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Aquella noche volvió a tener el mismo sueño.

En el sueño, ella está de pie en el extremo del campo de batalla, con sus hermanos y su hermana. Es verano, y la hierba es de un verde brillante e insólito: un verde vital, como el de un campo de criquet o la primera ladera de los South Downs, según subes hacia el norte desde la costa. Hay cadáveres tendidos en la hierba. Pero no son cadáveres humanos; a su lado hay un centauro con la garganta cortada. Su mitad caballo es de color castaño. La piel de su mitad humana está tostada por el sol. De pronto, se da cuenta de que está mirando el pene del caballo, preguntándose cómo harán los caballos para aparearse, se imagina recibiendo un beso de esa cara barbuda. Inmediatamente, desplaza su mirada hacia la herida de la garganta y el charco rojinegro que la sangre ha formado alrededor de su cabeza, y se estremece.

Las moscas revolotean sobre los cadáveres.

Hay flores silvestres enredadas entre la hierba. Florecieron ayer por primera vez desde hace, ¿cuánto?, ¿cien años?, ¿mil?, ¿cien mil? No lo sabe.

«Todo esto era nieve», piensa, contemplando el campo de batalla.

Ayer, todo esto era nieve. Siempre invierno, y nunca Navidad.

Su hermana levanta un brazo y señala. Están de pie en lo alto de la verde colina, conversando animadamente. El león es dorado, y lleva las manos cruzadas a la espalda. La bruja viste comletamente de blanco. En ese momento le está gritando al león, que se limita a escucharla. Las niñas no logran entender de qué hablan, ni por qué ella está tan furiosa, ni las vagas réplicas del león. La bruja tiene el cabello negro y brillante, sus labios son rojos.

En su sueño ella repara en todos estos detalles.

El león y la bruja pronto terminarán su conversación…

.

Hay ciertas cosas de sí misma que la profesora detesta. Su olor, por ejemplo. Huele igual que su abuela, como una vieja, y esto es algo que ella no se puede perdonar, así que nada más levantarse se da un baño de sales y, todavía desnuda, después de secarse con la toalla, se aplica una generosa dosis de colonia Chanel en las axilas y en el cuello. Esa es, según ella, la única extravagancia que se permite.

Hoy ha decidido ponerse el traje marrón oscuro. Es el tipo de ropa que suele llevar cuando tiene una entrevista, que es muy diferente de la ropa que se pone para dar clase y de la que usa para andar por casa. Ahora que está jubilada, la de andar por casa es la que más utiliza. Se pinta los labios.

Después de desayunar, lava la botella de leche y, al dejarla en la puerta de servicio, descubre que el gato de los vecinos ha depositado en su felpudo la cabeza y la pata de un ratón. Parece como si el ratón estuviera nadando entre las fibras de coco del felpudo, como si el resto de su cuerpo estuviera sumergido. Torciendo el gesto, dobla el Daily Telegraph del día anterior para recoger los restos del ratón sin tener que tocarlos.

En el recibidor le espera ya el Daily Telegraph de hoy, junio con varias cartas que inspecciona cuidadosamente —sin llegar a abrirlas— antes de dejarlas sobre el escritorio de su minúsculo despacho. Desde que se jubiló, sólo entra en su despacho para escribir. La profesora vuelve a la cocina y se sienta a la vieja mesa de roble para leer el periódico. Lleva las gafas de leer colgadas al cuello con una cadena de plata, se las coloca sobre la nariz y empieza por la sección de necrológicas.

No es que espere encontrar el nombre de nadie que conozca, pero el mundo es un pañuelo, y de pronto repara en que, haciendo gala de un sentido del humor algo cruel, los redactores de necrológicas han publicado una fotografía de Peter Burrell-Gunn en los años cincuenta, y no ha pasado ni mucho menos tanto tiempo desde que la profesora lo viera por última vez, en una fiesta de Navidad del Literary Monthly, hará cuatro o cinco años. Temblaba como una hoja, estaba bastante achacoso y más narigudo que nunca; le pareció poco más que la caricatura de un búho. Pero la fotografía es la de un hombre muy apuesto. Tiene un aire agreste, y noble.

Hace tiempo, se pasó una tarde entera besándole, en un cenador: eso lo recuerda como si hubiera sucedido ayer; en cambio, ni aun a punta de pistola sería capaz de recordar en el jardín de quién estaba aquel cenador.

Fue en la casa de campo de Charles y Nadia Reid, decide finalmente. Y, por tanto, fue antes de que Nadia se fugara con aquel artista escocés, y Charles se fuera a España con la profesora, aunque en aquel entonces todavía no era profesora, desde luego. Por aquellos años, aún no era habitual ir de vacaciones a España; en aquella época era un lugar exótico y peligroso. Él la pidió en matrimonio, y ya no está segura de por qué le rechazó, ni siquiera está muy segura de si le habría rechazado definitivamente. Era un joven bastante agradable, y fue él quien terminó de acabar con su virginidad en una cálida noche de primavera, allá en España, en la playa, sobre una manta. Ella tenía veinte años, y se creía tan mayor…

Suena el timbre de la puerta, y ella deja el periódico, se dirige a la puerta principal, y abre.

Lo primero que piensa es que la chica parece muy joven.

.

Lo primero que piensa es que la mujer parece muy mayor.

—¿Profesora Hastings? —pregunta—. Soy Greta Campion. Estoy escribiendo la reseña de su último libro para el Literary Chronicle.

La mujer se queda mirándola fijamente un momento, anciana y vulnerable, y luego sonríe. Su sonrisa es franca, y eso despierta la simpatía de Greta.

—Pasa, querida —le dice la profesora—. En el salón estaremos más cómodas.

—Le he traído esto. Lo he hecho yo misma —dice Greta, mirando una lala de su bolso, y esperando que el contenido no se haya hecho migas por el camino—. Es un bizcocho de chocolate. Leí en Internet que le gustaban mucho.

La mujer astiente y parpadea.

—Me encantan —admite—. Qué amable. Venga por aquí.

Greta la sigue hasta un salón muy cómodo, la profesora indica la butaca en la que debe sentarse y le dice, con voz firme, que no se mueva. La mujer sale de la habitación con aire decidido y Greta la oye trajinar en la cocina. Por fin, la profesora vuelve con una bandeja en la que hay dos tazas de porcelana, una tetera, un plato de galletas de chocolate y el bizcocho que le ha traído Greta.

La anciana sirve el té y Greta elogia su broche con sincero entusiasmo. A continuación, saca el boli y el cuaderno de notas, y un ejemplar del último libro de la profesora, De los significados que encierran los cuentos infantiles, cuyas páginas están llenas de papelitos por todas partes. Comienzan por hablar de los primeros capítulos, en los que se plantea la hipótesis de que, originalmente, no existía una literatura escrita específicamente para niños, se creó en la época victoriana, como la idea de que la infancia era pura y santa y, por tanto, era necesario que la literatura infantil lo fuera…

—Pura, en definitiva —concluye la profesora.

—¿Y santa? —pregunta Greta, con una sonrisa cómplice.

—Y santurrona —le corrige la anciana—. Es difícil leer Los niños del agua sin sentir una punzada de dolor.

Y luego sigue hablando de cómo dibujaban los artistas a los jóvenes lectores —como a adultos bajitos, pero sin reparar en las dimensiones del niño— y de cómo los cuentos de Grimm fueron recopilados pensando en los lectores adultos, pero cuando los hermanos supieron que la gente leía aquellos cuentos a los niños pequeños, expurgaron cuidadosamente los textos para hacerlos más apropiados. Le habla de «La Bella Durmiente del Bosque», de Perrault, y de su verdadero final, en el que la madre del Príncipe Azul resulta ser una ogresa caníbal que intenta hacer creer a su hijo que la Bella Durmiente se ha comido a sus propios vástagos. Y Greta asiente todo el tiempo, y toma notas, y se impacienta tratando de aportar algo a la conversación para que aquello sea un diálogo, o al menos, una entrevista, y la prolesora no tenga la sensación de estar dando una conferencia.

—¿De dónde cree usted —pregunta Greta— que le viene ese interés por la literatura infantil?

La profesora sacude la cabeza.

—¿De dónde nos viene el interés por cualquier cosa? ¿De dónde te viene a ti el interés por la literatura infantil?

—Creo que los libros que leí de niña han sido muy importantes para mí —responde Greta—. Los únicos verdaderamente imporrtantes. En mi infancia y también en mi vida adulta. Yo era como Matilda, el personaje de Roald Dahl… ¿En su familia se leía mucho?

—No demasiado… O eso creo, murieron hace ya mucho tiempo. O, más bien, debería decir que los mataron.

—¿Toda su familia murió al mismo tiempo? ¿En la guerra?

—No, querida. Fuimos evacuados durante la guerra. Fue en un accidente ferroviario, unos años después. Yo no iba con ellos.

—Como en los libros de Narnia, de C. S. Lewis —dice Greta, e inmediatamente se siente como una idiota, como una idiota insensible—. Lo siento. Ha sido una estupidez por mi parte.

—¿Tú crees?

Greta nota que se ha puesto colorada, y se justifica:

—Es que esa secuencia se me quedó grabada. Es de La última Batalla. Donde se revela que el tren que les llevaba de vuelta al colegio ha sufrido un accidente y todos están muertos. Todos menos Susan, claro.

La profesora pregunta:

—¿Más té, querida?

Y Greta sabe que debería cambiar de tema, pero continúa:

—¿Sabe? Aquello me resultaba indignante.

—¿El qué, querida?

—Susan. Los demás niños van al paraíso, pero Susan no. Ya no es amiga de Narnia porque le gustan demasiado las barras de labios, las medias de nylon y las fiestas. Incluso llegué a hablar de ello con mi profesora de inglés, del problema de Susan, cuando tenía doce años.

Greta estaba a punto de cambiar de tema, quería hablar de cómo influyen los cuentos que leemos de niños en la construcción del sistema de creencias que adoptamos después como adultos, pero la prolesora le pregunta:

—¿Y qué te dijo tu profesora, querida?

—Me dijo que, aunque en aquel momento Susan rechazara el paraíso, tenía toda una vida por delante para arrepentirse.

—¿Arrepentirse, de qué?

—De no haber creído en él, supongo. Y del pecado de Eva.

La profesora corta un trozo de bizcocho de chocolate. Parece estar enfrascada en sus recuerdos. Y entonces dice:

—Dudo de que, después de morir su familia, pudiera seguir permitiéndose comprar medias de nylon y lápices de labios. Yo, desde luego, no podía. Supongo que heredaría algún dinero de sus padres (menos de lo que cabe imaginar), apenas lo suficiente para costear su alojamiento y la comida. No le quedaría mucho para gastar en lujos…

—Pero estoy segura de que había algo más —dice la joven periodista—, algo que Lewis no nos cuenta. De lo contrario, su destino no habría sido tan cruel; no le habría negado el cielo, tanto el metafísico como el individual. Quiero decir, todos sus seres queridos habían partido ya para recibir su recompensa, en un mundo de magia y cascadas y felicidad. Pero Susan se quedó atrás.

—No sé cómo se lo tomaría la niña del cuento —dice la profesora—, pero el quedarse atrás le daría también la oportunidad de identificar los cuerpos de sus hermanos y de su hermana pequeña. En aquel accidente murieron muchas personas. A mí me llevaron a una escuela que estaba cerca del lugar en el que se produjo el accidente; era el primer día de curso y habían trasladado allí los cadáveres. Mi hermano mayor estaba bastante bien. Casi parecía que estuviera dormido. Los otros dos estaban bastante peor.

—Supongo que Susan vio sus cadáveres y pensó que ellos ya estaban de vacaciones. Unas vacaciones perfectas: jugando en verdes praderas con animales parlantes, para siempre.

—Puede que lleves razón. Recuerdo que yo sólo pensé en el terrible daño que puede causar un tren al chocarse con otro, en lo que puede hacerles a las personas que viajan en él. Imagino que nunca te has visto en la situación de tener que idenrificar un cadáver, ¿verdad, querida?

—No.

—Has tenido mucha suerte. Yo recuerdo que los miraba v pensaba: «¿Y si me equivoco? ¿Y si, después de lodo, resulta que no es él?». Mi hermano pequeño estaba decapitado, ¿sabes? Un dios capaz de castigarme por mi afición a las medias de nylon y a las fiestas haciéndome caminar por aquel comedor escolar lleno de moscas para identificar a Ed, en fin… es un extraño modo de divertirse, ¿no? Como un gato, que es capaz de torturar a un ratón sólo por diversión. Aunque supongo que el gato actúa por instinto, no por crueldad. No sé.

La profesora va bajando la voz, como si estuviera reflexionando en voz alta. Luego, tras una breve pausa, continúa:

—Perdona, querida, pero creo que hoy no me encuentro demasiado bien. Si no te importa, dile a tu director que me llame otro día y concertamos una cita para continuar con nuestra charla.

Greta asiente y le dice que no se preocupe, pero algo le dice no volverá a hablar con la profesora.

.

Esa misma noche, la profesora sube las escaleras de su casa, despacio, casi sin fuerzas. Saca del armario de la ropa blanca, unas mantas y unas sábanas limpias, y hace la cama en la habitación del fondo. Allí no hay más muebles que un sencillo tocador con espejo y cajones, una cama de roble y un polvoriento armario de madera de manzano en el que sólo hay unas cuantas perchas vacías y una caja de cartón. Coloca sobre el tocador un jarrón con flores de rododendro, vulgares y pegajosas.

En la caja de cartón hay una bolsa de plástico en la que guarda cuatro álbumes de fotos. Se acuesta en la que fue su cama cuando era niña y se pone a mirar las fotos. Son fotografías antiguas, la mayoría en sepia o en blanco y negro, aunque también hay unas cuantas en color. Ahí están sus hermanos, su hermana y sus padres; la profesora se sorprende al ver lo jóvenes que eran, le parece mentira que alguien pueda ser tan joven.

Al cabo de un rato, repara en los libros infantiles que hay en la mesilla de noche y se queda un poco desconcertada. No recuerda haberlos dejado allí, en aquella habitación. Ni siquiera recuerda haber visto nunca una mesilla de noche en esa habitación. En lo alto del montón hay un viejo libro encuadernado en rústica —debe de tener más de cuarenta años, porque el precio está escrito en chelines—. En la portada hay un león, y dos niñas colocándole una guirnalda de margaritas en la cabeza.

La profesora se sobresalta. Y sólo entonces comprende que está soñando, porque sabe que ella no ha dejado allí esos libros. Bajo el libro encuadernado en rústica hay otro de tapa dura con su sobrecubierta y todo; es un libro que siempre quiso leer, Mary Poppins vuelve con el amanecer, y que P. L. Travers no pudo escribir en vida.

La profesora lo saca del montón, lo abre y lee aquella historia largamente esperada: Jane y Michael siguen a Mary Poppins en su día libre y llegan al cielo, donde se encuentran con el Niño Jesús, que todavía le tiene un poco de miedo a Mary Poppins porque hace tiempo también fue su niñera, y con el Espíritu Santo, que se queja de que nadie deja sus sábanas tan blancas como las dejaba Mary Poppins, y a Dios Padre, que les dice:

—No hay quien pueda con ella. No hay manera. Porque ella es Mary Poppins.

—Pero tú eres Dios —le dijo Jane—. Tú lo has creado todo y a todos. Tienen que hacer lo que tú les digas.

—A todos menos a ella —replicó Dios Padre. Y rascandose su barba dorada con mechones blancos, continuó—: A ella la creé yo. Es Mary Poppins.

Y la profesora se rebulle en sueños, y después sueña que está leyendo su propia necrológica. «He tenido una buena vida», piensa, mientras lee su historia en negro sobre blanco. Todos están allí. Incluso algunas personas que ya había olvidado.

.

Greta duerme junto a su novio, en su pequeño apártamento de Camden; ella está soñando también.

En su sueño, el león y la bruja bajan juntos por la colina.

Está en el campo de batalla, con su hermana cogida de la mano. Levanta la vista para mirar al león dorado y sus ardientes ojos de ámbar.

—Ese león no está domesticado, ¿verdad? —susurra a su hermana; las dos tiemblan de miedo.

La bruja les mira, se vuelve hacia el león y dice, con frialdad:

—Estoy satisfecha con los términos de nuestro acuerdo. Tú te llevas a las niñas y yo me quedo con los niños.

De pronto, deduce lo que ha pasado y echa a correr, pero la fiera se abalanza sobre ella cuando apenas ha podido dar una docena de pasos.

El león la devora entera, excepto la cabeza. Y deja la cabeza y una de sus manos, como hacen los gatos cuando se comen a un ratón: desechan las partes que no quieren para comérselas más tarde, o como regalo.

Preferiría que el león se hubiera comido también su cabeza, así no tendría que presenciar aquella escena. Como está muerta, no puede cerrar los párpados, de modo que se queda mirando, sin pestañear, mientras el león devora a sus hermanos. La terrible fiera devora a su hermana un poco más despacio y, a su parecer, con más fruición que a ella; pero, claro, su hermana pequeña siempre fue su preferida.

La bruja se despoja de sus blancos ropajes, dejando al descubierto un cuerpo no menos blanco, y sus pequeños pero erguidos pechos, culminados por unos pezones tan oscuros que parecen negros. La bruja se tiende sobre la hierba y abre las piernas. Al contacto con su cuerpo, la hierba se cubre de fina capa de escarcha.

—Ahora —dice.

—El león lame la blanca vulva con su rosada lengua, hasta que ella no puede aguantar más y tira de él para besar su enorme boca, y abraza con sus gélidas piernas el dorado pelaje…

Como está muerta, no puede apartar la vista. Como está muerta, no se le escapa nada.

Y cuando la bruja y el león terminan, sudorosos y satisfechos, sólo entonces, el león se acerca a su cabeza y la devora de un solo bocado, pulverizando el cráneo con sus poderosas mandíbulas, y entonces, y sólo entonces, Greta se despierta.

Su corazón late desbocado. Intenta despertar a su novio, pero él gruñe y sigue roncando.

«Es cierto —piensa Greta en la oscuridad, de modo completamente irracional—. La niña creció. Siguió adelante. Ella no murió.»

Se imagina a la profesora, que pasa la noche en vela escuchando los ruidos que salen del viejo armario del rincón: los susurros de todos aquellos fantasmas, que podrían confundirse con ratas o ratones, los pasos de las enormes y aterciopeladas zarpas, y allá, a lo lejos, el temible sonido de una trompeta de caza.

Sabe que no son más que tonterías suyas y, no obstante, no se sorprenderá cuando lea la noticia de la muerte de la profesora. «La muerte ataca de noche —piensa, antes de quedarse dormida de nuevo—. Como un león.»

.

La bruja blanca cabalga a lomos del león dorado. Tiene el hocico manchado de sangre fresca. Pero saca su inmensa lengua rosada y se lame la cara, que vuelve a quedar completamente limpia.

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9 Comments

  1. Haber: Creo que Neil Gaiman exageró un montón, Lewis no es un machista, Susan no fue a Narnia porque YA NO CREÍA EN NARNIA, NO POR SER UNCA CHICA.
    ¿CÓMO IBA A REGRESAR A UN LUGAR EN EL QUE NO CREÍA? A VER! ¿EH?
    ODIO ese morbo que le puso a la historia, ASLAN NO DEBORA A SERES HUMANOS!
    ¿Y QUÉ ES ESO DE LA BRUJA?
    DIOS MÍO , ¿QUÉ LE PASA EN LA MENTE A ESE HOMBRE? NADA BUENO, ESO ESTÁ CLARO.
    JAH!

    Lo único que quiero agregar es eso, que la fe no depende del género al k se pertenezca, y que el querer estropear historias tan buenas y EXITOSAS A NIVEL MUNDIAL es pura ENVIDIA
    ENVIDIA PODRIDA, ¿OK?

    Susan perdió la fe, habría podrido crecer creyendo en Narnia
    PERO NO LO HIZO, ESO ES TODO
    Y lamentablemente, esos casos se dan mucho hoy en dia

  2. no me gusto pa nada
    lo encontre tan absurdo
    ademas el mismo lewis dijo q
    susan ya no creia en narnia pero tendria el tiempo necesario para volver a ser su amiga y encontrar su propio camino para llegar ai

  3. Lo que ustedes no entienden es la tremenda maldad de Lewis, al “castigar” a Susana por “no creer”, provocando en su vida semejante dolor y trauma. Neil Gaiman simplemente mostró las consecuencias que lewis no mostró, lo perverso que es decir que por “no creer” nos merecemos castigos tan brutales como perder a toda tu familia en un accidente.lewis fue un fariseo, como todos los que creen que su religión es la única verdad y cualquier brutalidad se justifica, si con eso hacen creer a alguien.

  4. uy no nmuy largo ese hp cuenta

  5. Bueno lo que hizo Neil G. es intentar analizar los temas ocultos de esta historia infantil en particular, intentar descifrar lo que no se dice y que todo tema infantil posee un tema de adultos mas profundo, casi como una referencia.
    No me gusta mucho que haya sexualizado algunas cosas que no correspondian, pero estoy de acuerdo en que Lewis fue muy cruel por abandonar a Susan.
    Me pregunto como es que ella pudo seguir creyendo en Narnia, si Aslan no la dejó volver más.
    Hubo algunos niños que fueron arrastrados a Narnia incluso sin creer previamente en nada magico, pero Susan no pudo regresar.
    Pudo Aslan haberle arrebatado solo a sus hermanos, al menos ella habria sabido que sucedio, pero por qué debia de arrebatarle a sus padres al mismo tiempo. Me parece simplemente cruel.
    Y la reacción de sus hermanos al hablar mal de ella sin ella, al pensar solo en sus padres y no en la hermana que estaban abandonando. No se si seria una gran recompensa entrar en las puertas del cielo sin pensar y dejando atras todo lo que alguna vez te inporto.
    Creo que ya sea Narnia o el mundo de Aslan me recuerdan mucho a esas historias en las que un personaje malvado intenta divertir a alguien, haciendole pensar en cosas lindas, para que no recuerde querer volver a ningun otro lugar.

  6. La historia de Neil G. la consideraría buena si no sexualizara personajes que han formado parte de mi infancia. ¿La bruja y el león, de verdad? Eso es una completa estupidez. Si, Lewis castigó a Susan por no creer en Narnia, pero Susan fue lo bastante estúpida para dejar de creer. ¿Cómo dejar de creer en un lugar en el que ella vivió? ¿Cómo dejar de creer en un mundo que la acogió cuando el mundo en el que vivía la dejó de lado, porque estaba en guerra? Los Pevensie murieron y Susan quedó viva. De acuerdo. Pero ha sido una estúpidez de Neil G. introducir esa clase de sueños cuando no tienen ninguna base lógica.
    Mi pregunta es: ¿leyó Narnia con el único objeto de criticarla o qué?

    • Tal vez dejó de creer para mitigar el dolor de recordar ese lugar mejor. Así las personas reprimimos cosas. O el ser vista como una enferma mental por creer en algo tan fantástico, también la pudo llevar a finalmente no creer. EQUIS. El punto es que C.S. Lewis lo deja muy vago y la castiga simplemente por crecer. Él es quien realmente le da la espalda es él a ella.
      A mi me encantó el estilo porque hace el relato más fuerte. No se me hace una estupidez (los sueños no tienen una base lógica tampoco =P). Según sé, él es fan de Narnia, el que te gusten o no te gusten, no interfiere con el hecho de poder criticar una obra. Si los leyó con ese objetivo, a ti qué jaja.

  7. lo que no entiende esta gente es que Lewis no “castiga” Susan .solo nos muestra una de las Consecuencias de no haber seguido creyendo .claro tiene que lidiar con la muerte de su familia y es ahi , mediante esta experiencia cuando ella tendra que decidir convertirse en una persona amargada y triste o empezar a conocer a Aslan tal y como es en su mundo (por que Aslan está en los dos mundos) y asi poder llegar a la narnia y a la inglaterra real donde la espera su familia.
    en cuanto a la parte de la bruja y el leon sobra decir que es un asco lo que gaiman se imagino aobretodo por que esta es una obra para niños


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