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Tag Archives: Carlos Boyero

Me llevo un sobresalto al ver en estado somnoliento imágenes de El apartamento en un informativo de televisión. La primera impresión al ver algo tan desterrado en la televisión actual como el blanco y negro es que huele a necrológica. Me pongo nervioso y no encuentro el mando a distancia para que el sonido me aclare qué ha ocurrido. Recuerdo que la única superviviente entre la gente que creó esa obra maestra es Shirley MacLaine y que aunque siempre figurará en tu retina con la juventud, la mirada y la sonrisa de la ascensorista Fran Kubelik, es ya una mujer cercana a los 80 años. Afortunadamente, no la ha palmado nadie. Esas imágenes se limitan a conmemorar que hace cincuenta años nació una criatura perfecta y con luz inextinguible llamada El apartamento.
Así como una parroquia con principios irrenunciables y fidelidad extrema hace su gozoso recorrido en Dublín todos los años y en la misma fecha por los lugares en los que está ambientada su Biblia, rememorando a Leopold Bloom, los que estaremos enamorados mientras que haya luz de la tragicomedia más sublime que ha parido el cine tenemos derecho a revisitarla cuando nos plazca gracias al DVD. En momentos de desánimo o en momentos de alegría, como ritual o pactando una feliz tregua de dos horas con el aburrimiento, descubriéndosela a los que imperdonablemente no la conocían o recobrando idénticas y maravillosas sensaciones aunque nos la sepamos de memoria.
Es el retrato más penetrante, duro y compasivo que se ha hecho nunca de un trepa patético e indigno al que un amor no correspondido transforma en un hombre digno, capaz de despreciar su escalera hacia el éxito si éste le exige el envilecimiento moral. Billy Wilder nos habla con lenguaje inmejorable de las eternas relaciones de poder, de un degradado y astuto ratón que presta su casa para los juegos sexuales de los gatos con la esperanza de que éstos le devuelvan el favor admitiéndole en su gremio, de cómo un Robinson Crusoe urbano puede recobrar la esperanza de huir de la soledad al descubrir unas milagrosas huellas en el asfalto, del permanente desencuentro entre lo que se anhela y lo que conviene, del cochambroso esfuerzo que exige al desclasado astuto trepar a la montaña y la facilidad para que el poder le despeñe si en nombre de su honor se rebela contra la sumisión, de los seres genética y vocacionalmente adorables que solo pueden enamorarse de la persona equivocada, de cómo preparar unos espaguetis con la ayuda surrealista de una raqueta de tenis al ser amado para aliviarle la depresión por habeer intentado suicidarse al comprobar que los reyes follan con sus enamorados vasallos pero no se casan con ellos, de la lacerante convivencia de miseria y grandeza, claudicación y rebeldía , resignación y sueños en algo tan complejo como la naturaleza humana, del dilema entre lo que aconseja el cerebro y lo que dicta el corazón. La épica que empapa al brioso aspirante a ejecutivo C. C. Baxter, entregando la llave que le permitía el acceso al lavabo de los directivos, a cambio de que el gran jefe no siga degradándole, tiene una grandeza a la altura de Homero.
No conozco ningún final tan emocionante (incluidos los de ese poeta del fracaso llamado John Ford) como el de la señorita Kubelik abandonando su inútil amor para entrar en el apartamento del eterno náufrago que pagó un precio muy caro por su redención, pidiéndole al comprensiblemente embobado que siga jugando a las cartas, que ya veremos lo que pasa. No conozco ninguna película tan romántica, realista, soñadora, triste, mordaz, sensata, cabrona y bonita como esta.
Consulto fechas y descubro que Psicosis, esa genialidad sobre la incertidumbre y el horror, fue parida el mismo año que El apartamento. Mi idea más perfecta de la felicidad es ver este programa doble en un desaparecido cine de barrio, en una tarde de invierno, compartiendolo con la persona amada. Pero tambien sería impagable en soledad. El gran cine la espanta. Es una droga irremplazable. Y no deja resaca.

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El más profundo y temible investigador de las tinieblas, el hombre adiposo que hubiera cambiado su talento por tener la apariencia de Cary Grant, el artista cuya mayor preocupación era el resultado económico de sus criaturas se largó de este mundo hace 30 años. Un 29 de abril, en primavera. Pero su cine se disfruta más en invierno, lo relacionas con la noche, con el insomnio y la pesadilla, con la geografía física y emocional en la que mejor se desenvuelven los monstruos.
Cuentan sus biógrafos más penetrantes, incluido el denso y complejo retrato que le dedicó Donald Spoto, que en la personalidad del gran showman había más sombras que luces. Algo transparente observando su afición al tenebrismo, a que los villanos sean infinitamente más cautivadores que los buenos, al jugueteo perverso con las emociones del mirón, a su capacidad para fijar imágenes intemporales en su retina y castigarse con sensaciones desasosegantes. En mi caso, Hitchcock ha logrado desde la primera vez que disfruté y sufrí Los pájaros que nunca me vuelva a fiar de animalitos tan inofensivos, que cierre las ventanas cuando se congrega un grupo de pajaritos en la terraza de mi casa, o que se me acabe la ensoñación ante un paisaje idílico y salga de irracional estampida al percibir que unos cuantos de esta especie se han empeñado en hacerme compañía. Por si acaso. Cualquier persona medianamente sensata que haya visto al travestido Norman Bates en Psicosis sabe que en soledad o acompañado es aconsejable cerrar con llave o pestillo la puerta del cuarto de baño. Por si acaso. Esas sensaciones no solo están relacionadas con el miedo. Los que no saben ni quieren resignarse a la pérdida del ser más amado pueden entender cristalinamente el estado sonámbulo de James Stewart en Vértigo, la inconsolable desolación de ese tipo que vaga por San Francisco con la expresión alucinada de un niño perdido. También conviene huir como del demonio cuando un encantador extraño intenta establecer comunicación contigo en un tren. Puede enredarte en un juego macabro para asesinar cada uno a la mujer del otro. Tampoco hay que concertar una cita en un lugar campestre en el que estés a la intemperie, ya que el monstruo que pretende devorarte puede atacarte desde el aire con un disfraz de avioneta fumigadora.
Nadie ha sabido contar mejor que él una historia o una secuencia sin necesidad de recurrir a la palabra. Su cámara poseía un lenguaje incomparable, era cine puro y duro. El gran experimentador hubiera disfrutado con el progreso de los efectos especiales, con los retos técnicos, con las virguerías digitales, pero a condición de tener un material tan sólido como turbio que desarrollar, suspense dosificado, atmósfera. Era el rey haciendo complicados movimientos de cámara, pero también en plano y contraplano. Siempre con un propósito, el de convencernos sin esfuerzo de que el cine puede ser el mayor espectáculo del mundo.
El malicioso y divertido William Goldman mantiene la teoría de que Hitchcock fue un director genial hasta que Truffaut le convenció de que todo en su obra guardaba relación, de que había creado un universo con sello intransferible. A fuerza de insistirle, la vanidad del que solo se consideraba un notable artesano acabó convenciéndose de que era un artista con claves. A partir de entonces su expresividad se amaneró y hacía cine pensando en la opinión de los críticos. Es algo tan mordaz como inexacto. A Hitchcock solo le interesaba el público de cualquier parte. Estaba convencido de que lo único imperdonable era aburrirle. Misión cumplida. Te sigue perturbando, conmoviendo, admirando.

ESTO SÍ ES CINE, ADEMÁS ESPAÑOL, Carlos Boyero


El género de cárceles tiene un atractivo enorme para los que nunca las hemos padecido, al encontrarnos con gente torva en situaciones límite, con villanos desesperados que van a jugarse lo poco o nada que les queda para vencer a sus secuestradores legales, para dar la reivindicativa y casi siempre sangrienta bronca, para conseguir escapar. Es uno de los escenarios favoritos del cine de acción, puede mostrar el luminoso anverso y el temible reverso de los que han transgredido las leyes (están excluidos en esa narrativa que aspira a exaltarte los grandes tiburones, los banqueros, los gánsteres disfrazados de ejecutivos, los líderes políticos, los delincuentes de lujo, los que nunca pisan las cárceles y si excepcionalmente lo hacen saben que obedece a un pacto inocuo, a un simulacro del orden para calmar el revuelo social), ya que por muy ingenuos que seamos la complicidad del espectador sólo puede identificarse con el marginal, el solitario, el que juega en desventaja, el más débil aunque sea muy fuerte.

La primera secuencia de Celda 211 te avisa, como en Grupo salvaje, de que esto va en serio, de que va a hablar de fronterizos en situación tétrica. Te obliga a cerrar los ojos. La segunda, que ejerce de prólogo expositivo, es horrorosa, con actores que recitan con tonillo presuntamente natural pero vergonzantemente falso lo que ocurre en esa cárcel. En la tercera aparece un cráneo afeitado y unos andares intimidantes. Se hace llamar Malamadre, es el jefe de los malos, no es el individualista épico que interpreta Eastwood en Fuga de Alcatraz ni el tenebrosamente lírico y maquiavélico Hannibal Lecter, ni el cerebral profesional de la resistencia que encarna Tim Robbins en Cadena perpetua. Es un macarra resolutivo y de voz cavernosa, un hijoputa que te obligaría a salir corriendo si divisaras su sombra en la calle, el genético rey de una selva eterna, con salida sellada. Desde ese momento sabes que todo lo que diga, haga o sienta ese personaje te lo vas a creer, que has entrado en el campo magnético de un personaje con cuerpo y alma, con naturalismo y matices, siniestro y conmovedor, héroe y malvado, letal y legal, retorcido y diáfano, superviviente y guerrero, esencialmente trágico, un fulano del que no vas a poder apartar los ojos y los oídos cada vez que aparezca, que te hará sentir miedo y compasión, que sabes que sólo puede perder aunque aterre provisionalmente al sistema, capaz de barbarie pero con códigos de honor, volcánico y secreto, líder y víctima, alguien que te impresiona, del que te preocupa su suerte, que va a dejar poso imborrable en tu memoria.

Daniel Monzón narra admirablemente con pulso, nervio, ritmo, suspense y complejidad emocional esta historia de perdedores épicos, de guardianes de la ley que descubren con miedo, pasmo y sangre que la vida puede colocarte al otro lado. Hay un giro excepcional en el guión al plantear que los asesinos desclasados pueden utilizar como rehenes políticos a los asesinos patrióticos. Hay diálogos para quitarse el sombrero. Es una película con eso tan difícil de lograr llamado atmósfera, con gente que te va a implicar en lo que les ocurre.

También existen lastres en este cine ejemplar que le impiden alcanzar la condición de obra maestra. Sobran los flash-backs sobre la vida familiar del guardián que se transformó en presa, sobra la manifestación de los familiares de los presos, sobran algunos actores sonrojantes. Lo último es preocupante en una película con personajes que sólo funcionan si te los crees. Y resultan modélicos el sinuoso Morón, el violento Resines, el maquiavélico buscavidas Carlos Bardem o Luis Zahera, un individuo con gorra, gesto amenazante y voz convulsa que parece interpretarse a sí mismo, esos presos que desprenden realismo. Son el complemento ideal para una interpretación prodigiosa. La de Luis Tosar. Desde fuera y desde dentro, acojonando y enterneciendo, revelándote zonas de luz en un fulano tenebroso, clavando el gesto y la palabra. Sólo lamentas que no aparezca en todos los planos. Yo pensaba que era un actor tan eficaz como lineal, intensamente taciturno. Prejuicio borrado. Lo que hace aquí es magnético, sutil, veraz y emocionante. Para enmarcar.

En Malditos bastardos Tarantino retorna al estilo y el mundo que le han hecho famoso abordando el cine bélico, género que aún no había tocado en su ortodoxa filmografía. Pero desde los títulos de crédito sabemos que aunque el tema esté ambientado en la II Guerra Mundial no vamos a ser testigos de ningún tipo de convenciones, sino que las intrigas, la acción, la violencia, los personajes, los diálogos, el humor y la estética van a llevar el inequívoco sello de su autor, que no vamos a ver una película bélica sino una tarantinada pura y dura ambientada en aquellos años de carnicería.

El argumento desarrolla la historia de un grupo de soldados estadounidenses y judíos con la misión de cargarse a todos los nazis que puedan en la Francia ocupada. El tema no es nuevo. Un director como Robert Aldrich alcanzó un resultado espectacular en Doce del patíbulo con una trama parecida, pero si el autor se llama Tarantino sabemos que esa cacería no va a regirse por parámetros de normalidad. Los enfurecidos hijos de Sión, entrenados por un expeditivo paleto que tiene como modelo profesional los métodos de guerra de los apaches, no se limitarán a cargarse alemanes sino que tienen que torturarles, destriparles, arrancarles la cabellera para causar el terror en sus enemigos ante la permanente amenaza de este grupo salvaje.

Tarantino también se permite el lujo de alterar el desenlace de la II Guerra Mundial como a él le da la gana, imaginando que sus killers judíos, con la ayuda de la propietaria de un cine parisiense que utilizan los jerarcas nazis para que les proyecten cine propagandístico que ha producido Goebbels, quemen vivos a Hitler, Göring, Goebbels y demás dirigentes nazis solucionando el final de esa larga y tenebrosa guerra.

Como siempre, conviven paralelamente la brillantez y los excesos, los hallazgos plenos de gracia y los momentos gratuitos, situaciones esperpénticas y su vocacional amor por la sanguinolencia, secuencias imaginativas y molestos guiños a los incondicionales de su cine. Lo mejor de estos infaustos bastardos es la creación de un maquiavélico coronel de las SS especializado en la caza de judíos. Tarantino se supera con este monstruo de modales suaves y dialéctica hilarante.

Los que consideran al autor de Pulp fiction como lo más innovador, cañero e ingenioso que ha dado el cine moderno van a sentirse saciados con este recital de sus esencias, incluida la original utilización de la música (suenan profusamente los temas que compuso Ennio Morricone para el desdichado género del spaguetti western), los momentos llenos de tensión que desembocan en aquelarres de sangre, las sentencias cínicas, los delirios narrativos, el poderío visual y coloquial. Yo, que no siento adicción hacia su cine y que a veces me cargan sus pasadas, aunque reconozca su incuestionable talento, lo he pasado razonablemente bien a lo largo de 150 minutos que no te abruman.

Carlos Boyero


Un cineasta en estado de gracia. Carlos Boyero

La ultima película que vi del director argentino Juan José Campanella fue Luna de Avellaneda y consiguió enervarme. Por espesa, por discursiva, por blanda, por cargante, por llorona, por pretenciosa, por cursi. Consecuentemente me acerco a El secreto de sus ojos con temor a encontrarme con un sermón moral habitado por porteños que hablan todo el rato y están encantados con lo que dicen.

Al terminar, me quedo en la butaca con sensación de felicidad hasta que desaparecen los últimos titulos de crédito, recuerdo con agradecimiento momentos mágicos que me han colocado un nudo en la garganta, tengo la impagable sensación de que me afecta y comprendo profundamente lo que le ocurre a esos personajes, me admira la capacidad del autor para combinar con fluidez, tensión, armonía, dureza y verosimilitud el cine negro y la tragedia sentimental, la violencia y el tono auténticamente lírico, que su lenguaje expresivo sea tan sutil como poderoso, que en ningun momento se haga un lío al alternar el pasado y el presente en una historia que se desarrolla a lo largo de veinticinco años, que el extraordinario guión no presente ninguna fisura, que te revele tantas cosas con intensa sobriedad de lo que ocurre en el cerebro y en el corazón de esa gente, que nada en esas imágenes y en esos diálogos te suene a falso, manipulador o sobrecargado, que te atemorice, te emocione y te haga reír cada vez que se lo propone. Estamos en el territorio del gran cine, del clasicismo, de un universo tan rico como complejo en el que todo tiene sentido, te envuelve, te sugiere, te implica y te conmueve.

Campanella retrata a personas que tienen que ajustar cuentas con lo que amaron y no pudieron tener, con trenes salvadores que se dejaron escapar, con horrores que resucitan, con viejos enigmas que siguen resultando torturantes. Hay mucho dolor, vacío, renuncia, pérdida y derrota en esos supervivientes, pero también latido, interrogantes y honestidad.. Y unos actores magníficos, protagonistas y secundarios, haciendo atrayente y creíble el comportamiento, los deseos, los miedos, las certidumbres, las dudas, el mundo interior de unos personajes inolvidables. Siempre me gusta Ricardo Darín, pero el recital que ofrece aquí está a la altura artística de lo que hizo en Nueve reinas. Qué poco necesita este hombre para transmitirnos tantas sensaciones.

En Encadenados, ese retrato cumbre de la tensión, la manipulación del sentimiento amoroso, de personajes atractivos con actitud abominable, malvados a los que traicionan e inspiran piedad, Hitchcock tiene la osadía de presentarnos a Cary Grant como un cazanazis y defensor de la libertad que no duda en utilizar como cebo el amor que siente hacia él una mujer con complejo de culpa para que ésta se case con un hombre al que no quiere y acepte la condición de víctima, para que ésta siga el perverso juego aunque sienta en su cuerpo y en su alma que la están envenenando. El romanticismo de esta obra maestra es tortuoso, no tienes claro quiénes son las víctimas ni los verdugos, todo es perturbador y complejo, aunque conozcas el desenlace te sigue poniendo de los nervios que se acabe el champán de la bodega y el cornudo enamorado descubra que su mujer le espía y va a buscarle la ruina.

Carlos Boyero

Una de las cosas más entrañables y prodigiosas que me han ocurrido como espectador de cine español (simplifico: de cine a secas) es la larga, prolífica y bendita presencia delante de la cámara de un señor con físico peculiar, voz inconfundible, naturalidad milagrosa, gracia intransferible y talento excepcional llamado José Isbert. Recordarle va asociado a la sonrisa, a alguien que siempre te apetecía ver y oír, a humanidad, a un carácter, a una forma de hablar y a una gestualidad que no admiten traducción, a unas señas de identidad que pertenecen inequívocamente a este país y a esa abstracción tan real conocida como la gente.

Isbert es un símbolo nacional como Michel Simon y Jean Gabin sólo podían ser franceses, Totó, Ana Magnani y Alberto Sordi huelen por todos los poros a Italia, Marlene Dietrich a pesar de su temprano exilio es inequivocamente teutona, el inmenso en todos los sentidos Charles Laughton pertenece a Inglaterra y el siempre admirable John Wayne lleva inscrito en su piel y en su alma lo de nacido y criado en USA. Hablamos de iconos justificados y de esencias raciales. Toda esta gente, además de su innegable arte, sirve para identificar las raíces y la personalidad de los pueblos, para que el público nativo se reconozca en ellos.

Con Isbert jamás tengo la sensación de que está interpretando, de que está componiendo un personaje. En primer plano o en plano general derrocha espontaneidad, veracidad, olor a calle, comicidad, argot coloquial, sentimiento auténtico, ni un solo rasgo de impostura. Dominaba el realismo y el esperpento, el ritmo de la comedia y el intimismo, la verborrea y el silencio, el humor blanco y el humor negro, el costumbrismo y el sainete. El magnetismo de este actor superdotado permanecía en el protagonismo o en el papel secundario, en el cara a cara y en el barullo verbal de un montón de personajes en un plano secuencia. Clavaba sus frases y sus gestos, sabía transmitirte con desarmante naturalidad las sensaciones que le dieran la gana, te arrancaba la carcajada sin aparente esfuerzo, todo en él desprende aroma vital.

Interpretó mucho cine cochambroso, tan subdesarrollado como la época y el ambiente que lo engendraba, folclore impresentable y ternurismo barato, pero él siempre se las ingenió para que agradecieras su presencia, para estar permanentemente modélico, para que te lo creyeras.

Y tuvo la suerte de encontrar algunos personajes memorables en ese cine en blanco y negro que se atrevía a transgredir con lenguaje poderoso. No es posible imaginar sin Isbert esas dos obras maestras tituladas El cochecito y El verdugo. En la primera hace un retrato tragicómico y genial del pavor al aislamiento y a la soledad que puede imponer la vejez, capaz de ejecutar un parricidio con tenaz inocencia porque pudiendo andar su familia le niega un cochecito de inválido que le permitiría acompañar a sus tullidos y enfermos amigos. El recital que ofrece en El verdugo intentando con todo tipo de artimañas sentimentales y laborales que su yerno herede su atroz trabajo, consistente en darle garrote vil a los condenados, es una de las más complejas y grandiosas creaciones de la historia del cine.

Ninguna retina mínimamente agradecida podrá olvidar al pintoresco alcalde de Bienvenido, Mr. Marshall, sus dadaístas discursos a los vecinos, encabezando ese desfile popular en el que cantan aquello tan impagable de “¡Americanos, gordos y sanos, primos hermanos, os recibimos con alegría!”, o a Isbert disfrazado de esquimal para concursar en el programa de la muy divertida Historias de la radio, o al desconsolado abuelo que busca a su nieto en La gran familia.

Siempre puede uno inventarse un pretexto para recordar y hablar de lo que ama. Pero en el caso de Isbert preferiría que la razón hubiera sido un ciclo dedicado a su extraordinario trabajo, a lo que mejor sabía hacer, y no la reedición de sus memorias, tituladas Mi vida artística. Se me caen varias veces de las manos, pero con doloroso esfuerzo logro llegar al final. El problema tiene que ver más con la estética que con la ideología. Isbert tiene todo su derecho a considerar como la encarnación del mal a las hordas republicanas o proclamar su infinita emoción cuando estrechó la mano de su caudillo. Tampoco siento ninguna empatía con las posiciones filonazis y racistas de Céline y de Drieu la Rochelle, lo cual no me impide hipnotizarme con su admirable escritura.

El estilo literario de estas memorias es lamentable, el contenido también. Cuenta Isbert que una vez le definieron como “un actor feliz que sabe hacernos felices”. En mi caso, lo consigue. Todo lo contrario que su visión de las personas y de las cosas.

Alan Ball, ese ingenio tan negro como potente, creador y alma de la turbadora serie A dos metros bajo tierra, colocó hace 10 años en manos de Sam Mendes, un señor inglés con prestigiosa huella en el teatro pero virgen en el cine, el brillante y ácido guión de la tragicómica American beauty, retrato de sueños incumplidos, excentricidades con causa, violencia reprimida y subterráneas o transparentes perversiones de la clase media estadounidense, habitantes de barrios residenciales en los que se supone que cada cosa está en su sitio, colmenas selectas y protegidas de los tormentos psíquicos y de la incertidumbre existencial por la estabilidad económica y el estatus social que han conseguido con esfuerzo o con naturalidad, gente en paz con el sistema.

No es casual que vuelvan a entregarle a Mendes un material en aquella onda, la adaptación al cine de una venerada novela de Richard Yates que habla de la insatisfacción cotidiana y los íntimos y lacerantes anhelos de algunos representantes modélicos del aparente “todo va bien”. Pero en Revolutionary road, a diferencia de American beauty, no hay sátira, no hay esperpento sobre las miserias en ebullición, no hay motivos para la risa sarcástica observando y escuchando la repentina y volcánica transgresión de los que habían construido su vida intentando estar de acuerdo con ella y ateniéndose a las reglas sociales. Aquí sólo hay tragedia de primera clase, desolación al comprobar que las vías de escape están selladas, que el sueño de que la deseada vida puede estar en otra parte y la necesidad de huir de lo establecido no son suficientes para abandonar lo que has almacenado, para prescindir de la seguridad, los confortables hábitos, la asumida mediocridad, el “nunca pasa nada” y enfrentarte al riesgo y la intemperie que puede implicar la aventura, la búsqueda de lo que asocias a la plenitud.

El esfuerzo de este matrimonio que se propone avanzar por territorios inexplorados para que su amor no se oxide, luchar contra la resignación al hastío, cambiar en los años cincuenta los roles tradicionales de una pareja clásica, pillar el último tren de las ilusiones, poner en práctica lo que desea el alma y la prosaica realidad desaconseja, está descrito con sensibilidad y hondura, piedad y capacidad de conmoción. Sam Mendes te hace sentir su crisis, sus dudas, su miedo, su desencanto, su definitiva incomunicación y su derrota. No puedes sentirte ajeno a este drama sobre la claudicación. Yo, al menos, me quedo pegado en la butaca hasta que terminan los títulos de crédito, con la sensación de que lo que te han contado sobre esa gente es de verdad, hipnotizado por el sombrío olor de la depresión que renuncia al llanto, una depresión que se ha hecho muda.

Y te conmueve la intensidad y la veracidad del excelente DiCaprio y de una Kate Winslet que está más allá del elogio transmitiéndote humanidad, el ansia de eso tan problemático y huidizo llamado felicidad.

No tengo claro si Kate Winslet es pelirroja o rubia, no posee un físico espectacular, tiene apariencia de ciudadana anónima, no te llamaría particularmente la atención si te la cruzas en la calle. Sin embargo se transforma en el personaje que le da la gana cuando la filma una cámara, le otorga credibilidad, sentimiento y magnetismo a la tipología más variada. Tiene el ritmo y la gracia que exige la comedia y una capacidad proteica para dotar de complejidad a la tragedia, expresa lo máximo con lo mínimo, muestra y sugiere, desprende sensualidad, se mueve con la misma soltura en el cine de época que en la modernidad, puede ser transparente o misteriosa, intensa y sobria, luminosa y sombría. Pertenece a esa raza de actrices que siempre justifica que pagues la entrada aunque la película sea un desastre, que te va a regalar sensaciones, dotada de un halo, una fuerza expresiva y una veracidad que te enganchan permanentemente.

La imagen de esta señora portando en una mano el Globo de Oro a la mejor actriz protagonista por Revolutionary road y en la otra el de mejor actriz secundaria por The reader no supone un abuso de galardones sino la evidencia y el justo reconocimiento a una actriz superdotada, a alguien que hace inmejorablemente su trabajo. Su arte, el don para meterse en la piel y en el corazón de una galería de personajes memorables.

No existe ninguna actriz de su edad (acaba de cumplir 33 años) que haya recibido tantas nominaciones al Oscar, incluida alguien tan ancestralmente familiarizada con la anhelada estatuilla como Meryl Streep. A Kate Winslet se le quedó careto de circunstancias al constatar que se le escapaba el Oscar en cinco ocasiones. Interpretando con romanticismo del bueno a la heroína de Titanic, a la dama victoriana, rural y enamorada de Sentido y sensibilidad, a la joven y confusa Iris Murdoch en Iris, a la hastiada y adúltera ama de casa de barrio residencial que ve pasar la vida desde los parques en la demoledora Juegos secretos, a la excéntrica y problemática novia del deprimido Jim Carrey en ¡Olvídate de mí! Para compensarla de tanta derrota, el destino tal vez se vuelva racional y ecuánime y le otorgue este año el Oscar por partida doble, algo tan insólito como merecido. Si eso ocurre, esperemos que esta actriz irreemplazable no considere que ya ha alcanzado su lugar en el sol y decida jubilarse de los rodajes. Hay precedentes. Greta Garbo lo hizo. La extraordinaria Debra Winger desertó enigmáticamente del cine cuando éste le ofrecía los guiones, los directores y la pasta que ella impusiera. Las diosas precoces son imprevisibles.

La imagen de esta actriz inglesa recogiendo esos trofeos que reivindican pública y académicamente su enorme talento te hace recordar la maravillosa tradición de ese país para alimentar continuamente al cine y al teatro con una catarata de intérpretes excepcionales. El mejor cine que ha existido se parió en Estados Unidos aunque fuera realizado por directores de cualquier parte, pero resulta obvio que nadie puede quitarle a Inglaterra el renovado honor de disponer de los más grandes actores y actrices del mundo. A lo mejor, la culpa de ello la tiene un tal William Shakespeare, la necesidad de los cómicos a través de la historia de estar a la altura de los textos y de los personajes más grandiosos y complejos que alguien escribió para que ellos los representaran.

Hagamos memoria sobre lo evidente, ciñéndonos exclusivamente a las actrices inglesas. Allí nació Vivian Leigh, aunque esas señas de identidad no le impidieran componer con autenticidad y encanto a una princesa sureña que evoca lo que se llevó el viento o a una frágil y coqueta señora de Nueva Orleans que no puede subirse a un tranvía llamado deseo. Y Julie Christie, una forma de ser y de estar irrepetible, una mujer con mayúsculas de la que estuvimos enamorados todos los hombres con buen gusto. Y la sutil y penetrante Deborah Kerr. Y la abrasiva Glenda Jackson, actriz de carácter, con capacidad para borrar de la escena a los machos más curtidos. Y la imperial Vanessa Redgrave, cuya presencia puede levantar cualquier ruina. Y la inquietante Judi Dench. Y la versátil y deslumbrante personalidad de Helen Mirren. Y la andrógina y turbia Tilda Swinton. Y la modélica Emma Thompson, asociada al género de refinada, tortuosa o lírica campiña inglesa en los principios del siglo XX, pero que también resulta brillante y verosímil en cualquier otro registro, una actriz que desprende inteligencia y profundidad en cada personaje al que da vida. Mi amada Audrey Hepburn, o sea: la elegancia, el estilo, la femineidad sublime, la chica de la luna, nació accidentalmente en Holanda y su carrera está asociada a Hollywood, pero su educación y su formación profesional es inequívocamente inglesa. Y la siempre impecable Maggie Smith. Y muchas más que mi ya débil memoria imperdonablemente olvida. Pero no sólo son excelsas las actrices de primera fila. También las eternas secundarias. Hasta las extras con frase y sin ella resultan convincentes, sin sombra de impostura. Kate Winslet no responde a la excepción o a la casualidad. Es la heredera de una casta admirable.