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Tag Archives: Hans Christian Andersen

Hace muchos años vivía un emperador que de tal modo perecía por los trajes nuevos y elegantes que gastaba todo su dinero en adornarse. No se interesaba por sus tropas, ni le atraían las comedias, ni pasear en coche por el bosque, como no fuese para lucir sus nuevos trajes. Poseía un vestido para cada hora del día y de la misma forma que se dice de un rey que se encuentra en Consejo, de él se decía siempre:
-¡El emperador está en el ropero!
La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por muchos forasteros. Un día llegaron dos picaros pretendiendo ser tejedores; decían que eran capaces de tejer las telas más espléndidas que pudiera imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que los trajes confeccionados con aquella tela poseían la maravillosa propiedad de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran sobremanera tontos.
«Preciosos trajes; sin duda -pensó el emperador- si los llevase, podría descubrir los que en mi reino son indignos del cargo que desempeñan, y distinguir a los listos de los tontos. Sí, debo encargar inmediatamente que me hagan un traje», y entregó mucho dinero a los dos estafadores para que comenzasen su trabajo.

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La última película del maestro Hayao Miyazaki ya tiene fecha de estreno en España: el próximo 24 de abril.

En ella se cuenta la historia de Sosuke, un niño de cinco años, que vive en lo más alto de un acantilado que da al mar. Una mañana, mientras juega en una playa rocosa que hay bajo su casa, se encuentra con una pececita de colores llamada Ponyo, con la cabeza atascada en un tarro de mermelada. Sosuke la rescata y la guarda en un cubo verde de plástico. Ponyo y Sosuke sienten una fascinación mutua. Él le dice: “No te preocupes, te protegeré y cuidaré de ti”. Sin embargo, el padre de Ponyo, Fujimoto, un hechicero que vive en lo más profundo del océano, la obliga a regresar con él a las profundidades del mar.

La película esta hecha con animación tradicional e incluye acuarelas del propio Miyazaki.

LA COMARCA DE KOGE ES BASTANTE ÁRIDA. La ciudad está situada en la misma costa, lo que siempre es bonito. Pero podría ser más bonita de lo que es: está rodeada por campos llanos y lejos del bosque. Pero cuando un sitio es tu hogar siempre encuentras en él algo bello, algo que se echa de menos cuando se está en los lugares más hermosos del mundo. Y podemos añadir que un sitio en las afueras de Koge, donde se extienden algunos pobres jardincitos en las orillas del riachuelo que desemboca en el mar, podía ser bien lindo, y así se lo parecía sobre todo a dos pequeños vecinitos, Knud y Johanna, que jugaban allí y acudían uno al encuentro del otro cruzando los zarzales. En el huerto de uno de ellos había un saúco; en el otro, un viejo sauce, y a los niños les gustaba especialmente jugar a la sombra de este, aunque el árbol estaba justo en la orilla del río y podían caerse al agua; pero Nuestro Señor vigilaba a los pequeños, si no, estarían siempre en peligro. Además, eran muy cuidadosos. Sobre todo el niño, que le tenía tanto miedo al agua que en verano no había forma de llevarlo a la playa, donde los demás niños disfrutaban chapoteando. Le avergonzaban por ello y tenía que aguantarse. Pero su vecinita Johanna soñó una vez que iba navegando en un bote por la bahía de Koge y que Knud iba caminando hacia ella. El agua le llegaba primero al cuello y luego le cubría toda la cabeza. Y desde el día en que oyó el sueño ya no se callaba sin más cuando le decían que tenía miedo al agua, sino que refería el sueño de Johanna. Aquel era su orgullo. Pero en el agua no se metía.
Sus pobres padres se veían con frecuencia, y Knud y Johanna jugaban en los huertos y en el camino, que tenía sauces en las márgenes, aunque no eran nada bonitos porque tenían la copa podada, pero es que no estaban allí para hacer de adorno, sino para ser útiles. Era más bonito el viejo sauce del huerto, y a su sombra se sentaban muchas veces, como ya hemos dicho.
En Koge hay una gran plaza, y cuando es tiempo de mercado todas las calles se llenan de tiendas de cintas de seda, de botas y de todas las cosas posibles. Solía haber mucha gente y normalmente llovía, y se olía el tufo de los capotes campesinos, pero también el delicioso aroma de los paslillos de miel. Había una tienda que los tenía a montones, y lo mejor de todo era que el hombre que los vendía se alojaba en casa de los padres del pequeño Knud cuando venía al mercado. De manera que naturalmente le regalaba un pastelillo de miel, del que también Johanna recibía un trozo, pero lo que estaba aún mejor era que el pastelero sabía contar cuentos, casi sobre cualquier cosa, incluso sobre sus pastelillos.Y una tarde contó un cuento sobre ellos, y el cuento causó tal impresión en los niños que nunca lo olvidaron. De manera que mejor será que lo escuchemos nosotros también, porque, además, es muy corto.

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En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. Él y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas, donde vivía, estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.
Era digno de verse. En cuanto entraba luz en el cuarto, la sombra se estiraba por toda la pared, incluso hasta el techo; tenía que hacerlo para recuperar su fuerza. El sabio salía al balcón, para desperezarse, y así que las estrellas asomaban en el maravilloso aire puro, era para él como volver a vivir. En todos los balcones de la calle -y en los países cálidos todos los huecos tienen balcones- había gente asomada, porque uno tiene que respirar, por muy acostumbrado que se esté a ser de caoba. Había gran animación, arriba y abajo. Los zapateros, los sastres, todo el mundo estaba en la calle, fuera estaban las mesas y las sillas, y brillaban las luces -sí, más de mil había encendidas-. Uno hablaba y otro cantaba, y la gente paseaba y rodaban los coches, los asnos pasaban -¡tilín, tilín, tilín!- sonando los cascabeles. Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban cohetes y las campanas volteaban -sí, había una vida tremenda en la calle-. Sólo la casa frente a la del sabio extranjero estaba en silencio completo. Y, sin embargo, alguien vivía en ella, porque había flores en el balcón que crecían espléndidamente al calor del sol, para lo que necesitaban ser regadas -luego alguien debía haber allí-. La puerta del balcón aparecía también abierta por la tarde, pero el interior estaba en sombra, por lo menos en la habitación delantera. De dentro llegaba sonido de música. Al sabio extranjero le pareció extraordinaria la música, pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos -excepto lo referente al sol-. Su casero dijo que no sabía quién había alquilado la casa, no se veía a nadie y en cuanto a la música se refería, creía que era horriblemente aburrida.
-Es como si alguien tratase de ensayar una pieza que no puede dominar, siempre la misma. «¡Pues lo tengo que sacar! », dice, pero no lo consigue por mucho que toque.

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