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Nadié sospechó jamás que aquella cabecita de querubín albergara desde su más tierna infancia los pensamientos e intenciones más ruines. ¿Quién iba a pensar que fue ella, cuando apenas contaba siete años, la que envenenó al lebrel más querido de su abuelo, el rey?
Y lo hizo porque sí, por fastidiar, sabiendo que el enojo del rey haría rodar cabezas. «Cuantas más, mejor», pensaba el angelito, consciente de que a ella jamás la alcanzaría la ira de su abuelo. La ira de su abuelo se desvanecía al contemplar su dulce carita. Así que planeó el asesinato del perro con minucioso deleite, disfrutando de antemano con el disgusto del rey y el pavor de sus servidores.
Por eso le acometió un ataque de ira interno (que no alteró en nada sus delicadas facciones, pues ya era ducha en el arte del disimulo) al advertir cierto malicioso regocijo en la tierna mirada de su abuela la reina.
«Maldita sea…», murmuró para sí antes de preguntar con el más inocente de los acentos:
—Abuela, si supieras quién envenenó a Solimán, ¿qué harías?
Y la abuela, que sí era inocente, le confesó al oído en un susurro:
—Le premiaría con la gran cruz de tu tatarabuelo, Arnolfo. Ya no podía soportar más la presencia eterna de ese maldito animal, resollando por las noches a los pies de nuestra cama. Sólo le faltaba al rey nombrarle condestable al perrito…
—Pero el pobre abuelo ha sufrido mucho… —contestó la niña, dedicándole un mohín de reproche a su insensible abuela.
—Lo siento por él, hijita —replicó ésta—, pero, ¿sabes? No hay mal que por bien no venga.
¡Oh revelación! Aquella fue la primera vez que la aviesa infantita escuchaba el famoso dicho y decidió en su fuero interno consagrar su vida entera a contradecirlo. Sí, practicaría el mal en cadena sin permitir que un solo eslabón interrumpiera una sucesión progresiva de calamidades hasta «la gran catástrofe final», que habría de ser sonada.
Pero no lo consiguió. En su busca desesperada del mal auténtico cometió las más espantosas tropelías, pero siempre un bien, a veces mayor, resultaba de sus atrocidades sin freno.

Así ocurrió cuando a los diez años cortó, hasta dejar pendiente de un hilo, la cuerda que sujetaba el columpio de su primito Carlos Felipe, heredero del trono. ¡¡¡Heredero del trono!!! ¡Sólo por ser niño! ¡Aunque fuera mucho más pequeño que ella! ¡¡¡Y muchísimo más tonto!!!
(Hay que aclarar que la generación intermedia había fallecido víctima de la peste, y que dicha peste no fue provocada por la infantita.)
El columpio se rompió, como estaba previsto. El principito salió por los aires, como estaba previsto. Lo que no estaba previsto fue que le crecieran de pronto en los omóplatos un par de alitas nacaradas de mariposa y, en vez de caer, comenzara a volar, y volar, y volar…
—¡Angelitos al cielo! —exclamó su beatífica abuela juntando las manos sobre el pecho, mientras contemplaba la implacable ascensión de su nieto a «las alturas».
— ¡¡Maldita sea!! —masculló la niña—. Acabo de fabricar un asqueroso santito.
En efecto, aún hoy se venera en lo que fuera aquel reino a San Carlos Maria Felipe Nepomuceno, patrón de los lepidópteros.

Y así fue cuando, arrimando un candelabro a un cortinaje, prendió fuego a la biblioteca de su abuelo, famosa en el mundo entero por sus documentos históricos, preciosos incunables y tratados científicos, perdiéndose para siempre en el incendio, al tiempo que volúmenes únicos e irrecuperables escritos por los más grandes sabios muertos, a siete sabios vivos que, procedentes de todo el orbe, habían acudido allí para documentarse en las más diversas materias.
—¡Alabado sea el Señor, hermanos! —clamó el obispo desde el pulpito en la misa que se celebró por los difuntos—. ¡No hay mal que por bien no venga! El fuego ha purificado ese almacén de herejías indigno de un príncipe piadoso. La cristiandad está de enhorabuena.
«¡Maldita sea…! No era mi intención procurarle otro beneficio a la Iglesia», se dijo la infantita.

Y así sucedió cuando a los catorce años se introdujo en el confesionario de la capilla del castillo disfrazada de demonio para asustar a su abuela, falleciendo ésta del soponcio, arrastrando a la tumba con ella a su amante esposo, que murió de pena a los tres días.
—¡Dos pájaros de un tiro! —fue el piadoso comentario de la víbora—. ¡El trono es mío!
Pero no contaba con la minoría de edad, ni con la aparición en escena de un hijo de su abuelo, fruto de un anterior matrimonio anulado por el Papa, príncipe honrado y prudente, a la sazón abad de un monasterio, que no dudó un minuto en aceptar la regencia propuesta por la corte.
—¡¡¡Maldita seaaa!!! —gritó la infanta a los cuatro vientos desde las almenas del castillo, sabiendo que nadie la oiría—. ¡Le he hecho el caldo gordo a ese bastardo!

Y así vino a acontecer cuando denunció a la Santa Inquisición a un joven curilla que andaba pidiendo a gritos el capirote, predicando con exaltado fervor apostólico y hermosa voz de barítono cosas non gratas y opuestas a los interes de la nobleza y la iglesia, en reuniones clandestinas a las que la infanta acudía, escapándose del castillo vestida de harapos, y del cual se había encaprichado, no siendo correspondida.
El infortunado joven murió en el calabozo, pero su semilla prendió… («¡Maldita sea! Ahora he fabricado un cochino mártir del pueblo!»), siendo el fuego sofocado en poco tiempo a golpes de maza y de hisopo.

Y así ocurrió por fin, cuando una vez allanado el camino, eliminados todos los escollos y devuelto el bastardo a su monasterio sin problemas, llególe la hora de acceder al trono y encontróse ante un último inconveniente escrito a fuego en las leyes del país: «No reinará mujer soltera», y detallado en el testamento de su abuelo: «Mi nieta Clara Margarita contraerá sagradas nupcias con el príncipe Conrado de Kraakenstadt, porque así lo ha decidido mi real persona.»
¡Un príncipe consorte! ¿Qué necesidad tenía ella de un príncipe consorte? Aunque fuera (como lo era Conrado) el más gallardo, el más noble, el más valiente, el más fuerte, el más justo…
Eso era precisamente lo que más le fastidiaba a nuestra infanta: aquel intolerable cúmulo de perfecciones.
—¡Maldita sea…! ¿Adonde voy a parar yo con semejante pardillo? Si al menos tuviera un defecto…
Pero las virtudes del príncipe resplandecían de tal manera que nublaban la vista, así que fue a visitar a un brujo que le proporcionó un líquido mágico, con el que, echándose una gota de él en cada ojo, neutralizaría el insoportable resplandor de «la verdad» y la «belleza» encarnadas en el príncipe de Kraakenstadt, pudiendo así hacerle frente sin menoscabo de sus perversas intenciones.
Porque el odio que le inspiraba Conrado era tan grande que superaba incluso su ambición por el trono. Un trono compartido perdía todo su interés, y la vida sin trono no era vida.
Como no encontraba salida alguna, concibió su última maldad: morir matando. Sí, se envenenaría ella misma e inocularía el veneno al príncipe la misma noche de bodas con el primer beso de amor fingido. Morirían ambos y el reino quedaría sumido en el caos. Al no haber sucesión directa, reivindicarían sus derechos todos los parientes lejanos, que, procedentes de otros reinos, vendrían a disputarse el botín. Habría luchas fratricidas por el poder y al fin surgiría de la nada un cualquiera de linaje dudoso que se haría con él.
—¡Un innoble tirano, peor que yo, si cabe! ¡Eso es lo que se merecen todos!
Cuando la infanta dio al príncipe su beso mortal ocurrió algo inesperado. El príncipe, en vez de morir, se convirtió en rana, una preciosa rana verde esmeralda que saltó al regazo de la infanta moribunda diciendo:
—Gracias, reina mía; estaba escrito que una bondadosa princesa de la humana estirpe, mediante un beso de amor, acabaría con el encantamiento que sufro desde hace mil años. Sabed, ¡oh bienaventurada princesa!, que yo, Croacolicruac II, príncipe heredero de Batraciolandia, fui encantado ya en la cuna por un maléfico genio de los estanques, siendo condenado a sufrir la humana apariencia hasta que una auténtica princesa de dicha subespecie me concediera su mano y me otorgara su primer beso de amor. Mi agradecimiento será eterno. Nunca os podréis imaginar el bien que me habéis hecho.
Dicho esto, la rana, sin más explicaciones, cruzó a saltos el aposento y desapareció por la ventana.
— ¡Maldita sea…! —escupió la infanta entre los estertores de la agonía.

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  1. […] La malvada infantita de Carmen Santoja. Es muy sádica. […]

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