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Si al menos hubieras tenido verdadero coraje, piensa ahora, mirando las dos manos baldías que no tocan a nadie, las manos de venas tortuosas y uñas mal cortadas y ligeramente sucias, si te hubieras atrevido a una verdadera apostasía y no a un simulacro, a una huida verdadera y no a una ficción. Incluso los cuatro días enteros y las cuatro noches se les deshacen rápidamente en nada a los amantes que hasta entonces no han podido pasar más que unas pocas horas seguidas juntos, no han sabido lo que era abrir los ojos con la primera luz del día y encontrar al otro, asistir a su sueño complacido y a su despertar. Tan poco tiempo siempre, las horas contadas, deshaciéndose en una arena de minutos y segundos fugaces, el reloj sonando, el mecanismo ruidoso en el despertador de la mesilla de noche o el más sutil en la muñeca, atado a ella como un cepo de cautiverio, segundo a segundo, las dentelladas diminutas socavando las casas de tiempo en las que se escondían para estar juntos, sus refugios clandestinos, casi siempre precarios, siempre en peligro de ser invadidos, por muy hondo que quisieran esconderse el uno junto al otro y el uno en el otro, cancelando el mundo exterior en el fanatismo de un abrazo con los ojos cerrados. Pasos en el corredor de la casa de citas, puertas que en cualquier momento podrían abrirse, muros demasiado livianos al otro lado de los cuales se oían voces, los gemidos de otros amantes clandestinos, habitantes como ellos de la ciudad secreta, el Madrid sumergido y venal de los reservados, las habitaciones alquiladas por horas, los parques a oscuras, el sórdido territorio fronterizo en el que confluían el adulterio y la prostitución. Vivían asediados por acreedores, por ladrones y mendigos de tiempo, por prestamistas rapaces y turbios traficantes de horas. El tiempo fosforecía en las agujas del despertador, sobre la mesa de noche, en la habitación en casa de Madame Mathilde, en la penumbra forzosa de las cortinas echadas en mitad de la mañana. El tictac sonaba como el medidor de un taxi: si se retrasaban sólo unos minutos en salir de la habitación alquilada oirían pasos en el corredor y golpes en la puerta; si querían algo más de tiempo debían comprarlo a un precio aún más abusivo. El tiempo huía en espasmos numéricos como la distancia en el cuentakilómetros del coche mientras viajaban hacia el sur como si no tuvieran que volver nunca, fugitivos de todo durante cuatro días. El tiempo de cada espera se dilataba y hasta se detenía por culpa de la incertidumbre, por la angustia de que el otro no se presentara. El relámpago de la llegada abolía durante unos minutos el paso del tiempo, dejándolo en suspenso en un espejismo de abundancia. El tiempo ilícito tenía que ser comprado, minuto tras minuto, obtenido como en dosis de opio o de morfina a través del gesto rápido con que un camarero de pajarita y chaquetilla negra les entregaba la llave de un reservado a la vez que recibía en la otra mano la propina. El bien tan escaso del tiempo se perdía esperando un taxi, viajando interminablemente en un tranvía muy lento, conduciendo en medio del tráfico, marcando un numero en el teléfono y esperando a que la rueda vuelva a su punto de partida para marcar el siguiente: cuánto tiempo desperdiciado esperando una respuesta, escuchando un timbre que suena al otro lado en una habitación vacía, impacientándose porque una telefonista tarda en contestar o en pasar la llamada, los dedos inquietos tamborileando en una mesa, la mirada vigilante por si se acerca alguien al fondo del pasillo, una hemorragia de tiempo, gota a gota o a borbotones.



—No me mires así.
—¿Cómo te miro?
—Como si fuera un fantasma. O como si hiciera ruido comiendo.
—Te miro porque no me canso de mirarte. Porque te he echado tanto de menos que no puedo creerme que estés delante de mí.
—Yo no estoy segura de que me veas a mí cuando me miras. No lo he estado casi nunca, ni siquiera al principio. Me mirabas muy fijo y sin embargo me parecía que estabas en otra parte, perdido en tu mundo, a lo mejor pensando en tu trabajo o en que tu hijo o tu hija tenían fiebre, o en tu mujer, o en la mentira que ibas a contar cuando volvieras a tu casa, o en el remordimiento que te daba engañarla. Me estabas mirando y los ojos se apartaban de mí aunque fuera un segundo, y yo lo notaba. Estábamos besándonos en aquel cuarto de Madame Mathilde y te veía en el espejo que había enfrente de la cama mirando un momento el reloj de la mesa de noche. Un gesto nada más, pero yo me daba cuenta. Yo me he fijado siempre en ti. Creo en quien tú eres de verdad, no en quien yo hubiera podido soñar que eras. Y cuando leía tus cartas, me daban ganas de salir corriendo y meterme contigo en la cama, sentía el mismo mareo que cuando nos tomábamos en los merenderos aquellas cervezas frías que nos gustaban tanto. Pero luego, volviendo a leerlas, me entraba la misma duda que cuando te veía mirarme, no estaba segura de que fuera a mí a quien le escribías. Eran siempre tan vagas. Me hablabas de lo que sentías por mí y de nuestro amor como si viviéramos en un mundo abstracto en el que no había nada más, ni nadie más que nosotros. Llenabas dos páginas contándome la casa que querías hacer para nosotros y yo me preguntaba dónde, cuándo. Prométeme que no vas a enfadarte con lo que te diga.
—Prometido.
—Te vas a enfadar. Algunas veces pensaba que me escribías con desgana, por compromiso, porque yo te lo estaba pidiendo. Te burlabas tanto de esos artículos verbosos que publicaban los intelectuales en El Sol y sin que tú te dieras cuenta en tus cartas había algo que me los recordaba. Me contabas lo que sentías por mí pero no contestabas a lo que yo te había preguntado. Pensé en una expresión que me habías enseñado tú: «dar largas». Me dabas largas para no referirte nunca a nuestra vida real, la tuya y la mía. Y la verdad era que aunque hablábamos tanto y nos escribíamos tanto no hablábamos nunca realmente de nada concreto. Sólo de nosotros dos, flotando en el espacio, flotando en el tiempo. Nunca del futuro, y al cabo de un poco tiempo casi nunca del pasado. Decías que estabas enamorado de mí pero te distraías en cuanto llevaba un rato contándote algo de mi vida. Y si empezaba a hablarte de mi ex marido cambiabas de conversación.
—Me da celos pensar que has estado con otros.
—Tendrías menos celos si me hubieras dejado contarte que ni mi marido ni los otros hombres nunca me importaron ni la mitad que tú.
—Ha habido más hombres.
—Claro que los hubo. ¿Querías que hubiera estado en un convento, esperando tu aparición?
—No podía soportar la idea de imaginarte con otro. Tampoco puedo ahora.
—Yo tenía que soportar no la idea sino la realidad de que después de estar conmigo fueras capaz de disimular sin dificultad y acostarte con tu mujer.
—Hacía mucho que ni siquiera nos tocábamos.
—Pero estabas con ella y no conmigo. En la misma habitación y en la misma cama. Mientras yo volvía sola a mi cuarto de la pensión y no podía dormir y si encendía la luz era incapaz de leer, y me sentaba delante de la máquina y no podía escribir, ni siquiera una carta. Y si le escribía a mi madre no podía contarle que todo su sacrificio por mí había servido para que un hombre casado español tuviera una amante americana más joven que él.
—Me dijo Van Doren que tu madre había muerto.
—Qué raro que me preguntes por ella.
—Yo siempre quería que me contaras cosas de tu vida.
—Pero te distraías en cuanto llevaba un rato contándotelas. Tú no te dabas cuenta, y no te acuerdas, pero eras un hombre impaciente. Tenías siempre prisa, por un motivo u otro, estabas nervioso. Lo hacías todo con ansia. Te echabas sobre mí en la cama algunas veces y parecía que se te olvidaba que yo estaba contigo. Abrías los ojos después de correrte y me mirabas como si te hubieras despertado.
—¿Ése es todo el recuerdo que tienes?
—No sólo ése. También sabías ser muy dulce otras veces. Otros hombres no hacen nada por aprender.
—Estaba loco por ti.
—O por alguien que tú te imaginabas y que no era yo. Empecé a pensar leyendo tus cartas que podrían estar igual dirigidas a otra. Me halagaba ser yo quien te inspiraba esas palabras, pero algunas veces no me las creía. Me mirabas y no sabía si era a mí exactamente a quien estabas viendo.
—A quién iba a ver si no.
—A una extranjera, una americana. Como esas mujeres de las películas y de los anuncios que según me contabas te habían gustado siempre. Te gustaba mirarme pero no siempre parecía que te hiciera mucha falta conversar conmigo. Por carta podías ser mucho más expresivo.

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