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—Sin embargo, eso no son más que los miedos conscientes, los miedos evidentes ceñidos a la realidad que conocemos. Unos temores que mantenemos a raya porque sabemos cómo combatirlos. Sabemos que existen los antibióticos para luchar contra las bacterias, y ayudas del Estado para casos extremos de necesidad; sabemos que existe la policía para protegernos del malhechor, y un paraíso idílico en el que nos encontraremos con Dios y todos nuestros seres queridos si un día fallecemos. ¡Diablos!, desde Nüremberg sabemos incluso que existe una justicia internacional para perseguir a los criminales de guerra —escogió uno de los libros, se volvió y lo esgrimió hacia Peter—. Pero, ¿qué ocurre cuando todo eso se desmorona? ¿Qué ocurre cuando esa realidad que tiene respuesta para cada temor pone en evidencia peligrosos resquicios, por los que afloran amenazas para las que no tenemos respuesta?



Volvió a sentarse y hojeó el libro, de cubiertas rojas de piel. Encontró lo que buscaba y dio un toque con el dedo corazón sobre la página.
—¿Ha leído alguna vez a H. P. Lovecraft?
—¿Un filósofo?
—No exactamente. Es un escritor estadounidense. Creó todo un mundo en torno a unos seres terribles que, decía, poblaron la Tierra millones de años atrás, y en un futuro no muy lejano podrían intentar regresar. Toda la obra de Lovecraft es un genial y terrorífico disparate. Nadie en su sano juicio creería nada de lo que ahí se cuenta, y sin embargo, cuando uno lo piensa detenidamente, provoca cierta inquietud.
—¿Lo dice en serio, profesor? —dijo Marianne Pearson con incredulidad—. Nunca hubiera dicho que Lovecraft fuera lectura de su agrado.
—Y no lo es doctora, se lo aseguro, pero eso no significa que no conozca su obra.
—Sí, es cierto —dijo Cushing—. Hay que conocer al enemigo mejor que a ningún otro.
—En este caso no sé si definiría a Lovecraft como «el enemigo», pero desde luego no supone en absoluto una ayuda para mis trabajos, orientados precisamente a desterrar de la creencia popular historias y mitos que constituyen serios lastres para el progreso de la mente y la sociedad.
—¿Se refiere con eso, profesor, a las historias de terror? ¿Las películas, las novelas…?
—Ésas no son más que sus expresiones más evidentes, ¿Cuántos mitos nos arrastran desde siglos atrás? Y no me refiero ya a casos como la propia Iglesia católica y sus matanzas, organizaciones de ésta como la temible Santa Inquisición, retrocedamos más, al comienzo de los tiempos. ¿De dónde cree que procede el temor a la oscuridad? —Aberline sacó del bolsillo de su chaleco una pequeña navaja retráctil, de cachas rojas y cuchilla dentada por el uso para afilar lápices. La abrió y la empleó como atacador para remover la ceniza en la pipa—. Imagine un niño asustado en la cama, envuelto entre las tinieblas de la noche. Cada rincón del dormitorio, cada silueta, cada sombra, parece esconder una amenaza. Cuando la madre llega y enciende una luz, por tenue que ésta sea, el miedo se desvanece. Bien, señor Cushing. Si cambia el escenario por una cueva de hace miles de años, y a ese niño por uno de nuestros antepasados, la situación será bien pareja.
Cushing se puso en pie y frotó sus manos con cierta ansiedad. Volvió a estudiar aquel despacho, bañado con la luz suave que filtraban los visillos beige del ventanal. Trató de leer con disimulo el título de algunos de los libros que llenaban las estanterías. La mayoría de ellos estaban en inglés, pero también alcanzó a ver unos pocos en francés, español, alemán, varios en latín y también en otras lenguas que no llegaba a identificar. Se preguntó si el profesor Aberline dominaba todos aquellos idiomas. Al final de uno de los anaqueles, un pequeño busto de Sigmund Freud, a modo de sujetalibros, le desafió con su mirada gélida.
—Profesor, espero que disculpe que le haga perder el tiempo de esta manera. Estoy algo desconcertado. No sé muy bien qué espero de este encuentro. Concretando un poco, tenemos corno base una producción de terror. Intentemos sacar algo de eso. ¿Cuál diría que es el mayor terror del ser humano, su mayor fuente de temores? ¿La oscuridad, tal vez? Eso es algo demasiado difuso, ¿no le parece?
El profesor Aberline se recostó en su sillón y volvió a llevarse la pipa a los labios. Su expresión seguía imprimiendo una gran relajación, aunque no tanta como lograba su voz profunda y cadenciosa. Peter llegó a pensar que hubiese sido una gran baza si hubiese apostado por la interpretación en lugar de la ciencia.
Arthur Aberline se acarició la barba mientras meditaba la mejor respuesta.
—Señor Cushing, ¿qué tal si lo planteamos al revés?
—¿A qué se refiere?
—¿Qué es lo que le hace sentirse más seguro? ¿Cuál cree que es el refugio del hombre cuando se encuentra ante algo que le angustia, que le preocupa, que le aterra? ¿A qué o a quién acude en busca de ayuda?
El actor miró a la doctora Pearson y ésta se encogió de hombros.
Su primera intención fue responder el nombre de su esposa, Helen, pero cuando el profesor generalizó la cuestión a todos los hombres, ésta quedaba descartada. Entonces respiró profundamente y volvió la mirada hacia su alma.
—Dios, supongo. Al menos así es en mi caso.
—Y en el del noventa y ocho por ciento de los habitantes del planeta, créame. Ya sabe aquello de que hasta los ateos se dirigen alguna vez a Dios, aunque sólo sea para agradecerle el ser ateos. ¿En ese caso?
—¿En ese caso? —el profesor quería obligarle a pensar.
—Claro, ya entiendo —dijo la doctora Pearson—. Si Dios es la fuente máxima de paz y seguridad para el hombre, lo que hemos de plantearnos es su polo opuesto.
Peter escuchó a la joven con tanta atención como la que prestaba al profesor, hacia quién se volvió a la espera de un comentario ante aquel planteamiento. Aquella conversación se movía en unos parámetros que, absurdos o demasiados elevados, escapaban de sus temas habituales de debate.
—Muy bien, doctora, así es. Vamos, señor Cushing, esfuércese.
El tono con el que lanzó la frase pudo sonar ofensivo, aunque Peter lo tomó más bien como un desafío para obligarle a tomar parte activa en la cuestión. ¿Acababa de convertirse en el nuevo pupilo del profesor Aberline?
—Nunca se me han dado bien los asuntos místicos, profesor…
—Dios ha dejado de ser un asunto místico, señor Cushing, y creo que esa tendencia no hará sino imponerse cada vez más con el paso de los años. Profesar una religión no es ya para muchos más que un acto social más, una costumbre adquirida. Nunca se le han dado bien los asuntos místicos, dice, pero, ¿a que sí ha recurrido a Dios cuando lo ha necesitado? Plantéese ahora cuál sería el caso extremo, el terror absoluto ante el que rogaría su protección. Si recurrimos a un medicamento para luchar contra la enfermedad, al igual que buscamos agua para hacer frente al fuego, en ese caso…
—Convocaríamos a Dios para que nos protegiese de su gran enemigo, el Diablo.
—Muy bien, señor Cushing. Así es —el profesor golpeó la pipa contra el lateral de la mesa y el actor vio cómo la ceniza y las fibras de tabaco quemado caían sobre la papelera. Aberline se puso en pie para ir de nuevo hacia una estantería, esta vez en el lado opuesto del despacho—. Si Dios es el bien, la dicha, el Diablo representa todo lo contrario. Si Jesucristo es el príncipe de la luz, Satanás lo es de las tinieblas, el ángel castigado por Jehová por su rebeldía como ejemplo para todos los hombres. Ahí tiene su respuesta. Si se indaga en todos y cada uno de los males de este universo, acabará llegando siempre al mismo germen: el Maligno. Piense en todos esos mitos de la ficción: Drácula, el hombre lobo, la momia… todos tienen su origen en una rebelión contra Dios o en un pacto con algún ser diabólico. ¿Conoce muchas obras de ficción que aborden el tema del satanismo? Seguro que muy pocas. Una cosa es asustar y otra jugar con fuego. El mayor horror de cualquier ser humano, no me cabe duda, es encontrarse cara a cara con Lucifer.

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