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Era normal que los adultos, aquellos niños despojados de sus derechos, perdieran, preocupándose por estas cuestiones, un tiempo que tampoco dedicaban a nada serio.
Nosotros, en cambio, teníamos un sentido de los valores humanos tan agudo que casi nunca hablábamos de nadie de más de quince años. Pertenecían a un mundo paralelo, con el que nos llevábamos bien porque nuestros mundos no se entrecruzaban.
Tampoco abordábamos la estéril cuestión de nuestro porvenir. Quizás porque, de un modo instintivo, todos habíamos hallado la misma y única respuesta: «Cuando sea mayor, pensaré en cuando era pequeño.»
Se daba por supuesto que la edad adulta estaba consagrada a la infancia. Los padres y sus cómplices estaban sobre la tierra para que sus retoños no tuvieran que preocuparse de cuestiones domésticas como la alimentación y el lecho, para que pudieran asumir a fondo su papel esencial, ser niños, es decir, ser.
Esos niños que disertan sobre su futuro siempre me han intrigado. Cuando me hacían la famosa pregunta: «¿Qué harás cuando seas mayor?», invariable respondía que «haría». Premio Nobel de Medicina o mártir, o ambas cosas a la vez. Y respondía muy deprisa, no para impresionar sino al contrarío: aquella respuesta premasticada me servía para quitarme de encima lo antes posible aquella absurda cuestión.
Más abstracta que absurda: en mi fuero interno, estaba convencida de que nunca sería adulta. El tiempo duraba demasiado para que pudiera ocurrir nada semejante. Tenía siete años: aquellos ochenta y cuatro meses me habían parecido interminables. ¡Cuan larga era mi vida! La simple idea de que pudiera vivir el mismo número de años me producía vértigo. ¡Siete años más! No. Era demasiado. Sin duda me detendría a los diez o doce años, en el colmo de la saturación. De hecho, casi ya me sentía saturada: ¡me habían ocurrido tantas cosas!
Así pues, cuando me refería a mi Nobel de medicina o a mi condición de mártir, no lo hacía por vanidad: se trataba de una respuesta abstracta a una pregunta abstracta. Y, además, no veía ningún elemento grandioso en aquellas profesiones. El único oficio que me inspiraba un auténtico respeto era el de soldado, y especialmente el de explorador. ¿La cumbre de mi carrera? Ya la estaba viviendo. Después —si es que existía un después— sería necesario ir a menos y conformarse con el Nobel. Pero en mi fuero interno no creía en ese después.
Aquel sentimiento de incredulidad iba acompañado de otro: cuando los adultos se referían a su infancia, no podía evitar pensar que mentían. No habían sido niños. Habían sido eternamente adultos. La decadencia no existía, ya que los niños seguían siendo niños, al igual que los adultos seguían siendo adultos.
Aquella convicción no formulada, la conservaba dentro de mí. Me daba perfecta cuenta de que no podría defenderla: todavía creía más en ella.

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