Skip navigation

Después del desayuno, Emily Brent invitó a Vera a subir a lo alto de la isla para vigilar la llegada de la embarcación. Vera aceptó.
El viento era más fresco. Crestas de espuma aparecían en el mar. No se veía ninguna barca de pesca… y ni la menor señal de la motora.
No se divisaba el pueblo de Sticklehaven, solamente la montaña que se levantaba por encima de él, una masa rocosa sojiza que ocultaba la pequeña bahía.
—Me pareció que le hombre que nos trajo ayer era bastante formal —manifestó miss Brent—. Es muy raro que se retrase tanto esta mañana.
Vera no respondió; trataba de reprimir el pánico. Se dijo a sí misma furiosa: «Debes conservar la sangre fría. Esto no es propio de ti. Siempre has tenido unos nervios excelentes».
Al cabo de un instante, dijo en voz alta:
—Me gustaría que viniera ya. Quiero marcharme de aquí.
—Todos lo deseamos —exclamó miss Brent secamente.
—¡Todo esto es tan extraordinario! No parece tener ningún sentido.
—Estoy enojada conmigo misma por haberme dejado engañar tan fácilmente —dijo miss Brent—. Esta carta era absurda, si una la examina detenidamente. Pero cuando la recibí no tuve la menor sospecha.
—Supongo que no —murmuró Vera, distraída.
—Una da por sentadas demasiadas cosas —dijo Emily Brent.
—¿Piensa usted de veras lo que dijo durante el desayuno? —preguntó Vera después de un largo suspiro.
—Sea un poco más precisa, querida. ¿A qué se refiere?
—¿Cree usted verdaderamente que Rogers y su mujer mataron a su señora? —preguntó Vera en voz baja.
Miss Brent miró largamente al mar.
—Personalmente estoy convencida. ¿Qué opina usted?
—No sé qué pensar.
—Todo parece confirmar la idea. La forma en que se desvaneció la mujer en el momento en que su marido dejaba caer la bandeja con el servicio del café. Recuérdelo. Después, las explicaciones de Rogers; no sonaban a ciertas. ¡Oh, sí, me temo que lo hicieron!
—La pobre mujer parecía tener miedo de su sombra —declaró Vera—. Jamás he visto una mujer tan aterrorizada. Debía de estar atormentada por…
—Recuerdo un texto que había en un marco colgado en mi cuarto cuando era niña —murmuró miss Brent—: «Ten por seguro que tus pecados te alcanzarán». Es la mayor verdad. Ten por seguro que tus pecados te alcanzarán.
Vera, que estaba sentada en una roca, se puso precipitadamente en pie.
—Pero miss Brent…, miss Brent…, en este caso…
—¿Qué, querida?
—De los otros… ¿qué me dice usted?
—No la comprendo.
—Todas las demás acusaciones eran falsas. Pero si la voz decía la verdad referente a Rogers…
Se interrumpió, incapaz de poner en orden el caos de sus pensamientos.
La frente arrugada de miss Brent se serenó.
—¡Ah! Ya veo dónde quiere usted ir a parar. Tomemos, por ejemplo, la acusación contra Lombard. Admitió que había abandonado a la muerte a veinte hombres.
—No eran más que indígenas… —comentó Vera.
—Blancos o negros, son nuestros hermanos —dijo indignada miss Brent.
«Nuestros hermanos, nuestros hermanos negros —pensó Vera—. Me dan ganas de reír. Estoy histérica. No soy yo».
—Naturalmente —prosiguió miss Brent—, las otras acu-aciones eran exageradas y hasta ridiculas. Contra el juez Wargrave, que no hacía más que cumplir con su deber, igual que el caso del ex detective de Scotland Yard… y también mi propio caso.
Después de una breve pausa continuó:
—En vista de las circunstancias, preferí no contar nada anoche. Me dolía tener que hacerlo delante de esos señores.
—¿De veras?
Vera escuchaba atentamente y miss Brent le contó la historia.
—Beatriz Taylor era mi criada. No era una buena chica, pero lo descubrí demasiado tarde; me desilusionó mucho. Tenía buenos modales, y era voluntariosa y servicial. Estaba muy contenta con ella. ¡Claro que todo era hipocresía! Era una chica fácil, sin sentido moral. Una criatura espantosa. Pasaron algunos meses antes de que descubriese que, como lo llaman ahora, estaba «en un apuro». —Se calló unos momentos y arrugó la nariz en una mueca de disgusto—. Fue una gran sorpresa para mí. Sus padres eran personas decentes que la habían educado muy estrictamente. Me alegra decir que no le perdonaron su conducta.
Vera miraba fijamente a miss Brent.
—¿Qué paso?
—Pues que no la tuve ni una hora más bajo mi techo. Nadie podrá reprocharme que haya disculpado la inmoralidad.
Bajando la voz, Vera insistió:
—Pero ¿qué le pasó?
—Esa inmunda criatura, no sastifecha de tener sobre su conciencia un pecado, cometió otro más grande: se suicidó.
—¡Se mató! —exclamó Vera horrorizada.
—Sí, se arrojó al río.
Temblorosa, Vera estudió el delicado perfil de miss Brent.
—¿Qué sintió al saber que había hecho eso? —le preguntó—. ¿No lo lamentó? ¿No se reprochó usted su conducta?
—¿Yo? No tenía nada que reprocharme.
—Su severidad la empujó a ello.
—Fue víctima de su propio pecado —replicó miss Brent con terquedad—. Si se hubiese conducido como una joven honesta, nada de eso habría ocurrido.
Volvió la cabeza hacia Vera. En los ojos de miss Brent no había arrepentimiento, ninguna inquietud. Sólo se reflejaba en ellos la imagen de una conciencia pía e implacable. Emily Brent estaba sentada en la cima de la isla del Negro, en su propia armadura de virtudes.
Aquella vieja solterona dejó de parecer ridícula a los ojos de Vera.
De repente… le pareció horrible.

Anuncios

One Comment

  1. esto es una mierda :S:S


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: