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Me suicidé hace dieciséis años. Es un tiempo más que suficiente para que usted me haya olvidado, Delmar, o al menos para que se hubiera desdibujado en parte la nitidez de mi recuerdo. Por eso, y como antes de nada me gustaría presentarme como es debido, voy a pedirle que haga un esfuerzo, que se obligue a remontar el embotamiento alcohólico —porque está borracho, ¿verdad?, borracho como siempre— y traslade su memoria veinte años atrás, a los últimos días de 1970, cuando usted era un joven y brillante comisario de policía, el más condecorado de la ciudad y también el más pagado de sí mismo y de su inquebrantable dureza, el más orgulloso de sus éxitos, incluso el favorito de la prensa frívola, que en más de una ocasión le señaló como el ideal de atractivo masculino, aunque personalmente siempre me pareció rídicula su tendencia a imitar a los detectives del cine. En aquella fecha fue destinado, para desgracia de ambos, suya y mía, al distrito en que yo ejercía mis actividades o, para ser más exactos, en el que se ubicaban mis oficinas, pues el quehacer de mi empresa se desarrollaba —y sin duda se desarrolla aún— en docenas de lugares repartidos por todo el mundo.

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