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Julio Alsina pidió permiso a su patrona para entrar en su cuarto y echarse un vistazo en el inmenso espejo del armario de contrachapado de la dueña de la pensión. Se vio bien, la verdad. Quizá era porque llevaba ya más de una semana sin beber, pero le dio la impresión de que sus ojos mostraban una especie de brillo que denotaba determnación, terquedad, quizá incluso algo de ilusión. Parecía estar vivo. No pensaba en el Lolo en aquel momento. El traje le quedaba como un guante, de solapas estrechas, negro y con el pantalón de pitillo; de noser porque llevaba una corbata azul turquesa, hubiera podido pasar por un joven moderno de los arrabales de Liverpool.
Con unos años más, claro.
Unos cuantos ya, pensó esbozando una sonrisa melancólica a a la vez que meditaba en cómo se pasaba la vida. Desechó cualquier atisbo de nostalgia al instante, se embutió en su abrigo y salió a la calle. El paseo hacia el casino le sirvió para despejarse. Ivonne y Veronique habían ido a una fiesta en una zona rural, a una finca, quizá a amenizar una fiesta de cazadores. No conocía aquel paraje, Gea y Truyols, también conocido como La Tercia, así que debería echar un vistazo preliminar, pasarse por el pueblo y comenzar a hacer preguntas procurando no llamar demasiado la atención. Pensó que en aquel caso actuaba como un autómata, sin poder dirigir ni controlar su propio cuerpo o incluso su mente, que escapaban claramente a su control. Comenzaba a verlo todo desde fuera, como si él fuese el espectador de una película de detectives en la que el protagonista se empeña en hallar a los malos aun a costa de su propia integridad física.
Su cuerpo le pedía sus dosis habitual de Licor 43, pero él, incomprensiblemente, no se la daba; su mente le susurraba que se alejara de aquel caso, que siguiera con su vida y que abandonase aquellas pesquisas que lo llevarían a la más absoluta debacle, pero él seguía haciendo preguntas, indagando. Como si no lo pudiera evitar, como si fuera el destino, como si lo viese desde fuera.
¿Qué le estaba pasando?
Quizá era, pensó, que simplemente no tenía nada que perder, que aquella era una buena excusa para meterse en un buen lío luchando contra los poderosos y hacerse matar de una puñetera vez. Dejar de vivir la vida de derrota que había soportado desde que su padre perdiera una guerra y Adela lo hubiese convertido en un paria. Ése era su verdadero poder. Julio Alsina ya había estado muerto, y, al contrario que la mayoría de la gente a la que conocía, no tenía nada que perder.

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