Skip navigation

LA COMARCA DE KOGE ES BASTANTE ÁRIDA. La ciudad está situada en la misma costa, lo que siempre es bonito. Pero podría ser más bonita de lo que es: está rodeada por campos llanos y lejos del bosque. Pero cuando un sitio es tu hogar siempre encuentras en él algo bello, algo que se echa de menos cuando se está en los lugares más hermosos del mundo. Y podemos añadir que un sitio en las afueras de Koge, donde se extienden algunos pobres jardincitos en las orillas del riachuelo que desemboca en el mar, podía ser bien lindo, y así se lo parecía sobre todo a dos pequeños vecinitos, Knud y Johanna, que jugaban allí y acudían uno al encuentro del otro cruzando los zarzales. En el huerto de uno de ellos había un saúco; en el otro, un viejo sauce, y a los niños les gustaba especialmente jugar a la sombra de este, aunque el árbol estaba justo en la orilla del río y podían caerse al agua; pero Nuestro Señor vigilaba a los pequeños, si no, estarían siempre en peligro. Además, eran muy cuidadosos. Sobre todo el niño, que le tenía tanto miedo al agua que en verano no había forma de llevarlo a la playa, donde los demás niños disfrutaban chapoteando. Le avergonzaban por ello y tenía que aguantarse. Pero su vecinita Johanna soñó una vez que iba navegando en un bote por la bahía de Koge y que Knud iba caminando hacia ella. El agua le llegaba primero al cuello y luego le cubría toda la cabeza. Y desde el día en que oyó el sueño ya no se callaba sin más cuando le decían que tenía miedo al agua, sino que refería el sueño de Johanna. Aquel era su orgullo. Pero en el agua no se metía.
Sus pobres padres se veían con frecuencia, y Knud y Johanna jugaban en los huertos y en el camino, que tenía sauces en las márgenes, aunque no eran nada bonitos porque tenían la copa podada, pero es que no estaban allí para hacer de adorno, sino para ser útiles. Era más bonito el viejo sauce del huerto, y a su sombra se sentaban muchas veces, como ya hemos dicho.
En Koge hay una gran plaza, y cuando es tiempo de mercado todas las calles se llenan de tiendas de cintas de seda, de botas y de todas las cosas posibles. Solía haber mucha gente y normalmente llovía, y se olía el tufo de los capotes campesinos, pero también el delicioso aroma de los paslillos de miel. Había una tienda que los tenía a montones, y lo mejor de todo era que el hombre que los vendía se alojaba en casa de los padres del pequeño Knud cuando venía al mercado. De manera que naturalmente le regalaba un pastelillo de miel, del que también Johanna recibía un trozo, pero lo que estaba aún mejor era que el pastelero sabía contar cuentos, casi sobre cualquier cosa, incluso sobre sus pastelillos.Y una tarde contó un cuento sobre ellos, y el cuento causó tal impresión en los niños que nunca lo olvidaron. De manera que mejor será que lo escuchemos nosotros también, porque, además, es muy corto.


—Había en el plato dos pastelillos de miel —contó—; uno tenía forma de hombre con sombrero; el otro, de mujer sin sombrero, pero con un pegotito de pan de oro en la cabeza, tenían la cara en el lado de delante y había que mirarlos por ese lado, no por el otro, por ahí no hay que mirar nunca a una persona. El hombre tenía una almendra amarga en el costado izquierdo, era su corazón, mientras que la señorita era un pastelillo sin más. Estaban en el plato para servir de muestras. Pasaron allí mucho tiempo y se amaban, pero ninguno de los dos se lo decía al otro, y hay que decirlo si se quiere que sirva de algo.
«Él es hombre, a él le toca decir la primera palabra», pensaba ella, aunque le habría encantado saber si era correspondida.
Él tenía ideas más voraces, como suelen tenerlas los hombres; soñaba que era un chaval que tenía cuatro chelines, que compraba a la señorita y se la comía.
Y pasaron días y semanas encima del plato y se secaron, y las ideas de la señorita fueron haciéndose más delicadas y más femeninas: «A fin de cuentas, la que está en el plato con él soy yo», pensaba, y se rompió por la cintura.
«Si hubiera sabido mi amor, habría podido resistir más tiempo», pensó el hombre.
Y esta es la historia y aquí están los dos —dijo el pastelero—. Su interés radica en sus vidas y en el amor callado que nunca conduce a ningún sitio. ¡Aquí los tenéis! —y le dio a Johanna el hombre, que estaba entero, y a Knud, la señorita rota, pero los dos se habían emocionado tanto con la historia que no les dieron ganas de comerse a los amantes.
Al día siguiente fueron al cementerio de Koge, las paredes de la iglesia estaban cubiertas de preciosa hiedra que cuelga en invierno y verano sobre el muro como un rico tapiz. Y allí pusieron los pastelillos de miel en medio de la enredadera al sol y le contaron a un tropel de niños la historia del amor mudo que no servía para nada; bueno, era el amor mudo el que no servía, porque el cuento les encantó a todos, y cuando miraron a la pareja de pastel…, pues resulta que un niño mayor se había comido a la rota señorita —por pura mala idea—, los niños lloraron y después — seguramente para que el pobre hombre no estuviera solo en el mundo— se lo comieron también, pero la historia no la olvidaron nunca.
Los niños estaban siempre juntos al lado del saúco o bajo el sauce, y la niña cantaba con argentina voz las más hermosas canciones. Knud tenía mal oído, pero sabía las letras, lo que siempre es algo. La gente de Koge se detenía a escuchar a Johanna, incluso la mujer del ferretero. «¡Qué voz tan dulce tiene!», decían.
Eran días felices, pero no podían durar siempre. Los vecinos se despidieron. Había muerto la madre de la niña, el padre iba a Copenhague a casarse otra vez, y allí encontraría un trabajo como repartidor, trabajo considerado muy lucrativo. Y los vecinos se despidieron con lágrimas en los oosj y sobre todo los niños lloraron muchísimo. Pero los mayores prometieron escribirse por lo menos una vez al año. Y a Knud lo pusieron de aprendiz de zapatero, el niño no podía perder el tiempo. Y recibió la confirmación.
¡Oh, cómo le habría gustado poder ir a Copenhague aquel gran día para ver a la pequeña Johanna! Pero no pudo ir, y nunca había estado allí, aunque distaba solo cinco millas de Koge. Knud había visto las torres de la capital al otro lado de la bahía cuando hacía buen tiempo, y el día de su confirmación veía claramente la cruz dorada brillando en lo alto de la iglesia de Nuestra Señora.
¡Ay, cuánto pensaba en Johanna! Pero, ¿lo recordaría ella? ¡Claro que sí! En Navidades llegó una carta de los padres de Johanna a los padres de Knud, les iba muy bien en Copenhague. Johanna había tenido mucha suerte gracias a su hermosa voz. Trabajaba como cantante en el teatro. Y ya había ganado algún dinero y les enviaba a sus queridos vecinos de Koge todo un tálero para que se divirtieran aquella Nochebuena bebiendo a su salud, y había añadido de su puño y letra una posdata en la que decía: «Muchos saludos a Knud».
Todos lloraron, aunque solo había motivos para la felicidad; pero es que lloraban de alegría. Johanna había estado día tras día en la mente de Knud, que ahora podía comprobar que también ella pensaba en él. Y cuanto más se acercaba el momento de convertirse en oficial zapatero, más claro tenía que amaba a Johanna y que tenía que hacerla su esposa, y entonces se le dibujaba una sonrisa en los labios, le daba aún más rápido a la lezna mientras la pierna tensaba el cuero. Se clavó la lezna en dedo, pero no le importó. Él no se quedaría mudo como los pastelillos cuya historia tanto les había enseñado.
Y llegó a oficial y lió su hatillo. Se iba a Copenhague por fin, por primera vez en su vida, donde ya le había aceptado un maestro. ¡Bueno, qué sorpresa se llevaría Johanna, qué contenta se pondría! Ella tenía diecisiete años, y él, dicinueve.
Aún en Koge, pensó en comprarle un anillo de oro, pero supuso que en Copenhague encontraría uno mucho más bonito. De modo que se despidió de los padres y se puso en camino a pie. Era otoño y soplaba el viento, las hojas caían de los árboles. Calado hasta los huesos llegó a la enorme Copenhague y fue a casa de su nuevo maestro.
Quería ir a visitar al padre de Johanna el domingo siguiente. Se puso sus ropas nuevas de oficial y su sombrero nuevo de Koge, que le sentaba estupendamente a Knud, antes solo había usado gorra. Y encontró la casa que buscaba y subió muchos escalones. Era casi para marearse, había que ver lo altos que se ponían unos encima de los otros en aquella ciudad intransitable.
La casa parecía bastante acomodada, y el padre de Johanna lo recibió cariñosamente. La señora no lo conocía, pero le ofreció la mano y un café.
—Johanna se alegrará de verte —dijo el padre—. Te has vuelto muy apuesto. Bueno, ahora la verás. Es una chica que me da muchas alegrías y, Dios mediante, aún me dará más. Tiene su propia habitación y nos paga por ella.
Y el padre llamó cortésmente a la puerta de la muchacha, como si fuera un extraño, y entraron los dos juntos… ¡Qué sitio tan precioso! En todo Koge no había una habitación semejante, ni siquiera la de la reina habría podido ser más bonita. Había una alfombra dorada, cortinas que colgaban hasta el suelo, un auténtico sillón de terciopelo y por todas partes flores y cuadros y un espejo que casi invitaba a entrar por él, tan grande como una puerta. Knud lo miró todo, pero solo vio a Johanna, que era ya una muchacha adulta. Muy diferente a como Knud se la había imaginado, pero mucho más bonita. En todo Koge no había muchacha como ella, y ¡qué delicada! Pero con cuánto asombro le miró, aunque solo un segundo, y entonces corrió hacia él, como si fuera a besarle, pero no lo h¡zo, aunque estuvo a punto. Sí, claro que se alegraba de volver a ver a su amigo de la infancia. Tenía lágrimas en los ojos, y tenía tantas cosas que preguntarle y tanto que charlar con él, de los padres de Knud, del saúco y el sauce, a los que llamaba «madre saúco» y «padre sauce», como si fueran personas, pero bien podían serlo, igual que los pastelillos de miel. De ellos habló también, de su mudo amor, de cómo vivían encima del plato, y rió de buena gana…, pero Knud sentía que la sangre le ardía en las mejillas y que su corazón palpitaba con más fuerza que nunca… ¡No, ella no podía haberse vuelto arrogante! Knud vio que fue ella quien dijo a sus padres que lo invitaran a pasar allí la tarde, y ella misma sirvió el té, y ella misma le ofreció una copa, y luego cogió un libro y leyó en voz alta, y para Knud aquello fue como si estuviera leyendo su amor por ella, tan bien encajaba todo en sus pensamientos. Y luego cantó una cancioncita, pero en sus labios se convirtió en toda una historia sobre la que derramaba entero su corazón. Sí, claro que amaba a Knud. El muchacho sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas sin poder evitarlo y no pudo decir una sola palabra, se sintió muy estúpido, pero ella le apretó la mano y dijo: «Tienes buen corazón, Knud. ¡No cambies nunca!».
Fue una tarde maravillosa, después de algo así no se podía dormir, y Knud no durmió. Al despedirse, el padre de Johanna le había dicho: «Bueno, ahora no nos olvides. No dejes pasar el invierno sin volver a visitarnos», y añadió que podía ir los domingos, y él aceptó. Pero cada tarde, después del trabajo, cuando tenían que encender las luces, Knud paseaba por la ciudad. Iba por la calle donde vivía Johanna, miraba hacia su ventana, casi siempre había luz, y una tarde vio claramente la sombra de su rostro en la cortina. ¡Era una tarde preciosa! A la señora del maestro no le gustaba nada que saliera todas las tardes a zanganear, como decía, y agitaba la cabeza, pero el maestro reía. «¡Todavía es joven!», decía.
—El domingo nos veremos y le diré que no se aparta de mis pensamientos y que quiero que sea mi mujercita. Cierto que no soy más que un pobre oficial zapatero, pero puedo llegar a maestro, por lo menos a oficial de primera, trabajaré y prosperaré… Sí, se lo diré, el amor mudo no sirve para nada, eso me enseñaron los pastelillos de miel.
Y llegó el domingo, y llegó Knud, pero ¡qué desgracia! Todos iban a salir, le dijeron. Johanna le estrechó la mano y preguntó: «¿Has estado en el teatro? ¡Tienes que ir! El próximo miércoles canto, te enviaré una entrada. Mi padre sabe dónde vive tu maestro».
¡Qué amable era! Y el miércoles a mediodía llegó un sobre cerrado sin carta, pero dentro estaba la entrada, y esa noche fue Knud al teatro por primera vez en su vida, y la vio…, sí, vio a Johanna, tan bella, tan preciosa. Se casaba con un hombre importante, pero no era más que una comedia, algo imaginario, y Knud lo sabía; de no ser así tampoco se habría atrevido a enviarle una entrada para ver la boda. Y todo el mundo aplaudía y gritó «¡Hurra!», y así lo hizo también Knud.
Hasta el rey le lanzó una sonrisa a Johanna, como si a él también le gustara. Dios mío, qué pequeño se sentía Knud, pero la amaba tan profundante, y ella lo quería, y es el hombre quien debe hablar primero, eso era lo que pensaba el pastelillo señorita. Aquel cuento era muy importante.
En cuanto llegó el domingo, Knud fue a su casa. Sus pensamientos eran tan solemnes como si estuviera yendo al altar. Johanna estaba sola y lo recibió, nada podría haberlo hecho más feliz.
—Me alegro de que hayas venido —dijo ella—. Casi envío a mi madre a verte, pero tuve un presentimiento de que esta tarde vendrías. Porque he de decirte que el viernes parto hacia Francia, es necesario si quiero llegar a ser realmente alguien.
Knud sintió que el cuarto daba vueltas, que su corazón estaba a punto de desgarrarse, pero las lágrimas no asomaron a sus ojos, aunque su tristeza era manifiesta. Johanna se dio cuenta y estuvo a punto de llorar. «¡Mi fiel y querido amigo!», dijo…, y Knud recuperó el habla, le dijo cuánto la amaba y que quería que fuese su mujer. Y al decirlo vio que Johanna palidecía como una muerta, le soltaba la mano y decía, seria y triste: «¡No nos hagas desgraciados a los dos, Knud! Yo siempre seré para ti como una hermana, puedes estar seguro… ¡pero más no!», y le acarició la frente con su suave mano. «Dios nos da fuerzas cuando las necesitamos». En ese momento entró su madrastra.
—Knud está disgustadísimo porque me voy —dijo la muchacha—. ¡Sé fuerte! —y le dio una palmadita en la espalda, como si hubieran estado hablando del viaje y nada más—. ¡Muchacho! —dijo ella—. Ahora vas a ser bueno y sensato como cuando éramos niños y nos sentábamos debajo del sauce.
Y Knud sintió que un pedazo del mundo se le había perdido, sus pensamientos eran como un hilo suelto, había perdido la voluntad de vivir. Se quedó, no sabía si se lo habían pedido ellas, pero fueron buenas y amables y Johanna le dio té y cantó, no era el sonido de otros tiempos, pero era tan maravilloso que rompía el corazón en pedazos, y luego se despidieron. Knud no le ofreció la mano, pero ella se la tomó diciendo: «¡Tienes que darle la mano a tu hermana, mi querido compañero de juegos!», y sonrió entre las lágrimas que le corrían por las mejillas, y repitió: «Hermano». ¡Pues menuda ayuda!… Aquella fue la despedida.
Ella embarcó para Francia, Knud recorrió las embarradas calles de Copenhague. Los otros oficiales le preguntaron qué había sucedido para que estuviera tan meditabundo. Tenía que acompañarlos en sus diversiones también él era joven.
Y fueron juntos al baile. Había muchas chicas bonitas, pero ninguna tanto como Johanna, y cuando Knud creía que ya la había olvidado volvía a aparecer esplendorosa en sus pensamientos: «Dios nos da fuerzas cuando las necesitamos», había dicho ella. Se sintió lleno de recogimiento, juntó las manos… y los violines tocaban y las muchachas bailaban a su alrededor. Se sobresaltó terriblemente, pensó que aquel era un lugar donde no debía llevar a Johanna y que ella estaba con él, dentro de su corazón… y salió, corrió por las calles, pasó por delante de la casa donde vivía, estaba oscura, todo estaba oscuro, vacío y silencioso. El mundo seguía su camino y Knud el suyo.
Y llegó el invierno y las aguas se helaron, era como si todo se estuviese preparando para el entierro.
Pero cuando llegó la primavera y pasó el primer barco de vapor sintió enormes deseos de escapar, de lanzarse al ancho mundo, pero sin acercarse a Francia.
Y lió su hatillo y se fue caminando a Alemania, de ciudad en ciudad sin reposo ni pausa. Llegó así hasta la antigua y bella ciudad de Nuremberg, y allí se le quitaron las ganas de seguir caminando, y se quedó.
Es una ciudad antigua y extraña, como recortada de un libro de estampas. Las calles van como quieren, a las casas no les gusta estar en en fila; miradores con torreones, espirales y estatuas avanzan hasta ocupar media acera, y desde los extraños tejados bajan hasta la calle canalones con forma de dragón o de perro de cuerpo alargado.
Knud estaba con su hatillo a la espalda en la plaza del mercado. Estaba al lado de la vieja fuente con espléndidas figuras de bronce, bíblicas e históricas, en medio de los chorros de agua. Una bella sirvienta que estaba cogiendo agua le dio a Knud un refrescante trago, y como llevaba un manojo de rosas también le dio una, y aquello le pareció a Knud un buen presagio.
Desde la iglesia le llegó la música de órgano, su sonido era tan hogareño como el de la iglesia de Koge, y entró en la gran catedral. La luz del sol se filtraba por las vidrieras pintadas entre los altos y esbeltos pilanres. Su mente se llenó de devoción, su espíritu se calmó.
Y buscó y encontró un buen maestro en Nuremberg, y se quedó en su casa y aprendió la lengua.
El antiguo foso que rodea la ciudad se ha transformado en pequeños huertos, pero los altos muros permanecen, con sus fuertes torres. El cordelero trenza sus cuerdas en la galería de madera que hay pegada a la muralla, y en las grietas y agujeros crecen saúcos dejando colgar sus ramas sobre las casitas bajas, y en una de ellas vivía el maestro con quien trabajaba Knud. El saúco extendía sus ramas sobre el tragaluz de la buhardilla donde dormía.
Allí vivió un verano y un invierno, pero cuando llegó la primavera no pudo resistir más allí, el saúco estaba en flor, y el olor le recordaba muchísimo al del huerto de Koge…Y Knud se fue con otro maestro en el centro de la ciudad, donde no había saúcos.
El taller estaba al lado mismo de los viejos puentes de piedra, enfrente de un molino de agua siempre espumante. El impetuoso río estaba rodeado de casas con viejos balcones medio en ruinas que parecían a punto de precipitarse sobre el agua. Allí no crecían saúcos, no había ni siquiera una maceta con algo verde, pero justo enfrente había un sauce grande y viejo que se apretaba contra la casa para que no se lo llevara la corriente. Extendía sus ramas hasta la otra orilla del río, exactamente igual que el sauce del huerto de Koge.
Bueno, había dejado a madre saúco y se había ido con padre sauce. Este árbol, sobre todo en las noches de luna, tenía algo que le hacía sentirse

… tan danés en el alma
cuando brilla la luna.

Pero no era solo la luna lo que le llenaba de añoranza. No, era el viejo sauce.
Tampoco pudo aguantar mucho. ¿Por qué? ¡Preguntádselo al sauce, preguntádselo al saúco en flor! De manera que le dijo adiós a su maestro y a Nuremberg y siguió su camino.
A nadie le habló de Johanna. Guardaba su pena en lo más profundo y daba gran importancia a la historia de los pastelillos de miel. Ahora comprendía por qué el hombre tenía una almendra amarga en el costado izquierdo, pues él mismo notaba el amargo sabor, y Johanna, que siempre era tan dulce y sonriente, era toda entera pastelillo de miel. Era como si la correa de su hatillo lo tuviera tan fuertemente ceñido que le costaba respirar, la aflojó, pero fue inútil. Solo medio mundo estaba fuera, la otra mitad la llevaba dentro de sí, ¡aquello era lo que sucedía! Solo cuando vio las altas montañas, el mundo se le hizo más grande, su mente se abrió, sus ojos se llenaron de lágrimas. Los Alpes le parecieron las alas plegadas de la tierra. ¿Qué pasaría si las abría, si extendía las grandes plumas con multicolores imágenes de negros bosques, de ríos espumeantes, de nubes y masas de nieve? «El Día del juicio alzará la tierra sus grandes alas, volará hacia Dios y se convertirá en burbujas cuando la toquen sus luminosos rayos. ¡Oh, ojalá fuera ya el Día del Juicio!», suspiró.
Paseó en silencio por el campo, que le pareció un huerto cubierto de hierba. Desde los balcones de madera de las casas le saludaban con la mano las muchachas que hacían encajes; las cumbres de las montañas enrojecían al sol poniente, y cuando vio los verdes lagos entre los oscuros árboles pensó en la playa de la bahía de Koge. Pero era una melancolía que no le dolía en el pecho.
Donde el Rin se abalanza como una larga ola, cae, se desintegra y se convierte en blanquísimas masas de brillante niebla, como si estuviera creando nubes, y el arco iris brilla en ellas como una cinta, allí pensó en el molino de agua de Koge, donde el agua saltaba deshaciéndose en minúsculas gotitas de agua.
Con gusto se habría quedado en aquella tranquila ciudad junto al Rin, pero había demasiados saúcos y demasiados sauces… de modo que siguió su camino. Atravesó las altas y poderosas montañas, cruzó precipicios por caminos colgados como nidos de golondrina de las paredes de piedra. En lo más hondo hervía el agua, podía ver las nubes allá abajo. Pasó por lugares cubiertos de cardos, de rododendros y de nieve a la cálida luz del sol…Y dijo adiós a las tierras del Norte y llegó donde crecen los castaños entre viñedos y campos de grano. Los montes eran una muralla que lo separaba de sus recuerdos… y bueno era que así fuese.
Ante él se alzaba una ciudad grande y espléndida, la llamaban Milán y allí encontró un maestro alemán que le ofreció trabajo. Él y su mujer eran ancianos y afables, y allí se quedó a trabajar.Y ellos le tomaron aprecio a aquel oficial tan taciturno, que hablaba poco, pero trabajaba mucho y que era piadoso y buen cristiano. Era como si Dios le hubiese quitado un pesado fardo que llevaba en su corazón.
Lo que mayor placer le producía era subir a la imponente iglesia de mármol que a él le parecía hecha de la nieve de su patria y que estaba llena de estatuas, afiladas torres, abiertas naves y decorada con flores. En todos los rincones, en las espiras y los arcos le sonreían las blancas figuras de piedra. Encima tenía el cielo azul, abajo la ciudad y los extensos y verdes campos de Lombardía, y al Norte las montañas, con sus nieves eternas… y pensaba en la iglesia de Koge con las paredes cubiertas de enredadera, pero no sentía añoranza. Quería que lo enterraran allí, detrás de las montañas.
Llevaba un año viviendo allí, hacía tres años que había salido de su casa. Un día, su maestro lo llevó a la ciudad, no a ver las cabalgadas del circo, sino a la gran ópera. El teatro valía la pena verlo. Tenía siete pisos llenos de cortinajes de seda, y desde el suelo hasta lo más alto, cerca del techo, había señoras elegantísimas, con ramos de flores en la mano, como si fueran a un baile, y los caballeros llevaban sus mejores ropas, muchos iban cubiertos de oro y plata. Había tanta luz como en el más claro día de sol, y la música sonaba fuerte y preciosa. Era mucho más lujoso que la comedia de Copenhague, pero allí estaba Johanna, mientras que aquí… Fue como un encantamiento, corrieron el telón y allí estaba Johanna, vestida de oro y de seda, con una corona de oro en la cabeza. Cantaba como solo puede cantar un ángel de Dios. Avanzó por el escenario, sonrió como solo Johanna podía sonreír. Miró a Knud.
El pobre Knud le cogió la mano a su maestro y gritó: «¡Johanna!», pero no se le oyó, los músicos tocaban muy fuerte. Y el maestro asintió con la cabeza: «Sí, se llama Johanna», y cogió una hoja impresa y le mostró su nombre, su nombre completo.
¡No, no era un sueño! Y todo el mundo la vitoreó y le lanzaron flores y ramos, y en cuanto desaparecía del escenario la llamaban, se iba y volvía, y volvía otra vez.
Fuera, en la calle, la gente se arremolinaba en torno a su carruaje, y Knud estaba en primera fila y más feliz que nadie, y cuando llegaron a su casa, preciosamente iluminada, Knud se puso ante la puerta del carruaje, rió y salió ella, la luz iluminaba su maravilloso rostro, y ella dio las gracias dulcemente y sonrió, estaba emocionada. Y Knud la miró a los ojos, pero ella no lo reconoció. Un caballero con una condecoración en el pecho le ofreció su brazo… estaban prometidos, dijeron.
Y Knud se fue a su casa y lió su hatillo. Tenía que volver a su patria, con el sauce y el saúco… ¡Ay, bajo aquel sauce!
Le pidieron que se quedara. No hubo palabra que pudiera convencerle. Le dijeron que se acercaba el invierno, que ya estaba nevando en las montañas. Pero podía seguir las huellas de la lenta diligencia, pues siempre hay que tener un camino abierto para ella. Llevaría su hato a la espalda y se apoyaría en un bastón.
Y se dirigió a las montañas, las subió y las bajó. Agotado, no veía pueblos ni casas, y seguía hacia el Norte. Las estrellas se encendieron para él, se tambaleaba, estaba mareado. También en lo más profundo del valle se encendieron estrellas, era como si el cielo se extendiera por debajo de él. Se sintió enfermo. Las estrellas de allí abajo fueron haciéndose cada vez más numerosas y más claras, se movían aquí y allá. Era una aldea done parpadeaban las luces, y cuando se dio cuenta echó mano de sus últimas fuerzas y llegó a una humilde posada.
Permaneció allí un día y una noche, pues sus miembros le exigían reposo y cuidados. En el valle había empezado el deshielo, y el suelo estaba cubierto de nieve embarrada. Por la mañana llegó un músico ambulante, que tocó una melodía danesa, y Knud no pudo resistir más…, estuvo caminando muchos, muchos días, con una prisa como si tuviera que llegar a su patria antes de que todos hubieran muerto… Pero a nadie le habló de su añoranza, nadie podía creer que tenía una gran pena, la más profunda que puede tener nadie, una pena así no es para el mundo, no es divertida, no es ni siquiera para los amigos, y él no tenía amigos. Continuó como un extraño por tierras extrañas, hacia su hogar, hacia el Norte. En la única carta recibida de sus padres, hacía más de un año, ponía: «Tú no eres tan danés como nosotros, que lo somos hasta la médula. A ti solo te gustan los países extranjeros».
Al atardecer, mientras caminaba por la carretera, empezó a helar; el paisaje era cada vez más llano, todo eran campos y prados. Junto al camino había un gran sauce. ¡Todo tenía un aspecto tan hogareño, tan danés! Se sentó bajo el sauce, estaba muy cansado, inclinó la cabeza, y los ojos se le cerraron para descansar, pero él notaba y sentía cómo el sauce hundía sus ramas sobre él. El árbol parecía un fuerte anciano, era padre sauce en persona. Lo levantó en sus brazos y lo condujo, a su hijo cansado, a las tierras danesas, junto a la pálida playa abierta, a Koge, al huerto de su infancia. Sí, era el mismo árbol de Koge, que había viajado por todo el mundo buscandolo y que ahora lo había encontrado y lo había llevado al pequeño huerto junto al río, y allí estaba Johanna en todo su esplendor, con su corona de oro, que por fin lo había visto y le gritaba: «¡Bienvenido!».
Y delante de él había dos extrañas figuras que parecían aún más humanas que en los años de su infancia y que habían cambiado; eran los pastelillos de miel, el hombre y la mujer, recompuestos y con muy buen aspecto.
—¡Gracias! —dijeron los dos—. Nos has dado el don del habla. Nos
has enseñado que es preciso expresar lo que uno piensa, pues si no de
nada vale… ¡Estamos prometidos!
Y se fueron cogidos de la mano por las calles de Koge y también por detrás tenían un aspecto estupendo, no se les podía objetar nada. Y fueron hacia la iglesia de Koge, y Knud y Johanna los siguieron. También ellos iban cogidos de la mano. Y la iglesia seguía como siempre, con sus rojas paredes y la preciosa hiedra, y la gran puerta de la iglesia se abrió de par en par y el órgano tocó y el hombre y la mujer llegaron a la entrada de la iglesia: «Los señores, primero», dijeron los «pastelillos novios», y se apartaron para ceder el paso a Knud y Johanna, que se arrodillaron, y ella inclinó su cabeza sobre el rostro de Knud. Lágrimas heladas cayeron de los ojos de Johanna, era el hielo que se fundía en su corazón al sentir el gran amor de Knud, que caía sobre las ardientes mejillas de él, y… despertó, y estaba sentado bajo un viejo sauce en una tierra extraña, una noche helada de invierno. De las nubes caía un granizo helador que le golpeaba el rostro.
—¡Ha sido el momento más feliz de mi vida! —dijo—.Y fue un sueño… ¡Dios mío, permíteme seguir soñando! —y cerro los ojos, durmió, soño.
Por la mañana cayó nieve que le cubrió los pies. Seguía durmiendo. La gente de la aldea fue a la iglesia. Había un oficial artesano muerto, congelado… bajo el sauce.

Anuncios

2 Comments

  1. me encanta este citio web la verdad es que felicidades pòr crear algo tan bueno como lo es este citio gracias.

  2. es bueno encontrar este tipo de sitios, este cuento lo lei por el año de 1976, es muy hermoso.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: