—Todos los alemanes llevan en su seno una imagen de Adolf Hitler —dije—, hasta los que odiábamos a Hitler y todo lo que representaba. Su cara, con el pelo alborotado y el bigote de sello de correos, nos persigue a todos de por vida y, como una llama misteriosa que nunca se apaga, arde en nuestras almas. Los nazis hablaban de un imperio milenario. Pero a veces pienso que, a causa de lo que hicimos, el nombre de Alemania y los alemanes vivirá en la infamia durante más de un milenio. El resto del mundo tardará un milenio en olvidar. Desde luego, si llego a vivir mil años, nunca olvidaré algunas cosas que vi. Y algunas cosas que hice.
Se lo conté todo. Todo lo que hice durante la guerra y en los años posteriores hasta el día en que zarpé con rumbo a Argentina. Era la primera vez que hablaba de ello con sinceridad, sin omitir nada y sin justificar mis actos. Pero al final le dije quién era el verdadero culpable de todo aquello.
—Para mí la culpa la tienen los comunistas por convocar en noviembre de 1932 una huelga general que forzó las elecciones. La tiene Von Hindenburg por ser demasiado viejo para cantarle las cuarenta a Hitler. La tienen los seis millones de desempleados, un tercio de la población activa, por querer un empleo a toda costa, incluso a costa de Hitler. La tiene el ejército por no poner fin a la violencia callejera durante la República de Weimar y por respaldar a Hitler en 1933. La tienen los franceses. La tienen Von Papen y Rathenau y Evert y Scheidemann y Leibknecht y Rosa Luxemburgo. La tienen los espartaquistas y los Freikorps. La tiene la Gran Guerra por arrebatarnos el valor de la vida humana. La tienen la inflación y la Bauhaus y el dadaísmo y Max Reinhardt. La tienen Himmler y Goering y Hitler y las SS y Weimar y las putas y los chulos. Pero sobre todo la tengo yo. Por no hacer nada. Que era menos de lo que debería haber hecho. Que era lo que se requería para que triunfase el nazismo. Tengo parte de culpa. Antepuse mi supervivencia a cualquier otra consideración. Eso no tiene vuelta de hoja. Si fuese verdaderamente inocente, estaría muerto, Anna. Y no lo estoy.
»Llevo cinco años intentado salir del atolladero. Tuve que venir a Argentina y verme reflejado en los ojos de otros ex miembros
de las SS para comprenderlo. Yo formaba parte de todo aquello. Intenté que no fuera así, pero fracasé. Estuve allí. Llevé el uniforme. Comparto la responsabilidad.
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