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Nos olvidamos de todo lo que es importante. Por eso fue olvidado el admirable Palacio de las Nubes en que vivía, hace 10.234 años, el emperador del país más imperial del universo, la China.

Era un lugar de una belleza tan formidable que los visitantes tenían que ponerse gafas de sol para verlo, pues sus muros estaban cubiertos de papel de aluminio, por lo que brillaba como una cacerola nueva. Los que habían residido ya en él, no eran capaces de vivir en ningún otro sitio; todos los demás palacios les parecían insignificantes y vulgares.

El emperador Tong Shue murió. Le enterraron con sus 99 esposas vivas. Fue una ceremonia muy emocionante. Cuando se cumplieron los años de luto nacional, el gran chambelán de la corte pidió audiencia al hijo único del emperador, el sublime príncipe Pin Yin.

—Príncipe —dijo postrándose a sus pies—, ha llegado la hora de que sucedáis a vuestro venerable padre. Pero ya conocéis las leyes chinas: un príncipe no puede llegar a ser emperador si no está casado. Tenéis veinte años; es pues el momento de que toméis mujer. Así que voy a enviar a Tchang, el pintor, por todas las provincias del país para que pinte los retratos de las más bellas princesas. Os traerá los cuadros y podréis escoger sin desplazaros.

—Mmm… —respondió el príncipe Pin Yin, con tan poco entusiasmo como de costumbre, y es que era un joven triste y apático; nadie comprendía la razón de su languidez.


La verdad era que Pin Yin estaba harto de la belleza. En el Palacio de las Nubes, todo era demasiado bello. El jardín era tan bello que uno no se atrevía a pasear por él. La comida era tan bella que uno no se atrevía a comerla. Los esclavos eran tan bellos que uno no se atrevía a azotarlos. Las camas eran demasiado bellas, los platos eran demasiado bellos, los caballos eran demasiado bellos. Hasta las aspirinas que tomaba el príncipe para olvidarse de la belleza eran tan bellas como perlas finas.

El joven encontraba aquel lugar terriblemente aburrido. Jamás había visto nada feo. Soñaba con descubrir la fealdad. Estaba convencido de que era mucho más divertida e interesante que la belleza. Pero, tras años de indagaciones, no había conseguido encontrar nada feo en el Palacio de las Nubes, y cada día se volvía más apático y más triste.

Mientras tanto, Tchang el pintor salió a recorrer todas y cada una de las provincias de China. Había corrido la noticia y las princesas se apresuraban a salir a su encuentro.

El chambelán se equivocaba al fiarse de Tchang el pintor, que era un hombre corrupto y desleal. Les decía a aquellas jovencitas:

—Princesa, sois bellísima, pero el grano que tenéis en la nariz no os favorece nada. Dadme diez monedas de oro y os pintaré sin ese defecto.

O bien:

—Princesa, sois bella como la luna, pero la luna sería más hermosa si no fuera bizca. Dadme diez monedas de oro y…

O también:

—Princesa, nunca he visto tamaña belleza, pero, ¿no creéis que una nariz más pequeña os sentaría mejor ?

Etcétera. Las jóvenes deseaban tanto casarse con el príncipe que siempre aceptaban sus sugerencias y, a cambio, le pagaban puñados de monedas de oro. El pintor las pintaba sin sus defectos.

Tchang llegó a la provincia más lejana del imperio y se dirigió al palacio de la princesa Mirza. La belleza de la joven china era tan sorprendente que quedó deslumbrado. La miró de los pies a la cabeza. Era perfecta. Ni sombra del menor defecto.

Sin embargo, como aquel sinvergüenza sólo pensaba en el dinero, le dijo:

—Princesa, sois bella como un ángel. Pero, ¡cuánto más extraordinaria seríais si vuestro pelo fuera rubio! Con vuestra piel amarilla y vuestros ojos rasgados, resultaríais encantadora. Dadme diez monedas de oro v os retrataré rubia..

—Nada de eso —le cortó Mirza, que era tan prudente como bella—. Pintadme tal como soy.

Furioso por su rechazo, Tchang pintó el retrato más horroroso de toda su carrera. Desfiguró a la princesa, adornándola con todos los defectos que había suprimido en las otras jóvenes. El resultado fue una criatura monstruosa, cubierta de enormes granos colorados y cuyos ojos miraban fijamente la enorme nariz. Su tez era de color verde oliva, sus dientes negros, su boca no tenía labios y su cabello graso estaba cubierto de caspa.

El pintor regresó al Palacio de las Nubes con un centenar de retratos. Se los enseñó al príncipe uno por uno, dándole el nombre de cada muchacha. Eran todas a cual más bella, demasiado bellas, perfectamente bellas, y el príncipe Pin Yin suspiraba de aburrimiento.

—¿Y qué haría yo con una belleza así? —se preguntaba al mirar cada retrato—. Me aburriría aún más que si estuviera solo.

Tchang se había guardado el monstruo para el final. Se regodeaba pensando que, escandalizado por semejante fealdad, el príncipe mandaría meter a la joven en la cárcel. Así que anunció, levantando la voz:

—Y éste es el último retrato. Se trata de la encantadora princesa Mirza, de la provincia de Morpiong.

Mostró el retrato. Entre los cortesanos cundió un grito de espanto.

—¡No es posible! ¡Es demasiado fea!

—¡Se burla del gobierno! Hay que meterla en la cárcel.

Pero Pin Yin sonreía. Era la primera vez que sonreía en su vida. Contemplaba a la princesa con una inmensa alegría.

—¡Me casaré con ella! —exclamó.

Los cortesanos se echaron a reír.

—¡Qué sentido del humor tenéis, príncipe!

—En absoluto —respondió Pin Yin—. Esta joven me parece maravillosa y quiero casarme con ella. De lo contrario no me casaré jamás.

El gran chambelán tomó la palabra, tembloroso:

—Pero príncipe, no podéis casaros con ese monstruo. Veamos, mirad esta princesa en su lugar, o esta otra..

—Soy yo quien manda aquí. Y os prohibo que llaméis monstruo a mi prometida. ¡Que venga aquí lo antes posible, porque me muero de amor por ella!

El príncipe no había hablado nunca con semejante autoridad. El gran chambelán, apesadumbrado, envió una embajada a la provincia de Morpiong en busca de Mirza.

La joven, encantada por haber sido elegida, se atavió con su túnica de organdí amarillo y sus zapatos dorados. Se acomodó en el trineo imperial, tirado por cuatro elefantes, y atravesó los arrozales nevados en dirección al Palacio de las Nubes.

Mientras tanto, Pin Yin estaba entusiasmado. Nunca se le había visto así. Pasaba el día, de la mañana a la noche, dando saltos de canguro en el salón del trono y cantando: «Mirza, te quiero; Mirza, yo te adoro…».

Se había confeccionado una diana en forma de gigantesco corazón y lanzaba contra ella pequeños dardos de esmeralda durante noches enteras.

A veces, en pleno consejo de ministros, exclamaba de pronto: «¡Soy ridículo!», y se echaba a reír a carcajadas.

Los cortesanos creían que estaba loco; era feliz.

Una mañana de invierno, el centinela vio aparecer en el horizonte los cuatro elefantes que corrían sobre los arrozales nevados.

—¡Ahí está la princesa! —gritó el hombre por el altavoz.

Pin Yin corrió a rociarse con perfume de nenúfar. Ordenó a la banda que tocara un vals popular cuando el trineo entrara en el recinto amurallado. Fue a sentarse en el trono para esperar con dignidad a su prometida.

Los cortesanos no daban crédito a sus ojos cuando descubrieron la belleza celestial de la joven.

—¿Sois realmente Mirza, la princesa de Morpiong? —le preguntaron con estupor.

—Lo soy, en efecto.

Aliviado y feliz, el gran chambelán la condujo al salón del trono.

Pin Yin la miró con el ceño fruncido y preguntó dónde estaba su prometida.

—Soy yo, príncipe.

—¡Mentira!

—Es la verdad. Yo soy Mirza de Morpiong.

—¡Embustera! ¡Vos sois bella y estúpidamente perfecta! Mirza era fea como un sueño. ¡Marchaos!

—Pero, príncipe…

—¡Marchaos si no queréis que os arroje a la mazmorra!

La princesa salió a paso ligero del salón del trono. Luego corrió hasta el puente levadizo y dejó tras de sí su séquito y sus elefantes, pues tenía mucho amor propio y quería estar sola para llorar.

En cuanto cruzó la muralla, estalló en sollozos y empezó a gritar:

—¡No entiendo nada! ¡Ese príncipe está loco! ¿Por qué ha dicho que yo no podía ser Mirza? ¿Por qué se ha encolerizado cuando ha visto que soy bella? ¡No lo entiendo!

Siguió caminando mientras hablaba en voz alta, como si hubiera perdido el juicio.

—Lo terrible es que me he enamorado del príncipe. Está loco, pero es bello. Cuando he llegado, sólo quería ser emperatriz de China. Desde que he visto a Pin Yin, lo que más quiero es ser su mujer. ¡Estaba tan seductor, con su precioso traje de tela encerada! Ah, ya nunca podré olvidarme de él…

En su desesperación, la joven no veía dónde ponía los pies. Y le ocurrió algo espantoso: pisó un rastrillo chino, el mango le golpeó en plena cara y cayó desvanecida.

Cerca del cuerpo inanimado de la princesa había un baobab. El inmenso árbol estaba habitado por una colonia de monos que vieron a Mirza y dijeron:

—¡Eh, muchachos, estábamos buscando una diversión y la hemos encontrado!

Y bajaron del árbol y se abalanzaron sobre la joven.

Eran unos monos feroces. No es que fueran realmente malos, pero les gustaba destrozar cosas cuando se aburrían. Un mes antes, habían entrado en una biblioteca y, para divertirse, habían arrancado las páginas de todos los libros y habían hecho aviones de papel con ellas. Les encantaba destruir.

Y así, no por maldad, sino por divertirse, destrozaron el cuerpo de la princesa. Le sacaron un ojo, le arrancaron la mitad del pelo, le comieron los labios, le agujerearon la piel de la cara, etcétera.

Cuando Mirza se despertó, se sintió un poco rara. Le pareció que veía menos bien.

«Eso es porque he llorado demasiado —pensó—. Ahora será mejor que vuelva al Palacio de las Nubes. No puedo regresar sola a casa, está demasiado lejos».

Si hubiera tenido un espejo, habría podido ver que se había vuelto espantosa.

Peor que espantosa: repelente. Cuando llegó al Palacio de las Nubes, la gente huyó de ella dando gritos de asco.

La joven no lo entendía.

—Pero ¿qué les pasa a todos? ¿Por qué gritan cuando me ven?

El príncipe había ordenado a sus subditos que salieran del salón del trono:

—¡Marchaos! ¡Largaos de aquí! Dejadme solo con mi desesperación. ¡Qué desgraciado soy! Creí que Mirza era horrible y es absolutamente bella. ¡Qué cruel decepción!

Y se lamentaba, asqueado por tanta belleza.

Llevaba llorando cuatro horas cuando tuvo una visión: la puerta del salón del trono se abrió y dio paso a la criatura más horrorosa que pudiera imaginarse. Comparada con ella, la princesa del retrato de Chang casi resultaba guapa. Esta otra sobrepasaba todas las fealdades del mundo.

—¿Quién sois, dama celestial? — preguntó Pin Yin, deslumhrado.

—¿No me reconocéis ? — respondió la joven.

—Jamás os he visto.

—Pero bueno, si nos hemos encontrado hace apenas cuatro horas… Hasta me habéis expulsado con insultos.

—¿Cómo? ¿No seréis Mirza de Morpiong?

—¿Lo dudáis?

La princesa no comprendía en absoluto por qué el príncipe no la reconocía. Supuso que estaba despeinada y fue a mirarse en el gigantesco espejo imperial.

Cuando se vio, dio un aullido atroz y se desmayó. El príncipe se arrodilló a su lado y la miró con ternura:

—Claro que eres tú, Mirza. Reconozco tu túnica de organdí amarillo y tus zapatos dorados. ¡Querida mía, qué magnífica prueba de amor acabas de ofrecerme! Cuando has sabido que yo odiaba la belleza, has ido inmediatamente a desfigurarte. Tú, que eras la más bella de todas, has demostrado que también odiabas la belleza. Y ahora te has convertido en el monstruo más repelente del planeta por amor a mí. ¡Eres maravillosa!

La princesa volvió en sí.

—Mirza, mi horrible amor, gracias por haberte desfigurado por mí. Eres sublime. No puedo vivir sin ti. Nos casaremos mañana.

La joven seguía sin comprender nada, pero estaba tan enamorada de Pin Yin que se sintió inmediatamente la más feliz de las criaturas.

Sonrió de oreja a oreja, desvelando su boca medio desdentada.

Al día siguiente, en el Palacio de las Nubes tuvo lugar una fiesta sin precedentes.

Ante su consternado pueblo, el bello príncipe se casó con la nauseabunda princesa. Nunca antes se había visto a unos cónyuges que hicieran tan mala pareja.

Tampoco se había visto nunca a una pareja tan feliz.

Mirza estaba resplandeciente de fealdad. Cuando el monje los declaró unidos en la fortuna y en la adversidad, Pin Yin la tomó en sus brazos y besó su boca sin labios.

Fueron muy felices y tuvieron muchos niños. Los testigos aseguran que todos sus hijos fueron horrorosos.

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  1. […] originales. Maneja magistralmente el arte de lo absurdo y la descripción de personajes. Acá, para que leas, uno de sus […]

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