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Bunny no se despertó del todo. Un sonido (no distinguió qué era) quebró la superficie de su sueño y se hundió como una piedra. El sueño se esfumó, dejándole despierto, varado, sobre su cama. Desvalido, cambió de postura, mirando al techo, donde el invierno anterior el reventón de una cañería había dibujado el contorno de un lago amarillo. Ante sus ojos, el lago se convirtió en un pájaro con un penacho en la cabeza y una cola de plumas deslavazadas. Pero como aquello no cambiaba más, Bunny paseó los ojos por el papel azul y blanco de la pared, en dirección a la otra cama, donde dormía Robert. Su mirada permaneció durante unos instantes sobre los labios abiertos de Robert, sobre su rostro pálido y vaciado por el sueño.
Estaba lloviendo.
Afuera, las ramas del tilo subían y bajaban con el viento, subían y bajaban, y las hojas de noviembre caían. Bunny se volvió, apoyándose sobre el pequeño y rígido cuerpo de Araminta Culpepper. Como tenía ocho años y ya era algo mayor para jugar con muñecas, de día dejaba a Araminta —una papoose, una niña india de rostro inquebrantable— colgada del cabecero de la cama. Pero de noche, ella compartía la cama con él. Mientras dormía, la abrazaba amorosamente hasta una docena de veces; y si se despertaba demasiado pronto y aún era de noche, ella estaba a su lado; podía alargar el brazo y tocarla.


Ante sí —ante Peter Morison a quien llamaban Bunny— estaba por estrenar el segundo domingo de noviembre de 1918. Se apartó un poco para que Araminta Culpepper pudiera apoyar la cabeza sobre la almohada. Si hubiera hecho bueno, si el cielo estuviera de un radiante color azul, tendría que ir a la escuela dominical y cantar himnos y quizá escuchar la historia de siempre sobre Daniel, al que echaron al foso de los leones, o sobre Elíseo, o sobre Elias, que subió al cielo en un carro de fuego. Pero ¿en qué acabaría la mañana de hoy? En cuanto llegara a casa y desplegara en el suelo la hoja de historietas del periódico para poder mirarla cómodamente, seguro que aparecía alguien y exclamaba desde lo alto: «Por el amor de Dios, hace demasiado bueno para estar metido en casa. ¿Por qué no sales y así haces un poco de ejercicio?» Y si fingía obedecer, pero no hacía caso, quien fuera volvía al poco rato. Acabaría teniendo que ponerse la gorra y el abrigo de lana y las manoplas, quisiera o no, le obligarían a salir de casa y a revolcarse tristemente sobre un montón de hojas secas, o a pasear por un jardín donde no crecía nada; donde sólo había palos, hierba seca y los tallos de las flores silvestres del pasado verano. Pero ahora no, se dijo Bunny para sus adentros mientras escuchaba el agua hacer plip, plop, goteando del tejado. Esta mañana no. Y en algún lugar de la parte delantera de la casa se abrió una puerta y la voz de su madre ascendió por las escaleras. Bunny se sentó y apartó las sábanas, dejándolas al pie de la cama. Cuando estuvo lavado y vestido, bajó las escaleras. Su madre se había sentado ante la mesa del desayuno, que estaba puesta junto al fuego, en la biblioteca.
— ¿Cómo estás? —dijo, abrazándola y dándole un despreocupado beso en la boca—. ¿Cómo estás y cómo estás otra vez?
—Estoy muy bien, gracias.
Ella le apartó un poco para ver si se había lavado bien y Bunny vio con alivio que en el sitio de su padre había migas y una servilleta mal doblada.
— ¿Has dormido bien? ¿Se ha levantado Robert?
Bunny dijo que no con la cabeza.
— ¿Se movía en la cama?
— No.
— Me lo imaginaba.
Mientras Bunny se sentaba a la mesa, ella le untó mantequilla en una rebanada de pan tostado. Al terminar, tomó del fuego una fuente de beicon.
— Robert se quedó despierto hasta las diez, intentando terminar de leer Los Niños Aliados en Bulgaria. Ya le dije que no iban a matar a nadie sin él, pero se empeñó en terminarlo, a pesar de todo —dijo ella, poniéndose otra taza de café — . Ya sabes cómo es.
Robert tenía trece años y era muy difícil de llevar. Más difícil, en opinión de Bunny, que el resto de las personas. No quería irse a dormir, ni quería levantarse. Odiaba bañarse, dejarse besar y hacer los deberes de música. Se dejaba la luz del sótano encendida. Se negaba a comer ostras y calabazas. No estaba dispuesto a levantarse a cerrar la ventana cuando hacía frío por la mañana. Desparramaba sus soldados por la alfombra del salón y cuando llegaba el momento de recogerlos, nunca estaba; se había ido a ayudar a no sé quién a cavar una cueva; y lo más probable era que llegara tarde a cenar, con la ropa cubierta de barro, los nudillos despellejados, el pelo lleno de hojas y ramas, y un agujero en el jersey nuevo.
No había habido ninguna época de su vida (o, al menos, que Bunny recordara) en que Robert no le hubiera hecho llorar al menos una vez entre la mañana y la noche: le escondía los sellos de la guerra y la pelota de papel de plomo; o bailaba por toda la casa llevando a Araminta Culpepper cogida de las trenzas; o le agarraba el brazo a Bunny y se lo retorcía, o le enseñaba un maravilloso truco nuevo que consistía en acabar con los pulgares doblados y deformes; o se dedicaba a sentarse en la otra punta de la habitación diciendo: «Miedo-miedo-miedo…», señalando a Bunny con el dedo y dibujando en el aire círculos cada vez más pequeños hasta que resultaba imposible contener las lágrimas.
Antes de que acabara el día de hoy, también lo estropearía, como siempre. Pero mientras Robert siguiera arriba, metido en la cama, Bunny no tenía de qué preocuparse; no había absolutamente ninguna razón por la que no pudiera disfrutar de su desayuno.
— Está lloviendo —dijo, y se puso beicon en el plato.
— Ya lo veo.
Su madre le quitó la fuente de beicon y la volvió a poner junto al fuego, para que Robert lo encontrara caliente.
-Lleva lloviendo desde las cinco -dijo ella.
Ilusionado, Bunny miró por la ventana.
— ¿Mucho?
A veces, cuando llevaba mucho tiempo lloviendo, se libraba de salir fuera, incluso aunque después mejorase el día. El suelo estaba demasiado húmedo, decían. Podía cogerse una gripe tremenda.
— ¿Mucho, madre?
— Igual que ahora.
Bunny intentó convencerse a sí mismo de que llovía a cántaros, pero había demasiado viento y no suficiente agua. Los remolinos y las ráfagas de viento, el repiqueteo contra la ventana y los riachuelos de agua que se deslizaban por el cristal, eran en realidad muy poca cosa. De repente el viento empezó a soplar con más fuerza, llevando la lluvia de aquí para allá. Dentro de casa, la habitación quedó sumida en un profundo silencio. No se escuchaba sonido alguno, salvo los troncos chisporroteando y cantando en la chimenea. Y como estaban encendidas las luces, pese a ser de día, las paredes parecían más sólidas, como les pasaba de noche, cuando las cortinas cubrían las ventanas y el cuarto parecía replegarse sobre sí mismo.
— ¿Crees que…?
Bunny dudó, temiendo que en el último momento se le iban a notar las intenciones.
— Lluvia antes de las siete… —dijo su madre.
Y se levantó de la mesa, demostrando que le había leído el pensamiento, respondiéndole con severidad.

Lluvia antes de las siete,
a las once solete.

Las palabras que ella no había llegado a pronunciar permanecieron cruelmente ante los ojos de Bunny, incluso cuando bajó la mirada hacia su plato. Con una gran concentración, empezó a comerse los cereales. En ese momento, habría bastado apenas un detalle minúsculo para hacerle derramar su tristeza. De haberse parado el reloj para recuperar el ritmo, de haber caído un tronco enviando una repentina lluvia de chispas chimenea arriba, se habría echado a llorar.
Su madre se sentó en el banco que había bajo la ventana y rebuscó en su costurero con impaciencia. A Bunny casi le pareció oírla decirse a sí misma que él ya era un chico mayor, o estaba cerca de serlo. Había cumplido ocho años el agosto pasado, pero aún parecía incapaz de valerse por sí mismo y volvía a ella una y otra vez, para que le tranquilizara.
En otra ocasión, le prometió Bunny en silencio, intentaría no dejarse llevar por su debilidad. Se conformaba con que ella no fuera severa con él ahora. No podría soportar esa actitud, esta mañana no… Compadeciéndose enormemente a sí mismo, empezó a imaginarse cómo sería su vida sin ella; cómo sería si su madre no estuviera siempre para protegerle de todo lo desagradable, como el clima y Robert y su padre. ¿Qué haría? ¿Qué sería de él en un mundo donde no hubiera calor, ni cariño, ni amor?
La lluvia bañaba la ventana.
Cuando su madre encontró la aguja que había estado buscando, la enhebró. Entonces, cogió un cuadrado de tela blanca. Su mano revoloteaba de acá para allá, sobre su costura. De repente, le habló: — Bunny, ven aquí.
Él se bajó de su silla al instante. Pero mientras esperaba de pie ante ella, que le miraba con sus ojos castaños teñidos de perplejidad, notó más el peso de su angustia. El peso aumentó y le pareció como una piedra. Una piedra que tenía que levantar cada vez que hablaba.
— ¿De quién es este pequeño ángel?
Gracias a esas palabras y al beso totalmente inesperado que las acompañó, Bunny recuperó su cordura y su fuerza, y pudo mirar a su madre a los ojos sin temor. Con un batir de alas sobre su cabeza y un clamor masculino de trompetas y tambores, Bunny siguió desayunando.

One Comment

  1. Qué buen post. Nos gustaría contar con tu opinión en nuestro debate sobre Vinieron como golondrinas, de William Maxwell, y que nos recomendases un libro para una próxima lectura.


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