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Tag Archives: Sherlock Holmes

Es más que evidente que el doctor Doyle y el doctor Watson se parecen como dos gotas de agua. «Soy un hombre como tantos otros», decía Conan Doyle de sí mismo, y no otro es el papel que desempeña Watson en los relatos de Holmes. La sencillez sin dobleces de Doyle, su integridad, su watsonidad a carta cabal nos proporcionan, al decir de algunos de sus biógrafos, otras tantas claves para entender la historia de su vida.
Aunque Conan Doyle se inspirase en otros modelos de la vida real, como en su propio secretario, el mayor Herbert Wood, no cabe duda de que el personaje del doctor Watson es en gran medida un trasunto del propio Doyle. Para empezar, ambos son médicos, de una edad similar y aficionados a los deportes. Ambos son francos y campechanos. Los dos son conservadores, defensores de la idea de imperio y hombres de acción más que de pensamiento. El doctor Watson comparte no sólo el cariño que Conan Doyle siente por Southsea, sino hasta sus gustos literarios: a los dos les gustan los relatos marineros de William Clark Russell. Al contrario que su amigo, tan reacio al trato social, el doctor Watson (¡escritor, a fin de cuentas!) es un personaje al que le gusta estar en contacto con la gente. Al igual que el doctor Doyle, se casa como Dios manda con una muchacha a la que conoce en uno de los casos en los que interviene. Como ya hemos apuntado, el doctor Watson debía guardar incluso un cierto parecido físico con el doctor Doyle: ambos andaban cerca de los treinta, si bien Watson era unos años mayor que él.

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Después de salir del Tribunal Supremo, Puri le dijo a Freno de Mano que lo llevara a un cajero automático, del cual sacó un ¡fajo de billetes nuevos de cien rupias.
Hicieron la siguiente parada en la Oficina Central de Registros, donde el detective quería averiguar si se habían descu­bierto cuerpos sin identificar en Jaipur alrededor del momento de la desaparición de Mary.
El edificio tenía el sello de identidad de casi todos los edifi­cios gubernamentales indios de la era socialista de después de 1947: era un enorme y aburrido bloque de cemento de mala ca­lidad de cuyas ventanas colgaban hileras de aparatos de aire acondicionado cubiertos de excrementos de paloma. En la en­trada se levantaba un arco detector de metal que parecía un proyecto de ciencias de alumnos de instituto. Estaba hecho de aglomerado, se conectaba a una vieja batería de coche y pitaba cada diez segundos independientemente de que nadie pasara por debajo de él.

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—¿Quiénes son esos «espías»? —pregunté mientras nuestro coche retumbaba al salir de Regent’s Park por Clarence Gate y desembocaba en Baker Street.
—Muchachos de buen corazón, como Jimmy —dijo—. Chiquillos de la calle. Golfillos, pilluelos; llámales como quieras. Puede que lleven vidas desordenadas e irregulares según la óptica de los hijos de los corredores de bolsa y de los funcionarios, pero mis «espías» son buenos chicos, trabajadores y honrados como el que más.
—¿Trabajan para ti? ¿Les pagas?
—Les doy una moneda de seis peniques de vez en cuando y les mantengo alejados del mal camino. Me hacen recados: llevan mis mensajes por la ciudad, entregan flores, me consiguen coches…
—¿Y «espían» para ti?
Sonrió.
—Cuando es necesario. Son mis ojos y mis oídos ambulantes, Robert, y, siendo esto quizá lo que más me concierne, mis piernas ambulantes. Como habrás observado, no soy muy dado al ejercicio. No estoy hecho para ello. Estos chiquillos son ágiles y de pies ligeros. Pueden dar la vuelta entera a la capital en cuarenta minutos. Cada uno de ellos es mi Ariel.
—Entonces, ¿con cuántos cuentas?
—¿En todo Londres? Un par de docenas, quizá. Treinta como mucho. Forman parte del grupo de mis mejores amigos. Conan Doyle le ha dado a Sherlock Holmes una banda parecida de jovencitos ayudantes, pero la idea se me ocurrió a mí primero. Naturalmente, la posteridad no me lo reconocerá, a menos que te encargues tú de dejar las cosas claras. Eres mi ángel Anotador, Robert. Mi reputación está en tus manos.
Oscar no llevaba ningún diario, pero sabía que yo sí lo hacía y me animaba a que siguiera haciéndolo. Disfrutaba apuntando que había puesto todo su genio al servicio de su vida, pero sólo su talento al de su obra, y a menudo me decía que confiaba en mí y en mi diario para que mostráramos a la posteridad dónde radicaba su genialidad.
Yo me tomaba muy en serio semejante responsabilidad. Por ejemplo, cuando nos separamos tras nuestro encuentro con Gerard Bellotti, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue escribir todo lo ocurrido durante la aventura matinal. Bien es cierto que sería acertado decir que, durante los años en que Oscar y yo tuvimos mayor relación, mi diario es tanto un testimonio de su vida como de la mía. Quizás esto no resulte sorprendente. Su vida era mucho más extraordinaria que la mía.

Carmen se acercó al único mueble que tenía en su casa y, de un cajón, sacó una carpeta.
—Tengo aquí algunos dibujos. Juzgue usted mismo.
Arrow abrió la carpeta, que contenía un buen número de dibujos y bocetos. Steven los estudió con atención uno a uno ante la mirada de Carmen, que guardaba silencio a su lado. Eran unos dibujos y unos bocetos magníficos, sueltos, vivos, con movimiento y de temática diversa. Algunos eran estudios de las chicas del burdel. Arrow los pasaba uno a uno admirado. Los últimos estaban dedicados a Carmen. Ella se ruborizó cuando Arrow la vio desnuda sobre el papel. El joven Pablo también le había dedicado una serie de retratos a lápiz y carbón de una belleza y un trazo prodigiosos.
—Cuando estoy con él vivo en otro mundo. He intentado dejarle, pero no puedo. Me encontró y ahora no puedo —volvió a repetir—. Él no busca, encuentra. ¿Y sabe por qué? Sus ojoss, detective, ¡no son de este mundo! Un día verá las cosas como nadie y será un gran pintor.
—Le ha desaparecido un cuaderno que contenía dibujos de usted y de sus compañeras. Y me temo que, si no consigo evitarlo, aparecerá en el siguiente cadáver.
—Ahí tiene la respuesta a su pregunta. Alguien más sabe que será un genio y no está dispuesto a permitirlo. Es mejor convertirlo en un asesino para que no cumpla con su destino.
—Tiene usted una gran fe en él.
—Sé lo que soy; una puta. Una puta enamorada. Una puta inculta y que no sabe nada de nada. Pero sí, tengo una gran fe en él.
—Usted no es una puta.
—¿Por qué? Uno es lo que hace y yo hago de puta.

Ella es real, sí, pero también es inventiva, una extensión formada a raíz de tus necesidades. En tu soledad, te has quedado prendado de la primera cara que has visto. Podría haber sido cualquiera. Tú, después de todo, eres un hombre, querido amigo. Ella es tan solo una mujer, y hay miles como ella a lo largo de toda la ciudad.

[…]La brisa aumentó su fuerza, pero solo por un momento. La cerca crujió, las flores se desdoblaron, y luego la brisa se calmó y, en el silencio, me di cuenta de que la música, mientras el día caía, no sería de mi agrado. ¿Rechazaría aquellos atrayentes sonidos, tan posesivos, tan emblemáticos, que ahora fracasaban a la hora de reavivarlo como antes? ¿Cómo iba a ser lo mismo? Ella se había quitado la vida, se había ido. ¿Y que importaba si con el tiempo todo se perdería, se desvanecería, si en realidad no existía una razón definitiva, ni ningún patrón ni lógica, para todo lo que había sido creado en la tierra? Ella ya no existía, pero yo permanecía allí. Nunca me había sentido tan incomprensiblemente vacío, y, solo entonces, mientras mi cuerpo se levantaba del banco, empecé a darme cuenta de cuan profundamente solo estaba en el mundo. Así que, mientras el anochecer avanzaba, no tomé nada del jardín, excepto aquel vacío imposible, aquella ausencia en la que cabría otra persona, una cavidad que formaba el contorno de una singular y curiosa mujer, que nunca contemplaría mi verdadero ser.

Aunque probablemente no lo hayan tenido en cuenta, les ha salido estupendamente: Cuatro ha estrenado el primer capítulo de la quinta temporada de House el día del 155º cumpleaños de Sherlock Holmes. No es mal regalo.

Para los que aún no han captado las semejanzas entre Gregory House y Sherlock Holmes, pueden consultar aquí la lista de sus parecidos y diferencias.


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– ¿Y el trabajo?

– Es puramente nominal.

– ¿Qué entiende usted por puramente nominal?

– Bueno, tiene usted que estar en la oficina, o al menos en el edificio, todo el tiempo. Si se ausenta, pierde para siempre el puesto. El testamento es muy claro en este aspecto. Si se ausenta de la oficina durante esas horas, falta usted al compromiso.

– No son más que cuatro horas al día, y no pienso ausentarme -dije.

– No se acepta ninguna excusa -insistió el señor Duncan Ross-. Ni enfermedad, ni negocios, ni nada de nada. Tiene usted que estar aquí o pierde el empleo.

– ¿Y el trabajo?

– Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En ese estante tiene el primer volumen. Tendrá usted que poner la tinta, las plumas y el papel secante; nosotros le proporcionaremos esta mesa y esta silla. ¿Podrá empezar mañana?

– Desde luego.

– Entonces, adiós, señor Jabez Wilson, y permítame felicitarle una vez más por el importante puesto que ha tenido la suerte de conseguir.

Texto completo en Sherlock-Holmes.es

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