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Tag Archives: Fernando Marías

Camino hacia el centro del parque, me sigue dócilmente, dejándose impresionar por el terrible espectáculo, como todos los visitantes cuando llegan por primera vez… Esto somos y esto seremos, queridos todos, excrementos del espejismo de hermosura y juventud que aparentemente, solo aparentemente, íbamos a ser para siempre. Decadencia y vejez en su apogeo.
—Un día, Feli, sientes de pronto un pequeño mareo. Persiste, pero no le das importancia. Otro día se te atasca el habla, balbuceas, pero tampoco te preocupas. Y entonces ataca inesperadamente, como un relámpago. Tres cuartos de siglo de vida feliz, brillante, plena, y cuando el cerebro se convierte en mermelada te das cuenta de lo que en realidad tenías: nada, un regalo del azar con fecha de caducidad. Pero míralo tú misma. ¿No dicen que una imagen vale más que mil palabras?
Y le señalo a los pocos pacientes, la mayoría muy ancianos, que vagan por el césped, indiferentes a la tentadora proximidad de la piscina. Prisioneros de sí mismos a causa de una mente que un buen día se estropeó, lucidez de lustros reducida a hilo de baba en la boca grotescamente semiabierta; vegetales que no reconocerían a la persona a quien juraron amar toda la eternidad; seres bondadosos que, por perversos vericuetos de las neuronas derrumbadas, entretienen el ocio aplastando hormigas a las que persiguen con obcecación, y hasta algún malvado, puede que un asesino jamás descubierto, que ahora, por esas mismas perversidades azarosas, se ensimisma observando feliz el crecimiento, inapreciable para los demás, de alguna florecilla, y tal vez llora emocionado ante la belleza de la vida.

La lluvia arreció cuando detuve la mirada sobre la reproducción en color, creo que con técnica de mosaico, de Los fusilamientos del 3 de mayo instalada a la izquierda del patio. Como todo el mundo, tengo en la retina el cuadro de Goya desde siempre, lo he visto mil veces: en libros colegiales cuando niño, en visitas al Prado o en reproducciones editoriales de todo tipo. Sin embargo, esta vez lo percibí distinto: más intenso y evocador, más inquietante a causa de la cortina de lluvia repentinamente densa que se levantó entre el cuadro y yo. Pensé que los patriotas creados por Goya permanecían a la intemperie, bajo el sol o la lluvia, de día y de noche, siempre desvalidos y siempre expuestos a las inclemencias del clima, infinitamente más desnudos y solos que los muertos reales, que al fin y al cabo descansaban a cubierto desde mucho tiempo atrás. Pero, por otra parte, esa condena eterna, su cadena perpetua más allá de la propia muerte, tenía una importancia enorme, solidaria y universal. Los patriotas de Goya, aquellos que en el cuadro vemos caídos, ya muertos, y también los todavía vivos, representados en ese personaje central de camisa blanca con los brazos en alto, nos recuerdan a los fusilados de todas las guerras de todos los tiempos: nuestra Guerra de la Independencia o nuestra Guerra Civil, la Guerra de Secesión americana o la Guerra de Vietnam, Chechenia o Irak… El madrileño de camisa blanca pintado por Goya es todos y cada uno de los civiles asesinados en esas guerras, y sus brazos en alto pidiendo eternamente piedad simbolizan las súplicas de clemencia de todos los civiles de todas las guerras. El diccionario de la Real Academia dice que «fusilar» significa «ejecutar a alguien con una descarga de fusilería». Goya, con su pintura, nos demuestra -y nos recuerda- que «fusilamiento» quiere decir algo así como «asesinato de hombres desarmados a manos de otros hombres armados y normalmente uniformados que cometen su crimen en grupo durante una pantomima de orden y disciplina con la que se pretende dar al acto una apariencia de justicia y legitimidad». Por eso es importante el cuadro de Goya, por eso es trascendental.

A veces he pensado que el amor verdadero es eso. Una simple línea recta, aunque casi imposible de mantener: la de la no decepción, la de la nunca decepción.

Constanza…, Constanza…, Constanza…

En voz baja repito tu nombre, y luego, por fin, me decido a escribirlo. Creo que es la mejor manera de empezar. Tu nombre, tú. Cada poco, cuando me asalte la duda, miraré las letras que lo componen para darme valor.

Poco importa que estés muerta. ¿Acaso no lo estaré pronto también yo?

He empezado diciendo tu nombre tres veces; las precisas y necesarias. Sería injusto pronunciarlo cuatro o dos. Tres, tres Constanzas. Ni una más. Ni una menos. Las que fuisteis, las que sois y habéis sido siempre en mi corazón. Aunque yo me dirija a ti, la primera, sin la que no habrían existido las otras. A ti, mi Constanza. A pesar de que nunca llegaste a saber, a sospechar siquiera, cuánto me habría gustado poder sentirme dueño del derecho de llamarte así…

Mi Constanza.

Escribo, aunque sé que no lo leerás. Es como si trazara letras transparentes en el aire. Vivo, desde hace mucho, cielo abajo. Es mi destino. No hay ni habrá otro. No podría haberlo aunque hallara fuerzas para intentarlo. Da igual que una vez sintiera el júbilo de volar.

Pasó. Mi tiempo de alas pertenece al lugar más terrible del pasado: el de la imposibilidad de olvidar. Me atromentan recuerdos vivos, cada uno a su manera: los hermosos porque los añoro; y los terroríficos, los que revuelven mi culpabilidad, porque cada mañana me señalan con el dedo.

Me suicidé hace dieciséis años. Es un tiempo más que suficiente para que usted me haya olvidado, Delmar, o al menos para que se hubiera desdibujado en parte la nitidez de mi recuerdo. Por eso, y como antes de nada me gustaría presentarme como es debido, voy a pedirle que haga un esfuerzo, que se obligue a remontar el embotamiento alcohólico —porque está borracho, ¿verdad?, borracho como siempre— y traslade su memoria veinte años atrás, a los últimos días de 1970, cuando usted era un joven y brillante comisario de policía, el más condecorado de la ciudad y también el más pagado de sí mismo y de su inquebrantable dureza, el más orgulloso de sus éxitos, incluso el favorito de la prensa frívola, que en más de una ocasión le señaló como el ideal de atractivo masculino, aunque personalmente siempre me pareció rídicula su tendencia a imitar a los detectives del cine. En aquella fecha fue destinado, para desgracia de ambos, suya y mía, al distrito en que yo ejercía mis actividades o, para ser más exactos, en el que se ubicaban mis oficinas, pues el quehacer de mi empresa se desarrollaba —y sin duda se desarrolla aún— en docenas de lugares repartidos por todo el mundo.