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Franco será recordado ante todo por su enérgica dirección del esfuerzo de guerra nacional entre 1936 y 1939 y por la determinación con la que buscó la aniquilación sistemética de sus enemigos de izquierda y, posteriormente, por su ferrea voluntad de supervivencia. Sus rasgos más notables eran la astucia instintiva y la imperturbabilidad, la sangre fría con la que manejaba las rivalidades entre las fuerzas del régimen y la habilidad con que desactivaba los desafíos de quienes (desde Serrano Suñer a don Juan) eran superiores a él en inteligencia e integridad. Los logros alcanzados por Franco no eran los de un gran benefactor nacional sino los de un hábil manipulador del poder que siempre atendió a sus propios intereses. Como escribió Salvador de Madariaga: “El más alto interés de Franco es Franco. El más alto interés de De Gaulle es Francia”.


Las clases dirigentes españolas cedieron el poder a Franco y los generales en 1936 (al igual que sus homólogas italianas habían hecho con Mussolini en 1922 y las alemanas con Hitler en 1933) bajo la creencia de que una vez se hubiera aplastado el peligro de las clases obreras podrían recuperar su poder. Franco, por su reverencia ante la burguesía, la aristocracia y la corona, pareció una buena elección, una garantía para la resturación monárquica a la primera oportunidad. El hecho de que no lo hiciera y lograra sostenerse en la jefatura del Estado durante treinta y nueve años refleja sobradamente sus habilidades políticas.
Esta habilidad la ejerció en relación con los miembros de su propia coalición. En contra de sus enemigos, su eficacia residió en la despiadada implacabilidad del uso del terror de Estado, cuyos efectos reverberaron durante décadas después de que su escala se viera significativamente reducida. Se trató de una especie de inversión política, un terror productivo, que aceleró el proceso de despolitización bajo la dictadura de Franco, empujando a los españoles hacia la apatía política. Franco presidió a distancia la totalidad del proceso. Se cuenta la historia de que cuando su amigo el general Camilo Alonso Vega le preguntó por la suerte corrida por un antiguo camarada de la guerra de Marruecos, Franco replicó:”Lo fusilaron los nacionales”; exactamente como si el asunto no tuviera nada que ver con él. Sin embargo en sus discursos nunca ocultó su creencia en la necesidad de sacrificios de sangre y, puesto que era la suprema autoridad en el sistema jurídico militar, no cabe dudar de su pleno conocimiento y aprobación del alto número de ejecuciones.
[…] Creyéndose el salvador de España adorado por todos excepto por los siniestros agentes de poderes ocultos, Franco podía pensar en sí mismo en términos tan benevolentes como esos con absoluta sinceridad. Consideraba que su disposición a dejar hablar interminablemente a sus ministros durante las reuniones del gabinete (lo que reflejaba una presidencia pobre más que otra cosa) compensaba el régimen de partido único, la censura, los campos de concentración y el aparato de terror. De hecho, el truco de dejar a sus subordinados una gran margen de libertad para actuar le hacía parecer menos despótico pero era un efectivo medio de control. Todos los que se involucraban crecientemente en la corrupción o la represión se hacían cada vez más dependientes de su buena voluntad.
La convicción de Franco de que no era un dictador reflejaba su nula capacidad para la auto-percepción crítica. Las series de máscaras públicas tras las cuales ocultaba su personalidad (valiente héroe del desierto en Africa; un Cid del siglo XX en la Guerra Civil, emperador en ciernes en 1940, comandante de un fuerte asediado a fines de los cuarenta) eran muy gratificantes y le hicieron inasequible al desaliento. Después de los grandes triunfos diplomáticos de 1953, la máscara que utilizó para el resto de su vida fue la de un patriarca benévolo y adorado por los españoles. […]
Si se juzga en términos de habilidad para permanecer en el poder, los logros de Franco son muy notables. Sin embargo, en términos de coste humano (ejecuciones, encarcelamientos, torturas, ruptura de vidas por exilio o migración forzosa) los “triunfos” de Franco arrojan un precio exorbitante para España. Escarmentados por los horrores de la guerra civil y la represión de postguerra, los españoles rechazaron tanto la violencia política como la idea de Franco de que el derecho de conquista permitía que media Espeña gobernase a la otra mitad.

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