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Tapado con un chalón seguramente tejido por la abuelita de la señorita Smith, Doyle no podía pegar ojo. Daba vueltas una y otra vez, incómodo en el pequeño sofá que le habían asignado, hasta que fianlmente concilió el sueño.Menos de quince minutos después Sheila Smith estaba tocándole el hombro.
Se sorprendió al verla. Llevaba el pelo recién lavado y su cara lucía mucho más lozana. Los rasgos de sucara, que unas horas antes le habían parecido muy toscos, parecían ahora relucir ante la luz de la lámpara, angulosos y bien delineados, aunque no por ello armónicos en el sentido clásico. Se acababa de duchar, pues alguans gotas de agua corrían aún por su cuello, que despedía la inconfundible fragancia de mujer recién acariciada por una barra de jabón perfumado.Estaba enfundada en una bata de algodón muy ceñida que hacía resaltar un cuerpo bien formado. Sin ningún impulso en particular, no pudo evitar fijar sus ojos en el vértice que se dibujaba entre sus senos. Ella lo notó de inmediato.
—¿Qué? ¿Acaso pensaba que voy por la vida vestida como un estropajo? Soy una dama, pese a lo que pudiera pensar. En la mesa he dejado café caliente y tostadas. Henry llegará en cualquier momento y debemos estar listos. El baño está a su izquierda.
Doyle se lavó la cara varias veces antes de salir de nuevo. Para su sorpresa, la mujer ya estaba sentada y tomando desayuno, vestida a la usanza de la socialité, con un vestido oscuro ceñido en la cintura y de cuello alto, botas de cuero y un elegante tocado sobre el cabello que terminaba en un velo.
—Se ve muy bien —comentó un tanto turbado por la sorprendentemente atractiva presencia femenina.
—Gracias. Dígame dónde están sus amigos para ir a buscarlos —contestó ella con coquetería, escríbiendo el nombre «Langham» en un papel, luego que Doyle le confesara dónde se alojaban.
Terminaron de desayunar y salieron a la calle, en medio de un frío alienante. El cochero los saludó con una gran sonrisa. Ella se acercó y le mostró el papel, que luego rompió en mil pedacitos.
—¿Quiénes son sus amigos? —le preguntó la detective mientras traqueteaban rumbo al hotel.
—En realidad no son amigos cercanos. Uno de ellos es el doctor Joseph Bell, que fue…
—¡Por Dios! ¡El verdadero Sherlock Holmes!¡Esto es más emocionante de lo que jamás pensé!
—Le pido que por favor guarde la compostura —le rogó Doyle absolutamente superado por la franqueza y campechanía de la mujer.
—Es que es imposible, imagínese, una pobre chica de Cicero, sentada aquí con usted… y ahora voy a conocer al señor Bell…. ¿quién es el anciano de barba que cojeaba?
—Un francés llamado Julio Verne —contestó resignado.
—¡Verne! ¡Verne! ¡Creo que me voy a orinar! —exclamó, tapándose de inmediato la boca al darse cuenta del exabrupto que había lanzado.
Doyle la miró con severidad.
—Perdón, perdón, es que yo… ni se imagina usted todo lo que he leído. Alguna vez, soñando despierta con los libros de Verne que mi padre me compraba, pensé en ser escritora. Gracias a ellos empecé a leer compulsivamente y… bueno, la vida quiso que termira trabajando en la agencia, así es que la perspectiva de conocer al señor Verne es, es… ¡Es lo máximo!
Apenas llegaron al imponente frontis del hotel Langham, situado en la esquina de Portland y Regent’s Street, a pocas manzanas del parque del mismo nombre y a menos aún de Baker Street, Smith indicó a Doyle que se quedara sentado en el carruaje mientras ella iba a buscar a Verne y a Bell. Cuando Sheila bajaba del carruaje, un chico de unos diez años pasó voceando el Times. Ella compró uno y se lo pasó a Doyle.
—Para que se entretenga un poco.

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