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Tag Archives: Philip Kerr

Hildegard estaba tumbada en el sofá, dormida con el cabello extendido sobre el cojín como si fuera la aleta dorsal de algún exótico pez rojo. Me senté y acaricié su suavidad de seda y luego la besé en la frente, notando el olor a alcohol de su aliento al hacerlo. Se despertó, se le abrieron los ojos, unos ojos tristes y anegados de lágrimas. Me puso la mano en la mejilla y luego en la nuca, atrayéndome hacia sus
labios.
—Tengo que hablar contigo —dije resistiéndome.
Me puso un dedo en los labios.
—Sé que está muerta —dijo—. Ya he llorado todo lo que tenía que llorar. El pozo está seco.
Sonrió tristemente y le besé cada párpado tiernamente, alisándole el perfumado cabello con la palma de la mano, frotando los labios contra su oreja, mordisqueándole el cuello mientras ella me estrechaba entre sus brazos, más y más.
—Tú también has tenido una noche espantosa —dijo con dulzura—. ¿No es cierto, cariño?
—Espantosa —dije.
—Me preocupaba saber que habías vuelto a aquella casa horrorosa.
—No hablemos de eso.
—Llévame a la cama, Bernie.
Me rodeó el cuello con los brazos y yo la cogí, sujetándola contra mí como si fuera una inválida y, levantándola, la llevé al dormitorio. La senté en el borde de la cama y empecé a desabrocharle la blusa. Cuando se la hube quitado, suspiró y se dejó caer sobre el edredón. «Está un poco bebida», pensé, bajándole la cremallera de la falda y tirando de ella suavemente hacia abajo por las piernas vestidas con medias. Le quité la combinación y le besé los pequeños pechos, el vientre y luego la parte interior de los muslos. Pero parecía que las bragas le venían muy ajustadas o que se le habían quedado enganchadas entre las nalgas y se resistían a mis tirones. Le pedí que levantará el trasero.
—Rómpelas —dijo.
—¿Qué?
—Que las rompas. Hazme daño, Bernie. Utilízame.
Hablaba con un ansia que la dejaba sin respiración y sus muslos se abrían y se cerraban como las mandíbulas de alguna enorme mantis religiosa.
—Hildegard…
Me golpeó con fuerza en la boca.
—Escucha, maldito seas. Hazme daño cuando te digo que me lo hagas.
La cogí por la muñeca cuando iba a golpearme de nuevo.
—He tenido suficiente por una noche —dije, cogiéndole la otra mano—. Basta.
—Por favor, tienes que hacerlo.
Negué con la cabeza, pero enrolló las piernas en torno a mi cintura y mis riñones se crisparon cuando sus fuertes muslos me apretaron más.
—Basta, por todos los santos.
—Pégame, estúpido cabrón. ¿Te había dicho que eras estúpido? Un típico poli cabezota. Si fueras un hombre, me violarías. Pero no tienes agallas, ¿verdad?
—Si lo que buscas es sentir dolor, entonces te llevaré al depósito de cadáveres. —Sacudí la cabeza, negándome, le separé los muslos y luego los aparté de mí—. Pero así no. Esto tiene que ser con amor.
Dejó de revolverse y durante un momento pareció reconocer la verdad de lo que yo le decía. Sonrió y luego, levantando la boca hacia mí, me escupió en la cara.
Después de aquello ya no quedaba nada más que marcharse.
Tenía un nudo en el estómago, frío y solitario igual que mi piso en la Fasanenstrasse, y en cuanto llegué a casa me agencié una botella de coñac para deshacerlo. Alguien dijo una vez que la felicidad es lo negativo, la pura abolición del deseo y la extinción del dolor. El coñac me ayudó un poco. Pero antes de caer dormido, todavía con el abrigo puesto y sentado en el sillón, me parece que me di cuenta de lo positivamente que me había visto afectado.

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Al dispararse la pistola, Jesse Owens se lanzó con una buena salida, y en los primeros treinta metros fue impulsándose sin esfuerzo hasta tomar una clara delantera. En el asiento de mi lado, la matrona estaba en pie de nuevo. Se había equivocado, pensé, al describir a Owens como una gacela. Al observar cómo el negro, alto y grácil, aceleraba por la pista, convirtiendo en objeto de mofa todas las estúpidas teorías de la superioridad aria, pensé que no era nada más que un hombre, para el cual todos los demás hombres resultan sólo una molesta incomodidad. Correr como él corría era el significado de la tierra, y si alguna vez existía una raza superior, con seguridad no iba a excluir a alguien como Jesse Owens. Su victoria levantó una tremenda ovación de la multitud alemana y pensé que era consolador que la única carrera por la que gritaban fuera la que acababan de ver. Quizá, pensé, después de todo Alemania no quería ir a la guerra. Miré hacia la parte del estadio reservada para Hitler y otros altos cargos del partido, para ver si estaban allí para presenciar lo profundo de los sentimientos populares mostrados en beneficio del americano negro. Pero de los líderes del Tercer Reich no había ni señal.

Eso hacía comprender lo vulnerables que eran los seres humanos al mundo que habían construído a su alrededor. Lo infinitamente arriesgado que era el mundo automatizado, de apretar botones, de ahorrar energía, de cables informáticos que la ciencia había creado. Era fácil morir cuando uno se cruzaba en el camino de las máquinas. Y cuando las máquinas se estropearan, la gente siempre se cruzaría en su camino. ¿Por qué se creían los científicos y los técnicos que podría ser distinto?

—Todos los alemanes llevan en su seno una imagen de Adolf Hitler —dije—, hasta los que odiábamos a Hitler y todo lo que representaba. Su cara, con el pelo alborotado y el bigote de sello de correos, nos persigue a todos de por vida y, como una llama misteriosa que nunca se apaga, arde en nuestras almas. Los nazis hablaban de un imperio milenario. Pero a veces pienso que, a causa de lo que hicimos, el nombre de Alemania y los alemanes vivirá en la infamia durante más de un milenio. El resto del mundo tardará un milenio en olvidar. Desde luego, si llego a vivir mil años, nunca olvidaré algunas cosas que vi. Y algunas cosas que hice.
Se lo conté todo. Todo lo que hice durante la guerra y en los años posteriores hasta el día en que zarpé con rumbo a Argentina. Era la primera vez que hablaba de ello con sinceridad, sin omitir nada y sin justificar mis actos. Pero al final le dije quién era el verdadero culpable de todo aquello.
—Para mí la culpa la tienen los comunistas por convocar en noviembre de 1932 una huelga general que forzó las elecciones. La tiene Von Hindenburg por ser demasiado viejo para cantarle las cuarenta a Hitler. La tienen los seis millones de desempleados, un tercio de la población activa, por querer un empleo a toda costa, incluso a costa de Hitler. La tiene el ejército por no poner fin a la violencia callejera durante la República de Weimar y por respaldar a Hitler en 1933. La tienen los franceses. La tienen Von Papen y Rathenau y Evert y Scheidemann y Leibknecht y Rosa Luxemburgo. La tienen los espartaquistas y los Freikorps. La tiene la Gran Guerra por arrebatarnos el valor de la vida humana. La tienen la inflación y la Bauhaus y el dadaísmo y Max Reinhardt. La tienen Himmler y Goering y Hitler y las SS y Weimar y las putas y los chulos. Pero sobre todo la tengo yo. Por no hacer nada. Que era menos de lo que debería haber hecho. Que era lo que se requería para que triunfase el nazismo. Tengo parte de culpa. Antepuse mi supervivencia a cualquier otra consideración. Eso no tiene vuelta de hoja. Si fuese verdaderamente inocente, estaría muerto, Anna. Y no lo estoy.
»Llevo cinco años intentado salir del atolladero. Tuve que venir a Argentina y verme reflejado en los ojos de otros ex miembros
de las SS para comprenderlo. Yo formaba parte de todo aquello. Intenté que no fuera así, pero fracasé. Estuve allí. Llevé el uniforme. Comparto la responsabilidad.