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Tag Archives: Cuentos

Daniel tiene en su cabeza un mapa de parques y callejones sombreados, imposibles en las venas aceradas de Madrid. Conoce bancos de metal y madera, en los que esperan sueños olvidados por amantes que faltaron a la cita; balcones de hierro forjado por los que siempre se asoma una mujer triste que mira al norte, y muretes bajos en los que sentarse con los pies en el aire lo devuelve a uno a la parte de la infancia en que eso bastaba para ser feliz.
Lo malo es que, para ser alguien que disfruta con las cosas simples, Daniel es bastante complicado. Por eso el mapa en su cabeza no tiene nombres de calles ni referencias formales. Cuando necesita un parque, recurre para hallarlo al color de las hojas en el suelo, o al del vestido de una muchacha que cruzaba por la esquina. Y aunque el método es poético, sin duda, también ha de admitir que resulta poco práctico. Por suerte, hace un rato, cuando pensó en un parque digno de ella, le vino a la memoria una mujer mayor que paseaba un perro maltrecho pero querido, hace meses, cuando Madrid temblaba bajo el sol a media llama del invierno.

En cuanto acaba el libro y lo cierra ya lo ha olvidado por completo. De modo que observa un instante la cubierta, con curiosidad, y acto seguido busca la primera página y empieza a leerlo.

—Apuesto a que no puedes adivinar cómo he entrado.
—Apuesto a que sí. Entraste por la cerradura, como Peter Pan.
—¿Quién es ése?
—Un muchacho que conocí en los billares.
Raymond Chandler, El sueño eterno.

CAPÍTULO I. WENDY

Tictac, tictac, tictac, tictac.
¿Nunca te ha pasado? Estar a solas en una habitación, en una casa, en silencio, y de repente darte cuenta de que hace rato que oyes el tictac obsesivo de un reloj. ¿Dónde estará? En algún lugar de la casa, rasgando el silencio con su tictac. Y entonces te preguntas por qué no te habías dado cuenta antes de ese tictac que retumba obsesivo y atronador como un tam-tam en la jungla. Tictac tictac, inexorable como el cocodrilo que persigue a su presa, comiéndose los segundos de tu vida uno tras otro.
Tictac, un segundo menos. Tictac, un segundo menos. Tictac…

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Hace muchos años vivía un emperador que de tal modo perecía por los trajes nuevos y elegantes que gastaba todo su dinero en adornarse. No se interesaba por sus tropas, ni le atraían las comedias, ni pasear en coche por el bosque, como no fuese para lucir sus nuevos trajes. Poseía un vestido para cada hora del día y de la misma forma que se dice de un rey que se encuentra en Consejo, de él se decía siempre:
-¡El emperador está en el ropero!
La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por muchos forasteros. Un día llegaron dos picaros pretendiendo ser tejedores; decían que eran capaces de tejer las telas más espléndidas que pudiera imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que los trajes confeccionados con aquella tela poseían la maravillosa propiedad de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran sobremanera tontos.
«Preciosos trajes; sin duda -pensó el emperador- si los llevase, podría descubrir los que en mi reino son indignos del cargo que desempeñan, y distinguir a los listos de los tontos. Sí, debo encargar inmediatamente que me hagan un traje», y entregó mucho dinero a los dos estafadores para que comenzasen su trabajo.

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Ésta es mi vida, un cuadro pintoresco. No como un Van Gogh, con su espesa belleza absurda en un lienzo pequeño; no como un Gauguin, con sus cielos plácidos y sus gentes serenas y su esplendor de bronce; no como un Rembrandt, conservador, modelo y burgomaestre; no como un Miguel Ángel, vasto y religioso, con verdad y fuerza en los brazos. El mío es como un Toulouse-Lautrec, con sus bragas de colores y su desenfreno; como un Degas, con sus incesantes bailarinas, su teatro, sus revistas, su humareda de vodka; como la oscuridad moteada de un pintor surrealista de la pequeña galería de ahora, donde hay que observar atentamente para encentar un significado, donde el color se despliega infinitamente; perdiéndose en un mosaico de diseños demenciales, pinceladas salvajes, caóticas, brochazos ebrios de óleo, espesamente aplicados en los sitios equivocados.
He intentado pintarlo con palabras, puesto que no podía hacerlo por medios plásticos. Pero no importa, aquí estoy, incapaz de entenderme a mí mismo. Sin saber quién soy yo todavía. Todavía buscando mi alma. El muchacho que reía… y que intentó quitarse de enmedio de vez en cuando, y que fracasó incluso en esto, y en otras cosas.
Oh, he visto y hecho no pocas cosas, he estado en no pocos sitios, he despertado no poco mis sentidos, y los he adormecido, y he explorado, y he reído, y he llorado más de lo que sospecharía la mayoría de la gente.

Si Peter no funciona como objeto de deseo para Wendy no es sólo por la inmadurez emocional que le impide conocer la sexualidad. Wendy supone una amenaza para él, pero no como bruja, o futura adulta (que también) sino porque ella es la auténtica heroína de la historia y él, como preadolescente vanidoso y pagado de sí mismo, no lo puede soportar. Peter Pan ha de ser el protagonista de todas sus aventuras y ella adopta un papel demasiado importante. ¿Quiere Peter Pan quedarse junto a alguien que lo supera? ¿O prefiere la soledad al constante reproche? Rendirse a los encantos de Wendy supondría perder la lucha y he ahí la tragedia de ambos. Wendy crece por el rechazo de Peter; y Peter no lo hace para mantener su condición de «héroe» en la tierra de los sueños, el único lugar donde su cobardía se justifica e incluso le hace especial.

Ya sabíamos que le daba a la bebida, tenía un carácter vengativo, era una mala madre, se enrolló con la niñera de sus hijas y jugaba al tenis desnuda. Qué ahora le cuelguen el sambenito de sentir simpatías por los nazis es lo único que nos faltaba. Porque estamos hablando de Enid Blyton.
Cuando uno piensa que Salgari se cortó el cuello, que P. C. Wren seguramente nos engañó al decir que había servido en la Legión Extranjera y que Karl May era el autor favorito de Hitler se pregunta en qué manos hemos estado de jóvenes. Así de entrada, nada en las novelas de aroma a plum cake y picnic de Blyton (1897-1968), una de las más conocidas y vendidas escritoras de libros para niños de todos los tiempos, más traducida que Lenin, hace imaginar que su autora fuera una persona complicada, y no digamos ya siniestra. Las series de los Cinco, los Siete Secretos, Aventura (las mejores), Torres de Mallory o Las mellizas O’Sullivan en Santa Clara son simpáticas historias que a la mayoría nos han dejado un poso entrañable, una nostalgia por la amistad infantil y juvenil, amor por la naturaleza y las excursiones, ansias de misterios, ganas de intrépidas correrías y un inveterado anhelo de sándwiches y meriendas campestres (con algún reparo: ¿quién podía desayunar riñones y ciruelas guisadas y qué diablos era el pastel de jengibre?).

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En 2001, en un viaje en tren con mi hermana María, estuvimos hablando sobre los Reyes Magos, sobre esa increíble conspiración en la que todos -sin excepción, medios de comunicación incluidos- participamos, y cuyo fin es que los niños crean en su existencia real. Los cambios en la edad, por supuesto, son graduales, pero ¿qué mejor frontera que el día en el que te dicen la verdad sobre los Reyes, para marcar el inicio del fin de la infancia?”. Tiene razón Martín Casariego al hablar de la increíble conspiración que reina en estas fechas en torno a los Reyes Magos. Los niños se encuentran una mañana de enero sus cuartos llenos de juguetes, y sus padres les dicen que los responsables son tres personajes misteriosos que tienen la rara afición de visitarles a escondidas una vez al año para cubrirles de regalos. Una ocurrencia cuanto menos extraña, pues un regalo suele ser un gesto de reconocimiento, pero también de poder. “Al llevar mi regalo eres mío”, es la inquietante advertencia que contienen todos los regalos. La pregunta, entonces, es por qué los adultos se escudan en unos seres del mundo de la ficción para atentar contra esa ley esencial del regalo que es dejar clara la identidad de quien lo da y poner la marca de no disponible sobre quien lo recibe. Aún más, por qué en un mundo tan práctico, utilitario y racionalista como el nuestro pervive una costumbre así, y estos remotos seres siguen llegando puntualmente, para celebrar con su gozosa atención la presencia de los niños en el mundo. Una atención hecha a imagen y semejanza de los que dedican todos los padres a sus hijos pequeños, porque, bien mirado, al poner a escondidas los juguetes en sus cuartos, los padres no hacen nada que no hagan cada noche cuando les acompañan a la cama y olvidando sus obligaciones, el mundo sensato en el que deben moverse, les hablan de dragones, de alfombras voladoras, de mundos detenidos en el interior de los lagos, de muchachas que tejen camisas de ortigas y de pájaros de oro. Es decir, les hablan como si contagiados por su hermosura hubieran perdido literalmente la razón. Porque el mundo de los cuentos es ese mundo que sólo puede encontrarse cuando perdemos la razón. Aunque si necesitamos hacer algo así no es para caer en el mundo atroz de la locura sino para salir de él, pues tal vez la peor de las locuras, como dijo Chesterton, es la de aquellos que lo han perdido todo menos la razón.

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Hubo un tiempo en que a los editores de libros infantiles se les empezó a poner cara de pedagogos y dejaron de pensar en lo que podía agrandar la imaginación de los niños para exigir que se escribieran cuentos saludables para esos seres delicaditos que no sabían nada de la vida. Hablamos de corrección política como si fuera una cosa de ahora pero los autores infantiles llevan sufriendo censuras desde hace décadas. Por fortuna, los espíritus rebeldes siempre esquivan las odiosas reglas. Maurice Sendak fue uno de esos seres que dibujó y escribió aquello que le pedía el corazón. Una de estas tardes lluviosas me metí en el cine para ver la versión que se ha hecho de ese clásico de la literatura que es Where the wild things are (Donde viven los monstruos). Siendo en versión subtitulada, todo el público era adulto. Mucha educación bilingüe pero somos incapaces de llevar a un niño de doce años a ver una película con subtítulos. Sigo con el cuento. La historia es muy sencilla; en la película, por supuesto, se extiende, pero conserva toda su fidelidad al libro: un niño rabioso y melancólico, sin que sepamos cuál es el origen de su melancolía, desafía a su madre hasta que ésta le castiga sin cenar; sale corriendo de casa, llega al mar, se monta en una pequeña embarcación y alcanza esa isla donde habitan los monstruos, sus iguales. Pasa un tiempo siendo el rey de los monstruos, desahogando su agresividad, en una especie de fiesta bárbara, divertida y brutal, hasta que la violencia se desata de tal manera que él mismo trata de poner paz, poniéndose en el papel de su madre, echándola de menos y deseando volver a casa. Cuando regresa, la cena le está esperando. Maurice Sendak remata el cuento con una de las frases más hermosas de la literatura infantil: “Y todavía estaba caliente”. Este pequeño libro que muestra una fantasía infantil desatada fue muy controvertido cuando se publicó, en 1963. Unos se rindieron a él sin condiciones y otros, los fanáticos de la sobreprotección, alertaron de las pesadillas que los monstruos podían provocar. Sendak contaba con ironía que mientras los pedagogos tachaban el libro de perturbador los niños le enviaban dibujos con monstruos mucho más aterradores que los suyos. “Queremos protegerlos de los cuentos y, sin embargo, nadie les protege de la tele”. Cierto, la liga de sobreprotectores ha funcionado con gran eficacia censurando libros en un mundo en el que a diario le llegan al niño mensajes groseros en programas que están de fondo en la vida familiar. Mientras me entregaba sin reservas a la poesía de la película de Spike Jonze, que recomiendo a todos los amantes de monstruos, niños solitarios y madres superadas por la energía de un hijo incontrolable, pensé en ese hombre, Maurice Sendak, que nació en Brooklyn en 1928. En la mente infantil de Sendak rondaban las historias que su padre, un sastre judío polaco, le contaba de la aldea de la que provenían, pero también latía en su corazón la pasión por Fantasía, la arrebatadora película de Disney que él disfrutó a los doce años y que la progresía europea tildó durante décadas de reaccionaria. De fondo, ese Manhattan que al otro lado del East River se le presentaba como un sueño de prosperidad. Todos esos universos están en él, con su crueldad y su dulzura. El sarcasmo de los cuentos judíos de la vieja Europa, el retrato severo del abuelo que presidía el comedor y al que el niño Maurice consideraba Dios y Mickey Mouse. La imaginación compleja de un hijo de inmigrantes en los años de la depresión americana, los recuerdos de cualquier niño de esa época, que él, con enorme talento, tradujo en ilustraciones. De esa mezcla poderosa del viejo y el nuevo mundo se nutrió su fantasía. “Un artista”, dice Sendak, “ha de ser salvaje y desordenado, ha de tener una vena de su infancia abierta y viva que le confiera un don especial”. Absurdamente, el adulto suele relegar el mundo de la fantasía a los niños, así que de no trabajarla, la capacidad de imaginar se pierde. En la generación de mi padre, por ejemplo, muchos hombres despreciaban la ficción, la consideraban un entretenimiento de mujeres. Cuando esos hombres se han hecho ancianos y han relajado su defensiva masculinidad vuelven a entregarse a la ficción como cuando eran niños, y son capaces de disfrutar de series de la tele o de novelas. Es un fenómeno tan frecuente que debería estudiarse. También me sorprende que a estas alturas haya intelectuales que practiquen una tendencia machacona a denostar la ficción contraponiéndola al ensayo. Me parece una negación inaudita del disfrute y de la evocación. Prefiero una mente desprejuiciada como la de Sendak, el anciano salvaje y desordenado que consiguió vivir sin renunciar a sus fantasías. Y me gusta ser una más de estos adultos que se han refugiado una tarde lluviosa en el cine para aprender algo de esta pequeña historia. Yo soy ese niño que a veces quiere viajar a donde viven los monstruos, y quiere protestar, morder, sacar su lado salvaje, hasta que, de pronto, se da cuenta de que en el desfogue de la barbarie siempre hay alguien que termina herido. Yo soy también la niña que saciada de aventuras quiere volver a casa donde alguien que te quiere te mantiene la cena caliente.