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Si Florence era valiente, lo era de una forma bien distinta al general Gamart, que se habría comportado exactamente de la misma manera en medio de un fuego cruzado que en un momento de calma; o al señor Brundish, cuya forma de rebelarse contra el mundo consistía en impedir que el mundo entrara en sus dominios. La valentía de ella, al fin y al cabo, no era otra cosa que su determinación por sobrevivir. La policía, sin embargo, no tomó medidas ni consideró tomarlas siquiera, y, después de que Drury le explicara a la señora Gamart que no había ni mucho menos pruebas suficientes para proceder con el caso, la queja quedó olvidada. La muchedumbre se hizo más manejable, la tienda obtuvo 82 libras, 10 chelines y 6 peniques de beneficio en la primera semana de diciembre sólo con Lolita, y los clientes nuevos regresaron para comprar los pedidos de Navidad y los calendarios. Por primera vez en su vida, Florence tenía una alarmante sensación de prosperidad.

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Entonces dijo esa gran verdad de que, con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre de vivir. ¿Puede decirse de alguien algo más hermoso?

Era verano. Teníamos diez años.
No sabíamos nada de la Jimmy’s Factory, salvo que allí se fabricaban los mejores caramelos del mundo. No sabíamos a qué hora entraban a trabajar los operarios, ni sabíamos a qué hora salían. No sabíamos si la fábrica estaba guardada por perros de dientes afilados, por policías, o por un solo hombre armado con un Winchester 73. Ninguno de nosotros había estado dentro antes, y sólo habíamos visto la puerta negra en la plaza que se había construido al tiempo que el edificio, y los muros que rodeaban la parte de atrás. Y también la doble compuerta de madera pintada de verde, que se abría algunas mañanas y dejaba escapar de las entrañas de la fábrica a los camiones con la cara mostachuda, gorda y sonriente que guiñaba un ojo —”seguro que sabes guardar un secreto, ¿verdad?”—, dibujada en los laterales; camiones cargados de caramelos. Y por la noche, a veces, la fábrica vomitaba otros camiones, sin dibujos en los laterales y, suponíamos, sin caramelos. No sabíamos nada más.
Sin embargo, yo tenía un plan.
—Saltaremos el muro —dije. Y ése era todo mi plan.

Try to think that love´s not around
But it´s uncomfortably near
My old heart ain´t gaining no ground
Because my angel eyes ain´t here

Angel eyes, that old Devil sent
They glow unbearably bright
Need I say that my love´s mispent
Mispent with angel eyes tonight

So drink up all you people
Order anything you see
Have fun you happy people
The laughs and the jokes on me

Pardon me but I got to run
The fact´s uncommonly clear
Got to find who´s now number one
And why my angel eyes ain’t here
Oh, where is my angel eyes?

Excuse me while I disappear
Angel eyes, angel eyes.

-¿Le vio los ojos?
-¿Los ojos? -el inspector era incapaz de olvidarlos desde la visita al apartamento de Toralla.
-Los de Luis -le aclaró Iria Ledo, como si fuese necesario-. Sus ojos eran un imán para hombres y mujeres, no podría pasarse la vida disimulando.

Cuando Harvey Pekar era un niño leía tebeos a escondidas de sus padres. Era ese niño imaginativo y medroso al que enseguida asustan los más fuertes en los juegos de la calle, el que descubre muy pronto el refugio de la soledad y la lectura. La calle, en su caso, tenía el peligro de las peleas en los barrios de emigrantes de clase trabajadora, en los cuales una esquina o una acera podían ser los límites entre la seguridad y el peligro: niños judíos contra niños irlandeses o polacos, negros contra blancos. Cuando Harvey Pekar quería encontrarse a salvo se quedaba en la pequeña tienda de comestibles de sus padres, o en el cuarto donde se encerraba a leer, en el apartamento familiar encima de la tienda. Pero en esa protección había algo muy sofocante, como percibe siempre el niño retraído que no se atreve a aventurarse en la calle, y en ella no era menor la sensación de amenaza. Los padres del niño lector de tebeos habían traído de su Europa de origen acentos muy fuertes que nunca llegaron a quitarse y mucho miedo, un miedo mezclado con alivio y culpa que se reforzaba cada vez que leían el periódico o que escuchaban en la radio las noticias del avance de los ejércitos de Hitler por los territorios de donde ellos se habían marchado unos pocos años atrás: donde también ellos habrían perecido si se hubieran quedado; donde morían o desaparecían sin rastro familiares que no habían huido a tiempo.

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I heard it said somewhere that one day all good things come to an end.
I turn around to see you. And if I do or not, it all depends.

I was born the day I met you,
Lived a while when you loved me,
Died a little when we broke apart.
Yesterday, it would have mattered.
Now today, it doesn’t mean a thing.
All my hopes and dreams are shattered now.
I’m in a lonely place without you.
I’m in a lonely place without you.

I walk the streets alone at night sometimes and think about you.
I look as strangers pass, and wonder how I’ll live without your love.

I was born the day I met you,
Lived a while when you loved me,
Died a little when we broke apart.
Suddenly, this world’s no longer bright.
I’m alone and lonely every night.
Won’t you bring back your love that’s out of sight?
I’m in a lonely place without you.
I’m in a lonely place without you.

Daniel tiene en su cabeza un mapa de parques y callejones sombreados, imposibles en las venas aceradas de Madrid. Conoce bancos de metal y madera, en los que esperan sueños olvidados por amantes que faltaron a la cita; balcones de hierro forjado por los que siempre se asoma una mujer triste que mira al norte, y muretes bajos en los que sentarse con los pies en el aire lo devuelve a uno a la parte de la infancia en que eso bastaba para ser feliz.
Lo malo es que, para ser alguien que disfruta con las cosas simples, Daniel es bastante complicado. Por eso el mapa en su cabeza no tiene nombres de calles ni referencias formales. Cuando necesita un parque, recurre para hallarlo al color de las hojas en el suelo, o al del vestido de una muchacha que cruzaba por la esquina. Y aunque el método es poético, sin duda, también ha de admitir que resulta poco práctico. Por suerte, hace un rato, cuando pensó en un parque digno de ella, le vino a la memoria una mujer mayor que paseaba un perro maltrecho pero querido, hace meses, cuando Madrid temblaba bajo el sol a media llama del invierno.