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Tag Archives: Teatro

“Los mejores momentos de la lectura son aquellos en los que te encuentras con algo -un pensamiento, una sensación, una manera de entender el mundo- que hasta entonces creías que era íntimamente personal, que sólo era tuyo; y ahora, de repente, lo encuentras expresado por alguien, una persona a la que ni siquiera conoces, o que hace tiempo que ha muerto incluso. Y es como si del libro surgiera una mano y cogiera la tuya”.
Estas palabras que Alan Bennett, el autor de Los chicos de historia, pone en boca de Héctor, el extravagante profesor de esta comedia, resumen de forma clara y sencilla lo que me gustaría que pasara en el transcurso de la representación. Sustituyan, en la primera línea, la palabra lectura por la palabra teatro y ya está todo dicho.
Los chicos de historia (The History Boys) es una obra insólita y extraña, que habla de muchas de las cosas que me gustan (y preocupan a la vez): de la educación, de la enseñanza, de la cultura, de los libros, de la poesía, de los clásicos del cine, de la música popular, del teatro, del placer de jugar y de las ganas de aprender. Y lo hace de forma emotiva, inteligente y divertida, presentando sobre el escenario a un grupo de chicos que quieren comerse el mundo, y a un grupo de maestros -demasiado hartos algunos, demasiado hambrientos otros- arriesgándose juntos en el largo viaje del conocimiento.
Alguien dijo: “Estamos aquí para ayudar a los jóvenes a saber”. Ojalá que al terminar la representación de Los chicos de historia salgamos del teatro un poco más jóvenes y un poco más sabios.


José María Pou

Tragicomedia de amor e inquilinato

Rafael Azcona se plantó en el Madrid de los cincuenta con lo puesto y con veinticinco años. Se buscó la vida: la literaria y la otra. Y una habitación. Pasó por las pensiones y el realquiler. Y para pagárselo tuvo que trabajar en una carbonería o en el turno de noche de un Hotel. Cuando ya era un autor publicado leyó en la prensa un caso ocurrido en Barcelona: un ¡oven se había casado con una anciana para heredar el derecho a su piso de renta antigua. De la noticia surgió “El pisito“, novela de amor e inquilinato, que escribió en 1957. Y de la novela, el guión de la película, dirigida por Marco Ferreri.
Azcona, que nunca se conformó con la primera escritura de sus novelas porque creía que habían sido escritas en estado de censura, las empezó a revisar a finales de los años noventa. Reescribió, por supuesto, “El pisito“, lo que permitió que generaciones actuales de lectores lo descubrieran. Hacía 2002, le propuse la ¡dea de reinventar su pisito para el teatro. A lo largo de nuestro proceso de adaptación, prolongado hasta encontrar la Compañía y la Dirección idónea, Rafael siempre estuvo cerca, comentándonos cuestiones dramatúrgicas o de estilo, y atendiendo nuestras aportaciones. Siempre receptivo y generoso.
No hemos querido cambiar la época en que fue escrita la novela porque el asunto de “El pisito” se actualiza solo; esa España de los años cincuenta del subdesarrollo y, posteriormente, a principio de los años sesenta del comienzo del consumismo a ultranza. Entonces, cuando a una pareja con una economía precaria le era imposible casarse por no poder comprar o alquilar un piso y se veía en la necesidad de que el novio se casase con una anciana ¡aquilina de un piso de renta antigua para así heredar el inquilinato del piso a su fallecimiento. Actualmente todo ha cambiado, la pareja que se quiere independizar y tener su propio “pisito” lo tiene soluciónetelo casándose con un banco para treinta años… o más.
El pisito“, además de un texto, era una óptica: la suya, imperecedera, incesante, y viva.

Juanjo Seoane y Bernardo Sánchez

ElPisito

El pisito y sus versiones

Rafael Azcona firmó tres versiones de “El pisito“. En 1957 se publicó la primera, escrita en dos meses y en precarias condiciones. En 1961 se editó el guión de la gran película que dirigió Marco Ferreri, quien la orientó hacia un neorrealismo puesto al día. Y en 2005 apareció la versión definitiva, sin autocensura y con algunas aportaciones extraídas de la película. Y en el tercero y último “pisito” se basa esta cuarta versión, la adaptación teatral que están ustedes a punto de presenciar y que el propio Azcona encarqó a Juanjo Seoane y Bernardo Sánchez, autor también de “El Verdugo“, primer estreno teatral del universo azconiano.
El pisito” es un saínete madrileño, de humor algo más oscuro que el de Arniches -aunque no muy lejano del de “La Señorita de Trevélez“, también llevado al cine por Juan Antonio Bardem en su emocionante “Calle Mayor“- y tratado con una cierta forma de realismo que continúa esa tradición española que va desde la Picaresca hasta nuestros días y que sitúa a Rafael Azcona como heredero natural del costumbrismo de Larra, de los esperpentos de Valle o de Baraja. Y muy próximo al mundo artístico de Goya o Solana.
Para poner en pie esta historia de supervivientes -muy divertida y algo cruel, pero siempre llena de ternura e ironía crítica-, he contado, aunque suene a tópico en estas líneas de presentación, con el mejor equipo artístico y técnico posible (véanse las fichas adjuntas para comprobarlo), todo ello envuelto en una escenografía que homenajea las inolvidables portadas de “La Codorniz“, revista en la que se inició Azcona. Y pretendiendo acercarme al mundo de ese otro gran maestro que es Luis Berlanga.
Ahora, y por una módica entrada, este “pisito” es suyo. Ojalá lo disfruten tanto como nosotros lo hemos hecho al edificarlo.

Pedro Olea

Teatro Marquina, hasta el 31 de octubre

EDGARDO.—Ya era hora, hombre. (Mirando de alto abajo a LEONCIO.) Conque ¿este es el aspirante?
FERMÍN.—Este, señor.
EDGARDO.—Tiene algo cara de tonto.
FERMÍN.—Como al señor no le gustan los criados con demasiada cara de listo…
EDGARDO.—El justo medio es lo prudente. ¿Se va imponiendo en las costumbres de la familia?
FERMÍN.—Poco a poco, porque sólo llevo enseñándole desde este mediodía por sí al señor no le gustaba, y como la cosa no es fácil…
EDGARDO.—No es fácil; lo reconozco. (A LEONCIO.) ¿A ver? Acerqúese…
FERMÍN.—(Aparte, a LEONCIO.) El interrogatorio misterioso… Cuidado con las respuestas.
LEONCIO.—Sí, sí…
EDGARDO.—¿De dónde es usted?
LEONCIO.—De Soria.
EDGARDO.—¿Qué color prefiere?
LEONCIO.—El gris.
EDGARDO.—¿Le dominan a usted las mujeres?
LEONCIO.—No pueden conmigo, señor.
EDGARDO.—¿Cómo se limpian los cuadros al óleo?
LEONCIO.—Con agua y jabón.
EDGARDO.—¿Se sabe usted los principales trayectos ferroviarios de España?
FERMÍN.—(Interviniendo.) Hoy empezaré a enseñárselos, señor.
EDGARDO.—¿Qué comen los buhos?
LEONCIO.—Aceite y carnes muy fritas.
EDGARDO.—¿Cuántas horas duerme usted?
LEONCIO.—Igual me da dos que quince, señor.
EDGARDO.—¿Fuma usted?
LEONCIO .—Cacao.
EDGARDO.—¿Sabe usted poner inyecciones?
LEONCIO.—Sí, señor.
EDGARDO.—¿Le molestan las personas nerviosas, de genio destemplado y desigual, excitadas y un poco desequilibradas?
LEONCIO.—Esa clase de personas me encanta, señor.
EDGARDO.—¿Qué reloj usa usted?
LEONCIO .—Longines
EDGARDO.—¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?
LEONCIO.—No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo.
EDGARDO.—Y que yo borde en sedas, ¿le extraña?
LEONCIO.—Menos. ¡Quién fuera el señor! Siempre he lamentado que mis padres no me enseñasen a bordar, pero los pobrecillos no veían más allá de sus narices.
EDGARDO.—(Satisfecho.) Muy bien, muy bien. Excelente. (Deja el bastidor a un lado.)
FERMÍN.—(Aparte, a LEONCIO.) Ahora, el ejercicio práctico… Recuerde bien todo lo que le he dicho.
EDGARDO.—(A LEONCIO.) Cierre usted los ojos y eche a andar en línea recta hasta aquí. (LEONCIO obedece y llega hasta la cama.) ¡Basta! ¡Perfecto! Ahora vuélvase de espaldas. (LEONCIO se vuelve de cara al público. EDGARDO aprieta un botón de timbre de los varios que han a la cabecera y se oye sonar el timbre dentro.) ¿Dónde ha sonado ese timbre?
LEONCIO.—En el salón. (A un gesto de FERMÍN.) Digo, en el vestíbulo.
EDGARDO.—(Haciendo sonar otro, que se oye también dentro.) ¿Y ese otro?
LEONCIO.—(A una señal de FERMÍN, que simula leer.) En la biblioteca.
EDGARDO.—(Haciendo sonar otro, que se oye dentro asimismo.) ¿Y éste?
LEONCIO.—En… En… (FERMÍN hace ademán de jugar al billar.) En la sala del billar.
EDGARDO.—Bien. Cierre otra vez los ojos. (LEONCIO obedece. EDGARDO coge una pistola del estante y se la dispara al lado de LEONCIO, sin que éste se conmueva en modo alguno.) ¿Le molestó el tiro?
LEONCIO.—Me produjo más bien una sensación agradable.
EDGARDO.—(Contento, a FERMÍN.) Oye, me parece que este chico nos va a servir, Fermín.
FERMÍN.—Ya le dije al señor que le gustaría.
EDGARDO.—Me alegro mucho, aunque también lo lamento, pues cuando él entre a mis órdenes te perderé de vista a ti…
FERMÍN.—Yo bien quisiera seguir en mi puesto, señor; pero el servicio de esta casa le desgasta a uno tanto…
EDGARDO.—Sí. Aquí se quema mucha servidumbre; es una pena. Bueno, pues sigue adiestrándole. Ya sabes: durante ocho o diez días que no se separe de ti, que te siga a todas partes, que se fije bien en todo lo que hagas tú y que tome buena cuenta de cuanto vea y de cuanto oiga. Y así que le des de alta me lo dices para liquidarte a ti y despedirte.
FERMÍN.—Sí, señor.