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Llevaba tres días enfrascado en la tarea de rastrear a Ángela, de apostarse como un primilla en su descubridero a la espera de la presa, sentado junto a la vidriera de la hamburguesería para controlar la boca del metro. Joaquín no podía dedicarle más tiempo. Había agotado el plazo. Tres días en dique seco pesaban en su ánimo y tenía un deber que cumplir. Quizá ella había decidido moverse por otro barrio, o no precisaba recorrer la calle Montera en busca de clientes. Miró la insignia prendida del ojal de su barragán. Debía ocuparse del relicario. No podía esperar más. Gastaba el dinero del consistorio, aunque parte de los dispendios los abonaba de su bolsillo para aliviar el peso de la conciencia.
Quería encontrarla, pararse frente a ella y gritarle que la amaba, pero la responsabilidad le ataba al deber contraído. Siempre el deber en su vida. De niño con la escuela, luego el servicio militar, más tarde sus padres y el ganado, y ahora su pueblo, al que amaba y respetaba sin compartir su devoción por el Santo Prepucio. Al caer la noche suspendería la búsqueda de Ángela. La olvidaría. Nunca debió dedicar tiempo a un fantasma.


La meteorología empeoró y la llovizna de agua nieve se convirtió en un aguacero torrencial. La gente corrió a refugiarse bajo las marquesinas de las tiendas, en los vestíbulos de los cines y en los bares y cafeterías a la espera de que el temporal remitiera. De la boca del metro sólo emergían siluetas con chubasqueros y paraguas que las ráfagas de viento hacían inútiles. Hombres y mujeres, de andar apresurado, cruzaban la Gran Vía sin respetar las luces de los semáforos y arrancaban las protestas de los conductores, que hacían sonar sin descanso los cláxones de sus vehículos. La muchedumbre huía a la desbandada como un ejército en retirada.
La lluvia arreció mezclada con algunos cops de nieve. Una mujer con abrigo de londrina salió de la boca del metro, se paró en el último peldaño de la escalera, contempló sus botas de piel, lamentando haberlas embetunado antes de salir de casa, y abrió un elegante paraguas de seda para protegerse del agua. Un paraguas grande y de varillas recias que soportaba las ráfagas con entereza. La mujer escondía sus ojos tras unas gafas de sol, pese al día gris y lluvioso, y caminaba altiva, sin prisa, con su melena de color caoba alborotada por el viento. Joaquín la observó al pasar junto a la vidriera de la hamburguesería camino de la calle Montera. El corazón le dio un vuelco. «Ángela…, Ángela…», repitió con la incertidumbre de su imagen distorsionada por los hiletes de agua que empañaban los cristales. Reaccionó y salió del local.
La siguió a una distancia prudente para no levantar sospechas. Apenas anduvo unos metros y el agua le caló los cabellos, el cuello de la camisa y del barragán, y sintió cómo el frío y la humedad se le clavaban en los huesos de la nuca. La mujer se detuvo frente a un escaparate solitario y le observó en la distancia por el rabillo del ojo. Permaneció quieta, invitándole a que se acercara. La táctica que utilizaba para captar clientes sin rebajarse a montar guardia en una esquina. A Joaquín el corazón le latía desbocado, excitado por el nerviosismo de la duda. Se detuvo. Le faltaba coraje para plantarse a su lado.
La mujer se quitó las gafas y las guardó en un estuche de metal que introdujo en un elegante bolso de tela. Se giró para mirarle con descaro, al suponer que la timidez le impedía avanzar, y le sonrió con delicadeza para romper el hielo del encuentro. Joaquín no podía creerlo. Por primera vez después de casi cuarenta años estaban frente a frente. Sus dudas se esfumaron. Ángela le vio soportar el agua helada como la estatua de un parque. Le cucó el ojo y le sonrió de nuevo. Su cara le resultaba familiar. Quizá fuese un cliente de otro lugar y otra época. Un tímido por naturaleza que necesitaba un empujoncito. Le reclamó con un leve movimiento de cabeza, y a Joaquín le infundió el valor necesario para andar a su encuentro. Despacio, muy despacio, con el agua chorreando de su barbilla, se plantó a escasos metros. Ángela frunció el ceño. Sus ojos la traicionaban. La imagen de sus pesadillas tomaba forma corpórea. Cerró el paraguas para verle mejor y la lluvia mojó su melena caoba. Sus ojos verdes brillaron con dos lágrimas. «Joaquín», murmuró sin que él pudiera oírla. Avanzaron despacio uno en busca del otro, temiendo despertar del sueño más placentero de sus vidas, y se abrazaron en silencio, como si un ángel hubiese sellado sus labios y el tiempo retrocediese a sus años de juventud.

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