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En el invierno de 1994 los Locano fueron de nuevo a esquiar, esta vez a Beaver Creek o algo parecido, en Colorado, y me invitaron a ir con ellos. Dije que no, y en cambio hice un viaje a Polonia. Pero juro por Dios que no fui a matar a Wladislaw Budek, el hombre que traicionó a mis abuelos y los mandó a Auschwitz.
Sino por algo mucho peor. Fui porque creía que existía un ente llamado «Destino», y que si no hacía muchos planes, esa entidad podría o bien ponerme a Budek en el punto de mira, o bien apartarlo de mi camino, mostrándome así si debía convertirme en un sicario extraoficial de David Locano. Alguien que él pudiera utilizar indistintamente contra italianos y rusos, y servir al mismo tiempo comoo una especie de guardaespaldas para Skinflick. Entrentanto, aprovecharía las rechazadas vacaciones de esquí para demostrarme a mí mismo que no estaba tan apegado a los Locano como antes a mis abuelos.
Hablando desde el punto de vista médico, lo curioso de dejar que una entidad ficticia y sobrenatural decidiera el rumbo de mi vida —como si el universo dispusiera de una especie de conciencia, o agente— es que por tal decisión no se me podía considerar loco. El Manual de Diagnóstico y Estadística, que trata de clasificar los caprichos de las disfunciones psiquiátricas hasta el punto de poder facturarlas, es muy claro a este respecto. Afirma que para que una creencia tenga carácter delirante debe ser «una convicción falsa basada en una inferencia incorrecta sobre una realidad externa que sigue manteniéndose a pesar de lo que cree la mayoría de la gente y de la prueba o testimonio incontrovertible de lo contrario». Y teniendo en cuenta la cantidad de gente que compra billetes de lotería, toca madera para evitar la mala suerte, o considera que todo ocurre por alguna razón, es difícil etiquetar cualquier creencia mística como patológica.
Por supuesto, el Manual ni siquiera intenta definir la «estupidez». Mi impresión personal es que existen unas once clases distintas de inteligencia, y cuarenta tipos diferentes de estupidez.
La mayoría de las cuales he experimentado directamente.

Conocí a Magdalena la noche en que se casó Denise, el 13 de agosto de 1999. Tocaba la viola en el sexteto de cuerda. Normalmente actuaba con un cuarteto, pero la agencia artística trabajaba con dos cuartetos distintos, de modo que cuando pedían un sexteto, normalmente alguna boda, la agente montaba uno. En la ceremonia de Denise tocó un sexteto y, después del banquete, un pinchadiscos.
Fue una boda a lo grande. Se festejó en un club de campo de Long Island al que pertenecía la familia del novio, porque Denise había decidido celebrarla en el Este, donde vivía la mayor parte de su clan familiar. Skinrlick y yo nos sentamos a un kilómetro de ella.
En cierto modo todo el mundo pensaba que mi misión consistía en hacer de niñera de Skinflick, y que debía mantenerlo o bien completamente sobrio o borracho perdido para evitar que hiciera algo realmente lamentable. Era una tarea bastante vergonzosa, y pronto me desentendí de ella. Yo estaba tan resacóse como él, y me tenía harto con sus gimoteos. A ratos pensaba que si iba en serio, debía hacer una escena y secuestrar a Denise. No hacer caso de las imposiciones de la tradición y la familia y ser fiel por una vez a su parida de La rama dorada.
Pero los rituales nos vuelven idiotas a todos. Como esos pájaros que duermen con la cabeza del revés porque sus ancestros la metían bajo el ala. Plutarco dice que el coger en brazos a la recién desposada para cruzar el umbral es una estupidez, porque no recordamos que ese acto se remonta al rapto de la Sabinas; y hablo del puñetero Plutarco, de hace dos mil años. Seguimos caracterizando a la Parca con una guadaña. Deberíamos representarla conduciendo un John Deere para la Archer Daniels Midland.
De manera que se comprende que Skinflick se sintiera incapaz de interrumpir la marcha de una procesión que se remontaba a milenios atrás. Pero no por eso dejaba de revolverme las tripas, y el calor húmedo no mejoraba las cosas. En un momento dado me alejé del bar todo lo que pude para estar un rato sin su compañía.
Entonces fue cuando vi a Magdalena.

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