Aurum Producciones ha firmado un acuerdo por el cual adquiere los derechos de distribución de los grandes clásicos de Studio Ghibli en España.

Ya están a la venta:

Cuentos de Terramar
Cuentos de Terramar, edición especial.
Puedo escuchar el mar
El castillo Ambulante
El castillo Ambulante, edición especial
Mis vecinos los Yamada, de Isao Takahata
Ponyo
Ponyo, edición especial
Susurros del Corazón (Mimi wo Sumaseba)

Pero lo mejor está por venir. Los siguientes títulos serán:

Mi Vecino Totoro (Tonari no Totoro)
Pompoko (Heisei Tanuki Gassen Ponpoko)
Nausicäa del Valle del Viento (Kaze no Tani no Nausicaä)
El Castillo en el Cielo (Tenkuh no Shiro Laputa)
Nicky, La Aprendiz de Bruja (Mahou no Takyubin)
Recuerdos del Ayer (Omohide Poro Poro)
Pòrco Rósso (Kurenai no Buta)
La Princesa Mononoke (Mononoke Hime)

La primera en caer en casa: Susurros del Corazón, de Yoshifumi Kondo

GoneWith TheWind2

—¿Quiénes son esos «espías»? —pregunté mientras nuestro coche retumbaba al salir de Regent’s Park por Clarence Gate y desembocaba en Baker Street.
—Muchachos de buen corazón, como Jimmy —dijo—. Chiquillos de la calle. Golfillos, pilluelos; llámales como quieras. Puede que lleven vidas desordenadas e irregulares según la óptica de los hijos de los corredores de bolsa y de los funcionarios, pero mis «espías» son buenos chicos, trabajadores y honrados como el que más.
—¿Trabajan para ti? ¿Les pagas?
—Les doy una moneda de seis peniques de vez en cuando y les mantengo alejados del mal camino. Me hacen recados: llevan mis mensajes por la ciudad, entregan flores, me consiguen coches…
—¿Y «espían» para ti?
Sonrió.
—Cuando es necesario. Son mis ojos y mis oídos ambulantes, Robert, y, siendo esto quizá lo que más me concierne, mis piernas ambulantes. Como habrás observado, no soy muy dado al ejercicio. No estoy hecho para ello. Estos chiquillos son ágiles y de pies ligeros. Pueden dar la vuelta entera a la capital en cuarenta minutos. Cada uno de ellos es mi Ariel.
—Entonces, ¿con cuántos cuentas?
—¿En todo Londres? Un par de docenas, quizá. Treinta como mucho. Forman parte del grupo de mis mejores amigos. Conan Doyle le ha dado a Sherlock Holmes una banda parecida de jovencitos ayudantes, pero la idea se me ocurrió a mí primero. Naturalmente, la posteridad no me lo reconocerá, a menos que te encargues tú de dejar las cosas claras. Eres mi ángel Anotador, Robert. Mi reputación está en tus manos.
Oscar no llevaba ningún diario, pero sabía que yo sí lo hacía y me animaba a que siguiera haciéndolo. Disfrutaba apuntando que había puesto todo su genio al servicio de su vida, pero sólo su talento al de su obra, y a menudo me decía que confiaba en mí y en mi diario para que mostráramos a la posteridad dónde radicaba su genialidad.
Yo me tomaba muy en serio semejante responsabilidad. Por ejemplo, cuando nos separamos tras nuestro encuentro con Gerard Bellotti, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue escribir todo lo ocurrido durante la aventura matinal. Bien es cierto que sería acertado decir que, durante los años en que Oscar y yo tuvimos mayor relación, mi diario es tanto un testimonio de su vida como de la mía. Quizás esto no resulte sorprendente. Su vida era mucho más extraordinaria que la mía.

La muerte de un actor es una muerte doble o triple o infinita, porque con él se mueren todos aquellos personajes que podría haber encarnado y no le ofrecieron. López Vázquez había muerto ya un poco antes de morir porque los directores no le llamaban para ofrecerle papeles a su altura y un actor sin personajes es un hombre disminuido. Él, que era un señor al que no le importaba manifestar educadamente su fastidio, se quejaba con franqueza en una entrevista que le hizo Juan Cruz hace unos cinco años en la que el cómico brilla: no por su simpatía ni por un especial apasionamiento, brilla por su autenticidad. Es el señor mayor que no le encuentra la gracia a ser mayor, el ciudadano que no le encuentra el chiste a estos tiempos, el cómico que se siente extraño entre los suyos, el actor que no habla de su método ni de los sufrimientos psicológicos de su oficio. ¡Milagro: un ser humano que se representa a sí mismo tal cual es! Todo esto expresado con claridad de madrileño antiguo, silabeando mucho las palabras. Permítanme conmoverme por la muerte de este cómico viejo de una manera especial. Poco o nada tiene que ver esta emoción con la pomposidad que se inyecta en las necrológicas culturales y que las hace flotar como globos sobre nuestras cabezas. Pero a los globos se los lleva el viento; en cambio, el recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida. Muere López Vázquez y se me dispara la imaginación haciendo un reparto con esa troupePepe Isbert; mi padre, por supuesto, ese pedazo de hombre que era José Bódalo; mi madre, la dulce Elvira Quintillá; mi portero de finca, Cassen; mi tía soltera y sentenciosa, la gran María Luisa Ponte; las amigas de mi tía soltera, Lali Soldevilla, Mary Carrillo y Luisa Sala; la chacha, Florinda Chico; otra chacha, Gracita Morales; esa vecina jaquetona que llevaba un sostén de los que hacían los pechos picudos sería Emma Penella; Tony Leblanc, el amigo liante de mi padre; la secretaria de mi padre para alarma de mi madre, Conchita Velasco; mi tío soltero al que le gustaban las chicas de revista, Manuel Aleixandre; Paquito Valladares, el solterón que recita en las bodas; el director del colegio, Agustín González; el cura, Sazatornil; José Luis Ozores, la cara franca y alegre de cualquier trabajador manual; las vecinas elegantes, las Gutiérrez Caba y Rafaela Aparicio, que podría ser una abuela o una chacha, gritando a la hora de comer: “¡Que se enfrían las cocletas!”. Podría seguir fantaseando con un reparto de actores que habrían de representar a todas las personas que habitaban mi universo infantil; dejando a un lado la presencia poderosa de mis padres, todos ellos serían que son en mi recuerdo: maravillosos secundarios que dan color y gracia a tu biografía. Lo extraordinario es que si pienso en López Vázquez, su cara se me confunde con la de la mayoría de los hombres que yo observaba desde mi estatura infantil. López Vázquez puede ser el director de banco, el empleado pelota, el portero de finca, el tío, el adulto rijoso y sobón; resumiendo: puedo asegurar que en mi escalera vivían varios López Vázquez, en mi calle, en mi familia; incluso, si pienso en las amigas solteras de mi tía soltera, a esa edad en que la cara se amojama y unos pelillos inoportunos pueblan las barbillas femeninas, si las recuerdo velando al Señor en la tarde de Jueves Santo, con sus gestos de dolor religioso alumbrados por la luz de las velas, siento que todas me miran de pronto desde el recuerdo con la cara de López Vázquez en Mi querida señorita. Cómo no extrañarle si su cara, sus gestos y su manera precisa de hablar se confunden con los de las personas entre las que me crié. Los tiempos son otros. No creo que a ninguno de los que conforman mi irrealizable reparto les hicieran muchas entrevistas a lo largo de su vida laboral. Es imposible imaginar, por ejemplo, a Rafaela Aparicio ofreciendo entrevista tras entrevista para explicar cómo había interiorizado el papel de asistenta en La vida por delante, o señalando el injusto desdén con el que la figura de la asistenta suele ser tratada en el cine, o alabando a ese genio (el director). No. Entonces se les prestaba mucha menos atención, su vida (aunque tenían la condición extraordinaria de cómicos) se parecía de manera más precisa a la de la gente común a la que debían representar. Así que cuando llegaban a aquel programa, Cómicos, de Diego Galán estaban tan ávidos de que se les hiciera caso como vírgenes a la hora de contar sus aventuras. Habían vivido mucho y podían contar mucho. Hay ahora en España grandes actores, más preparados físicamente, más intelectualizados, por así decirlo, pero debieran aprender de sus mayores, verlos una vez y otra en las buenas y en las malas películas de las que siempre salían airosos; olvidar algo de lo que aprendieron en la escuela, o desaprenderlo, buscar el misterio de representar a la gente con la que se cruzan a diario. Considerarse a sí mismos como personas corrientes con un oficio. Un oficio como el de López Vázquez que, sin ser un actor internacional, consiguió convertirse en el mejor actor del mundo, según Chaplin.

noviembre 2009

—Ahora podemos comprender en su auténtica magnitud el mito de la construcción de este edificio, y atestiguar que se corresponde con la realidad. Anacrites de Samos era un arquitecto ambicioso, y la arrogancia de su arte podía medirse con la de sus contemporáneos más avanzados. Dinócrates de Rodas había propuesto al divino Alejandro construir una ciudad sobre la mano de una estatua colosal que representaba al monarca, reservando para la otra mano el curso de un río; Sóstrato de Cnido concibió la Torre de Faros, que guía a las naves en las tempestades a través de un complejo juego de espejos y en su día contó con telescopios y autómatas que señalaban la hora del día y el curso del zodíaco. Cuando el rey Ptolomeo preguntó a Anacrites si era capaz de igualar la audacia de tales genios, Anacrites le replicó que la única maravilla que podía alegar era su propia hija, una bellísima joven cuya mano le ofreció. El rey aceptó, todo fue dispuesto para los esponsales; pero el destino se interpuso y una enfermedad mató a la pobre niña sin darle ocasión de vestir su traje de novia. Anacrites cayó en la melancolía, pues su hija le era muy querida, abandonó su trabajo y dejó la ciudad para mudarse al campo, donde nadie volvió a verle; unos decían que se había entregado al vino para olvidar su dolor, otros que a la religión, cuyas borracheras no son menos eficaces. Un día, el arquitecto volvió a la corte; demacrado, exhausto, presentó ante el rey un volumen de dibujos con las palabras: Te prometí la mano de mi hija, y aquí la tienes. El volumen contenía los planos de la Biblioteca. La Biblioteca es una mano.

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—Todos los alemanes llevan en su seno una imagen de Adolf Hitler —dije—, hasta los que odiábamos a Hitler y todo lo que representaba. Su cara, con el pelo alborotado y el bigote de sello de correos, nos persigue a todos de por vida y, como una llama misteriosa que nunca se apaga, arde en nuestras almas. Los nazis hablaban de un imperio milenario. Pero a veces pienso que, a causa de lo que hicimos, el nombre de Alemania y los alemanes vivirá en la infamia durante más de un milenio. El resto del mundo tardará un milenio en olvidar. Desde luego, si llego a vivir mil años, nunca olvidaré algunas cosas que vi. Y algunas cosas que hice.
Se lo conté todo. Todo lo que hice durante la guerra y en los años posteriores hasta el día en que zarpé con rumbo a Argentina. Era la primera vez que hablaba de ello con sinceridad, sin omitir nada y sin justificar mis actos. Pero al final le dije quién era el verdadero culpable de todo aquello.
—Para mí la culpa la tienen los comunistas por convocar en noviembre de 1932 una huelga general que forzó las elecciones. La tiene Von Hindenburg por ser demasiado viejo para cantarle las cuarenta a Hitler. La tienen los seis millones de desempleados, un tercio de la población activa, por querer un empleo a toda costa, incluso a costa de Hitler. La tiene el ejército por no poner fin a la violencia callejera durante la República de Weimar y por respaldar a Hitler en 1933. La tienen los franceses. La tienen Von Papen y Rathenau y Evert y Scheidemann y Leibknecht y Rosa Luxemburgo. La tienen los espartaquistas y los Freikorps. La tiene la Gran Guerra por arrebatarnos el valor de la vida humana. La tienen la inflación y la Bauhaus y el dadaísmo y Max Reinhardt. La tienen Himmler y Goering y Hitler y las SS y Weimar y las putas y los chulos. Pero sobre todo la tengo yo. Por no hacer nada. Que era menos de lo que debería haber hecho. Que era lo que se requería para que triunfase el nazismo. Tengo parte de culpa. Antepuse mi supervivencia a cualquier otra consideración. Eso no tiene vuelta de hoja. Si fuese verdaderamente inocente, estaría muerto, Anna. Y no lo estoy.
»Llevo cinco años intentado salir del atolladero. Tuve que venir a Argentina y verme reflejado en los ojos de otros ex miembros
de las SS para comprenderlo. Yo formaba parte de todo aquello. Intenté que no fuera así, pero fracasé. Estuve allí. Llevé el uniforme. Comparto la responsabilidad.

En Malditos bastardos Tarantino retorna al estilo y el mundo que le han hecho famoso abordando el cine bélico, género que aún no había tocado en su ortodoxa filmografía. Pero desde los títulos de crédito sabemos que aunque el tema esté ambientado en la II Guerra Mundial no vamos a ser testigos de ningún tipo de convenciones, sino que las intrigas, la acción, la violencia, los personajes, los diálogos, el humor y la estética van a llevar el inequívoco sello de su autor, que no vamos a ver una película bélica sino una tarantinada pura y dura ambientada en aquellos años de carnicería.

El argumento desarrolla la historia de un grupo de soldados estadounidenses y judíos con la misión de cargarse a todos los nazis que puedan en la Francia ocupada. El tema no es nuevo. Un director como Robert Aldrich alcanzó un resultado espectacular en Doce del patíbulo con una trama parecida, pero si el autor se llama Tarantino sabemos que esa cacería no va a regirse por parámetros de normalidad. Los enfurecidos hijos de Sión, entrenados por un expeditivo paleto que tiene como modelo profesional los métodos de guerra de los apaches, no se limitarán a cargarse alemanes sino que tienen que torturarles, destriparles, arrancarles la cabellera para causar el terror en sus enemigos ante la permanente amenaza de este grupo salvaje.

Tarantino también se permite el lujo de alterar el desenlace de la II Guerra Mundial como a él le da la gana, imaginando que sus killers judíos, con la ayuda de la propietaria de un cine parisiense que utilizan los jerarcas nazis para que les proyecten cine propagandístico que ha producido Goebbels, quemen vivos a Hitler, Göring, Goebbels y demás dirigentes nazis solucionando el final de esa larga y tenebrosa guerra.

Como siempre, conviven paralelamente la brillantez y los excesos, los hallazgos plenos de gracia y los momentos gratuitos, situaciones esperpénticas y su vocacional amor por la sanguinolencia, secuencias imaginativas y molestos guiños a los incondicionales de su cine. Lo mejor de estos infaustos bastardos es la creación de un maquiavélico coronel de las SS especializado en la caza de judíos. Tarantino se supera con este monstruo de modales suaves y dialéctica hilarante.

Los que consideran al autor de Pulp fiction como lo más innovador, cañero e ingenioso que ha dado el cine moderno van a sentirse saciados con este recital de sus esencias, incluida la original utilización de la música (suenan profusamente los temas que compuso Ennio Morricone para el desdichado género del spaguetti western), los momentos llenos de tensión que desembocan en aquelarres de sangre, las sentencias cínicas, los delirios narrativos, el poderío visual y coloquial. Yo, que no siento adicción hacia su cine y que a veces me cargan sus pasadas, aunque reconozca su incuestionable talento, lo he pasado razonablemente bien a lo largo de 150 minutos que no te abruman.

Carlos Boyero