Camino hacia el centro del parque, me sigue dócilmente, dejándose impresionar por el terrible espectáculo, como todos los visitantes cuando llegan por primera vez… Esto somos y esto seremos, queridos todos, excrementos del espejismo de hermosura y juventud que aparentemente, solo aparentemente, íbamos a ser para siempre. Decadencia y vejez en su apogeo.
—Un día, Feli, sientes de pronto un pequeño mareo. Persiste, pero no le das importancia. Otro día se te atasca el habla, balbuceas, pero tampoco te preocupas. Y entonces ataca inesperadamente, como un relámpago. Tres cuartos de siglo de vida feliz, brillante, plena, y cuando el cerebro se convierte en mermelada te das cuenta de lo que en realidad tenías: nada, un regalo del azar con fecha de caducidad. Pero míralo tú misma. ¿No dicen que una imagen vale más que mil palabras?
Y le señalo a los pocos pacientes, la mayoría muy ancianos, que vagan por el césped, indiferentes a la tentadora proximidad de la piscina. Prisioneros de sí mismos a causa de una mente que un buen día se estropeó, lucidez de lustros reducida a hilo de baba en la boca grotescamente semiabierta; vegetales que no reconocerían a la persona a quien juraron amar toda la eternidad; seres bondadosos que, por perversos vericuetos de las neuronas derrumbadas, entretienen el ocio aplastando hormigas a las que persiguen con obcecación, y hasta algún malvado, puede que un asesino jamás descubierto, que ahora, por esas mismas perversidades azarosas, se ensimisma observando feliz el crecimiento, inapreciable para los demás, de alguna florecilla, y tal vez llora emocionado ante la belleza de la vida.

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