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Tag Archives: Funcionarios

JUEZ.- ¿Qué pendencia traéis, buena gente?

MARIANA.- Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!

JUEZ.- ¿De quién, o por qué, señora?

MARIANA.- ¿De quién? Deste viejo que está presente.

JUEZ.- ¿Por qué?

MARIANA.- Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera. Muy buen dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada día por verme casada con esta anotomía.

JUEZ.- No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.

MARIANA.- Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes.

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Hace muchos años vivía un emperador que de tal modo perecía por los trajes nuevos y elegantes que gastaba todo su dinero en adornarse. No se interesaba por sus tropas, ni le atraían las comedias, ni pasear en coche por el bosque, como no fuese para lucir sus nuevos trajes. Poseía un vestido para cada hora del día y de la misma forma que se dice de un rey que se encuentra en Consejo, de él se decía siempre:
-¡El emperador está en el ropero!
La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por muchos forasteros. Un día llegaron dos picaros pretendiendo ser tejedores; decían que eran capaces de tejer las telas más espléndidas que pudiera imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que los trajes confeccionados con aquella tela poseían la maravillosa propiedad de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran sobremanera tontos.
«Preciosos trajes; sin duda -pensó el emperador- si los llevase, podría descubrir los que en mi reino son indignos del cargo que desempeñan, y distinguir a los listos de los tontos. Sí, debo encargar inmediatamente que me hagan un traje», y entregó mucho dinero a los dos estafadores para que comenzasen su trabajo.

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En vida, Gil Balduquín había sido un pobre de espíritu. Pero, a pesar de esta cualidad, fue un deplorable funcionario público. Tenía en su alma un granito de soñador que, por lo visto, es incompatible con el tipo del perfecto fósil chupatintas vulgaris, especie muy extendida en este reino de moluscos adheridos a la roca del Estado. Gil fue oficial tercero de la Dirección de Cuentas Incobrables, covachuela de gran utilidad nacional, como su título expresa. Gozaba de cuarenta y tres duros al mes, con los que tenía que dar de comer —¡oh, qué ficción alimenticia!— a varios rapazuelos esqueléticos y a una esposa gruñona, cuyo vientre habíase inflamado mucho con los abundantes y excesivos alumbramientos. Pero Gil no era anarquista, como parece lógico después de conocer su pa raíso familiar. Gil era hombre de orden y tenía miedo a la venida del bolcheviquismo. Esta majadería se le contagió al oírsela a su jefe, que era una especie de ballenato con anteojos y gorrito, propietario y un poco prestamista y miembro de la Liga Antipornográfica, cosa razonable a su edad, ya que, como hemos dicho en otra parte, la moral es el sarampión de los viejos. A todos les da…
El pobre Gil, intoxicado por el estilo de las minutas, era infeliz, y un día tuvo la mala ocurrencia de suicidarse.

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Después de salir del Tribunal Supremo, Puri le dijo a Freno de Mano que lo llevara a un cajero automático, del cual sacó un ¡fajo de billetes nuevos de cien rupias.
Hicieron la siguiente parada en la Oficina Central de Registros, donde el detective quería averiguar si se habían descu­bierto cuerpos sin identificar en Jaipur alrededor del momento de la desaparición de Mary.
El edificio tenía el sello de identidad de casi todos los edifi­cios gubernamentales indios de la era socialista de después de 1947: era un enorme y aburrido bloque de cemento de mala ca­lidad de cuyas ventanas colgaban hileras de aparatos de aire acondicionado cubiertos de excrementos de paloma. En la en­trada se levantaba un arco detector de metal que parecía un proyecto de ciencias de alumnos de instituto. Estaba hecho de aglomerado, se conectaba a una vieja batería de coche y pitaba cada diez segundos independientemente de que nadie pasara por debajo de él.

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Empezó el abuelo a desnudar a su nieto, y le decía:
-Sí, hijo mío, bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino… de la Administración.
Y le desabrochaba la chaqueta, y le tiraba de las mangas con tanta fuerza, que a poco más se cae el chico al suelo.
-Hijo mío, ve aprendiendo, ve aprendiendo para cuando seas hombre. Del que está caído nadie se acuerda, y lo que hacen es patearle y destrozarle para que no se pueda levantar… Figúrate tú que yo debiera ser Jefe de Administración de segunda, pues ahora me tocaría ascender con arreglo a la ley de Cánovas del 76, y aquí me tienes pereciendo… Llueven recomendaciones sobre el Ministro, y nada… Se le dice: «Vea usted los antecedentes», y nada. ¿Tú crees que él se cuida de examinar mis antecedentes? Pues si lo hiciera… Todo se vuelve promesas, aplazamientos; que espera una ocasión favorable; que ha tomado nota preferente… En fin, las pamplinas que usan para salir del paso… Yo, que he servido siempre lealmente, que he trabajado como un negro; yo, que no he dado el más ligero disgusto a mis jefes…; yo, que estando en la Secretaría, allá por el 52, le caí en gracia a don Juan Bravo Murillo, que me llamó un día a su despacho y me dijo… lo que callo por modestia… ¡Ah, si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera cesante…! ¡Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereció los elogios del señor don Pascual Madoz y del señor don Juan Bruil, plan que en veinte años de meditaciones he rehecho después, explanándolo en cuatro memorias que ahí tengo! Y no es cosa de broma. Supresión de todas las contribuciones actúales sustituyéndolas con el income tax… ¡Ah, el income tax! Es el sueño de toda mi vida, el objeto de tantísimos estudios, y el resultado de una larga experiencia… No lo quieren comprender y así está el país…, cada día más perdido, más pobre, y todas las fuentes de riqueza secándose que es un dolor… Yo lo sostengo: el impuesto único, basado en la buena fe, en la emulación y en el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria pública. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos muy altos para proteger la industria nacional… Y por último, la unificación de las Deudas, reduciéndolas a un tipo de emisión y a un tipo de interés…
Al llegar aquí, tiró Villaamil con tanta fuerza de los pantalones de Luis, que el niño lanzó un ¡ay! diciendo:
-Abuelo, que me arrancas las piernas.
A lo que el irritado viejo contestó secamente:
-Por fuerza tiene que haber un enemigo oculto, algún trasto que se ha propuesto hundirme, deshonrarme…
Por fin quedó Luis acostado. Había costumbre de no apagarle la luz hasta mucho después de dormido, porque le daban pesadillas, y despertándose con sobresalto se espantaba de la oscuridad. En vista de que el primer cabo de vela se apagaba, encendió otro el abuelo, y sentándose junto a la cómoda, se puso a leer La Correspondencia, que acababan de echar por debajo de la puerta. En su febril trastorno, el desventurado buscaba ansioso las noticias del personal, y por una fatal puntería de su espíritu, encontraba al instante las noticias malas. «Ha sido nombrado oficial primero en la Dirección de Impuestos el señor Montes… Real decreto concediendo a don Basilio Andrés de la Caña los honores de jefe superior de Administración.» «Esto es escándalo esto es el delirium tremens del polaquismo. Ni en las kabilas de África pasa esto. ¡Pobre país, pobre España!… Se ponen los pelos de punta pensando lo que va a venir aquí con este reajuste administrativo… Es buena persona Basilio; ¡si ayer, como quien dice, le tuve de oficial cuarto a mis órdenes…!» Tras de la pena venía la esperanza. «Pronto se hará la combinación de personal con arreglo a la nueva tilla de la Dirección de Contribuciones. Dícese que serán colocados varios funcionarios inteligentes que hoy se hallan cesantes.»
Las miradas de Villaamil bailaron un instante sobre el papel, de letra en letra. Los ojos se le humedecieron. ¿Iría él en aquella combinación? Cabalmente, los amigos que le recomendaban al Ministro en aquella campaña fatigosa proponíanle para la próxima hornada. «¡Dios mío, si iré en esa bendita combinación! ¿Y cuándo será? Me dijo Pantoja que en cosa de tres o cuatro días.»
Y como la esperanza reanimaba todo su ser dándole un inquieto hormigueo, lanzóse al dédalo oscuro de los pasillos, «La combinación…, la plantilla nueva…, dar entrada a los funcionarios inteligentes, y además de inteligentes, digo yo, identificados con… ¡Dios mío!, inspírales, mete todas tus luces dentro de esas molleras…, que vean claro…, que se fijen en mí; que se enteren de mis antecedentes. Si se enteran de ellos, no hay cuestión; me nombran… ¿Me nombrarán? No sé qué voz secreta me dice que sí. Tengo esperanza. No, no quiero consentirme ni entusiasmarme. Vale más que seamos pesimistas, muy pesimistas, para que luego resulte lo contrario de lo que se teme. Observo yo que cuando uno espera confiado, ¡pum! viene el batacazo. Ello es que siempre nos equivocamos. Lo mejor es no esperar nada, verlo todo negro, negro como boca de lobo, y entonces, de repente, ¡pum!…, la luz… Sí, Ramón, figúrate que no te dan nada, que no hay para ti esperanza, a ver si creyéndolo así, viene la contraria… Porque yo he observado que siempre sale la contraria… Y en tanto, mañana moveré todas mis teclas, y escribiré a unos amigos y veré a otros, y el Ministro…, ante tantas recomendaciones… ¡Dios mío, qué idea!, ¿no sería bueno que yo mismo escribiese al Ministro?…»
Al decir esto, volvió maquinalmente a donde Cadalsito dormía y, contemplándole, pensó en las caminatas que tenía que dar al día siguiente para repartir la correspondencia. Cómo se encadenó esto con las imágenes que en el cerebro del niño determinaba el sueño no puede saberse; pero ello es que mientras su abuelo le miraba, Luis, profundamete dormido, estaba viendo al mismo sujeto de barba blanca; y lo más particular es que le veía sentado delante de un pupitre en el cual había tantas, tantísimas cartas, que no bajaban, según Cadalsito, de un par de cuatrillones. El Señor escribía con una letra que a Luis le parecía la más perfecta cursiva que se pudiera imaginar. Ni don Celedonio, el maestro de su escuela, la haría mejor. Concluida cada carta, la metía el Padre Eterno en un sobre más blanco que la nieve, lo acercaba a su boca, sacaba de ésta un buen pedazo de lengua fina y rosada para humedecer con rápido pase la goma; cerraba, y volviendo a coger la pluma, que era, ¡cosa más rara!, la de Mendizábal, y mojada, por más señas, en el mismo tintero, se disponía a escribir la dirección. Mirando por encima del hombro, Luisito creyó ver que aquella mano inmortal trazaba sobre el papel lo siguiente:

B.L.M.
Al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda,
cualisquiera que sea,
su seguro servidor,
Dios.

No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron de que Akakiy Akakievich tenía un abrigo nuevo y que el famoso batín había dejado de existir. En el acto todos salieron a la conserjería para ver el nuevo abrigo de Akakiy Akakievich. Empezaron a felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de sonreírse: pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos se acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del abrigo por medio de un remojón y que, por lo menos, debía darles una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se turbó por completo y no supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos minutos y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad, que no era un abrigo nuevo, sino uno viejo.

Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina, queriendo demostrar sin duda alguna que no era orgulloso y sabía tratar con sus inferiores, dijo:

-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy Akakievich y les convido a tomar el té esta noche en mi casa. Precisamente hoy es mi cumpleaños.

Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del jefe de oficina y aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy Akakievich quiso disculparse, pero todos le interrumpieron diciendo que era una descortesía, que debería darle vergüenza y que no podía de ninguna manera rehusar la invitación.

Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que de este modo tendría ocasión de lucir su nuevo abrigo también por la noche.

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En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres…, en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía -no recuerdo en qué ciudad- presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente un departamento al departamento de que hablemos aquí.

Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de hemorroides… ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.

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CAPÍTULO 2

Mario López casi nunca se quedaba a tomar cañas con los compañeros después del trabajo. No era insociable, en modo alguno, y se preciaba de no llevarse mal con nadie en la oficina, pero cada día, a las tres menos diez, cuando los funcionarios salían de la Diputación Provincial y se dispersaban en grupos rumorosos y ávidos por los bares cercanos, él inventaba una excusa o simplemente decía un adiós enérgico, y apresuraba el paso para llegar cuanto antes a casa, procurando que el momento en el que abría la puerta y llamaba a Blanca no sucediera después de las tres y cinco, las y diez como máximo.
La única codicia que era capaz de concebir en sí mismo era la del tiempo que pasaba con ella: si entregaba diariamente siete horas de su vida a la Administración, si consagraba otras siete al sueño, cualquier descuido en el uso de las diez que aún le quedaban para vivir con Blanca sería un culpable dispendio, una amputación cotidiana de su felicidad. No había perdido la avidez nunca colmada de estar con ella que conoció en los primeros tiempos, cuando pasaban juntos una tarde o iban a cenar y ya no volvían a verse en una o dos semanas, cuando no se atrevía a llamarla a diario por miedo a resultarle pesado.

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Después del almuerzo, me fui al centro, discutiendo las probabilidades pro y contra. A ratos pensaba que sería un fracaso y que encontraría a Bartleby en mi oficina como de costumbre; y enseguida tenía la seguridad de encontrar su silla vacía. Y así seguí titubeando. En la esquina de Broadway y la calle del Canal, vi a un grupo de gente muy excitada, conversando seriamente.
-Apuesto a que… -oí decir al pasar.
-¿A que no se va? ¡Ya está! -dije-, ponga su dinero.
Instintivamente metí la mano en el bolsillo, para vaciar el mío, cuando me acordé que era día de elecciones. Las palabras que había oído no tenían nada que ver con Bartleby, sino con el éxito o fracaso de algún candidato para intendente. En mi obsesión, ya había imaginado que todo Broadway compartía mi excitación y discutía el mismo problema.

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