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Tag Archives: Xmas


I’ll have a blue Christmas without you
I’ll be so blue just thinking about you
Decorations of red on a green Christmas tree
Won’t be the same dear, if you’re not here with me


And when the blue snowflakes start falling
That’s when those blue memories start calling
You’ll be doing alright with your Christmas of white
But I’ll have a blue Christmas


You’ll be doing alright with your Christmas of white
But I’ll have a blue, blue Christmas

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Who’s got a beard
That’s long and white?
Santa’s got a beard
That’s long and white

Who comes around
On a special night?
Santa comes around
On a special night

Special night
Beard that’s white

Must be Santa
Must be Santa
Must be Santa
Santa Claus

Who wears boots
And a suit of red?
Santa wears boots
And a suit of red

Who wears a long cap
On his head?
Santa wears a long cap
On his head

Cap on head
Suit that’s red
Special night
Beard that’s white

Must be Santa
Must be Santa
Must be Santa
Santa Claus

Who’s got a big red
Cherry nose?
Santa’s got a big red
Cherry nose

Who laughs this way
Ho, ho, ho?
Santa laughs this way
Ho, ho, ho

Ho, ho, ho
Cherry nose
Cap on head
Suit that’s red
Special night
Beard that’s white

Must be Santa
Must be Santa
Must be Santa
Santa Claus

Who very soon
Will come our way?
Santa very soon
Will come our way

Eight little reindeer
Pull his sleigh
Santa’s little reindeer
Pull his sleigh

Reindeer sleigh
Come our way
Ho, ho, ho
Cherry nose
Cap on head
Suit that’s red
Special night
Beard that’s white

Must be Santa
Must be Santa
Must be Santa
Santa Claus

Dasher, Dancer
Prancer, Vixen
Comet, Cupid
Donner
And Blitzen

Reindeer sleigh
Come our way
Ho, ho, ho
Cherry nose
Cap on head
Suit that’s red
Special night
Beard that’s white

Must be Santa
Must be Santa
Must be Santa
Santa Claus

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-. En que éste no es el suyo.
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos, de puro viejo, hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora le substituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia ya sabe por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.


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… Herodes recibió a los tres reyes magos en su palacio, con gran solemnidad y ceremonia; los agasajó y los sentó a su mesa, y luego les habló de este modo:
—Sé que vuestro saber ha profundizado todas las ciencias y las artes. ¿Queréis enseñarme vuestros secretos?
Entonces ellos pasaron aquel día mostrándole asombrosos juegos de prestidigitación y por la noche prepararon una gran fiesta pirotécnica, que iluminó la ciudad alegremente. Un poco antes del amanecer reunieron su cortejo y, dejando en puertas y ventanas los juguetes para los niños, partió su caravana melancólica.
Herodes, que no se había quedado satisfecho, les detuvo en el camino y les dijo: «Me habéis engañado ocultándome vuestro secreto más importante. ¿Dónde está la estrella que os guía?».
Y ellos sonrieron sin contestar.
—Si no me lo decís —insistió Heredes—, mandaré mataros.
Y ellos volvieron a sonreír y a no contestar.
Entonces, Herodes, irritado, les gritó:
—¡Os digo que tenéis la vida pendiente de un hilo mientras no me descubráis vuestra estrella maravillosa!
Y el rey negro, que era más astuto que los otros y algo burlón, explicó: «Lo que tenemos pendiente de un hilo, señor, es la estrella maravillosa». Y dejando asomar por su ropón unos grandes picos dorados, añadía: «La lleva siempre el que va delante de nosotros».
Así dejó Herodes marchar a los tres reyes profesionales del ocultismo, quedándose muy pensativo porque su corazón rebosaba pena y sentía una inmensa piedad hacia todas las cosas.
Aquel mismo día ordenó la degollación de los niños, que murieron con los primeros juguetes de su inocencia.


zapatosvangogh

Como su padre había sido también republicano y racionalista, le había puesto por nombre Sócrates. Él, a su vez, siguiendo la costumbre, le había puesto a su hijo Plutarco.
Su mujer, obesa y dulce, disculpaba todo esto, con la sumisa tolerancia de las mujeres españolas. Tenía un supersticioso respeto para ese mundo de fronteras inviolables donde se encierran las «cosas de los hombres». Estaba segura de que su marido tenía «buen fondo», que es lo que importa, y de que, cuando se sintiese morir, pediría los sacramentos. Respaldada en estas confianzas, con su bata de flores y su manojo de llaves, iba y venía por la casa, callada,
hacendosa, humilde de llamarse, sencillamente, Rosario, entre el bebedor de la cicuta y el autor de las Vidas paralelas.
Don Sócrates era republicano federal. Profesaba las «ideas nuevas», o sea, las ideas francesas y alemanas de 1890. En un estante, encuadernadas y con cantos de oro, guardaba las obras de Castelar, Pi y Margall, Salmerón, Darwin y Augusto Compte. Y su mujer les quitaba el polvo, todos los sábados, con un plumerito, cogiendo cada tomo displicentemente, con dos dedos, para no contagiarse, como quien coge una viborilla.
Don Sócrates había oído, en sus mocedades, un discurso de Castelar en un círculo republicano. Era la anécdota más emocionante de su vida, y recordaba todos los detalles de la escena. Al terminar, había logrado llegar hasta el orador y apretarle una mano, diciendo:
—No sé cómo puede usted respirar, don Emilio.
Y don Emilio se había vuelto a él y le había hablado. Era la única vez que le había hablado don Emilio. Le había dicho:
—¡Je!… ¡La costumbre!

Y aquella noche, Rosario alzó de pronto sus dulces ojos cansados de la costura.
—Sócrates, ¿sabes que Plutarquito le ha pedido una trompeta a los reyes magos?
Sócrates dejó sobre la camilla el periódico que leía, se quitó los quevedos y replicó con severidad:
—Rosario: es menester acostumbrar al niño, desde chico, a no pedir nada a los reyes…
—Pero ya tú ves: una trompeta…
—Una trompeta todavía menos; al son de una trompeta ha cometido la humanidad todas sus grandes estupideces.
Hubo una pausa. Sócrates terminó:
—Se empieza pidiendo a los reyes una trompeta y se acaba pidiéndoles una credencial. Es menester infundir en el niño, desde ahora, la dignidad del ciudadano libre. Además, no quiero que Plutarquito crea en ese cuento de los reyes magos. Es preciso que se entere que cada uno tiene que buscarse lo suyo, de día y muy despabilado. Que nadie le trae a uno nada, de noche, para llenarle los zapatos.
—Pero, hijo, tiempo tiene el niño de enterarse de eso. Todavía es pronto…
—Nunca es pronto para la verdad…
—Está bien, hombre. No te enfades…
Y Rosario bajó la cabeza otra vez sobre la costura, y no habló ya una palabra. Porque había tomado la doble resolución que todas las mujeres dulces y sumisas toman siempre ante estos pequeños conflictos: primera, no discutir más; segunda, comprar una trompeta, sin que su marido se enterara, y ponerla la noche de reyes en el cuarto de Plutarquito.

La escena que se desarrolló a prima noche, la noche de reyes, no tuvo originalidad ninguna. Desde la alcoba matrimonial se oyó la voz adormilada de don Sócrates:
—Pero, Rosario, ¿no vienes?
Y Rosario, que cosía en la salita, contestó sencillamente:
—Espérate, Sócrates, que tengo que acabar de marcar estos calcetines. Duérmete tú…
Y aguzando el oído, esperó unos momentos a que la respiración de su marido, que se filtraba entre las cortinas de la alcoba, fuese convirtiéndose en un ronquido leve, pacífico y sereno, característico de los niños y de los republicanos federales.
Entonces Rosario se descalzó para no hacer ruido, se dirigió a un armario y sacó de un envoltorio de papel una trompeta niquelada, alta, magnífica, propia para que Plutarquito jugase, no ya a los soldados, sino al jazz-band.

Nadie se desliza más suavemente que las madres, en la noche de reyes, al entrar en el cuarto de sus hijos. Calzadas de silencio y de ternura, resbalan como hadas, en suave complicidad con la alfombra, para no despertar a sus hijos de ninguna de las dos bellas mentiras: el sueño y la leyenda de los reyes repartidores de juguetes. Así entró doña Rosario en la alcoba de Plutarquito, con su bata de flores y su trompeta, obesa y sublime, sobre la sordina de sus pies descalzos.
Plutarquito dormía apaciblemente en su cama de metal dorado, bajo una litografía de la Sagrada Familia de Murillo. Porque don Sócrates no creía, pero respetaba el arte. Doña Rosario recorrió tácitamente la habitación, colocó la trompeta sobre una silla, e iba a dar un beso a Plutarquito, cuando se sintió bruscamente separada de un empellón. Miró con horror y encontró tras de sí a su marido, magnífico y desconcertante, con sus zapatillas, su largo batín azul y su gorro con borla. Estaba agigantado por la ira. Parecía la imagen de la inteligencia rompiendo la superstición. Don Sócrates
sentencio:
—Rosario, te oí salir de puntillas del gabinete, y me lo supuse todo. Porque otra cosa no podía ser. Tienes cincuenta años y pelos en la barba.
Y después de estas declaraciones mortificantes, don Sócrates encendió la luz eléctrica, zamarreó fuertemente a Plutarquito para despertarlo y exclamó con tono de arenga revolucionaria:
—¡Plutarco! ¡Plutarco! No he de dejar que siembren de errores tu razón naciente. Fíjate bien. ¿Ves a tu madre? Tu madre es la que te ha traído esa ridicula trompeta bélica. No creas nunca que te la trajeron los reyes magos. Eso es una superchería. Nebrija dice que los tres reyes magos ni fueron tres, ni fueron reyes, ni fueron magos. Pero yo creo más: yo creo que no existieron.
Rosario lloraba tras su marido. Plutarquito se había despertado a medias y pugnaba por abrir sus ojos azules. Don Sócrates tomó a su mujer con una mano y a la trompeta con otra, y recalcó apocalípticamente:
—Graba bien lo que te digo, Plutarco. ¿Ves a tu madre? ¿Ves la trompeta? ¿Ves la realidad cruda?
Plutarquito abrió un ojo con dificultad. Bostezó. Le temblaba
la voz.
—Veo a mamá y a la trompeta. Lo otro no lo veo…
—Quiero decir, Plutarco, que es preciso que, desde niño, aprendas a guiarte por lo que ven tus ojos y no por…
Plutarquito se había dormido profundamente. El sueño de sus seis años sin remordimientos podía más que las sonoras palabras del racionalista.

A la mañana siguiente, don Sócrates estaba desayunándose en la cama. Don Sócrates desayunaba en la cama los días que no tenía oficina. Tomaba frutas y espinacas, porque era vegetariano. De pronto irrumpió en la alcoba Plutarquito, tocando sonoramente la trompeta. Don Sócrates le hizo subir a la cama sobre sus rodillas.
—Vamos a ver, Plutarquito, ¿quién te ha traído esa trompeta?
—Toma…, ¡los reyes!
—Pero, entonces, ¿no recuerdas que esta noche?…
—Verás, papá. Esta noche, cuando me acosté, me quedé con los ojos muy abiertos, para no dormirme, y ver entrar a los reyes. Paquito, el primo, me había dicho que él los vio el año pasado, y que entraron en su cuarto por el balcón. Y yo los vi esta noche. Gaspar tenía una barba blanca, como el tío Miguel. Y Melchor era negro. Parecía un limpiabotas. Llevaban todos unos mantos muy largos, muy largos…
—Pero, luego…
—Luego me dormí, papá. Y soñé una cosa rarísima y divertidísima. No me atrevo a decírtela.
—¿Qué soñaste?
—Soñé que tú, papá, estabas junto a mi cama. Llevabas una sotana azul muy larga y un gorro colorado. ¡Qué ridículo! Parecías uno de esos muñecos de la feria a los que se le pueden tirar seis pelotas por una perra gorda.
—¿Y qué más?
—¡Qué sé yo! Allí empezaste a decir que si la trompeta la había traído mamá, que si los reyes magos no eran de verdad. ¡Qué sé yo! ¡Tonterías! Yo no recuerdo bien todos los disparates que decías.
Luego bajó la voz y añadió:
—Pero no se lo vayas a contar a mamá. Porque, cuando sueño cosas raras, mamá me da una cucharada de sal de fruta.
Don Sócrates bajó la cabeza pensativo.
Entre las cortinas se dibujaba la figura obesa y dulce de doña Rosario, sonriente, paciente, ligeramente irónica; segura de su triunfo definitivo.
Don Sócrates reanudó su austero desayuno de vegetariano. Estaba perplejo. Los reyes magos habían podido más que él. Sus verdades eran sueños para su hijo… ¿Cuál de los dos tendría razón?

Comprendió Maruja que había llegado el momento propicio.
Miss Ada se había dormido tranquilamente sobre el christmas number de The Tatler. Papá debía estar en el congreso, o en el sitio donde, según los criados, llamaba él, honestamente, el congreso. Mamá había ido al té de la vizcondesa. Un profundo silencio envolvía la casa, interrumpido solamente por el sordo bramido de fierecilla que lanzaba la salamandra.
Maruja se levantó del suelo. Inquieta, reprimiendo el aliento, con una manita en el corazón, que brincaba de ansiedad y de miedo, se
acercó a miss Ada. Miss Ada empezaba a roncar suavemente, a ritmo con el bramido de la salamandra.
Maruja se abrazó a su muñeca japonesa. No convenía ir sola en aquella aventura. Luego, de puntillas, aunque la espesa alfombra apagaba el menor de sus pasos, avanzó por el pasillo adelante.
Más que nunca le latía el corazoncito. Sentía un ruego extraño en las mejillas. Recordaba escenas de princesitas de cuento brujo, perdidas en la noche. Incluso sintió deseos de retroceder al dulce abrigaño de su cuarto y despertar a miss Ada y pedirle alguna de aquellas historias de su Escocia romántica.
Pero fue más poderoso el deseo de su aventura, y siguió avanzando a tientas por el pasillo oscuro. En el fondo rojeaba el resplandor de la chimenea del despacho.
Maruja, conforme iba acercándose al despacho, repetía mentalmente el número del teléfono: 12.687… 12.687… 12.687…
Lo sorprendió, por casualidad, noches antes en un periódico. Los reyes magos recibían encargos de juguetes por teléfono.
Papá sonrió cuando Maruja le preguntó si era verdad aquello.
—Sí, muñeca. Los reyes magos se aprovechan de todos los adelantos. Incluso ya no vienen montados en camellos, sino en automóvil.
Mamá se reía, miss Ada se reía. Sólo Maruja estaba seria, pensativa, procurando retener en la memoria el número del teléfono. Así podría comunicarse directamente con los reyes magos, sin necesidad de que le sirvieran como intermediarios sus padres, o que le cambiaran los juguetes que había pedido por carta, como sucedió el año anterior. Además, de este modo, papá y mamá quedarían sorprendidos. Ningún año serían tan espléndidos los reyes. Estaba segura de conseguir todo lo que les pidiera.
Al llegar al despacho se detuvo otra vez, temerosa. Oprimió contra el pecho a la muñeca japonesa y la miró como pidiéndole ánimos. La muñeca, con sus ojos rasgados, parecía sonreír burlonamente.
Dio dos pasos más y se encontró dentro del despacho. Medio en penumbra. Agigantadas y revestidas de misterio las cosas en los rembranescos contrastes de luz y de sombra que enviaban contra ellas la lumbre de los leños. Frontera a la puerta se destacaba el ventanal, con sus cuadritos de cristales y maderas blancas, y detrás de él la noche, donde voltejeaban los copos de nieve.
Maruja se subió a una silla para alcanzar la llave de la luz eléctrica. Bruscamente cambió de aspecto el despacho. Perdió su misterioso encanto; pero, en cambio, adquirió para la niña más sensación de normalidad. Bajo la luz eléctrica se acobardó el resplandor de la chimenea y se oscureció más aún el ventanal.
Maruja fue sin vacilar hasta la mesita donde estaba el teléfono. Pero no alcanzaba. Hubo de coger en la librería un tomo del diccionario. Después otro, y otro y otro… ¡Qué fastidio! ¿Por qué serían tan altas las mesas?
Al fin, alcanzó el aparato. Oprimió el botón, tal como había visto hacer varias veces a papá, y también a mamá en las noches en que papá no venía a cenar y avisaba por teléfono, y mamá lloraba.
Bruscamente sonó el timbre. Maruja se asustó. ¡A ver si se despertaba miss Ada o acudía Pedro, el ayuda de cámara! Por poco sí se cae para bajar de los libros e ir a cerrar la puerta y correr los pesados cortinones rojos. ¡Y el timbre no callaba!
Volvió a subir a los libros, cogió el auditivo.
—¡Chistt!… Más bajito, central… ¡Que nos van a oír!…
—…
—Sí. Que se va a despertar miss Ada… ¿Eh? Sí. Quería comunicación con el número 12.687. ¿Qué?… Sí… Sí, eso es: 12.687…
Esperó temblando. En una silla próxima yacía la muñeca japonesa. Maruja se creyó en el deber de tranquilizarla:
—No tengas miedo, nena. Verás cómo no nos pasa nada.
Y lo decía mirando recelosa a todos lados, con la boquita seca de angustia y el corazón latiéndole más medrosico que nunca.
De pronto volvió a sonar el timbre. Escuchó.
—¿Quién?
—…
—Sí. ¿Es el 12.687? Quería hablar con los reyes magos.
—…
—¿Eh? Sí. Soy Maruja Moncada. ¿Eh?… Sí. Velázquez, 66. ¿No
están los señores reyes?
—¿?…
—Lo mismo me da. No siendo el negro, porque me asusta, que se acerque el que quiera.
—…
—Buenas noches, don Gaspar. Soy Maruja Moncada, una niña muy buena, muy buena. Y quería muchos juguetes para el día seis. ¿Eh? Bueno, tome usted… ¡Ay, perdone! A los reyes, ¿cómo se les dice?
—…
—Muy bien… Pues, entonces, mire usted, Majestad. Yo quería un teatro que he visto, que es casi de tamaño natural, y en que los cómicos están vestidos de verdad; quiero también un automóvil de ésos que andan, una muñeca vestida de napolitana, un soldado alemán de esos que se caen al suelo y no se rompen…
—…
—No; espere usted, Majestad don Gaspar, que no he terminado. Una camita dorada con una muñeca dentro, un costurero que tenga agujas y carretes y un tigre.
—…
—Sí, Majestad. Un tigre, como el que tiene Lolita Revuelta, y que se le da cuerda y mueve la cabeza así. ¿Ve usted cómo la muevo yo? ¡Pues así!
—…
—Nada más. ¡Ah! Y que se abrigue usted mucho, señor rey, cuando me traiga los juguetes. Esta calle de Velázquez es muy fría. ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Ah! Déle usted un beso al otro señor rey.
—…
—No. Al negro no, que me asusta.
Bajó, satisfecha, de los cuatro tomos del diccionario, volvió a colocarlos en su sitio, apagó la luz y salió al pasillo. Iba gozosa, ilusionada con el feliz éxito de la entrevista. Estrechando contra su corazón a la muñeca japonesa, le decía:
—Tú, cállate. No digas nada de esto. Es un secreto, ¿sabes?
Y de pronto el timbre del teléfono la estremeció. Vibraba terco, persistente. Maruja corrió otra vez al despacho. De nuevo la acometía el temor de que se despertara miss Ada o acudiera Pedro.
—¡Ya va! ¡Ya va! ¡Cállese usted, señor rey!
Lo decía mientras daba vuelta a la llave de la luz, mientras cerraba la puerta y cogía los cuatro tomos del diccionario y subía sobre ellos.
—¿Quién es?
—¿Es en casa del señor Moneada?
Le pareció la voz del rey Gaspar.
—Sí, señor. ¿Y usted quién es?
—El gerente del Bazar mundial. Mire. Aquí ha llamado hace un momento la hija del señor Moncada, encargándonos varios juguetes para que los llevemos a ustedes como si los dejaran los reyes magos. ¿Me oye?
—Sí… Siga usted…
—Bien. Pues como quiera que todos esos juguetes son de los más caros, y que el importe total asciende a mil cuatrocientas setenta y cinco pesetas, hemos querido consultar antes con el señor Moncada si estaba conforme con ello. Luego irá uno de nuestros dependientes a visitar al señor para… ¡Oiga! ¡Central! ¡Central!… ¿Me oye?…
No. Maruja ya no escuchaba. Maruja había dejado el teléfono y de bruces sobre los diccionarios lloraba amargamente.
El timbre seguía sonando imperioso, terco. Ya no importaba que se despertara miss Ada, que acudiera Pedro. ¡Mejor! Así podría decirles a todos que la habían engañado miserablemente, que los reyes magos no existían…

I

Don Baltasar Miajas llevaba de empleado en una oficina de Madrid más de veinte años; primero había tenido ocho mil reales de sueldo, después diez, después doce y después… diez; porque quedó cesante, no hubo manera de reponerle en su último empleo y tuvo que conformarse, pues era peor morirse de hambre, en compañía de todos los suyos, con el sueldo inmediato… inferior. «¡Esto me rejuvenece!», decía con una ironía inocentísima; humillado, pero sin vergüenza, porque él no había hecho nada feo, y a los Catones de plantilla que le aconsejaban renunciar al destino por dignidad, les contestaba con buenas palabras, dándoles la razón, pero decidido a no dimitir, ¡qué atrocidad! Al poco tiempo, cuando todavía algunos compañeros, más por molestarle que por espíritu de cuerpo, hablaban con indignación del «caso inaudito de Miajas», el interesado ya no se acordaba de querer mal a nadie por causa del bajón de marras, y estaba con sus diez mil como si en la vida hubiese tenido doce.
En otras ocasiones hubo tentativas de dejarle cesante, por no tener padrinos, aldabas, como decía él con grandísimo respeto; pero no se consumaba el delito, porque, a falta de recomendaciones de personajes, tenía la de ser necesario en aquella mesa que él manejaba hacía tanto tiempo. Ningún jefe quería prescindir de él y esto le sirvió en adelante no para ascender, que no ascendía, sino para no caer. Sin embargo, no las tenía todas consigo y a cada cambio de ministerio se decía: «¡Dios mío! ¡Si me bajarán a ocho!».
Por lo demás, no pensaba en la cosa pública más que cuando había crisis. Hasta que los chicos anunciaban por las calles: «¡El extraordinario con la caída del Ministerio!», don Baltasar no se acordaba de que había Estado, ni Gobierno, ni intereses públicos en el mundo. Y no era que no comprase todas las noches, al retirarse, su periódico. Pero no era por la política: era por las charadas, los acertijos, anagramas, etcétera.
Se metía en casa y, rodeado de su mujer y de sus tres hijos, dos varones y una hembra, pequeñuelos todavía, se entregaba a las dulzuras del hogar, de las zapatillas suizas, y de la sección amena de su periódico. No aborrecía el mundo, no era misántropo; pero no estaba a gusto más que entre los suyos, que eran la familia, y unos cincuenta tiestos con flores, y veinte pájaros que tenía y cuidaba en un estrechísimo terrado al que le daba derecho su cuarto piso con honores de guardilla. Era en la calle de Ferraz; desde aquella altura disfrutaba la vista de un panorama que le parecía asombroso, sobre todo por el silencio, por la soledad, por la luz esplendorosa y por el aire puro. Allí no venía a interrumpirle en sus contemplaciones de anacoreta lego o de braman sin cavilaciones más bicho viviente que éste o el otro gato, que se le quedaba mirando, también perezoso, también soñador y amigo de aquella soledad en la altura.
Miajas bajaba al mundo pensando en sus flores, sus aves y sus hijos; se enfrascaba en los expedientes con la afición que le había ido dando el amor al cumplimiento exacto del deber, y de todo lo demás que le rodeaba allá abajo no se daba cuenta siquiera. Como donde él vivía de veras, con toda el alma, era en su cuarto piso, en su terrado principalmente, las calles, la oficina, los paseos, todo le parecía metido en un cuarto rastrero, ahogado… in inferís. «¡Sursum corda!», le gritaba el pecho, aunque no en latín; y en cuanto podía, ¡arriba!, ¡al terrado! La impureza del aire de abajo era para Miajas una preocupación constante; creía deber la salud al aire puro de su retiro empingorotado. Cuando oía hablar de las prevaricaciones y manos puercas de muchos sujetos, algunos compañeros suyos, pensaba con orgullo en su inmaculada honradez, en su probidad segura, achacaba la diferencia, por asociación de ideas, o mejor, de imágenes, a la impureza del aire que se respiraba allá abajo. Se figuraba que aquellas pobres gentes que casi nunca se codeaban con los gatos allá por las nubes, que no recibían durante horas y horas los soplos del aire puro, cerca del cielo, bajo torrentes de luz, en una atmósfera transparente, se iban llenando de microbios morales que producían aquellas debilidades de conciencia, aquellas tristes caídas. Pero, en general, pensaba muy poco en todo esto. No le importaba lo que hacían los demás, y tampoco dedicaba mucho tiempo a recordar los propios méritos y servicios. Así que casi tenía olvidadas ciertas visitas que le habían hecho illo tempore en su humilde guardilla disimulada, ilustres personajes de la política y del foro. Dos habían sido los señorones que habían venido a pedirle algo al pobre Miajas a tales alturas.
La oficina de don Baltasar era muy importante porque en ella se despachaban asuntos de muchísimo dinero y, como en última instancia, el que entendía y en realidad resolvía las arduas cuestiones de minas o cosas parecidas era don Baltasar, y sólo él, los que entendían de veras la aguja de marcar querían y procuraban tenerlo de su parte; pues, aun suponiendo que más arriba se quisiera atender más al favor que a la justicia y a la ley, mucho era, y en ocasiones indispensable, contar con el informe de aquel perito incorruptible. Una emperatriz o algo parecido tenía grandísimos intereses en cierto negocio famoso, y era abogado y principal agente de la ilustre dama un santón político de los primeros, muy popular, elocuente… y largo. No se anduvo en chiquitas; con sus aires democráticos, subió al cuarto piso de Miajas y entre bromitas, confianzas, promesas y veladísimas amenazas procuró ganar el ánimo del modestísimo empleado de diez mil reales, de quien, ¡oh, escándalos!, en realidad dependía aquel asunto que importaba tantos millones. Pero, ¡ay, amigo!, que el ilustre procer no tenía razón; y Miajas, avergonzado, sintiéndolo infinito, como si cometiera un delito de lesa majestad o, por lo menos, de lesa soberanía nacional…, dijo nones, y el señor aquél, elocuentísimo, jefe de partido, casi árbitro de los destinos del país en ocasiones, tuvo que bajar el ciento y pico de escaleras, lo mismo que las había subido, sin sacar nada en limpio, porque allí no se podía hacer nada sucio. Este triunfo no dejaba de halagar a don Baltasar, más que por el mérito de su honrada resistencia, por el honor de haber tenido en su casa, y suplicándole en vano y tratando de convencerle, a tan conspicuo personaje. Sin embargo, se le mezclaba esta satisfacción con el remordimiento de no haber podido complacer a una eminencia como aquélla, y también tenía cierto escozor que era así como un vago temor de que algún día aquel procer se vengara dejándole cesante, o por lo menos… bajándole a ocho.
La otra visita fue de otro santón no menos ilustre e influyente, también demócrata, y que era un especialista en materias de conciencia. Cuando él en un discurso decía: «¡Mi conciencia!», parecía decir: «¡Mis pergaminos!». Pues él también andaba en cosas de minas, y también subió las cien escaleras y pico. Pero éste hizo ante todo grandes protestas de la pureza de sus intenciones; con toda sinceridad mostraba el gran disgusto que tenía sólo en pensar que don Baltasar pudiera creer que venía a sobornarle, a deslumbrarle… Venía a convencerle; no tenía que esperar Miajas ni premio ni castigo, resolviese lo que quisiera. Se hablaba a su convicción y nada más. Y el señor de la conciencia sacó unos papelitos y los leyó; y discutieron él y Miajas, y después de dos horas, con la mayor naturalidad, don Baltasar declaró que aquel ilustre prohombre tenía razón, que la ley estaba con él y que el negociado informaría, si a él se le hacía caso, como pedía el insigne caballero, que de resultas se ganarían acaso millones. Y se fue el señor rectísimo, dejando a Miajas los papelitos aquellos, con su firma, y no volvió en la vida; ni el empleado de diez mil reales le debió jamás favor alguno ni se lo encontró cara a cara otra vez. No importaba: él guardaba como un tesoro los papelitos y, sin decírselo a nadie, saboreaba el orgullo de haber tenido ante sí, tan fino, tan amable, al hombre más severo de España, al Catón más tieso de la Península. Pero después de algún tiempo fue olvidando la aventura y por fin ya disfrutaba de la contemplación de la propia honradez como de una cosa muy insípida, sin mérito grande, aunque indispensable. Estaba dispuesto a morir de hambre antes que a prevaricar en lo más insignificante. Pero el placer de este estado de alma era ya para él muy inferior al que le proporcionaba la solución de un jeroglífico.

II

Si aquellos señorones ilustres jamás hicieron nada bueno ni malo a don Baltasar; si el prócer de la conciencia no tuvo la amabilidad de mandarle siquiera unos cartuchos de dulces a los hijos de Miajas, no se portaron así el año de gracia de 189… los dos ricachos americanos que habían sacado de pila, respectivamente, al hijo mayor Carlos y a la hija Pepilla.
El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se encontraron en el terrado sendos juguetes de todo lujo: él, un guerrero indomable, con uniforme de teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran de ordenanza; ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de cría, un chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla. El entusiasmo de aquellos niños pobres, que otros años se contentaban con una caja de pinturas de peseta y una «pepona» de precio semejante, no tuvo límites… ni entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más cariñoso, más aplicado y más metido por los mimos de su padre, los Reyes… no le habían traído nada, porque nada era un cartucho de dulces que se encontró al lado de esos soberbios juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos no tuvieron lástima, ni siquiera delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni pobre, porque lo había sido un abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su riqueza, de su suerte escandalosa, de su alegría insolente. Los niños son así, ya lo dijo Víctor Hugo pintando el tormento de un sapo. ¿Cómo a don Baltasar no se le ocurrió remediar aquella injusticia de la suerte? No supo nada a tiempo. El encargado de dar la sorpresa fue un muchacho que, con el mayor sigilo, de parte de los ricachos americanos, dejó de noche, con pretexto de una visita, en el terrado, los regalos aquellos con tarjetas en que se leía: «A Pepilla. Gaspar» y «A Garlitos. Melchor». El cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su madre había comprado, porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba apuradísimo, y la noche anterior, la del cuatro al cinco, el matrimonio, con profunda tristeza, resignado, había resuelto, después de melancólica deliberación, que era una locura gastar aquel año en juguetes, por modestos que fueran, cuando no había apenas para garbanzos ni para remendar las botas de los chicos.
Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al terrado y vio a sus hijos en torno del portentoso hallazgo y se enteró de todo, y contempló la alegría loca, salvaje, de los egoístas agraciados (¡inocentes de su alma!), y después miró a Marcelo que, pálido, sonreía con una mueca dolorosa, chupando la cinta azul de seda de su cartucho de dulces, sintió una angustia dolorosa en el alma, una especie de agonía de todo lo bueno que tenía su corazón puro, de pobre resignado. Aquello era lo mismo que una puñalada. Dios los perdonará, pero sus queridos compadres habían incurrido en una omisión grosera, de solterones sin delicadeza: muy ricos, espléndidos, pero que no sabían lo que eran hijos… Aquellos juguetes finísimos, de príncipes, valían uno con otro, lo menos… treinta duros… ¡Virgen Santísima! Pues con treinta reales hubieran podido Melchor y Gaspar hacer feliz a toda la familia… Y ahora, ahora…, en tono de broma, él, Miajas, estaba pasando por una amargura… pueril… que era inexplicable, por lo fuerte, por lo profunda.
Si hubiera sido Pepilla la desheredada, a grito pelado hubiera hecho constar la más enérgica protesta. Llanto y paradas durante tres horas, por lo menos. Carlos hubiera disputado a puñetazos el odioso privilegio, a no ser él el privilegiado… Marcelo…. sonreía, luchaba por vencerse, por disimular la tristeza, ¡y tenía ocho años! ¡Ángel de mi alma! ¡Qué culpa tiene él de que su pobre abuelo se le haya muerto y de que yo… deba aún al panadero todo el pan que hemos comido en diciembre. Miajas no sabía qué decir ni qué hacer, ni siquiera cómo mirar a su hijo segundo, que se quedaba sin juguete. Marcelo se fue hacia su padre, se le metió entre las rodillas y empezó a acariciarse las mejillas frotando con ellas los raídos pantalones de su señor padre. Su papá era su juguete, de movimiento, de cariño; así parecía pensar el niño consolándose.
Aquellas caricias de resignación monstruosa, resignación a los ocho años, exaltaron más la sensibilidad paterna. Don Baltasar se creyó inspirado de repente, una inspiración mitad amor, mitad rebeldía, y por ello fue por lo que exclamó con voz nerviosa, enérgica, de fingida alegría:
—Observo, señores, que aquí falta un rey.
—¿Qué rey, qué rey? —gritaron Pepita y Carlos.
—Sí, falta uno. A ti, el rey Melchor te regaló eso: a ti, eso el rey Gaspar… Falta Baltasar, que es el que trae el regalo de Marcelín, ¡cosa rica! Pero, amigo; como el rey Baltasar viene de más lejos, de más lejos, de allá, de… (Miajas era muy mal orientalista) de… la Conchinchina…, pues viene retrasado… por las nieves, ¡como los trenes a veces! Pero vendrá…. ¡Oh!, ¡yo te aseguro que vendrá! ¡No pasa de mañana, Marcelín, cree a tu padre!
Marcelo, con lágrimas de inefable alegría en los ojos, sonriendo entre lágrimas, como Andrómaca, miraba a su padre extasiado, dudando de su felicidad futura… Creía y no creía en los reyes; era acaso dudoso aquello del milagro de los juguetes puestos en el balcón por manos invisibles…, pero ahora se inclinaba a pensar que su rey esta vez iba a ser su padre y se lo agradecía ¡tanto!, ¡tanto! Era mejor así. Pero, ¿vendría el juguete?
—¿Y qué le va a traer? —preguntó Carlos entre incrédulo y envidioso de una dicha futura en la que ya no le tocaba nada.
—Eso… Dios lo sabe. Pero me parece a mí… que va a ser… ¿Tú qué opinas, Marcelo?
Márcelo era particularmente aficionado a las defensas de plazas fuertes, era el Vauban de la casa, y mientras Carlos se armaba hasta los dientes, él prefería construir murallas de cartón, y con un ingenio positivo, improvisaba aspilleras, cañones, reductos, combinando los más heterogéneos desperdicios de la industria: dedales viejos, rodajas de pies de butacas rotos, cápsulas vacías de escopeta, cajas de cerillas y otra porción de inutilidades que, combinadas y distribuidas, convertían la mesa del comedor enuna fortaleza muy respetable.
Marcelo opinó que el rey Baltasar le traería, si era amigo de cumplir, soldados de latón, de artillería, con cañones y todo…

III

Don Baltasar se echó a la calle aturdido, como borracho por emociones de amor, amargura, despecho y decisión violenta que le llenaban el alma; se figuraba que llevaba, si no en la mano, en el alma, en la intención, una tea incendiaria que debía prender fuego a la moral pública que se debía al orden constituido, a los más altos principios; ¡qué sabía él! En fin, por ello era por lo que salía dispuesto a cumplir su promesa temeraria de encontrar al rey Baltasar, y no ya traerlo de Conchinchina, sino sacarlo del centro de la tierra y hacerlo presentarse ante su Marcelo con un juguete verdaderamente regio que no valiese menos que el de sus señores hermanos.
Lo primero que hizo… fue lo que hace el Gobierno, pensar en los gastos, no en los ingresos; escoger el juguete monumental (así lo llamaba para sus adentros), sin pensar en la mina o en la lotería de donde había de sacar el dinero necesario para pagarlo.
Se paró en la calle de la Montera, ante un escaparate de juguetes de lujo. Entre tanta monada de subido precio no vaciló un momento: la elección quedó hecha desde el primer momento; nada de armaduras, coches, velocípedos de maniquí, grandes pelotas, ni demás chucherías: lo que había de comprar a Marcelín era aquella plaza fuerte que estaba siendo la admiración de cuatro o cinco granujas que rodeaban a Miajas junto al escaparate. «¡Lo que puede la voluntad! —pensaba el humilde empleado—; estos chicos cargarían con esa maravilla del arte de divertir a los niños con no menos placer que yo; en materia de posibles, allá nos vamos estos pilluelos y yo, y, sin embargo, ellos se quedan con el deseo y yo entro ahora mismo en el comercio y compro eso… y se lo llevo a Marcelín… ¿En dónde está el privilegio, la diferencia? ¿En los cuartos? ¡No! ¡Mil veces no! En la voluntad: yo quiero de veras que ese juguete sea de mi hijo.»
Y entró, y compró la plaza fuerte que le deslumhraba con el metal de sus cañones, cureñas y cuantos pertrechos eran del caso.
Cuando Marcelín viera aquellas torres y murallas, casamatas, puentes, troneras, soldados y tremendas piezas de artillería, se volvería loco, creería estar soñando. ¡Para él tanta hermosura!…
Al ir a pagar después de que el juguete estuvo sobre el mostrador, don Baltasar sintió un nudo en la garganta…
—Verán ustedes —dijo—; no me lo llevo ahora precisamente porque…, naturalmente…, no he de cargar con ese armatoste…
—Lo llevará un mensajero…
—No; no, señores; no se molesten ustedes. Déjenlo ahí apartado; yo enviaré por el juguete…, y entonces… traerán el dinero… el precio…
Y salió aturdido y dando tropezones.
—Ya no hay más remedio —iba pensando—. El juguete es mío; un contrato es un contrato. Hay que buscar el dinero debajo de las piedras.
Pero en vez de ponerse a desempedrar la calle, se fue, como siempre, a la oficina.
Había grandes apuros por causa de arreglar asuntos que pedían del Ministerio despachados, y el director había dispuesto habilitar aquel día festivo.
Gran marejada político-moral-administrativa había por entonces en Madrid y en toda España; una de esas grandes irregularidades que de vez en cuando se descubren había puesto una vez sobre el tapete la cuestión de los cohechos, prevaricaciones y las clásicas manos puercas de la administración pública.
Los periódicos de circulación venían echando chispas; se celebraban grandes reuniones públicas para protestar y escandalizarse en colectividad; el Círculo Mercantil y una junta de abogados se empeñaban en empapelar a un ministro y a muchos proceres, al parecer poco delicados en materia de consumos y de ferrocarriles.
El Ministerio, amenazado con tanto ruido, se agarraba al poder como una lapa, y en las oficinas de Madrid había una terrible justicia de enero (del mes que venía corriendo) más o menos aparente.
Los subsecretarios, los directores, los jefes de negociado, estaban hechos unos Catones, más o menos serondos; no se hablaba más que de revisiones de cuentas de expedientes; en fin, se quería le la moralidad de los funcionarios brillara como una patena. Habia mucho miedo.
—Siempre pagaremos justos por pecadores —decían muchos pecadores que todavía pasaban por justos.
Y a todo esto, don Baltasar Miajas sin enterarse de nada. Oía campanas, pero no sabía dónde. El run run de las conversaciones referentes a los chanchullos legales llegaba hasta él sin sacarle de sus habituales pensamientos; lo oía como quien oye llover. El cumplía con su cometido y andando.
Cuando llegó aquel día ante la mesa de su cargo, dispuesto a sacar el precio del juguete de debajo de las piedras, no soñaba con que había en el mundo inmoralidad, empleados venales, etcétera. Lo que él necesitaba eran diez duros.
No sabía que estaba sobre un volcán rodeado de espías. Los pillos del negociado, que los había, estaban convertidos en Argos de la honradez provisional y temporera que el director del ramo había decretado dando puñetazos sobre un pupitre.
Y el diablo, no la Providencia, como pensó don Baltasar, hizo que cierto contratista interesado en un expediente que Miajas acababa de despachar, de modo favorable para aquel señor, se le acercara y, fingiendo sigilo, pero con ánimo de que pudieran otros oficinistas enterarse de su generosidad, dejase entre unos papeles algunos billetes de Banco.
Era un hombre tosco, acostumbrado a vencer así en las oficinas de su pueblo; y como no conocía a Miajas y quería ir anunciando su procedimiento expeditivo para que se enterasen los que podían servirle el día de mañana, hizo lo que hizo de aquella manera torpe, que comprometía al infeliz covachuelista.
Don Baltasar, en el primer momento no se dio cuenta de lo que acababa de suceder. Todavía no se había hecho cargo de tan vituperable acción, y ya los espías del director se habían guiñado el ojo. Cuando el contratista insistió en su torpeza, llamando la atención de Miajas, éste… vio el cielo abierto. Y equivocándose sin duda, atribuyó entonces a la Providencia aquella oportunidad del diablo. En cualquier otra ocasión, sin escandalizarse, con mucha humildad y molestia, habría devuelto al pillastre su dinero, diciéndole con buenos modos que él había cumplido con su conciencia y que ya estaba pagado por el Gobierno.
Pero… ahora… Marcelín… la plaza fuerte comprada… la promesa de traer al rey Baltasar aunque fuese de los pelos… y cierto profundo espíritu de rebelión… de protesta moral… En fin, todo ello hizo que don Baltasar, en voz baja, temblorosa, dijera:
—¡Oh, no, caballero; es demasiado; basta con un… pequeño recuerdo… Guarde usted eso, guarde usted eso, pronto —y metió entre unos papeles un billete de cincuenta pesetas.
A la mañana siguiente, en el terrado de la humilde vivienda de Miajas, su hijo segundo, Marcelo, encontró, con una tarjeta firmada por el rey Baltasar, el juguete pasmoso, la plaza fuerte que había soñado.
Y por la tarde, el rey Baltasar recibió la noticia de que estaba cesante.
Por hacerle un favor no se le formaba expediente.
Justicia de enero.
No había perdido más que el pan y la honra.

Ya no van a quedar más hojas del almanaque.
Era nuestra última fortuna. Dentro de un rato estaremos arruinados.
Nos detendremos antes de arrancar la última hoja.
¿Qué habrá dentro? ¿Un consejo? ¿Una máxima? ¿Una promesa?
Hay quienes dejan pegada esa hoja en el cartón. Mal hecho. Esos se quedan sin algo, han dejado prendido un boleto de opción; quién sabe qué mueble de regalo; quién sabe qué fotografía que el destino hace en esa hoja en blanco y envía a la Caja de jubilaciones (desde luego en esa hoja está el vale para la comadrona que ha de sacar con bien el próximo año).
Porque hay un secreto que voy a divulgar, y es que, entre el 31 y el 1 del año que comienza, hay un día que no se nota, que pasa desapercibido, que, como todo el mundo está preocupado, nadie ve: el día 32.
Desde la antigüedad existe ese día, que no es de non, porque es par y jacarandoso.
Es el día en que los desmemoriados -todos somos desmemoriados el 31- vuelven a adquirir la memoria; el día que se pasa con la cabeza en el hielo; el día en que muchos, que no saben jugar al ajedrez, se lo pasan jugando sobre el tablero; el día de cambiar el empapelado del comedor y, como se ha hecho en plena inconsciencia, sorprenderse al día siguiente de lo raro que resulta contemplarle rojo cuando ayer parecía amarillo. ¡Qué de cosas se hacen ese día 32!
Es un día sin cobradores y en cuyos balcones aparece el paisaje que hemos soñado, y quizá por eso nos sentimos tan bien y la vida es sueño.
Cuando me di cuenta de la existencia del día 32 fue un año en el que el día 1 del año siguiente se me presentó una amiga de una prima mía con la que cené el día 31 de aquel diciembre.
-Chulillo mío -me dijo-, ¡qué día el de ayer!
Yo me quedé sorprendido, sin saber lo que significaba aquello.
Me acordaba de que el día último del año había cenado en casa de mis tíos y había acompañado a aquella joven al domicilio, cuya dirección ella misma me dio.
No me acordaba de haber estado calamocano ni de propasarme.
Acepté aquel idilio, y cuando la oía hablar del día que pasamos juntos entre las gasas del balcón, lleno de cortinajes transparentes y con algo de nido, sospeché la existencia de ese día 32.
Claro que salí de ella otro día 32 del año siguiente, aprovechando que ese día nadie se acuerda de lo que sucedió. Como sucede invisiblemente, se puede tener una despedida invisible.
El día 32 es el día en que se comen pichoncitos en salsa de jerez y se repara una última vez en que está retratado en las cien y borlas que se hubieran hecho si la suerte hubiera soplado a más velocidad. ¡Qué bonitas novias y cuántos sombreros de galera alta he gastado!
Yo sonrío ya cuando arrancan la última hoja y creen que detrás no hay nada más que un papel con engrudo.
-¡Mañana, ya, primero de año!
-Sí, quizá.
-¿Cómo quizá?
Hago un guiño y así me burlo de una más de los engañados. Pero ¿cómo no comprende que no puede venir un año después de otro sin una tregua, sin el día de la bandera blanca y del armisticio?
Yo ya me preparo, elijo la mujer de ese día, miro en los escaparates de repostería lo mejor de lo mejor. Tengo una lista de vinos reservada para el día 32 y me cambio de narices, y en algunos trechos en que mi pelo clarea, logro que se espese, y en los catálogos de radioreceptores elijo el mejor, y ese día oigo las estaciones superpolares, donde las focas tocan el violín como no ha habido ejecutante que lo haya logrado nunca.
¿Qué cómo se entra en el día 32?
Ése es mi invento.
Yo tengo un biombo de cuatro hojas amplias y altas y en una de ellas he abierto una puertecita.
¡Qué cuestión tuve con mi mujer cuando encargué esa puertecita de escape!
-Prefiero que llames a tu amigo el psiquiatra y que me interne por fin en un manicomio a que hagas una puerta en ese biombo.
Al fin la convencí, y por esa puerta, en la segunda hoja del biombo, me escapo cuando suenan las doce de las noche del día 31 y me sumerjo en el 32. Ella no recobra el conocimiento hasta que llega el que ella cree que es el día siguiente, y es el subsiguiente.

The jingle bells are jingling
The streets are white with snow
The happy crowds are mingling
But there’s one thing that I know

I’m sure that you’ll forgive me
If I don’t enthuse
I guess I’ve got the Christmas blues

I’ve done my window shopping
There’s not a store I’ve missed
But what’s the use of shopping
When there’s no one on your list
You’ll know the way I’m feeling
When you love and you lose
I guess I’ve got the Christmas blues

When somebody wants you
Somebody needs you
Christmas is a joy of joy
But friends when you’re lonely
You’ll find that it’s only
A thing for little girls and little boys

May all your days be merry
Your seasons full of cheer
But ‘til it’s January
I’ll just go and disappear
Oh Santa may have brought you some stars for your shoes
But Santa only brought me the blues
Those brightly packaged tinsel covered Christmas blues