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Y mientras tanto, el anciano duerme bajo la ciudad.
Parte de su consciencia quizá esté enterada de que, arriba, las cosas están cambiando, de que los sucesos avanzan inexorablemente hacia la inevitable crisis. Quizá sabe que pronto tendrá que despertar de su sueño y enfrentarse al mundo de los despiertos. Pero, por ahora, permanece atrapado en sus sueños.
Primero, es joven de nuevo, está en compañía de amigos, antes de que las realidades de la vida tocaran a ninguno de ellos. Southey está con él, su querido Southey, antes de su traición y las disputas que les enfrentaron. Hablan animadamente, quizá con excesiva solemnidad, pero así es como eran entonces.
El anciano suspira y se mueve incómodo en su sueño, mientras recuerda tiempos más felices.
Los jóvenes hablan de sus esperanzas y ambiciones, del gran experimento. Southey habla elogiosamente de una hermandad, de sus planes para escapar y ser mejores.
El soñador se ve a sí mismo hablando fervorosamente, con llamas en sus ojos, de poesía, de metafísica y de la necesidad de un mundo mejor.
Susquehanna. La palabra surge sin avisar. Para él no significa nada, pero le gusta cómo suena, le agrada su musicalidad. La repite para sí mismo. Susquehanna.
Entonces Edith aparece junto a Southey, les interrumpe trayendo pastel y vino, y el anciano comprende que el cisma entre ellos está empezando a manifestarse. Sara choca con él y se distrae. El sueño cambia, de nuevo.
Ahora es mayor, y sus amistades se han marchitado como el fruto de un viñedo podrido, y la visión diáfana de su juventud se ha oscurecido y emborronado con los compromisos de la edad. Es un hombre distinto, atrapado por penurias y afligido por un perverso anhelo. Desnudo de cintura para abajo, con los calzones por debajo de las rodillas, se sienta trabajosamente en una letrina, gruñendo y con los puños apretados, y le enferma saber que él mismo se ha administrado ese veneno que le retuerce las entrañas, que solo él es culpable del estado en que se encuentra.
«Mi cuerpo está trastornado», escribe. Su locura es producto de su afición por la medicina, una insensatez, una amante traicionera que le ha tenido esclavizado durante demasiado tiempo. Murmura algo para sí y, humillado, se sienta, convulso, y lucha.
Por fin, regresa a la buhardilla de Highgate, a Gillman y al chico. Ned está allí, ya no es tan joven. Extiende su mano. Moribundo y febril, el anciano la toma. Le dice a Gillman que les deje, y el doctor obedece, respetando los caprichos de su paciente.
Ned parece no temerle, ahora que la muerte le contempla desde los ojos del anciano. Quiere decirle al chico lo que significa para él, cómo le ha traído de vuelta a la vida y ha reavivado sus sueños. Sorprendentemente para alguien tan voluble en la vida, no encuentra palabras. Tartamudea durante unos instantes y parece contentarse con sostener la mano que se le ofrece, pero está seguro de que el chico, este muchacho especial, elegido, lo sabe. Le ha entregado un legado. Ned será su sucesor, su campeón. Aprieta su mano, parpadea y evita que caigan un par de lágrimas finales.
El soñador jadea en su sueño y se agita nerviosamente en su catre de hierro. Sabe que el final se acerca.
Quizá, si fuera consciente del paso del tiempo, de la cronología exacta de su encarcelación, podría averiguar cuánto tiempo le queda antes de despertar.

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