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Después de salir del Tribunal Supremo, Puri le dijo a Freno de Mano que lo llevara a un cajero automático, del cual sacó un ¡fajo de billetes nuevos de cien rupias.
Hicieron la siguiente parada en la Oficina Central de Registros, donde el detective quería averiguar si se habían descu­bierto cuerpos sin identificar en Jaipur alrededor del momento de la desaparición de Mary.
El edificio tenía el sello de identidad de casi todos los edifi­cios gubernamentales indios de la era socialista de después de 1947: era un enorme y aburrido bloque de cemento de mala ca­lidad de cuyas ventanas colgaban hileras de aparatos de aire acondicionado cubiertos de excrementos de paloma. En la en­trada se levantaba un arco detector de metal que parecía un proyecto de ciencias de alumnos de instituto. Estaba hecho de aglomerado, se conectaba a una vieja batería de coche y pitaba cada diez segundos independientemente de que nadie pasara por debajo de él.


El vestíbulo que se abría detrás de él era oscuro, lucía un par de plantas medio muertas en unas macetas que había a cada lado del ascensor y del techo pendían precariamente unos cuantos paneles de falso techo. Unos entrometidos recepcionistas esperaban sentados detrás de un escritorio de madera atestado de teléfonos de dial giratorio y de los cuadernos de bitácora de los visitantes. Detrás del escritorio había un cartel que decía:

SOLAMENTE LOS SIGUIENTES VIP PODRÁN ENTRAR SIN PASAR POR SEGURIDAD:
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE LA INDIA
PRIMER MINISTRO DE LA REPÚBLICA DE LA INDIA
MINISTROS
MIEMBROS DE LOK SABHA
MIEMBROS DE RAJYA SABHA
JEFES DE GOBIERNO EXTRANJEROS
ANTERIORES JEFES DE GOBIERNO EXTRANJEROS
EMBAJADORES EXTRANJEROS (DIPLOMÁTICOS Y AYUDANTES NO EXENTOS)
DALAI LAMA (SÉQUITO NO EXENTO)
COMISARIO DE DISTRITO
ESTÁ TERMINANTEMENTE PROHIBIDO ESCUPIR

Puri no tenía cita y, puesto que no podía afirmar ser ninguno de los mencionados en el cartel, tuvo que desprenderse de unos cuantos minutos de su tiempo y de sus billetes nuevos de cien rupias.
Después, armado con su permiso de entrada adecuadamente sellado y firmado, el detective subió las escaleras (el ascensor estaba en construcción) de piredes manchadas de saliva con paan y cubos contra incendio llenos de arena, cigarrillos y colillas de bidi.
En el cuarto piso, unos hombres pequeñitos de pelo aceitado y vestidos con el uniforme semioficial típico del funcionariado indio —un traje con pantalón de poliéster gris con arrugas permanentes y zapatos negros— recorrían el pasillo de arriba abajo. Puri nunca dejaba de sentirse impresionado cada vez que se enfrentaba cara a cara con la magnitud de la burocracia india. El sistema continuaba empleando a cientos de miles de personas y, a pesar de la reciente ascensión del sector privado, continuaba siendo la carrera preferida de la mayoría de la población con estudios.
Puri dudaba de que eso pudiera cambiar a corto plazo. El amor de la India por la burocracia se podía rastrear hasta siglos atrás, antes de los ingleses. El Imperio maurya, el primer poder Centralizado en la India, que se fundó en el 2300 a. C. y que se extendió por la mayor parte del norte del subcontinente, había tenido una floreciente burocracia. Ésta había sido una fuerza de unidad que implementó el gobierno de la ley y aportó estabilidad. Pero ahora, la endémica corrupción de la Administración india estaba obstaculizando seriamente el desarrollo del país.
La sala 428 se encontraba en el extremo más alejado del pasillo. Mientras caminaba con paso decidido, Puri se sacó la falsa placa de la Policía de Delhi de la cartera y adoptó el papel del inspector general Krishan Murtri, Departamento Criminal de Delhi. Llegó al mostrador donde había que realizar todas las peticiones de registros y le dijo al oficinista que deseaba ver el archivo de cuerpos no identificados de Jaipur correspondiente al mes de agosto.
—Dése prisa —dijo.
—Señor, hay que realizar una petición. Hay que respetar el procedimiento. Dos días por lo menos —contestó el oficinista.
En ese momento sonó el teléfono de Puri. Había puesto la alarma para que sonara treinta segundos después de que entrara en la oficina. El detective fingió que mantenía una conversación.
—Murtri al teléfono —dijo, e hizo una pausa para fingir que escuchaba una voz al otro extremo de la línea. Abrió mucho los ojos—. Maldito cabrón —gritó—. ¿A qué viene ese retraso?¿Dónde están mis resultados?
El oficinista, que se encontraba tras el mostrador, lo observaba con creciente intranquilidad.
—No me salgas con esas malditas excusas, maaderchod! ¡Quiero los resultados, y los quiero para ayer!¡Máxima prioridad! Respondo directamente ante el ministro del interior en persona. ¡Ese hombre no acepta un no por respuesta, ni yo tampoco!¡Si no veo nada dentro de una hora, te mandaré a dirigir el tráfico en Patna!
Puri colgó el teléfono y murmuró:
—Maldito cabrón.
Inmediatamente se dio la vuelta hacia el oficinista.
—¿Qué me decía usted? ¿Que había que esperar dos días por lo menos, eh?
—Sí, señor —respondió el oficinista, tembloroso.
—¡Qué tontería! Póngame con el incharge. Ahora mismo. ¡Sin demora! —vociferó el detective, disfrutando enormemente. ¡Oh, cómo le gustaba ver encogerse a esos funcionarios!
Le condujeron a un cubículo compartimentado, dominio de C. P. Verma, cuyo rango superior se hacía evidente por la chaqueta y la corbata.
—Quiero el registro de cuerpos no identificados encontrados en agosto —le dijo Puri al funcionario, que acababa de ponerse en pie—. Es de importancia nacional. Máxima prioridad.
C. P. Verma, que había escuchado la conversación entre el oficinista y Puri, no había subido escalafones sin aprender cómo comportarse ante la autoridad y sin reconocer cuándo tenía que correr.
—¡Por supuesto, señor! ¡Ahora mismo, señor!
Llamó a su secretario, que inmediatamente se personó delante del escritorio de su jefe. C. P. Verma le ordenó que le trajera el archivo en un tono no menos abrupto que el de Puri.
Jaldi karo! ¡Deprisa! —añadió, para asegurarse, con el rostro contraído en una mueca de disgusto.
El secretario salió corriendo a impartir órdenes a sus subordinados. La expresión del incharge mudó en una empalagosa sonrisa.
—Señor, ¿un té?
El detective desdeñó la oferta con un gesto de la mano y se concentró en el teléfono.
—Sólo tráigame el registro —repuso con expresión contundente mientras fingía que realizaba otra llamada, esta vez a su ayudante, a quien acusó de haber desordenado un grupo de huellas digitales.
Todavía no habían pasado ni cinco minutos cuando el secretario regresó con el archivo. Puri se lo arrancó de las manos y empezó a rebuscar entre las páginas. Solamente en agosto se habían descubierto nueve cuerpos sin identificar en Jaipur. De ellos, dos eran de unos niños que habían aparecido ahogados en la cuneta; cuatro eran de víctimas de atropello abandonadas en distintas carreteras; uno correspondía a un anciano que había caído por un pozo de alcantarilla y se había ahogado (tardaron un mes en descubrirlo); otro era el de un adolescente cuyo cuerpo sin cabeza se encontró en las vías del tren.
El noveno correspondía a una mujer joven.
Habían encontrado el cuerpo, desnudo, a un lado de Ajmer Road, el 22 de agosto.
Según el informe del coronel, la mujer había sido violada y brutalmente asesinada y le habían cortado las manos.
Una fotografía desenfocada y con mucho grano mostraba las múltiples heridas en el rostro.
—¿Por qué hay sólo una fotografía? —le preguntó Puri a C. P. Verma.
—Señor, restricción de presupuesto. —Era evidente que estaba acostumbrado a repetir esa frase como un loro.
—¿Qué ha pasado con el cuerpo de esta mujer?
—Señor, lo tuvieron en el Sawai Mansingh Hospital durante las veinticuatro horas estipuladas y, puesto que no fue reclamado, se procedió a la cremación.
—Hágame una fotocopia de este informe y también de la fotografía.
—Señor, necesito una autorización —se aventuró el funcionario con una sonrisa.
—¡Aquí tiene la autorización! —gritó Puri enseñándole la placa—. ¡No obstruya a la autoridad!
En unos minutos, Puri tuvo las fotocopias en las manos.
C. P. Verma acompañó personalmente al detective hasta la puerta.
—Señor, ¿desea algo más de mí? —preguntó.
—Nada —repuso Puri, cortante, y salió.
—Gracias, señor. Bienvenido, señor —dijo C. P. Verma sin querer y cuando el detective ya le había dado la espalda.
El incharge volvió a su cubículo, contento consigo mismo por haber ayudado a un detective de tan alto rango. Era de rango superior, incluso, al del otro investigador, Rajendra Singh Shekhawat, aquel que había pedido el mismo registro el día anterior.

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