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CAPÍTULO 2

Mario López casi nunca se quedaba a tomar cañas con los compañeros después del trabajo. No era insociable, en modo alguno, y se preciaba de no llevarse mal con nadie en la oficina, pero cada día, a las tres menos diez, cuando los funcionarios salían de la Diputación Provincial y se dispersaban en grupos rumorosos y ávidos por los bares cercanos, él inventaba una excusa o simplemente decía un adiós enérgico, y apresuraba el paso para llegar cuanto antes a casa, procurando que el momento en el que abría la puerta y llamaba a Blanca no sucediera después de las tres y cinco, las y diez como máximo.
La única codicia que era capaz de concebir en sí mismo era la del tiempo que pasaba con ella: si entregaba diariamente siete horas de su vida a la Administración, si consagraba otras siete al sueño, cualquier descuido en el uso de las diez que aún le quedaban para vivir con Blanca sería un culpable dispendio, una amputación cotidiana de su felicidad. No había perdido la avidez nunca colmada de estar con ella que conoció en los primeros tiempos, cuando pasaban juntos una tarde o iban a cenar y ya no volvían a verse en una o dos semanas, cuando no se atrevía a llamarla a diario por miedo a resultarle pesado.


Los años de matrimonio no habían mitigado el asombro de tenerla regularmente a su lado, horas y días y semanas y meses, un capital de tiempo que nunca había soñado poseer y que si ya llevaba durándole tanto era porque podría ser inagotable. Algunas veces, nada más abrir la puerta del piso, recibía como una bienvenida las señales obvias de su vida doméstica, de la presencia habitual y siempre deseada de Blanca: el olor de un guiso, el ruido de los platos y de los cubiertos que Blanca ya estaba poniendo en la mesa, tal vez la música inicial del telediario, los días en que era excepcionalmente rápido y llegaba a las tres en punto, cuando no había pegas de última hora en la oficina ni encuentros impertinentes en la calle. Pero otras veces abría la puerta y al principio no oía nada ni olía nada, y durante una fracción de segundo, todavía en el vestíbulo, con el llavero en la mano, sufría un acceso infundado pero virulento de pavor: Blanca había tenido que marcharse sin poder avisarle para asistir a su madre moribunda, Blanca había sufrido un accidente en la calle, Blanca lo había abandonado. Pero sólo eran uno o dos segundos: la llamaba y oía su voz muy adentro del piso, tras la puerta cerrada del cuarto de baño, o era simplemente que estaba tan distraída en el estudio, o tan ensimismada en un libro o en una transmisión de Radio Clásica que no había oído la llave. Escuchaba primero el sonido de sus tacones, la veía luego venir desde el fondo del pasillo y tenía la sensación de que Blanca volvía de un sitio muy lejano, de un sótano o una cripta secretos cuya existencia él no conocía y a donde nunca le estaría permitido acompañarla. Sentía lo mismo algunas veces que la llamaba por teléfono a media mañana desde el trabajo: sonaban las primeras señales y Mario ya se sobresaltaba temiendo que ella no estuviera; escuchaba su voz y era la voz de alguien que está solo, perdido en pensamientos o en habitaciones de los que nadie más tiene noticia. Pero es que Blanca tenía una capacidad admirable para sumergirse en sí misma, para desaparecer del todo del mundo exterior mientras leía un libro, escuchaba una música o veía una película. Era una concentración absoluta, en la que Mario había aprendido a no interferirse, la prueba de una sensibilidad que le maravillaba y que al mismo tiempo le hacía sentirse romo por comparación, íntimamente desertado, algunas veces, cuando hubiera querido contarle o preguntarle algo a Blanca y sabía que no valía la pena el esfuerzo, no porque ella no le hiciera caso, sino porque literalmente no estaba, estaba ida, como se decía antiguamente, en el sentido más exacto de la palabra, ida de una realidad que con tanta frecuencia le provocaba aburrimiento o disgusto.
En la oficina, los compañeros le hacían bromas a Mario sobre su prisa por volver a casa. O Blanca le tenía en un puño, especulaban, o era que no podían pasar el uno sin el otro, y que al cabo de varios años de matrimonio aún se comportaban como recién casados. Esto último enorgullecía secretamente a Mario, pues lo consideraba cierto, y si no secundaba las bromas ni las sugerencias sexuales que sus compañeros iniciaban era por un escrúpulo sagrado de pudor. Su vida con Blanca era demasiado valiosa como para permitir la intrusión o los comentarios de nadie, ni siquiera de los amigos más próximos, amigos de los que en realidad él carecía. El lenguaje sexual que se escuchaba en la oficina cuando no había ninguna mujer presente, y peor aún, el de las conversaciones en el bar a la hora de las cañas, eran de una grosería que Mario consideraba cuartelaria, de una brutalidad ofensiva siempre para las mujeres, sobre todo aquella que a él le importaba más, la suya.
Éste era otro de los motivos por los que raramente se quedaba a tomar cañas después del trabajo: permanecía callado, lo que en ciertas conversaciones era muy embarazoso, no sabía mostrar interés hacia las historias de adulterios que contaban los otros, no se unía a las quejas comunes y rituales sobre la vida matrimonial, no tenía ninguna gracia contando chistes, le molestaba el humo de los cigarrillos, lo mareaban la cerveza y las discusiones políticas, se aburría. Las veces en que no le quedaba más remedio que agregarse a las celebraciones comunes -en vísperas de Navidad, o cuando era el cumpleaños de algún superior y éste los invitaba a unas raciones- pasaba el rato mirando de soslayo el reloj, intentaba reír casi tan sonoramente como los otros, se extenuaba escuchando historias en las que no tenía interés alguno y chistes verdes que ya eran viejos en su adolescencia, y cuando ya había pasado lo que él consideraba un tiempo prudencial y se había bebido un par de cervezas, o de vasos de vino, inventaba un pretexto urgente y abandonaba la reunión, no sin que alguien hiciera un comentario jocoso, y ya habitual, sobre su prisa por volver a casa, por fichar a su hora, le decían, con más puntualidad aún que en la oficina.
A Mario le daba igual. Respiraba con alivio el aire de la calle y caminaba hacia su casa con ligereza y alegría, aunque más bien exhausto, como si hubiera necesitado toda su energía para desprenderse de un organismo pegajoso. Qué pérdida de tiempo, no estar siempre con ella, tenerla cerca y poder mirarla, aunque ella estuviera en sus cosas, qué desierto insoportable sería el trabajo en la Diputación y la vida en Jaén si ella no existiera, si no se hubiera enamorado de Mario y contra todo pronóstico hubiera decidido casarse con él, en uno de esos arrebatos que eran la parte más atractiva de su carácter, y también la más temible a veces.
Blanca solía decir que llevaban una vida de la que estaban ausentes las grandes experiencias, y en eso él le daba la razón, pero también pensaba, en sus días mejores, cuando volvía a casa unos minutos antes de las tres y no se había llevado ningún disgusto en el trabajo, que para él no había mayor experiencia que la de ir caminando por las calles de siempre y saber que, a diferencia de todos los hombres que pasaban a su lado, los que bebían en los bares y hablaban de fútbol con cigarrillos en la boca, los que se volvían con ademanes hambrientos al paso de una mujer, él tenía el privilegio de desear por encima de todas las mujeres a aquella con la que se había casado y la seguridad absoluta de que cuando abriera la puerta de su casa iba a encontrarse con ella.
Era verdad que vivían en Jaén, que no es precisamente el centro del mundo en lo que a actividades culturales se refiere, y que ninguno de los dos tenía un trabajo excitante —Blanca, de hecho, pasaba temporadas enteras sin trabajo-, pero a Mario esas limitaciones le importaban menos de lo que él mismo decía, y en cualquier caso eran compensadas por una serie de circunstancias favorables que a su juicio sería insensato despreciar: tenían un buen piso, un séptimo con terraza en el Gran Eje, comprado por Mario a un precio excelente cuando aún no arreciaba la fiebre especuladora de los últimos ochenta; en tiempos de inseguridades y de crisis Mario disfrutaba de una plaza en propiedad y un sueldo que si no era cuantioso nunca les faltaba a fin de mes, así como un horario, de ocho a tres, que le permitía hacer otros trabajos por las tardes, aunque él no era amigo de salir de casa, y albergaba el propósito de matricularse alguna vez en la universidad: era delineante pero no renunciaba a convertirse en arquitecto, o más bien no renunciaba Blanca, ya que a él la carrera que más le gustaba era la de aparejador, ahora llamada arquitectura técnica, término éste preferido por Blanca. Algunas veces, cuando estaban con amigos de ella, Blanca decía alguna vaguedad sobre el oficio al que se dedicaba su marido. Eludía asar la palabra delineante, pero la que ya no soportaba pronunciar nunca era funcionario. Para referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía:
-Son funcionarios mentales.
No faltaba mucho para que Mario López se preguntara tristemente si no habría ingresado él en la categoría funesta de los funcionarios mentales, si no habría sido incluido por Blanca en la muchedumbre de los vulgares, de los acomodados, de los embotados por la rutina conyugal y laboral.
Días antes de que eso ocurriera, un lunes de junio, llegó a casa a las tres y dos minutos -había tardado exactamente doce desde que fichó la salida en la oficina, y durante su caminata habitual había disfrutado de un viento saludable, salobre, casi marítimo, con olor a lluvia, excepcional para aquellas fechas y en esa ciudad tan seca, un viento que sacudía las lonas de los toldos y daba ganas de vivir- y nada más abrir la puerta notó con gratitud y júbilo los olores cotidianos de su casa, el de la limpieza, el de los muebles encerados, el de la comida que acababa de prepararle Blanca.
Seis años después de conocerla aún se conmovía cada vez que se acercaba a ella. Al mismo tiempo que la llamaba por segunda vez la vio venir desde las habitaciones del fondo. Supo instantáneamente que se encontraba de buen humor y que en el momento de besarse le ofrecería la boca, cosa que no ocurría siempre. Dejó en el suelo la cartera para poder abrazarla y al mirar tan de cerca sus facciones admirables se acordó de una de sus raras discusiones con ella. Blanca, irreflexivamente, en el calor de una disputa que también él había alentado, y de la que pasó semanas arrepintiéndose con obstinada amargura, lo acusó de conformarse con demasiado poco, de carecer, le dijo, «de la más mínima ambición». Mario, sereno de pronto, le contestó que ella, Blanca, era su máxima ambición, y que al tenerla consigo ya no sabía ni quería ambicionar nada más. Lo miró muy seria, ladeó la cabeza, se le humedecieron los ojos, dio un paso hacia él y cayeron cada uno en los brazos del otro, y luego en el sofá, besándose con el aliento entrecortado mientras se buscaban la piel debajo de la ropa, procurando no oír la televisión, donde sonaba a todo volumen la música de un noticiario.

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