cómo dibujaban los artistas a los jóvenes lectores —como a adultos bajitos, pero sin reparar en las dimensiones del niño— y de cómo los cuentos de Grimm fueron recopilados pensando en los lectores adultos, pero cuando los hermanos supieron que la gente leía aquellos cuentos a los niños pequeños, expurgaron cuidadosamente los textos para hacerlos más apropiados. Le habla de «La Bella Durmiente del Bosque», de Perrault, y de su verdadero final, en el que la madre del Príncipe Azul resulta ser una ogresa caníbal que intenta hacer creer a su hijo que la Bella Durmiente se ha comido a sus propios vástagos. Y Greta asiente todo el tiempo, y toma notas, y se impacienta tratando de aportar algo a la conversación para que aquello sea un diálogo, o al menos, una entrevista, y la prolesora no tenga la sensación de estar dando una conferencia.

—¿De dónde cree usted —pregunta Greta— que le viene ese interés por la literatura infantil?

La profesora sacude la cabeza.

—¿De dónde nos viene el interés por cualquier cosa? ¿De dónde te viene a ti el interés por la literatura infantil?

—Creo que los libros que leí de niña han sido muy importantes para mí —responde Greta—. Los únicos verdaderamente imporrtantes. En mi infancia y también en mi vida adulta. Yo era como Matilda, el personaje de Roald Dahl… ¿En su familia se leía mucho?

—No demasiado… O eso creo, murieron hace ya mucho tiempo. O, más bien, debería decir que los mataron.

—¿Toda su familia murió al mismo tiempo? ¿En la guerra?

—No, querida. Fuimos evacuados durante la guerra. Fue en un accidente ferroviario, unos años después. Yo no iba con ellos.

—Como en los libros de Narnia, de C. S. Lewis —dice Greta, e inmediatamente se siente como una idiota, como una idiota insensible—. Lo siento. Ha sido una estupidez por mi parte.

—¿Tú crees?

Greta nota que se ha puesto colorada, y se justifica:

—Es que esa secuencia se me quedó grabada. Es de La última Batalla. Donde se revela que el tren que les llevaba de vuelta al colegio ha sufrido un accidente y todos están muertos. Todos menos Susan, claro.

La profesora pregunta:

—¿Más té, querida?

Y Greta sabe que debería cambiar de tema, pero continúa:

—¿Sabe? Aquello me resultaba indignante.

—¿El qué, querida?

—Susan. Los demás niños van al paraíso, pero Susan no. Ya no es amiga de Narnia porque le gustan demasiado las barras de labios, las medias de nylon y las fiestas. Incluso llegué a hablar de ello con mi profesora de inglés, del problema de Susan, cuando tenía doce años.

Greta estaba a punto de cambiar de tema, quería hablar de cómo influyen los cuentos que leemos de niños en la construcción del sistema de creencias que adoptamos después como adultos, pero la prolesora le pregunta:

—¿Y qué te dijo tu profesora, querida?

—Me dijo que, aunque en aquel momento Susan rechazara el paraíso, tenía toda una vida por delante para arrepentirse.

—¿Arrepentirse, de qué?

—De no haber creído en él, supongo. Y del pecado de Eva.

La profesora corta un trozo de bizcocho de chocolate. Parece estar enfrascada en sus recuerdos. Y entonces dice:

—Dudo de que, después de morir su familia, pudiera seguir permitiéndose comprar medias de nylon y lápices de labios. Yo, desde luego, no podía. Supongo que heredaría algún dinero de sus padres (menos de lo que cabe imaginar), apenas lo suficiente para costear su alojamiento y la comida. No le quedaría mucho para gastar en lujos…

—Pero estoy segura de que había algo más —dice la joven periodista—, algo que Lewis no nos cuenta. De lo contrario, su destino no habría sido tan cruel; no le habría negado el cielo, tanto el metafísico como el individual. Quiero decir, todos sus seres queridos habían partido ya para recibir su recompensa, en un mundo de magia y cascadas y felicidad. Pero Susan se quedó atrás.

—No sé cómo se lo tomaría la niña del cuento —dice la profesora—, pero el quedarse atrás le daría también la oportunidad de identificar los cuerpos de sus hermanos y de su hermana pequeña. En aquel accidente murieron muchas personas. A mí me llevaron a una escuela que estaba cerca del lugar en el que se produjo el accidente; era el primer día de curso y habían trasladado allí los cadáveres. Mi hermano mayor estaba bastante bien. Casi parecía que estuviera dormido. Los otros dos estaban bastante peor.

—Supongo que Susan vio sus cadáveres y pensó que ellos ya estaban de vacaciones. Unas vacaciones perfectas: jugando en verdes praderas con animales parlantes, para siempre.

—Puede que lleves razón. Recuerdo que yo sólo pensé en el terrible daño que puede causar un tren al chocarse con otro, en lo que puede hacerles a las personas que viajan en él. Imagino que nunca te has visto en la situación de tener que idenrificar un cadáver, ¿verdad, querida?

—No.

—Has tenido mucha suerte. Yo recuerdo que los miraba v pensaba: «¿Y si me equivoco? ¿Y si, después de lodo, resulta que no es él?». Mi hermano pequeño estaba decapitado, ¿sabes? Un dios capaz de castigarme por mi afición a las medias de nylon y a las fiestas haciéndome caminar por aquel comedor escolar lleno de moscas para identificar a Ed, en fin… es un extraño modo de divertirse, ¿no? Como un gato, que es capaz de torturar a un ratón sólo por diversión. Aunque supongo que el gato actúa por instinto, no por crueldad. No sé.

La profesora va bajando la voz, como si estuviera reflexionando en voz alta. Luego, tras una breve pausa, continúa:

—Perdona, querida, pero creo que hoy no me encuentro demasiado bien. Si no te importa, dile a tu director que me llame otro día y concertamos una cita para continuar con nuestra charla.

Greta asiente y le dice que no se preocupe, pero algo le dice no volverá a hablar con la profesora.

.

Esa misma noche, la profesora sube las escaleras de su casa, despacio, casi sin fuerzas. Saca del armario de la ropa blanca, unas mantas y unas sábanas limpias, y hace la cama en la habitación del fondo. Allí no hay más muebles que un sencillo tocador con espejo y cajones, una cama de roble y un polvoriento armario de madera de manzano en el que sólo hay unas cuantas perchas vacías y una caja de cartón. Coloca sobre el tocador un jarrón con flores de rododendro, vulgares y pegajosas.

En la caja de cartón hay una bolsa de plástico en la que guarda cuatro álbumes de fotos. Se acuesta en la que fue su cama cuando era niña y se pone a mirar las fotos. Son fotografías antiguas, la mayoría en sepia o en blanco y negro, aunque también hay unas cuantas en color. Ahí están sus hermanos, su hermana y sus padres; la profesora se sorprende al ver lo jóvenes que eran, le parece mentira que alguien pueda ser tan joven.

Al cabo de un rato, repara en los libros infantiles que hay en la mesilla de noche y se queda un poco desconcertada. No recuerda haberlos dejado allí, en aquella habitación. Ni siquiera recuerda haber visto nunca una mesilla de noche en esa habitación. En lo alto del montón hay un viejo libro encuadernado en rústica —debe de tener más de cuarenta años, porque el precio está escrito en chelines—. En la portada hay un león, y dos niñas colocándole una guirnalda de margaritas en la cabeza.

La profesora se sobresalta. Y sólo entonces comprende que está soñando, porque sabe que ella no ha dejado allí esos libros. Bajo el libro encuadernado en rústica hay otro de tapa dura con su sobrecubierta y todo; es un libro que siempre quiso leer, Mary Poppins vuelve con el amanecer, y que P. L. Travers no pudo escribir en vida.

La profesora lo saca del montón, lo abre y lee aquella historia largamente esperada: Jane y Michael siguen a Mary Poppins en su día libre y llegan al cielo, donde se encuentran con el Niño Jesús, que todavía le tiene un poco de miedo a Mary Poppins porque hace tiempo también fue su niñera, y con el Espíritu Santo, que se queja de que nadie deja sus sábanas tan blancas como las dejaba Mary Poppins, y a Dios Padre, que les dice:

—No hay quien pueda con ella. No hay manera. Porque ella es Mary Poppins.

—Pero tú eres Dios —le dijo Jane—. Tú lo has creado todo y a todos. Tienen que hacer lo que tú les digas.

—A todos menos a ella —replicó Dios Padre. Y rascandose su barba dorada con mechones blancos, continuó—: A ella la creé yo. Es Mary Poppins.

Y la profesora se rebulle en sueños, y después sueña que está leyendo su propia necrológica. «He tenido una buena vida», piensa, mientras lee su historia en negro sobre blanco. Todos están allí. Incluso algunas personas que ya había olvidado.

.

Greta duerme junto a su novio, en su pequeño apártamento de Camden; ella está soñando también.

En su sueño, el león y la bruja bajan juntos por la colina.

Está en el campo de batalla, con su hermana cogida de la mano. Levanta la vista para mirar al león dorado y sus ardientes ojos de ámbar.

—Ese león no está domesticado, ¿verdad? —susurra a su hermana; las dos tiemblan de miedo.

La bruja les mira, se vuelve hacia el león y dice, con frialdad:

—Estoy satisfecha con los términos de nuestro acuerdo. Tú te llevas a las niñas y yo me quedo con los niños.

De pronto, deduce lo que ha pasado y echa a correr, pero la fiera se abalanza sobre ella cuando apenas ha podido dar una docena de pasos.

El león la devora entera, excepto la cabeza. Y deja la cabeza y una de sus manos, como hacen los gatos cuando se comen a un ratón: desechan las partes que no quieren para comérselas más tarde, o como regalo.

Preferiría que el león se hubiera comido también su cabeza, así no tendría que presenciar aquella escena. Como está muerta, no puede cerrar los párpados, de modo que se queda mirando, sin pestañear, mientras el león devora a sus hermanos. La terrible fiera devora a su hermana un poco más despacio y, a su parecer, con más fruición que a ella; pero, claro, su hermana pequeña siempre fue su preferida.

La bruja se despoja de sus blancos ropajes, dejando al descubierto un cuerpo no menos blanco, y sus pequeños pero erguidos pechos, culminados por unos pezones tan oscuros que parecen negros. La bruja se tiende sobre la hierba y abre las piernas. Al contacto con su cuerpo, la hierba se cubre de fina capa de escarcha.

—Ahora —dice.

—El león lame la blanca vulva con su rosada lengua, hasta que ella no puede aguantar más y tira de él para besar su enorme boca, y abraza con sus gélidas piernas el dorado pelaje…

Como está muerta, no puede apartar la vista. Como está muerta, no se le escapa nada.

Y cuando la bruja y el león terminan, sudorosos y satisfechos, sólo entonces, el león se acerca a su cabeza y la devora de un solo bocado, pulverizando el cráneo con sus poderosas mandíbulas, y entonces, y sólo entonces, Greta se despierta.

Su corazón late desbocado. Intenta despertar a su novio, pero él gruñe y sigue roncando.

«Es cierto —piensa Greta en la oscuridad, de modo completamente irracional—. La niña creció. Siguió adelante. Ella no murió.»

Se imagina a la profesora, que pasa la noche en vela escuchando los ruidos que salen del viejo armario del rincón: los susurros de todos aquellos fantasmas, que podrían confundirse con ratas o ratones, los pasos de las enormes y aterciopeladas zarpas, y allá, a lo lejos, el temible sonido de una trompeta de caza.

Sabe que no son más que tonterías suyas y, no obstante, no se sorprenderá cuando lea la noticia de la muerte de la profesora. «La muerte ataca de noche —piensa, antes de quedarse dormida de nuevo—. Como un león.»

.

La bruja blanca cabalga a lomos del león dorado. Tiene el hocico manchado de sangre fresca. Pero saca su inmensa lengua rosada y se lame la cara, que vuelve a quedar completamente limpia.