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Es más que evidente que el doctor Doyle y el doctor Watson se parecen como dos gotas de agua. «Soy un hombre como tantos otros», decía Conan Doyle de sí mismo, y no otro es el papel que desempeña Watson en los relatos de Holmes. La sencillez sin dobleces de Doyle, su integridad, su watsonidad a carta cabal nos proporcionan, al decir de algunos de sus biógrafos, otras tantas claves para entender la historia de su vida.
Aunque Conan Doyle se inspirase en otros modelos de la vida real, como en su propio secretario, el mayor Herbert Wood, no cabe duda de que el personaje del doctor Watson es en gran medida un trasunto del propio Doyle. Para empezar, ambos son médicos, de una edad similar y aficionados a los deportes. Ambos son francos y campechanos. Los dos son conservadores, defensores de la idea de imperio y hombres de acción más que de pensamiento. El doctor Watson comparte no sólo el cariño que Conan Doyle siente por Southsea, sino hasta sus gustos literarios: a los dos les gustan los relatos marineros de William Clark Russell. Al contrario que su amigo, tan reacio al trato social, el doctor Watson (¡escritor, a fin de cuentas!) es un personaje al que le gusta estar en contacto con la gente. Al igual que el doctor Doyle, se casa como Dios manda con una muchacha a la que conoce en uno de los casos en los que interviene. Como ya hemos apuntado, el doctor Watson debía guardar incluso un cierto parecido físico con el doctor Doyle: ambos andaban cerca de los treinta, si bien Watson era unos años mayor que él.


Muy distinto es el Conan Doyle que cede su perfil a Sherlock Holmes. Durante el tiempo que permaneció en Southsea, Doyle se refiere muchas veces en sus cartas a la vida bohemia que llevaba, forma de vida que concluyó, como es natural, al contraer matrimonio con Louise Hawkins. Doyle disponía de la parafernalia química en la que Holmes llevaba a cabo sus hediondos experimentos. Suya era también la destartalada vivienda que compartía con un compañero de trato agradable (su hermano Innes), abarrotada de recuerdos, álbumes de recortes de prensa y documentos sobre crímenes. El personaje de la señora Hudson, de Baker Street, toma como modelo en la vida real al ama de llaves escocesa (una vieja criada de la familia Doyle) que atendía a Innes y a Conan Doyle en Southsea. Antes de convertirse en rasgos distintivos de Holmes, la bata de color púrpura, la pipa cebada con picadura de tabaco y las largas horas de meditación en solitario acerca del significado de la vida también formaban parte de los hábitos de Conan Doyle.
Aunque no morfina ni cocaína, como Sherlock Holmes, Doyle también tomaba drogas, si bien de otra clase, y a modo de experimento. «He de ser precavido, porque manejo una gran cantidad de venenos», dice Holmes. Una de las primeras publicaciones de Conan Doyle fue una reseña en el British Medical Journal (20 de septiembre de 1879), «El gelseminum como veneno», en la que daba cuenta de los efectos de dicha droga en su propio organismo, sin lugar a dudas un procedimiento cuando menos arriesgado.
Como Holmes, Doyle era celoso de su vida privada, pero estaba siempre disponible para cualquier consulta. Si bien dotó a Holmes de sus habilidades como boxeador, la afición a tocar el violín debió de llegarle de otra parte al reputado detective.
Antes de que Sherlock Holmes lo hiciera, Conan Doyle ya recomendaba a sus amigos la lectura del libro de William Winwood Reade, The Martyrdom of Man [El martirio del hombre] (1872), como «uno de los mejores que se hayan escrito». «Audaces especulaciones», pensaba Watson, pero es que Holmes reconocía la lección que había aprendido a cuenta de Winwood Reade durante la persecución de los misteriosos fugitivos de El signo de los cuatro. Las propias reflexiones de Doyle sobre su alejamiento de la fe católica en su juventud, decisión en la que tuvo algo que ver la lectura de Reade, quedan reflejadas en la ficción.
A principios de la década de 1880, antes de escribir Estudio en escarlata, cuando vivía en Southsea y aún estaba soltero, Conan Doyle era un hombre de carácter indolente, inquisitivo, cerebral, complicado y, casi siempre, muy poco convencional.
Sherlock Holmes representa, en consecuencia, la faceta menos conocida del carácter de Conan Doyle, y en los relatos de Holmes escritos con premura y poco tiempo para pararse a pensar, pone de manifiesto sentimientos que se exponen de forma mucho más hermética en algunos escritos más elaborados. Samuel Rosenberg, en su entretenido análisis Naked Is the Best Disguise [El mejor disfraz es la desnudez] se adentra, desde un punto de vista eminentemente literario, en algunos de los aspectos más recónditos de estos relatos. Pero, más allá de lo literario, los personajes de Conan Doyle y Sherlock Holmes se prestan a otros muchos enfoques.
Conan Doyle, al igual que el doctor Watson, fue un personaje político, a quien se le distinguió con el título de caballero, que se presentó como candidato al Parlamento, y valedor de la política británica en Irlanda, en el conflicto con los bóeres y durante la Primera Guerra Mundial.
Como Sherlock Holmes, sin embargo, Conan Doyle era un radical encubierto que abominaba de los títulos nobiliarios, y un defensor de las víctimas de la injusticia y de la persecución por motivos políticos, tanto en su país como en el extranjero. Al mismo tiempo que, desde una perspectiva próxima a la de las esferas oficiales, escribía la historia de las contiendas del frente occidental en 1916, maniobraba entre bastidores para evitar la ejecución de sir Roger Casement y librarle de una condena a muerte por traición.
Según su biógrafo John Dickson Carr, la identificación de Conan Doyle con Holmes fue la broma que mejor supo guardar el escritor en toda su vida. Para Adrián Conan Doyle había algo más: no le cabía duda de que su padre era, en lo fundamental, «el auténtico Sherlock Holmes», y rebatió con contundencia a aquellos que opinaban que el personaje estaba inspirado en otra persona; no hay que pasar por alto la larga discusión que mantuvo con el novelista norteamericano Irving Wallace sobre el particular.

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