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En su columna sabática de ABC, tan llena de vida como él mismo, Juancho Armas Marcelo escribió, hace menos de un año, lo que algunos -no muchos- habían apuntado antes de otro modo: “Casi todos los cuentos de Fraile sugieren guiones cinematográficos, mundos llenos de imaginación y películas con las que el cine español ganaría muchos enteros de prestigio industrial y artístico.” Se trataba, sin duda, de una exageración bien intencionada, encerrando, tal vez, un mínimo de verdad. Pero, en cualquier caso, afirmaciones como ésa, inquietan al escritor y le embarcan en sueños de posibilidades, de acasos, que tienen poco que ver -me atrevería a decir- con las ilusiones comunes más al día: las de acopiar riqueza. Son otra cosa. Conectan, más bien, con ese cuarenta y dos por ciento de españoles que nunca leen libros -según encuestas fiables-, pero que, estoy seguro, se entregan sin el menor esfuerzo a ver, en buena butaca y en buena compañía, lo que les “echen” en cualquier pantalla de un cine cualquiera, de cualquier pueblo o ciudad. Quizá no comprendan lo que ven o lo entiendan a medias y a su modo, pero eso no importa. Yo no puedo olvidar la conclusión que sacó un espectador -y le comunicó a su pareja-, después de ver el famoso documental que produjo Cousteau, El mundo del silencio: “Lo que nos han querido demostrar aquí es la paciencia que hay que tener con los animales.” Nunca mejor dicho, pensé.
El cine, para los que lo entienden, es fuente de gozo o de martirio, pero es también la biblioteca del perezoso, donde se lee un solo libro, aunque ese espectador común y corriente no sospeche que hay un libro detrás de la pantalla y que, en ella, le están pasando las páginas. Y aunque ignore también que el cine es sólo uno de los caminos para enfrascarse en historias, y que hay otros tan viables como él: los teatros, las librerías y las bibliotecas, por desgracia -sobre todo estas últimas-, nada abundantes. Y no me refiero a la Televisión porque ésa la conocemos todos. En suma, el escritor busca en el cine nombre para él y conversos a la lectura de sus libros -y los de otros- y, por supuesto, otra dimensión de sí mismo; un experimento de transvase en el que arriesga ganar o perder pero, cuando la obra de arte se consigue, no puede pedir más.
En esta crónica de casi nada dejaré constancia de mis experiencias en ese rectángulo que se suele llamar -no sé si por cursilería o por cariño- “la pequeña pantalla”, en mi caso -debo añadir- una caja que no me pareció “tonta”.
Allá en 1963, el día de mi cumpleaños por más señas, me vi sorprendido con el anuncio en televisión de una obra mía en un acto, El hermano, que había sido estrenada en el teatro Ramiro de Maeztu, con bastante éxito, nada menos que quince años antes. Era un drama de gente humilde, lo que, por aquel entonces, Alfonso Sastre llamaba “teatro desagradable”. Hoy, un drama así es más oneroso para el Gobierno que para sus protagonistas. La sorpresa de esa versión me la dio Alberto González Vergel, que dirigió brillantemente al hermano, Dionisio Salamanca, y a todos los demás y consiguió que viera por primera vez, en algo que había escrito yo, las inmensas posibilidades de los encuadres y movimientos de cámara y de los subrayados musicales en un drama más bien duro y seco, donde no cabía “vistosidad” alguna. Aquel comienzo fue inmejorable.
Al final de los ochenta, ya con mucha vida británica en mis huesos, me escribió Paco Abad, que proyectaba realizar en televisión una o dos series de cuentos españoles contemporáneos y quería la autorización para rodar uno, La cajera, de mi segundo libro de relatos. Le dije que sí y, unos meses más tarde, tuve ocasión de conocerles, a él y a Paloma Pagés, su esposa, que encarnaría a Rosita Pascual, el personaje protagonista del cuento. En televisión, La cajera arrancaba con un pasodoble, Er mundo, que levantaba en vilo al Universo. Don Andrés Llórente, pareja de Rosita Pascual, lo representó Fernando Cebrián y me impresionó mucho ver, en el resto del reparto, ya muy mayor, a Maruchi Fresno (que me evocó enseguida el nombre de Juan Guerrero Zamora, compañero en la Universidad) y a Enrique Cerro, único actor del grupo que fundó Arte Nuevo, muerto poco después. El metro impecable y archimoderno donde viajaba Paloma Pagés no era el metro abarrotado, apático y renqueante donde viajaba Rosita en los años cincuenta. Algunos párrafos en prosa del cuento fueron troceados sin más para utilizarlos como diálogo, pero, en general, aquello quedó con garra y me consta que varias mujeres lloraron sin trabas viéndolo: They had a good cry, que dicen los ingleses. Como profesionales y como personas, Paloma Pagés y Paco Abad me dejaron un grato recuerdo.
Por último Rafael Azcona me telefoneó a Glasgow en 1988 interesado en hacer un guión de la única novela que he escrito, Autobiografía, y destacó en ella su erotismo. Lo hizo en 1989 con el título de El Laberinto, y se encargó él mismo de buscarle un productor, Eduardo Ducay Berdejo, cuyo último éxito había sido El bosque animado. Ducay me compró los derechos y se puso en contacto con José Luis Cuerda para dirigirla, pero éste, después de aceptar, consideró que una oferta que le habían hecho en televisión era más lucrativa. Hubo otros dos contactos, cuyos nombres no recuerdo; Ducay logró una ayuda de ochenta millones para realizar el film (“con eso no tengo ni para empezar”, me dijo), los devolvió y lo único que hoy sé de ese proyecto es que el contrato ha caducado, gracias a Dios. Lo siento, porque el gran guionista que es Azcona había hecho con mi novela un trabajo limpio y lineal, de buen arte cinematográfico, en el que no se confundía lo que llamamos todavía progreso con desviaciones lopescas más acordes con los no pensantes.
Una obra de teatro, un cuento y una novela. ¿Me atrevería a pensar que llevaba razón Armas Marcelo? Francamente, no sé.

One Comment

  1. http://elcreadorundiosmenor.blogspot.com/
    http://cosasparacambiar.blogspot.com/
    http://lasfotosdemihija.blogspot.com/

    Una vez localizado, ruego la ayuda pertinente para conocer la dirección de Medardo Fraile, dado que mi tía Julia Estevan Echeverría, una conocida suya de hace muchos años, necesita loalizarlo para hablar de las sensaciones que le han producido su autobiografía.
    Gracias. José Antonio Soria Estevan


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