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Tag Archives: Luis Alberto de Cuenca

El problema no es tener que abandonarlo
todo a cambio de ti.
El problema es tener que abandonarte a ti
a cambio de un fantasma.
Son las cosas que ocurren cuando sueñas que vuelve
la mujer que no ha de volver.

En la abigarrada y multiforme familia de los “intelectuales” españoles (siempre me gusta poner entre comillas un término tan improbable) los hay que reivindican los cómics como noveno arte (después del séptimo, que sería el cine, y del octavo, la fotografía), y los hay que abominan de las viñetas, considerándolas residuos de la niñez felizmente perdida y relegándolas al pudridero de donde no deberían haber salido nunca. El que suscribe, en su modestia, no se considera ni mucho menos un “intelectual”, pero si tuviese que alinearse con uno de esos dos grupos –el de los defensores y el de los detractores de los cómics–, lo haría sin dudar en las filas del primero.
Todo esto me recuerda la polémica que se entabló a finales del siglo XIX entre Robert Louis Stevenson y Henry James acerca de la pertinencia o no de escribir libros como La isla del tesoro. Henry James, que siempre fue un pelmazo que se tomaba en serio de una manera insoportable, juzgaba absurdo que Stevenson malgastase su genio escribiendo infantiles historias de piratas y, además, insistía en que a él, de niño, dichas historias no le suscitaron el más mínimo interés. Al oír semejante tontería, Stevenson le dijo a James que si en su tierna edad no se había dejado seducir por las historias de piratas sería porque nunca había sido niño, vulnerando las leyes de la Naturaleza. Esta parábola me sirve para recordar aquí que quienes arremeten contra los cómics, reputándoles un discurso estético dirigido a enfermos mentales y/o a descerebrados, deberían, ellos sí, acudir al psiquiatra en busca de la patria perdida, o sea, de la infancia, que buena falta les hace si quieren ser medianamente felices, aunque sea por un ratito, que no es que dure más la vida humana.
Con eso no estoy diciendo que los cómics sólo pueden ser disfrutados de verdad por la gente menuda. Hoy más que nunca, los tebeos se proyectan hacia todo el mundo, sin distinción de edades, sexos o clases sociales. La educación sentimental de los españoles actuales puede no depender de los cómics en la abrumadora medida en que dependimos los miembros (y miembras) de mi generación, pero lo cierto es que en el siglo XXI las historietas, aunque hayan dejado de ser hegemónicas, gozan de excelente salud y siguen inundando los expositores de los quioscos y librerías especializadas con su alegre invitación al mínimo esfuerzo imaginativo, procurándonos gratis las figuras que en un libro corriente, sin grabados ni ilustraciones, no tenemos otro remedio que agenciarnos con el esfuerzo de nuestra personal e intransferible fantasía.
Las relaciones entre literatura y cómic han sido ejemplares desde el principio. Entre otras razones, porque los cómics son, también, literatura sin dejar de ser arte. Literatura en imágenes, “arte secuencial” (como la definiera el maestro Will Eisner), la historieta aspira, como su propio nombre indica, a contar una historia, aunque sea pequeña, de la misma manera que el cine comme il faut, o sea, el norteamericano, ha aspirado siempre a contar historias y no a lanzar mensajes subliminales y tediosos a los “intelectuales” de turno. Por si estas semejanzas conceptuales fueran pocas, las grandes historias de siempre, desde Homero a Paul Auster, han sido trasladadas al lenguaje de los cómics desde el nacimiento del género, y ha habido colecciones de tebeos a ambos lados del Atlántico cuyo objetivo fundamental era traducir en viñetas las grandes obras de la literatura universal. La más famosa de esas series ha sido, sin lugar a dudas, Classics Illustrated, que nos contó en viñetas lo más selecto y distinguido de las letras universales y se tradujo parcialmente al castellano (todavía recuerdo la impresión imborrable que me produjo el cuaderno dedicado a Ivanhoe, que mis manos de niño dejaron prácticamente inservible hasta que, a finales del siglo pasado, las manos de hada de una restauradora de la Biblioteca Nacional le devolvieron el lustre originario).
Por citar un caso extremo de traducción a cómics de una obra literaria, recordaré que acaba de publicarse en bandes dessinées una obra tan complicada de contarse en viñetas como En busca del tiempo perdido. Cualquier cosa es posible después de eso, porque es difícil ubicar la narrativa de Proust en otro mundo diferente del de la palabra y, sin embargo, la versión dibujada y confinada textualmente a las filacterias o “humillos” que surgen de cada personaje no traiciona en modo alguno el ambiente y el tempo de las novelas proustianas, contribuyendo a aumentar su difusión por ámbitos distintos de los habituales. Todo ello nos lleva a la conclusión de que el cómic y la literatura se necesitan mutuamente. El auge actual de las novelas gráficas nos habla de esa necesidad y del momento óptimo que atraviesan sus relaciones.
Hace cincuenta años, la celebérrima colección “Historias”, de Bruguera, hoy relanzada por Ediciones B, pugnó en nuestro país por fomentar la lectura de las grandes obras literarias a través de unas versiones abreviadas de las mismas que incluían páginas dibujadas y distribuidas en viñetas. Hay que decir que los niños de entonces –e imagino que los de ahora– acudíamos, prácticamente en exclusiva, a esas páginas dibujadas, saltándonos las de letra corrida. El resultado no dejaba de ser satisfactorio, pues los dibujos y los textos que los acompañaban eran más que suficientes para que nos hiciéramos una idea cabal de cada una de las más de doscientas obras que componían la colección.
Por lo demás, ¿qué otra cosa sino grande y altísima literatura dibujada son las obras maestras del cómic estadounidense de la pasada centuria? Porque si hablamos del tebeo por excelencia estamos refiriéndonos, como en el caso del cine, a una invención fundamentalmente norteamericana. El terminus a quo fue la entrada en escena del globo, bocadillo, fumetto o balloon, que hizo su aparición en el mundo del tebeo en la página dominical a todo color, correspondiente al 25 de octubre de 1896, de The Yellow Kid, una creación de Richard F. Outcault protagonizada por un niño chino que llevaba un sempiterno camisón amarillo como única indumentaria. Luego vendría, a principios del siglo XX, ese milagro estético que lleva por título Little Nemo in Slumberland, de Winsor McCay, la historieta más bella que se ha contado nunca en imágenes, y otras maravillas como The Katzenjammer Kids, de Rudolph Dirks; Krazy Cat, de George Herriman; Popeye, de Elsie C. Segar; Prince Valiant, de Hal Foster; Blondie, de Chic Young; Dick Tracy, de Chester Gould; Flash Gordon, de Alex Raymond; Terry and the Pirates, de Milton Caniff; Li’l Abner, de Al Capp, y Peanuts de Charles Schultz, por citar sólo algunos hitos del cómic clásico, justamente famosos por sus valores narrativos.
En Europa se utiliza muchísimo menos la prensa diaria como soporte del tebeo, y es el álbum lo que prima, con series míticas como Les Pieds Nickelés, de Louis Forton, o Zig et Puce, de Alain Saint- Ogan. Pero la máxima consagración artística del cómic europeo está representada, sin duda, por Tintín, de Georges Remy, alias Hergé, seguido por Blake et Mortimer, de Edgar C. Jacobs, Lucky Luke de Morris y Astérix de Goscinny y Uderzo. Tanto Hergé como su discípulo Jacobs desarrollan una cuidada y sugerente escritura en los guiones de sus álbumes. En Japón, el tercer espacio geográfico donde el cómic se ha desarrollado con más vigor y pujanza, hay maestros del manga de la categoría de Osamu Tezuka o de Katsuhiro Otomo, creador de Akira, que se han convertido también en grandes maestros de la narración en imágenes, ese otro género literario.