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Tag Archives: Donald E. Westlake

—¿A quién te parece que podemos llevar con nosotros?
—¿El resto del equipo? —Kelp se encogió de hombros—. No sé. ¿Qué clase de tipos necesitamos?
—Es difícil saberlo. —Dortmunder miró ceñudo hacia el lago, ignorando a una chica con medias rayadas que pasaba—. Nada de especialistas, excepto tal vez un cerrajero. Pero no un experto en cajas fuertes ni nadie por el estilo.
—¿Necesitaremos ser cinco o seis?
—Cinco —respondió Dortmunder, y sacó a relucir una de sus normas de siempre: si no puedes hacer un trabajo con cinco hombres, no lo puedes hacer de ningún modo.
—Muy bien —dijo Kelp—. Así que necesitamos un conductor y un cerrajero, y sería útil alguien que vigile.
—Exacto —afirmó Dortmunder—. El cerrajero podría ser aquel tipo bajito de Des Moines. ¿Sabes quién te digo?
—¿Algo parecido a Wise…, Wiseman…, Welsh?
—¡Whistler! —dijo Dortmunder.
—¡Eso es! —aseguró Kelp, y sacudió la cabeza—. Está entre rejas. Lo cazaron por soltar un león.
Dortmunder volvió la cabeza y miró a Kelp.
—¿Qué hizo?
—No me eches la culpa —contestó—. Eso es lo que oí. Llevó a sus chicos al zoológico. Estaba aburrido y empezó a jugar con las cerraduras, completamente distraído, como nos podría pasar a ti o a mí, y, de repente, el león estaba suelto.
—Qué bonito —dijo Dortmunder.
—No me eches la culpa a mí —reiteró Kelp, y luego agregó—: ¿Qué te parece Chefwick? ¿Lo conoces?
—El ferroviario loco. Está más loco que una cabra.
—Pero es un gran cerrajero —afirmó Kelp—.Y está disponible.
—Está bien. Llámalo.
—Lo haré —dijo Kelp, mirando pasar a dos chicas vestidas en tonos verdes y dorados—. Ahora necesitamos un conductor.
—¿Qué te parece Lartz? ¿Te acuerdas de él?
—Olvídalo. Está en el hospital.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unas dos semanas. Chocó contra un avión.
Dortmunder le dirigió una lenta y sostenida mirada.
—¿Qué dices?
—No me eches la culpa —volvió a decir Kelp—. Según me contaron, estaba en la boda de un primo suyo en la Isla y volvía a la ciudad, pero tomó el Van Wyck Express en dirección equivocada; cuando se dio cuenta estaba en el aeropuerto Kennedy. Iría un poco borracho, supongo, y…
—Ya… —dijo Dortmunder.
—Sí. Confundió las señales, y después de dar vueltas y vueltas, terminó en la pista diecisiete y chocó con el avión de la Eastern Lines que acababa de llegar de Miami.
—La pista diecisiete —murmuró Dortmunder.
—Eso me dijeron.
Dortmunder sacó su paquete de Camel y, pensativo, se llevó uno a la boca. Le ofreció a Kelp, pero Kelp negó con la cabeza diciendo:
—Dejé de fumar. La publicidad contra el cáncer me convenció.
Dortmunder se quedó con la cajetilla en el aire, y dijo:
—Publicidad contra el cáncer.
—Sí. En la televisión.
—Hace cuatro años que no veo la televisión.
—Lo que te has perdido.
—Parece que sí —contestó Dortmunder—. Publicidad contra el cáncer…
—Así es. Te ponen los pelos de punta. Ya lo sabrás cuando veas uno de esos anuncios.
—Sí —dijo Dortmunder. Guardó el paquete y encendió el cigarrillo—. Volviendo a lo del conductor… ¿Has oído si le ha sucedido algo extraño a Stan Murch últimamente?
—¿Stan? No. ¿Qué le ha pasado?
Dortmunder volvió a mirarlo.
—Sólo te lo preguntaba…
Kelp se encogió de hombros, perplejo.
—La última vez que oí algo de él estaba perfectamente.
—Entonces, por qué no llamarle.
—Si estás seguro de que está bien…
Dortmunder suspiró.
—Lo llamaré y se lo preguntaré —dijo.
—Bueno, y ahora qué me dices de nuestro vigilante.
—No se me ocurre nadie.
Kelp lo miró sorprendido.
—¿Por qué? Tienes buen tino.
Dortmunder suspiró.
—¿Qué pasa con Ernie Danforth? —preguntó.
Kelp meneó la cabeza.
—Abandonó el rollo.
—¿Abandonó?
—Sí, se hizo cura. Eso me contaron. Estaba viendo esa película de Pat O’Brien en la última…
—Está bien. —Dortmunder se puso de pie. Tiró el cigarrillo al lago—. Quiero saber algo de Alan Greenwood —dijo con voz firme—, y sólo quiero que me digas sí o no.
Kelp se quedó perplejo otra vez. Parpadeando ante Dortmunder, interrogó:
—¿Sí o no qué?
—¡Si lo podemos utilizar!
Una anciana que miraba a Dortmunder con mala cara desde que tiró el cigarrillo al lago, palideció de pronto y se alejó rápidamente.
—Claro que lo podemos utilizar. ¿Por qué no? Greenwood es un buen tipo.
—¡Lo voy a llamar! —gritó Dortmunder.
—Te estoy oyendo —dijo Kelp—. Te estoy oyendo.
Dortmunder miró a su alrededor.
—Vamos a tomar un trago —dijo.
—Bueno —respondió Kelp, levantándose de un salto—. Lo que tú digas. Vale, vale.

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